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jueves, 3 de agosto de 2017

Ultreia

En casa somos mucho de abrazos, besos y mimos. Aunque llevamos treinta años en pareja aún hay quien bromea con nosotros cuando nos ven "acaramelados" en reuniones de amigos. Sin embargo no recuerdo un abrazo como ese. De los cinco juntos. Tan sentido. De tanta complicidad. De tanta conexión. De logro compartido. Fue justo hace una semana con la Catedral de Santiago de testigo. Y el logro bien lo merecía. Habíamos recorrido juntos 127 kilómetros andando en cinco etapas. Con nuestras mochilas al hombro. Sin agua. Sin saber dónde dormiríamos ni dónde acabaría cada jornada.
Lo de menos eran los kilómetros. Lo de menos eran las etapas. Lo importante era lo vivido. Toda una vida de vivencias concentrada en cinco días. Y había que celebrarlo con un buen "achuchón" familiar. Y quizás también alguna "lagrimilla" de emoción asomando a los ojos.
Dicen que el Camino de Santiago es una gran metáfora de la vida. Dicen que resulta adictivo. Dicen que quien va, no puede evitar repetir. Se quedan cortos. El Camino de Santiago ES la vida misma. Con sus dualidades. Con sus contradicciones. Con sus alegrías y sus penas. Por eso vale tanto la pena vivirlo. Porque a veces nos pasamos la vida planeando, haciendo, corriendo, agobiados...Pero, ¿cuándo nos paramos a vivir de verdad? ¿Cuándo damos tiempo al tiempo para experimentar la Vida en mayúsculas? ¿Cuándo nos paramos simplemente para SER?
Hay gente que lo vive igual que en su vida corriente: refugiados tras unos auriculares; aislados entre la multitud; corriendo para llegar al albergue el primero; compitiendo contra el reloj; obsesionados por el dinero, por el cuerpo o por captar clientes...Y hay gente que lo vive con tal intensidad interior y tanta generosidad que sólo de verlos se te eriza el vello. Para nosotros, cuando lo hicimos en pareja hace ocho años, nos supuso el inicio de la búsqueda y del cambio en el que andamos desde entonces. Hubo un antes y un después de aquel Camino de Santiago. Decidimos escuchar al Camino, y el Camino nos habló alto y claro. Por eso queríamos ahora hacerlo en familia, los cinco juntos. Porque son momentos de cambio en casa. Momentos de cruces de caminos. Momentos en que uno vuelve de largos vuelos, y otro está a punto de emprenderlos. Momentos en que no se sabe si se es niña, adolescente o mujer. Momentos de decisiones. Momentos de conocerse a uno mismo para dar lo mejor a los demás. Y de nuevo el Camino ha hablado. Alto y claro.
A diferencia de nuestro primer Camino, esta vez no planificamos dónde ni cómo dormiríamos. Aventura total. Llevábamos sacos de dormir y aislantes por si tocaba dormir "al raso". Pero no hizo falta. Abandonamos esa seguridad, y el Camino nos ha premiado con estancias nocturnas magníficas en albergues variopintos. También decidimos abandonar la seguridad de la cantimplora. Un buen amigo nos lo aconsejó. Hacer 25 ó 30 kilómetros diarios sin agua, y en verano, puede parecer una temeridad, especialmente yendo con niños o jóvenes. Pero ciertamente es un maravilloso ejercicio de introspección, de conocimiento de los propios límites, de autoconocimiento, y de apertura a un desconocido cuando se hace preciso pedir un trago. Nuestros tres hijos, como nosotros, han alucinado también con esa parte de la experiencia. Y con el hecho de aligerar con ello la mochila. Ésa es también una parte también crucial del Camino, que te hace recapacitar sobre lo llenas que llevamos, quizás, las mochilas en la vida: cargadas de seguridades aparentes, de jarrones chinos inservibles, de pesadas huchas inútiles...¡Con razón apenas podemos movernos cuando decidimos dar un giro en la vida! En el Camino se ve todo mucho más claro: los peregrinos aligeran sus mochilas al avanzar para que lo aproveche el que venga detrás. Toda una moraleja para la vida.
Había quien, desde la distancia, sufría por el esfuerzo de nuestros tres hijos, especialmente por la pequeña. No había por qué preocuparse: iban sobrados de fuerza y motivación. Decidieron coger su "petate" antes que nosotros cada mañana, e irse los tres juntos a veces hasta cuatro o cinco kilómetros por delante, llenos de energía y vitalidad. Algunos peregrinos se sorprendían al verlos en esa aventura de encontrarse con el desconocido. Era un auténtico placer observarles hablar con cualquiera, fuera francés o eslovena, compartiendo las vicisitudes de la vida a corazón abierto. O cuando iban los tres cantando, bromeando o en silencio. Y curiosamente sin esas tontas discusiones domésticas en las que entran a esas edades. Era bonito verlos decididos a emprender solos cada mañana su camino, como en la vida. Era bonito verlos juntos, ayudándose y esperándose: ojalá sea así para toda la vida. Y era bonito también cuando nos enviaban un whatsapp o nos llamaban con anécdotas o avisos sobre lo ya recorrido por ellos. No podía evitar imaginar que sería también así cuando ya tuvieran sus propias vidas independientes, y nosotros fuéramos quizás ya abuelos.
El Camino crea preciosas complicidades. No he conocido en otras circunstancias un camaradería o una facilidad igual para desnudar el alma ante un desconocido. No sé si surgirá de la dificultad compartida o de los procesos existenciales y de búsqueda de sentido que allí se producen. Pero lo cierto es que un saludo o una simple pregunta sobre la procedencia es la excusa perfecta para iniciar una conexión que puede durar horas, o quién sabe si toda la vida. Nos pasó con Guillermo en su tienda de Moutrás, con Mauricio y Cristina en su albergue de Ligonde, o con Manolo y Maite durante un larguísimo trecho que seguro que se prolongará por Lugo o por Málaga tarde o temprano. Es bello comprobar que la fraternidad es posible cuando nos despojamos de todo y nos hacemos caminantes y simples compañeros de viaje por el camino de la vida. 
Detrás de cada etapa y a la entrada en Santiago, en el Monte del Gozo, decidimos hacer con los niños un ejercicio de toma de consciencia de lo vivido, de los aprendizajes y de los mensajes recibidos. No queríamos que esto fuera simplemente una ruta de senderismo más, sino todo un manual de vida condensado en pocos días. Ellos mismos han alucinado con sus propias conclusiones y vivencias. Y hemos decidido compartir aquí los audios de esos aprendizajes y anécdotas diarias.
Después de ese abrazo familiar en Santiago, nuestro queridísimo Luije, desparramó su generosidad y disponibilidad haciendo habitual lo extraordinario: la entrega sin medida al otro. Igual que pocos días antes Xavi, Noelia y Koldo en O Couso. Nos dedicó día y medio de su tiempo, renunciando a jornales de trabajo, y nos trajo nuestro coche desde Samos para recogernos y regalarnos un atardecer inolvidable en Finisterre, antiguamente considerado "el fin del mundo". No pude evitar pensar en tantos y tantos peregrinos llegando hasta allí para quemar sus vestimentas como símbolo del inicio de una vida nueva tras el Camino. Me imaginé que también quemábamos las nuestras para ello.
Ya estamos de vuelta en casa. La familia se ha multiplicado con amigos y visitantes diversos en estos últimos días previos a la marcha de Samuel. Espero que el Camino nos haya dejado de nuevo honda huella para lo que nos aguarda. Pablo ya está pensando en repetir Camino en un par de años, al finalizar Bachillerato. Probablemente ya solo. Probablemente muchos más días. Probablemente para encontrar luz para otros caminos por recorrer. ¡Buen Camino, peregrinos! ¡Ultreia! ("Que vayas más allá", "Que sigas adelante").

1 comentario:

Anónimo dijo...

Fabulosa descripción.
Gracias.