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domingo, 19 de noviembre de 2017

Ponerse a tiro

Ese no era el plan. Tenía las ideas muy claras y ése desde luego no era el plan. Era momento de estudiar, de hincar codos, de sacar las mejores notas posibles, y de abrirse paso en el mundo laboral. Pero desde luego no de distraerse con noviazgos. Siempre fui muy mental y "cuadriculado". Un auténtico "pesado", como dicen mis niños hoy. "Una gota en el latón". Y no estaba dispuesto a desviarme ni un ápice del rumbo trazado. No sé si ese rumbo me lo tracé yo a los 15 años, o me lo habían trazado otros. Pero el plan era el plan. Y estaba para cumplirse ante todo y sobre todo. Hasta que llegaron otras certezas. Unas certezas que no venían de la mente sino del corazón. Unas certezas que nunca había sentido, y que me desvelaban de madrugada por primera vez en mi vida. Unas certezas a las que me resultó imposible dar la espalda, y que me obligaron a ponerme a tiro de las flechas de Cupido. En realidad esas certezas no rompieron mi plan. Hubo estudio, hubo codos, hubo buenas notas. Hubo nueve largos años de noviazgo en la distancia. Y toneladas de cartas de amor. No había whatsapp y había que sustituirlo por nuestro código morse de llamar y colgar el teléfono. O por las frecuentes visitas al buzón de correos.
Sin vértigo por los Pirineos franceses, verano de 2017
Aquellas certezas iniciales fueron desoxidando el corazón y domando a la mente. Luego surgieron  otras certezas que muchos no entendieron: renuncias a trabajos en grandes multinacionales, a sueldos disparatados y al mundo de las alfombras rojas. Estaba programado para eso. Me había preparado para eso. Y cuando por fin había llegado el momento de tenerlo, ¡renunciaba a ello! ¿Qué estaba haciendo con mi vida?
Mi vida ha sido la historia de un desaprender continuo, de una desprogramación continua. Quien me conociera hace diez años probablemente pensaría que está hoy ante otra persona. Y probablemente todo empezó con aquella primera certeza. Con aquella primera decisión loca. Con aquel primer "ponere a tiro". Aquel encuentro con mi compañera de viaje por este mundo fue un tren que no pude dejar pasar. Hoy, casi treinta años después me colma de felicidad y de permanente apertura a nuevos aprendizajes, a nuevas certezas, y a nuevos encuentros mágicos. No piso alfombras rojas. Mi cuenta bancaria no es de seis cifras. Y mi agenda echa humo. Pero no para ganar dinero, prestigio o poder, sino para ponerme a tiro de nuevas flechas que valen la pena.
Siempre me encantó la frase de Gandhi de "Sé el cambio que quieres ver en el mundo". Pero lo cierto es que nunca entendí bien su aplicación práctica. Hoy creo que me acerco más a lo que quiere decir. Y creo que va de seguir poniéndose a tiro de ese cambio y del amor que requiere. Y eso se manifiesta de multitud de formas, y en infinidad de instantes cotidianos. Siempre surgen esas flechas. El problema es si nos pillan viendo la tele, apoltronados en el sofá, u ocupados con otros planes como ganar dinero o prestigio. Pero siempre la pregunta es la misma: ¿en qué medida esto me conecta con el cambio que quiero ver en el mundo? Si esa situación, esa persona o ese proyecto nos acerca a ese mundo diferente para vivir, nos ponemos a tiro, y a pecho descubierto. Da igual si es en una charla ante padres en el instituto de Benamocarra, en eternas sesiones se sobremesa con nuestro hijos, o en desayunos o conversaciones de pasillo con los nuevos compañeros de trabajo. Da igual si es intercambiando recetas, viajes, charlas, cuentos o lágrimas de preocupación y dolor. Da igual si es compartiendo hasta las tantas preocupaciones de adolescentes con familias amigas, o charlando de la salud y sus somatizaciones con un amigo en el taller. Da igual si es coordinando un vídeo o un musical para el comedor solidario de los Ángeles de la Noche, difundiendo novedades, alguna jornada o un curso de nuestra ONG ADAPA o de nuestro querido proyecto O Couso, o luchando contra alguna injusticia. Da igual si es prestando dinero a unos amigos en apuros, cambiando de compañía eléctrica por un consumo más responsable, o de entidad bancaria para que nuestro dinero sea más ético. Da igual si es hablando en los trayectos de coche compartido, si es escribiendo posts, si es impartiendo sesiones de mindfulness o si es firmando libros. Da igual que sea ante conocidos o desconocidos. La cosa es ponerse a tiro. Ponérselo muy fácil a ese cambio en el mundo que nos gustaría ver. Hacer de puente y viaducto hacia él. Aunque sea un milímetro cada día. Sin vértigo, porque para divisar un gran paisaje, hay que subir alto (los sueños, si no asustan, es que no son suficientemente grandes). Poniendo en el centro a la persona. Por encima de dineros, de cargos, de prestigios y del "qué dirán". Los encuentros con almas amigas se multiplican entonces. Y las certezas del corazón se contagian. Como los milagros.

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lunes, 13 de noviembre de 2017

Para nota

Nunca hemos publicado un post sobre las notas de nuestros hijos. Ni siquiera cuando éstas han resultado magníficas. Son parte de su responsabilidad y del proceso de fraguarse un futuro. Lo de hoy será una excepción. Quizás no haya requerido tantos "codos" como otras veces. Pero sí muchas "agallas" para escuchar a la conciencia, y para soportar el posible "chaparrón" del respetable, bien por "bicho raro", bien por "tonto de solemnidad".

No hay silencio más atronador que el silencio de encontrarse a solas frente a tu conciencia. Tan estruendoso como el ruido del "qué dirán" o el de que te señalen por desviarte de la mayoría. Pero a veces sólo puedes escuchar a uno, y toca elegir a cuál.

Escribimos para no olvidar por dónde se va a ese mundo diferente para vivir. No hay mejor recordatorio que el exponerse y comprometerse abiertamente ante miles de personas. Pero también escribimos para ayudar a nuestros hijos a marcar el rumbo de sus vidas, en un mundo que casi siempre sopla en la dirección contraria. Reforzar sus avances a pesar de la adversidad resulta crucial. Y estos posts quizás sean un legado que ojalá guarden en sus mochilas vitales.

Pablo hace 10 años ante un grafiti callejero en Linares
Hoy nuestro hijo Pablo nos ha dado una alegría memorable. Otros días tenemos con él encarnecidas batallas dialécticas propias de la adolescencia, con fuego cruzado de artillería pesada sobre responsabilidades y egocentrismos. Pero lo de hoy nos ha reconciliado con el futuro, nos afianza en nuestra apuesta con los hijos, y nos anima a creer que ese mundo diferente puede existir. O al menos puede que se encarguen ellos de seguir construyéndolo cuando ya no estemos.
Hoy Pablo tenía revisión de su examen de lengua. Pensaba que lo había clavado. Pero unas cuantas preguntas se le torcieron y el resultado no había sido tan espectacular como él esperaba. Revisó las respuestas, hizo recuento de los fallos y aciertos, pero la cifra no cuadraba. Lo volvió a calcular y de nuevo el mismo resultado: la profesora le había puesto más nota de la merecida según los fallos. Rozaba el sobresaliente. Con esa nota podría sacar pecho de sus logros académicos y afianzar su estrategia de esfuerzos. Sólo tenía que quedarse en silencio. Así de sencillo. Nadie se daría cuenta si callaba. Nadie le reprocharía nada. Es más: todos le habríamos felicitado por su sobresaliente. Ni siquiera estábamos allí nosotros para guiarle sobre lo que sería o no correcto en una circunstancia así. Sin duda un padre o una madre al lado que te dice lo que debes o no debes hacer siempre ayuda. Pero "currártelo" tú sólo a solas con ese silencio no es "moco de pavo". La presión social por las buenas notas, y lo que habrían hecho quizás la mayoría de los compañeros de clase, soplaba en una dirección. Pero él decidió poner sus velas a soplar en la contraria. Cuando se lo dijo a su profe, nos habría encantado estado allí para ver su cara de perplejidad. ¿Un alumno que reconocía que su examen se merecía menos nota que la que le había puesto? ¿Un alumno que le avisaba de un error en su contra? No sé cuantos de sus compañeros pudieron presenciar la escena, y nunca sabré qué pasó por la cabeza de los que fueron testigos de la anécdota. Sólo sé que a nosotros nos ha llenado de orgullo su decisión. Que nos ha "dado el almuerzo", pero en positivo. Y que en estas pequeñas circunstancias cotidianas es cuando uno se da cuenta si esa pequeña voz que todos tenemos dentro, va creciendo sana, libre y vigorosa, o titubea ante el primer reto que se aproxime. Tentaciones habrá muchas. Atajos todavía más. Y a veces sólo contaremos con ese silencio atronador.

En un almuerzo dominical, no hace mucho, salió el tema de los Bárcenas, de los Rodrigo Rato, de las tarjetas black, y de los desmanes del momento. Críticas hasta la extenuación. Golpes de pecho y flagelaciones de todo pelaje. Se hizo una breve pausa, cambió de tercio la conversación, y surgió el tema de la Declaración de la Renta y cómo algunos de los comensales no declaraban sus ingresos por alquileres y nunca les habían pillado. Eran los mismos de los golpes de pecho. Sólo cambiaba que ahora el foco eran ellos. Y entonces todo era comprensible: todo el mundo lo hace... haríamos el tonto si no lo hacemos...nunca nos han pillado... Quizás la diferencia podrían ser los millones en la cuenta corriente. Pero la energía, la actitud, y la falta de conexión con ese silencio interior era exactamente la misma que habían criticado en otros cinco minutos antes.

Corren malos tiempos para ese silencio interior. Son tiempos de "escurrir el bulto", de escudarse en que "todos hacen lo mismo", y del "pelotazo fácil" en los negocios, en los partidos políticos, en las relaciones y hasta en las notas. Son tiempos en los que si los gobernantes o la prensa no distinguen lo justo de lo legal, ¡ponte a hablarles de la conciencia de los actos, y de la responsabilidad! Por eso el gesto de mi hijo hoy es para nota. Y ojalá se sume al de otros muchísimos chavales que seguro que también estarán oyendo ese silencio interior. Quizás entonces dejaremos de esperar que vengan "salvapatrias" a "resolvernos la papeleta", y nos pondremos manos a la obra para construir por nosotros mismos ese mundo diferente para vivir.


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domingo, 5 de noviembre de 2017

Luces y sombras

Precioso atardecer en El Morche,
en que luces y sombras se hacen uno.
De vez en cuando es un correo. Otras es un whatsapp. A veces una llamada. Y las menos es en persona. Pero bastantes personas que nos leen y nos siguen nos suelen decir que les encanta leernos porque vemos la vida color de rosa y cargados de optimismo, pero se lamentan de que a ellos o ellas no les pase lo mismo. Esas reflexiones, a veces cargadas de resignación, a veces de esperanza, nos han hecho pensar mucho en los últimos días. Porque en el fondo implican que vemos la vida como una lotería, como una gran tómbola en la que te toca un buen número y eres feliz y optimista, o te toca uno malo y eres pesimista y te ves irremediablemente arrastrado por las circunstancias.
Nosotros desde hace años tratamos de transmitir a nuestros hijos lo que hemos aprendido aquí, como uno de los grandes testigos y tesoros que nos gustaría que ellos a su vez transmitan a sus hijos: somos actores participativos en la vida, y en gran medida nos puede ir en la vida, según actuemos en ese escenario. Ya lo dice la física cuántica desde los experimentos de Taylor hasta los descubrimientos actuales: el observador puede alterar el resultado del experimento. Y nosotros somos más que observadores. Somos actores protagonistas de esta obra.
Hace poco leíamos una frase de Gregg Braden muy clarificadora de esta cuestión: "¿Crees que hay una única fuente de todo lo que ocurre en el mundo, o crees que hay dos fuerzas opuestas y enfrentadas (el bien y el mal), una a la que le "gustas" y otra a la que no le "gustas"?" Sí, lo sabemos. Puede parecer algo muy "simplón", pero de verdad que la "preguntita" encierra un enorme poder.
Si creemos en el núcleo de nuestro ser que hay una única fuente y que la vida es un regalo raro y precioso que hemos de alimentar, explorar y atesorar, el mundo nos parece un lugar precioso donde hacer nuestra exploración, y del que aprender continuamente (incluso en los momentos más duros). La clave aquí es que debemos creer que no nos hallamos en peligro, que estamos seguros. Que no estamos a expensas de una u otra bandera, de Estados Unidos o Corea del Norte, de Puigdemont o Rajoy, de la mala o buena suerte...Y esto es más simple que desear o esperar que sea verdad. Es necesario aceptarlo y creerlo en lo más profundo de nuestro ser.
Puede ser que en tu caso, sí te encuentres en esa batalla entre luz y oscuridad, entre buenos y malos. Eso probablemente te lleva a un mundo de opuestos, y quizás también a un mundo atemorizante, de pesimismo, de malas noticias, de incertidumbres y de peligros en el horizonte. Esa batalla, real o metafórica, sólo puede existir mientras nuestras creencias la perpetúen. Pero, ¿y si resultara que la lucha entre luz y oscuridad no tiene por qué ser ganada o perdida? ¿Y si resulta que es más importante cambiar las reglas que mantienen todo ese engranaje en marcha? ¿Y si eso es lo que abriera las puertas a un mundo diferente para vivir?
William James decía: "Si quieres una cualidad en la vida, actúa como si la tuvieras. Si quieres un atributo, actúa como si lo tuvieras". Y Neville añadía la clave: transforma "tu sueño futuro en un hecho presente".
Nada es imposible en un mundo basado en las creencias. Vivimos nuestras vidas basándonos en lo que creemos con respecto a nuestras capacidades y a nuestros límites. Sabemos que somos muy pesados con este tema. Pero lo somos porque es clave para ese nuevo mundo que queremos vivir. CREER ES CREAR.

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domingo, 29 de octubre de 2017

A una creencia de distancia

Puede ser casualidad o no, pero últimamente se nos han acercado personas con dolencias o enfermedades diversas, preocupados por su situación o la de sus familiares. Saben que hemos superado grandes escollos, y esto es como cuando estás embarazada, y sólo ves embarazadas por todos lados. Igual. Pero como nosotros no tenemos recetas mágicas, ni atajos para resolver nada, sólo podemos compartir nuestra experiencia real. Hay otras muchas personas que nos han contado las suyas, pero preferimos ceñirnos a las nuestras por tener sobre ellas un conocimiento directo e íntimo.


Odio acudir a la ginecóloga. Sé que debería hacerlo con periodicidad, pero lo odio. Es como si fueras un trozo de carne al que evaluar si está en buenas condiciones. Sin embargo, hace unos cuatro años sentí que algo raro sucedía, y que debía acudir sin falta. Me exploró con detalle y el diagnóstico fue más que preocupante: dos quistes de bastantes centímetros en el ovario izquierdo. Las distintas ecografías que me hizo no daban lugar a dudas. Y las palabras tranquilizadoras de mi doctora poco me aliviaban, la verdad. Eran tan grandes, que casi descartó otra posibilidad que no fuese la intervención quirúrgica. Sin embargo, y siguiendo el protocolo, trazó la estrategia a seguir: tratamiento de sustancias químicas vía oral durante un par de meses, y si no reaccionaban los quistes, intervención quirúrgica sin mayor dilación. Probé la opción de los químicos, durante algunos días, pero como ya le había anticipado a mi ginecóloga, el resultado no fue diferente a otras ocasiones: malestar, vómitos, desequilibrio generalizado en mi cuerpo... Así que decidí "coger el toro por los cuernos", dejar de lado las píldoras y preguntarme qué me estaba queriendo decir mi cuerpo en general y esos quistes en particular. Había leído que la enfermedad suele traer del brazo algún aviso, alguna llamada de atención sobre situaciones de la vida, o sobre traumas o somatizaciones actuales o del pasado. Así que decidí, con la ayuda de una gran amiga y maestra, hacer esa tarea de introspección. Era en la zona del segundo chakra, y esa zona suele tener que ver con el control, y con tenerlo todo bien atado. Ser madre trabajadora, con 3 hijos, y centenares de tareas en todos los frentes imaginables de la vida no suele ser muy compatible con el control absoluto de todos esos frentes. La vida ya me había dado un par de avisos con las circunstancias que me habían tocado vivir, pero ante la exigencia de cambio y flexibilidad, mi lado rebelde había dado la cara y se negaba a cooperar. Y es por ello que quizás algo se estaba cortocircuitando o bloqueando ahí. Quizás esos malditos quistes me estaban diciendo que debía relajarme. Quizás me estaban diciendo que las super-heroinas sólo existen en las películas. Quizás me estaban diciendo que debía empezar a darme más cariño y dedicarme más tiempo a mi misma. Quizás me estaba avisando de que debía rebajar el listón de mi exigencia de tenerlo todo perfecto. Quizás me indicaban que debía dejar de empeñarme en gobernar el barco  y aprender a navegar con la corriente. Me hice consciente de ello, y empecé a trabajármelo. En silencio. En mi interior. Creyendo con todas mis fuerzas que yo misma era capaz de superar ese trance. Que unas píldoras químicas nunca podrían hacer el trabajo que puede lograr nuestra fe y nuestras creencias. Dediqué más tiempo a la meditación diaria. Y me puse "a tope" con el reiki en el que acababa de iniciarme. Y tras un mes llegó el día de la revisión. Curiosamente iba más relajada. Tenía la sensación de que había hecho mis deberes, y que algo en mi interior había dado un vuelco. Quizás no era algo físico. O quizás sí. Mi marido y yo nos apretábamos las manos con fuerza en la sala de espera. Él muy preocupado. Yo, confiada, aunque sin ningún as en la manga en realidad. Lo que no podía imaginarme es que aquella cita sería histórica en la historia de mi vida. Apenas habían pasado unas pocas semanas del diagnóstico fatal, y la cara de la doctora no presagiaba nada bueno cuando le admití que había abandonado las píldoras a los pocos días. Pero su cara de contrariedad tomó otro cariz cuando me hizo la ecografía. La contrariedad se tornaba en perplejidad. Miraba la pantalla, miraba las fotos de las ecografías de tan sólo un mes antes, y decía: "No puede ser, no puede ser". Unos quistes de unas dimensiones tan grandes no podían desaparecer en tan sólo un mes, y sin tratamiento químico de por medio. Repitió la operación varias veces y en todas el mismo resultado: nada. Los quistes se habían esfumado. Como no las tenía todas consigo, llamó a su marido que estaba en una consulta contigua, también ginecólogo y especialista en imagen, y me introdujo una cámara para corroborar la "milagrosa" desaparición. Su diagnóstico fue el mismo. Nada de nada. El matrimonio de médicos se miraba y no daba crédito. Apenas articularon palabra. Mejor no buscar explicaciones. Nos fuimos abrazándonos como nunca. Sintiendo una gratitud inmensa. Y con la sensación de que había que aprender de la experiencia y compartirla. 
Poco después tuve otra prueba similar. Quizás de menor calado, pero también importante para mí. El dedo gordo de mi pie me llevaba dando la lata varios meses. El dolor era por momentos insoportable y, en ocasiones, me impedía caminar. Tras visitar a varios médicos el diagnóstico acabó coincidiendo: un quiste en dicho dedo. Sólo cabía intervención quirúrgica para extirparlo. Pero una operación en ese dedo nunca ofrece garantías de éxito, porque muchos acaban con cojera. Aproveché la experiencia anterior con  los quistes, y decidí escuchar a mi dedo gordo del pie. ¿Qué quería decirme? ¿Quizás que iba con demasiadas prisas por la vida? ¿Quizás que debía parar el ritmo frenético con el que iba de arriba para abajo atendiendo casa, hijos, trabajo...? Me puse manos a la obra. Meditación, reiki y tomé la mejor de las medicinas: "Decisiones al canto". Decidí dedicarme tiempo para nadar y hacer ejercicio. Y decidí cuidarme como me merezco. El dolor desapareció. Y el quiste del dedo al poco tiempo también.
Estoy convencida de que muchos pueden pensar que fue algo casual. Otros que hubo auto-sugestión. O que quizás la meditación o el reiki hicieron algún tipo de efecto placebo. La verdad es que me importa muy poco la explicación. Lo cierto es que salí airosa de esas circunstancias, y se pudo obrar un aparente milagro. ¿Esto significa que no hay que ir al médico? No. ¿Esto significa que no hay que tomar medicinas? Tampoco ¿Esto significa que podemos ser inmortales o solucionar absolutamente todas las enfermedades por nosotros mismos? Probablemente tampoco. Pero mi experiencia personal me ha dejado clarísimas dos cosas. La primera, que la medicina occidental va al síntoma, y no a las causas que nos traen las enfermedades, y es importante prestar atención  a ambas. Y segundo, que tenemos una capacidad gigantesca para curarnos a nosotros mismos mediante nuestras creencias y la escucha activa de nuestro cuerpo, haciéndonos conscientes de lo que quiere decirnos.
Es una suerte que ya hasta la ciencia lo diga. Desde Max Planck, considerado el padre de la teoría cuántica, con su "matriz" de energía explicando cómo el universo responde a nuestras creencias, hasta John Wheeler, colega de Einstein, y su universo participativo, en el que la conciencia  no sólo es importante, sino que es creativa. Desde Konrad Zuse y su realidad digital en la que todo está hecho de información más que de cosas, pasando por Seth Lloyd explicando que la historia del universo es un enorme y continuo cálculo cuántico, en el que los átomos actúan como los bits de información de cualquiera de nuestros ordenadores de casa. Y por supuesto Mandelbrot desarrollando las matemáticas fractales y el concepto de autosimilitud, evidenciando con ello que la naturaleza y el universo pueden ser el resultado de pautas creadas por un enorme programa cuántico que comenzó a funcionar hace mucho tiempo. Es una suerte que muchas teorías científicas empiecen por fin, y desde hace años a constatar (aunque sorprende que no se difunda más ampliamente) que nuestras creencias actúan a través del ADN como programas dentro de ese gran ordenador cuántico, igual que nuestra conciencia actúa como su sistema operativo. Y todo eso es una suerte porque si no, ¿cómo íbamos a poder explicar a quienes siguen anclados en la vieja ciencia, anterior a todos estos descubrimientos, unos aparentes milagros que no son tales? En casa nos encantan los documentales de ciencia, y nos apasiona el momento en el que vivimos en que muchas cosas que antes se consideraban esotéricas o espiritistas, ahora están siendo confirmadas por numerosos científicos, creando un bello puente entre dos amigos hasta ahora mal avenidos: la ciencia y la espiritualidad. Pero está claro que todo depende de nuestras creencias. Y si nuestras vidas se basan en lo que creemos, ¿qué sucede si nuestras creencias están equivocadas en su pesimismo, como lo ha estado la ciencia en tantos asuntos?
Yo, por si acaso, lo tengo claro. Me apunto al carro de gestionar mis creencias. Porque me he dado cuenta que estamos a una creencia de distancia de alcanzar salud o curación. De lograr retos utópicos. De romper moldes. Y tan sólo hace falta tener la certeza derivada de aceptar lo que pensamos que es verdad en nuestra mente y sentimos que es cierto en nuestro corazón. Muchos me preguntan cómo lo hago. Yo sólo tengo una respuesta: lo creo desde el corazón, no desde la mente. Y tomo decisiones implacables por mucho que cueste. Estoy completamente convencida de que la vida no está en mi contra, sino a mi favor. Y es por ello que le tengo profundo respeto y le doy las gracias por todo lo que me rodea. 
Ésta es una oportunidad única. Estamos a un paso de lograr  cualquier cosa que creamos en nuestro interior. Creer es crear.

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domingo, 22 de octubre de 2017

Lo que de verdad importa

La conocí hace cuarenta años. Fue un pilar crucial para mi madre cuando mi padre murió. Su nombre, imborrable como el de tantos otros: Araceli, Joaquín, Isabel, Antonio, Leandro, Conchi... Gente buena que siempre hizo dudar a mi madre de si acertó o no al mudarnos de Córdoba.
Apenas nos vemos. Pero el cariño y la gratitud no entienden de distancias ni de tiempo. Habitan en lo recóndito y alimentan las almas. Y el encuentro surge espontáneo cuando el abrazo apremia. Este jueves apremiaba. Y mucho.
Aprovechamos una revisión médica y fuimos a su casa. Siempre que voy allí me inundan los recuerdos. Objetos que mi madre y ella compraron juntas y que también adornaron mi niñez. Fotos familiares de gente querida que me cuidó de pequeño. Aroma de hogar.
Siempre he odiado ir a dar un pésame. Me cuesta pronunciar palabra. Probablemente aún tenga algún circuito escacharrado con eso. Pero con ella fue distinto. No íbamos a un compromiso social. Íbamos a una auténtica lección de vida. De esas que nunca se olvidan. De esas que derrochan belleza por todos lados.
No estoy acostumbrado a verla así. Con la lágrima incipiente. Con su preciosa sonrisa quebrada. Con la sensación de "pollo sin cabeza". Esta vez su entereza habitual titubeaba por momentos. Aunque no hubo ni un atisbo de rebeldía. Ni un indicio de sublevación. Y eso que un desenlace tan inesperado podría haberlos suscitado. Pero no. Aceptación. Gratitud. Suerte de tener una fe como la suya. Unos hijos y nietos como los suyos. Tanta gente que la adora. A ella y a él también. Tan prudente, tan atento, tan cariñoso... Saber estar en cada instante. Sin buscar el halago o la alabanza. La palabra justa. El gesto amable. Siempre.
Morir es ley de vida. La única condición para morirse es estar vivo. Y a todos nos va a tocar. Sí o sí. Aunque no queramos hablar de ello. Aunque miremos para otro lado. Aunque sea tabú. Antes o después todos pasaremos por ahí. Y la clave es cómo queremos que sea ese momento. Por nosotros y por los que se quedan. Yo, después de este jueves, lo tengo claro. Quiero irme como él. Con los deberes hechos.
Hablar de la felicidad con quien tiene setenta u ochenta años, y conocer sus claves en el atardecer de la vida es un auténtico lujo. Uno puede pensar que tras cincuenta y cuatro años junto a tu compañero de viaje, lo que más viene a la memoria son los grandes logros, las grandes hazañas, los momentos memorables. Pues no. Escuchar a Araceli enumerando multitud de gestos cotidianos, de momentos fugaces, y de situaciones ordinarias te reconcilia con el mundo. Quizás porque te das cuenta de que en lo pequeño está lo hermoso. Y que lo tenemos delante de las narices. En un abrazo. En una mirada. En un paseo para la compra. En un suspiro compartido... Y nosotros, quizás, ocupados en otros menesteres. Quizás preocupados por la cuenta corriente, por la limpieza de la casa, por el horario, por el jefe, por la hipoteca... Nos pasamos la vida buscando la felicidad y el sentido de la existencia fuera, lejos, y en lo grande. Y resulta que están dentro, cerca y en lo pequeño. Araceli y Joaquín lo han encontrado. Enhorabuena. Misión cumplida.



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domingo, 15 de octubre de 2017

La palabra adecuada

Pensábamos que estaríamos solos. A fin de cuentas una charla de un lama tibetano no parece el plan más fascinante del mundo para una tarde de domingo. Sin embargo, cuando llegamos, la sala estaba totalmente abarrotada, al igual que el hall de acceso, y hasta la puerta del propio edificio. Quizás haya más gente de lo que pensamos en búsqueda de un mundo diferente para vivir. Dudamos, incluso, en marcharnos ante tal multitud. Pero nos quedarnos a escucharle a través de la pantalla de la entrada. Apenas habíamos oído hablar del Lama Gangchen Rimpoche, al que llaman Lama Sanador. Pero cuando Juanmi y Mariló nos avisaron desde Sevilla, nos dejamos llevar. Hace tiempo que abrimos las puertas de par en par a los portadores de verdad, aunque sean de culturas y tradiciones muy distintas a la nuestra. Y no defraudó.
Uno espera al escuchar a un representante de alguna religión o espiritualidad una cierta dosis de proselitismo. Quizás la fuerza de la costumbre. Nada más lejos aquel día. Las cebras no intentan convencer a las jirafas de que cambien su naturaleza. Ni los árboles a las piedras. Cada uno tiene su verdad y respeta la del otro. Aquel lama tampoco. Su mensaje iba tan sólo a reforzar lo que ya fuéramos: cristianos, judíos, protestantes, musulmanes, budistas, agnósticos o ateos. Daba igual. Porque era algo tan sencillo y tan básico que debía estar antes de cualquier planteamiento religioso o espiritual. Eran actitudes de preescolar. Algo tan sencillo que quizás todas las religiones lo obvian. Y así nos va. Suele pasar que lo más revolucionario suele ser lo más elemental.
Aquel anciano vestido de naranja sin un pelo en la cabeza y con barba poblada venía a darnos las claves de la sanación: utilizar nuestros cinco sentidos corporales y nuestra mente de una forma adecuada. Toma ya. Y uno a uno los fue desgranando. Al mirar. Al tocar. Al oir. Al pensar. Sin embargo, donde más se detuvo fue en la palabra. Quizás fue casual. O quizás fue porque precisamente vivimos tiempos convulsos donde la palabra amable o el diálogo cariñoso parecen estar en franca retirada.
Aprendemos millones de cosas a lo largo de nuestra vida. Cosas encaminadas en muchos casos a conseguir un trabajo y "ganarnos la vida". Pero apenas tenemos educación de cómo usar la palabra para crear relaciones fructíferas y un entorno de paz a nuestro alrededor.  Y sin embargo todos hemos tenido experiencia de que cualquier palabra dolorosa que nos dice algún ser querido se nos queda clavada dentro,aunque se pronunciara hace años, siendo fuente incluso de trastornos psicológicos. ¿Estamos contagiados de la cultura de violencia que se vive en tantos medios de comunicación, y en tantos entornos sociales? Con demasiada frecuencia usamos el castellano con violencia para golpear al otro. Y con ello nuestro bello idioma se deprecia y nos acaba destruyendo y empobreciéndonos a nosotros mismos. Da igual si pensamos que está justificado o no. La palabra violenta o airada, en el fondo, nunca está justificada realmente. Usar la palabra de forma errónea es más dañino que un arma de fuego, y el dolor y el sufrimiento que se crean son enormes. Y sin embargo, sólo hace falta un poco de atención y consciencia cuando abrimos la boca. Sólo es necesario observar cómo la forma en que hablamos acaba mediatizando nuestro entorno y las vibraciones que en él hay. Sólo es preciso hablar de forma tierna y delicada, pensando siempre en el interlocutor. A fin de cuentas, ésa es la expresión máxima de generosidad: el hablarnos de una forma delicada unos a otros, sin vernos condicionados por lo que recibimos de los demás. La generosidad suprema no es dar bienes materiales, sino transmitir aprecio y delicadeza por el otro. La tarea está clara: que nuestra vida, desde la mañana a la noche, sea delicada en el hablar y delicada en el escuchar; que nos expresemos de forma cariñosa.
Cuando el entorno es el que es, la cosa quizás no sea tan fácil. A veces nos falta tiempo para respirar y hacernos conscientes de cada momento. O a veces nos falta paciencia. O simplemente capacidad de distanciarnos un poco de lo que nos rodea. Pero es bueno que haya gente, como este simpático Lama, que nos recuerde que nuestra palabra nos puede llevar en la dirección de la iluminación, dando valor a cada instante, a cada momento. Hasta un niño puede entenderlo.
Es curioso: varias veces durante la conferencia sentí estar ante un niño jovial en lugar de ante un venerable lama tibetano. Sus aspavientos, sus  bromas, sus muecas, y el colofón final haciendo que todo el auditorio le cantara al unísono alguna canción andaluza no daban lugar a dudas. Estábamos ante la sencillez de un niño en el cuerpo de un sabio anciano. Maravillosa combinación. Ya se sabe: "dejad que los niños se acerquen a mí". Habrá que ponerse bocas a la obra. Ya tenemos deberes para los próximos cincuenta o sesenta años.

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sábado, 7 de octubre de 2017

Roles y banderas

Nunca he sido de ondear banderas. Había una, sin embargo, que me fascinaba. La sacaban a pasear en las fiestas del pueblo de mis abuelos, Cabra, una vez al año. Era una bandera enorme, que paraba en plazas y esquinas para ondear al ritmo del tambor sobre las cabezas de los chiquillos, agachados bajo aquel estandarte. Nos encantaba. Y nos fascinaba que su portador pudiera ondear algo tan grande sobre nosotros. He vuelto a ver la bandera, ya de adulto. Y realmente no era tan grande ni tan majestuosa como yo la veía entonces. Pero de niños todo se agranda. Quizás también a veces de adultos.
Con la experiencia de nuestros hijos en Estados Unidos, también la bandera nos ha hecho reflexionar. Allí es un símbolo que suscita el máximo respeto. Nos envían vídeos de cualquier evento deportivo, hasta del último pueblecito del país, y ante el izado de la bandera, todo el mundo se levanta, se produce un silencio sepulcral, y con la mano en el pecho, todos cantan al unísono el himno. Es cierto que es una sensación que emociona. Conmueve ver a tanta gente con ese fervor patriótico y en cualquier acto. Aunque al ser una cosa tan programada en las escuelas desde niños, siempre te planteas qué parte es de sentimiento compartido, y qué parte de mecanismo de aborregamiento y dominio colectivo. Probablemente la clave esté en si rompe la esencia común de los seres humanos y nos lleva a excluir al otro, o no.
En el balcón de casa sólo hubo una ocasión en que ondeó una bandera. Y fue por una apuesta. Prometimos a Pablo que si la selección española llegaba a la final del Mundial, pondríamos una. Los desastrosos antecedentes futbolísticos eran propicios para los padres. Pero ganó el hijo y hubo que cumplir. Lo vivimos con alegría, con cierta guasa, y nunca con esa sensación de alzamiento y casi de ambiente pre-bélico que estamos sintiendo estos días en las calles y en las redes sociales.
Ayer me escribió una gran amiga de la carrera. Su hermana vive en Barcelona, y tiene a la familia preocupada por la situación actual en Cataluña. Su mensaje me sorprendió. "¿Podrías lanzar un mensaje o gesto que apelara a lo que nos une y no a lo que nos separa en la situación tan triste que tenemos en España? Creo que todos estamos instalados en la convicción de que "los otros" nos odian y que las redes sociales no están contribuyendo para nada a tratar de combatir esa convicción que considero profundamente errónea". Nos alagó su petición. También nos preocupó un poco. A veces pensamos que hablamos con nosotros mismos cuando escribimos. Pero hay gente muy pendiente al otro lado. Gente permeable y también en búsqueda de un mundo diferente ¡Menuda responsabilidad!  Desde hace días pensábamos escribir sobre la cuestión. Ese mensaje ha sido el mejor detonante.
No existen recetas ni varitas mágicas para resolver situaciones tan complejas como las que están pasando en Cataluña. Pero lo cierto es que lejos de ser un problema de políticos o de medios de comunicación, nos interpela profundamente a todos. Y lo hace porque en el fondo, nos obliga a tomar partido. A favor o en contra. De una bandera o de otra. De los míos o del enemigo. Es lo que tienen las banderas y las fronteras: que te obligan a decantarte tarde o temprano, cuando surge el conflicto. Precisamente para eso se crearon. Y aunque sea una cuestión tan ficticia y tan mental, ¡vaya que si les funciona el truco! Sirve para distraer la atención de millones de personas hacia el adversario, mientras el prestidigitador de turno, escabulle sus vergüenzas, sean de corrupción, electorales o de cualquier índole. Está en el manual de cualquier dirigente. Pasó con las Malvinas, pasó con el islote de Perejil, y por supuesto pasa ahora con Cataluña en ambos bandos.
A fin de cuentas es una cuestión de roles. Yo, por ejemplo, tengo multitud de roles en mi vida. Todos, cual malabarista, llevados de forma simultánea. Puedo ser madridista o barcelonista. Puedo ser monáquico o republicano. Puedo ser profesora o trabajar en Hacienda, en lo privado o en lo público. Puedo ser presidente del AMPA del colegio, o tesorero de una asociación de vecinos. Puedo ser de izquierdas o de derechas. Puedo ser católico, agnóstico, ateo o de cualquier otra creencia religiosa. Puedo ser padre o hijo, madre o hija, abuelo o nieto. Y puedo desempeñar muchos de esos roles de forma simultánea. El problema es cuando uno de ellos, incluso el de padre o madre, se apodera de nuestra identidad y nos hace perder el equilibrio. Y nos acabamos definiendo por ese rol, olvidando que somos mucho más y muchísimas cosas más que eso. Y es entonces cuando ese rol que nos fagocita poco a poco nos obliga a defender cosas que nunca habríamos defendido de forma equilibrada. Y nos obliga a enfrentarnos al otro. Y nos fuerza al insulto o al desprecio. Y nos lleva a defender lo indefendible. E incluso a practicar sinónimos o antónimos imposibles: unidad con uniformidad, igualdad con igualitarismo, diversidad con separación... Sea de un rol o de otro. Si eres Rey o Presidente de Gobierno o de la Generalitat, el rol es tan acaparador que te tocará decir y decidir cosas impensables bajo otro rol. Pero, ¿hasta qué punto debemos estar los demás dispuestos a dejarnos llevar por ese proceso? Nosotros lo tenemos claro: hasta que exista peligro de perder el equilibrio. Hasta que suena la alarma, y vemos que las conversaciones del café suenan a disco rayado. Hasta que tus vibraciones y tus energías se ven soliviantadas por esa energía colectiva de pugna y enfrentamiento. Es ahí cuando toca quitarse la careta del rol y decir "basta". Y puede que toque desenchufar la "tele". Puede que toque no "entrar al trapo". Puede que toque decir "NO". O puede que toque sentirte bajo la bandera del abrazo o la bandera blanca, más que por alguna de las otras banderas que, como zanahorias o como señuelo, se usan para controlarnos a las masas.
A veces para un actor o una actriz no hay nada peor que un papel de una película o una serie que acabe dominándote. Que se lo digan a Daniel Radcliffe encarnando a "Harry Potter" o a Michael Landon en "La casa de la pradera". Acaban siendo prisioneros de un papel, que les impide crecer como actores o actrices en otros registros cinematográficos. Y muchos acaban expresando su hartazgo con el dichoso "papelito" que tantas glorias les trajo algún día. Pues quizás a nosotros nos pase algo parecido. ¿Quizás tu papelito de monárquico o republicano, de izquierdas o derechas, de español o catalán te está llevando a un desequilibrio últimamente? Háztelo mirar. Por el bien de tu libertad y de tu equilibrio. Los países, las fronteras, las banderas, los reyes y los parlamentos son de hace tres días, como el que dice. Y puede que no sean eternos. Las ideologías y los sistemas políticos se crearon para eso: para colgar cartelitos en las personas, y que éstas actúen conforme al rol de cada cartelito. Y quizás toque actuar mejor por principios y por fraternidad. Es lo que verdaderamente nos une a todos. Más que las ideologías.

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sábado, 30 de septiembre de 2017

Vibraciones

I. Ese día no teníamos prisa. Aún no había deberes del "insti". Eva y yo íbamos a una revisión rutinaria de sus nuevas lentillas mágicas, que le corrigen la miopía mientras duerme. Recién sacado el coche, un vecino quinceañero con antecedentes en "fanfarronería" nos vino de frente en su bicicleta. No hizo por apartarse, como nosotros, para compartir la estrecha calle. Todo lo contrario. Zigzagueó hasta nuestra altura para obligarnos a parar, y cruzó su bicicleta para impedirnos el paso mientras la puerta del garaje de su casa se abría a ritmo de tortuga. Quizás esperaba un "bocinazo". Quizás un exabrupto. No los hubo. Tan sólo observamos su "bravuconería" adolescente como el que observa un pez exótico en un acuario. Sorprendidos. Estupefactos. No le dimos el gusto de la confrontación. Y eso le exasperó. Cuando por fin nos dejó pasar tras varios minutos que se hicieron eternos, no pudo reprimirse y nos dedicó otra salida de tono por la boca. Baja vibración. No hubo contagio.
Este verano en Pirineos, con alta vibración y conexión con la naturaleza.
II. Pocos días después, estábamos en casa de "zafarrancho" de duchas. Eva y yo compartíamos el aseo para ganar tiempo y salir pronto a algún recado. No quería mojarse el pelo, pero le cayeron algunas gotas cuando yo me enjuagué el mío. Las hormonas mezcladas con lo que entendió una broma de mal gusto hicieron el resto. Sus gritos y su rebote monumental acabaron en un manotazo no intencionado con la alcalchofa de la ducha, y mi labio sangrando levemente. Toda la calma que había mantenido hasta ese momento se fue por el sumidero. Me puse a su altura en irritación y cabreo. Ni siquiera atendí a razones cuando Mey trató de calmarme. A fin de cuentas soy el padre y estas cosas no puedo permitirlas. O quizás todo lo contrario. Baja vibración. Contagio en toda regla.
III. Desde hace semanas sentimos cómo la agitación social a través de los medios de comunicación por el asunto del referéndum catalán nos empezaba a soliviantar. Banderas, fronteras, territorios, naciones, mis dineros y los tuyos...Desasosiego, confrontación, incertidumbre.. Vibraciones bajísimas de altísimo contagio. Me encanta estar a la última en las noticias, pero empecé a sentir con fuerza que era momento de apagar el telediario, la radio y la prensa, incluso la de internet. Así llevo un mes. Quiero ser dueño de mis vibraciones, y no que éstas dependan de lo que dicten un par de políticos enzarzados y azuzados por los medios de comunicación. Quiero ser dueño de mis pensamientos, y de mis conversaciones, de mis miedos y de mis alegrías. A veces toca poner cortafuegos para evitar los contagios de vibraciones tan bajas. Seguro que me acabo enterando de lo que pase, sea lo que sea. Mientras tanto, vivo mi vida, en lugar de vivir la que tratan de marcarnos otros.
IV. El pasado viernes nuestra amiga Patricia nos envió un vídeo por whatsapp. A veces se envían cosas insustanciales, pero no era la práctica de la remitente, y lo abrí. Era el poema más bello y profundo que quizás había escuchado en toda mi vida. Daba unas preciosas instrucciones para los hijos, y encima estaba recitado por su propia autora. Dos lagrimones atravesaron mis mejillas. Experimenté tal conexión con lo que esa desconocida decía, que sentí con fuerza que se tenía que convertir en conocida. Lo intenté por Facebook, pero tenía tantos amigos que había llegado al límite y el sistema no admitía más. Puse un comentario en su vídeo, y le envié un mensaje por privado, como el que lanza al océano una botella con un mensaje dentro, sabiendo de lo complicado de contactar en persona con una poeta famosa. Al menos decidí que la belleza y autenticidad de aquellos versos debía presidir nuestra cocina, y escribí uno de ellos en la pizarra del frigorífico. Al minuto de compartir la foto del frigo en las redes sociales, Magdalena me escribía para dejar de ser una desconocida para siempre. Al rato nos enviaba un precioso audio con un poema personalizado para nuestra familia. Los vellos como escarpias. Ya hemos quedado en octubre para darnos un abrazo colosal y certificar la conexión entre nuestras familias. Alta vibración. Contagio total.

Cuando iniciamos la búsqueda de un mundo diferente para vivir, empezamos a leer y escuchar que se hablaba mucho de las energías, de las vibraciones, de las conexiones álmicas... Siempre hemos sido en casa poco etéreos y esotéricos, la verdad. Y nos parecía un poco de ciencia-ficción todo eso. Pero a medida que hemos ido avanzando por este camino de la vida, hemos descubierto para nuestra sorpresa, que todo, absolutamente todo, está cargado de una energía, de una vibración especial. Es algo sutil. Casi imperceptible. Si no se está atento y con los cinco sentidos a pleno rendimiento, pasaremos de largo y ni nos daremos ni cuenta. Pero cada mirada, cada palabra, cada gesto, o cada encuentro tienen una vibración. Cuanto más alta, más favorece el encuentro y la unión entre seres. Cuanto más baja, más favorece la separación y la confrontación. Y ahí estamos nosotros para decidir si queremos contagiarnos de esa vibración, alta o baja, o si simplemente actuamos de espejo para el otro. No podemos evitar estar en continuo contacto con esas realidades, cargadas de una u otra forma, de energía, como en las situaciones puntuales que acabamos de describir. Pero es decisión nuestra situarnos o no en un estado de conciencia que nos permita discernir y decidir si conectar y contagiarnos de esa vibración. Pequeños retos cotidianos para estar muy atentos. ¿Vivir en plenitud cada segundo, o vernos arrastrados por lo primero que surja? Tocará decidir. A cada minuto. La felicidad y el equilibrio están en juego.

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sábado, 23 de septiembre de 2017

La vuelta a lo extraordinario

Foto de Eva
Estos son días de vuelta al cole. De reencuentro con los compañeros de clase. De inicio de los deberes. De regreso a las oficinas. De guardar el bañador y la toalla en el altillo o en el trastero, y sacar las primeras rebecas. El verano va quedando atrás. Ya se nota el fresco a primeras horas de la mañana. Y los días se acortan inexorablemente. Pronto las aceras se llenarán de hojas y las esquinas de puestos de castañas. Las estaciones siguen su ciclo. Nosotros también.
Foto de Eva
Sin embargo, la vuelta a lo cotidiano, puede no significar la vuelta a lo ordinario.
Escucho a muchos quejarse del retorno al trabajo, mientras hay tantos sin trabajo.
Escucho a muchos sentirse víctimas del síndrome postvacacional, mientras hay tantos que no saben lo que son las vacaciones.
Escucho a muchos quejarse de horarios, mientras hay tantos que querrían tener uno.
Escucho a muchos renegar del cole, cuando sabemos de tantos que ya quisieran saber lo que es eso.
Escucho a muchos renegar y renegar, olvidando que llegará un día en que ya no estaremos aquí, y echaremos de menos toda esta cotidianeidad.
Foto de Eva
Protestamos de lo ordinario, sin ver que para muchos es extraordinario. Quizás incluso para nosotros, cuando nos falle la salud.
La vida son cuatro días. Es un regalo único. Siempre lo pienso cuando veo las fotos que saca mi hija, en las que lo desapercibido resulta maravilloso. Si tenemos salud, trabajo, horarios, colegio o tareas habituales o periódicas, somos unos auténticos privilegiados. Y podemos hacer de todo ello algo sublime. No desperdiciemos esos cuatro días renegando de todo y de todos. Una actitud permanente de gratitud a la Vida ante lo que somos y tenemos no sólo nos hace disfrutar más de cada instante aquí, sino que nos acaba regresando como si fuera un "boomerang". No perdamos el tiempo en quejas. Pongámonos las gafas de color de rosa, y saboreemos hasta la última gota de este regalo.

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domingo, 10 de septiembre de 2017

Inconformismo contagioso

Puede parecer poco premio. Y quizás lo sea para quien actúe pensando en qué va a obtener a cambio.Sin embargo a mí me ha sabido a gloria. Esos mensajes, esas lágrimas de emoción en los niños, ese entusiasmo desbordado en los padres... Debe ser maravilloso que, estando todo perdido, de nuevo se les abran a tus hijos las puertas para desarrollar sus sueños. Y esa manifestación de sentimientos rebosantes es el mejor de los obsequios para quienes hemos estado en esa lucha. Ni en el mejor de los casos pensamos que lo lograríamos para tantos: ciento sesenta o ciento setenta familias beneficiadas hasta ahora es una barbaridad en tan poco tiempo. Muchas de ellas ni sabrán que en la sorprendente llamada de esta semana desde el centro de estudios de su hijo o hija, teníamos mucho que ver nosotros. Ni siquiera sentirán gratitud por el esfuerzo que hemos realizado todos estos meses por ellos. No importa. No buscábamos gratitud. A veces se actúa simplemente porque sí, porque eso que hacemos nos alinea con lo que es correcto o justo, aunque no haya premios, recompensas o contraprestaciones.
Se suponía que yo ya había colgado las botas o los hábitos; que me había cortado la coleta. Los últimos años de batalla, muchas veces en total soledad, habían sido muy duros. Habíamos logrado doblegar a Goliat, pero el desgaste personal había sido grande. Y la finalización de mi etapa de Presidente del AMPA era la excusa perfecta para pasar página. Pero hay cosas de las que uno difícilmente se puede jubilar. Y sólo hace falta toparse con un utópico practicante, para que todos los planes se vayan al traste. Bastó un extraño mensaje allá por marzo de una desconocida en facebook, para activar lo que no había acabado de desactivarse. "Nos encantaría que trabajásemos en conjunto..." "estaríamos encantados si deciden acompañarnos...". Aquella llamada anónima a la unidad de esfuerzos y a hacerse UNO en un frente común ante una injusticia, me llamó tanto la atención como que me hablara de "usted", quizás por respeto a lo ya logrado con la Junta. Y esa convicción, casi infantil, de enfrentarse a los gigantescos molinos de viento, que yo había sentido tantas veces, y que me hubiera encantado compartir con otros, acabó de convencerme.
Fue así como Tere dejó de ser una desconocida, y aunque aún no nos hemos topado personalmente, ya es casi de la familia. La noté tan luchadora, tan inconformista y con una ambición tan sana y tan ausente de interés personal, que no pude evitar involucrarme. Mi experiencia en guerrilla administrativa les podría venir de perlas. Como dice Mey: "a mí me va la marcha". Y como los viejos rockeros nunca mueren, nos pusimos manos a la obra para conseguir que se cortara la sangría de niños que desde 2013 estaban abandonando la música en Andalucia tras cuatro años de estudios, y tras haber aprobado su examen de acceso a grado profesional, por una pésima e injusta decisión de la Junta de Andalucía, y por su falta de planificación. Y fue así como he conocido en la distancia de las redes sociales a gente maravillosa que están luchando por el prójimo hasta la extenuación: Soluna, Claudia, Francisco, Ángel, Jesús... Empezamos por involucrar a las AMPAs de la provincia de Málaga. Luego preparamos un modelo de recurso de alzada, un formulario para agrupar a los afectados, un correo de contacto para gestionarlo todo, e iniciamos propuestas técnicas con la Asociación de Directores de Conservatorios. Y así llegó el momento en que en junio la Administración volvía a dejar fuera a más de 330 niños tan sólo en este curso. Eso sumó a nuestras filas a centros de toda Andalucía. Organizamos por whatsapp, facebook y twitter tanto a las AMPAs como a los padres afectados. Nos preparamos a conciencia y nos reunimos con las Delegaciones de Educación, y pedimos reunirnos con la nueva Consejera. Pero nos ningunearon por activa, por pasiva y por perifrástica. Y tocó sacar la artillería pesada, si queríamos lograr algo antes del inicio de las clases en septiembre. Movimos hilos con los parlamentarios en materia educativa de todos los grupos políticos. Eso "meneó" bastante la cosa. Pero el terremoto le llegó a la Junta cuando empezaron a lloverle noticias de prensa, radio y  televisión "no muy favorables" desde todos los flancos. No hay nada que duela más a un político que le toquen la imagen, y nosotros estábamos dándoles hasta en el carnet de identidad desde todas las provincias, tras una comparecencia parlamentaria bochornosa sobre nuestro asunto. Me vi en plenas vacaciones concediendo entrevistas por teléfono delante de vacas en plena montaña, y preparando posts y correos electrónicos desde el coche. Eso es lo bueno de estas batallas: que no necesitas siempre estar detrás de la pancarta. Y por fin nos concedieron audiencia en Sevilla en pleno mes de agosto. Planificamos a fondo esa reunión y milagrosamente nuestra convicción obró el milagro. Creímos que podría lograrse, y creamos esa realidad. La Junta de Andalucía se comprometía parcialmente para este año, y mostraba buena disposición a revisar el sistema para los cursos sucesivos. Y así es como esta semana, tras unos primeros días en vilo, los jefes provinciales de planificación llamaban uno a uno a los directores con vacantes en sus centros, y éstos han ido llamando a familias con niños aprobados sin plaza, que apenas se podían creer lo que ya daban por perdido.
Como uno lleva ya muchas cruzadas de este tipo a las espaldas, no puedo evitar observar con cierta mirada antropológica las reacciones de la gente en estas situaciones: la de los reticentes en un principio, que acaban volviéndose enfervorizados combatientes ante los primeros pasos; la de los pesimistas o incluso "pájaros de mal agüero", que acaban silenciándose con el avance favorable de las gestiones; la de quienes disfrutan con los logros ajenos, aunque aún no les haya llegado a los propios; y la de quienes cuestionan lo alcanzado por otros, porque aún no les ha llegado a los suyos. Éstos últimos son los que más me apenan. Sé bien que es condición humana. Sé bien que no todo el mundo está llamado a tener y a contagiar un inconformismo como el de Tere o el de Soluna. Sé bien que la solidaridad y el bien común son términos reservados para unos pocos privilegiados. Pero también he visto con mis propios ojos cómo grandes logros como el que acabamos de alcanzar se desmoronaban porque algunos de los posibles beneficiarios de los mismos, que curiosamente no habían hecho nada por lograrlos, se quejaban en perjuicio de los demás por impaciencia, envidia o recelo. Es habitual cuando una guerra de largo recorrido como ésta, consigue una victoria contundente demasiado pronto, y los que no se han beneficiado de ello, ponen sus intereses por encima de las victorias de sus compañeros de fatigas. Ojalá que éste no sea el caso. Hemos logrado muchísimo en muy poco tiempo, y con la legalidad en nuestra contra. Y tenemos a Goliat contra las cuerdas. Pero nuestra guerra es para lograr erradicar esta injusticia, y que en años sucesivos lo sucedido desde 2013 no vuelva a producirse. Y a ese tablero de ajedrez es al que toca pasar ahora, para lograr ganar la guerra que acabe con esta tropelía. Deseo con fuerza que el inconformismo, la solidaridad y el compromiso por el bien común que hemos saboreado las centenares de familias que estamos viviendo esta experiencia nos contagie hasta los tuétanos. Que así sea.

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viernes, 1 de septiembre de 2017

Cambio de tercio

Lo que mal empieza mal acaba. Aunque no siempre. Ayer acabó maravillosamente lo que inicié "como elefante en cacharrería". Me despedí de mis compañeros de trabajo en un entrañable almuerzo, lleno de comensales y de bellos detalles para los que nos vamos. Hubo abrazos sinceros, palabras muy cariñosas, algún "suspirillo", y más de un nudo en la garganta y en el estómago, al menos por mi parte. Quizás acabó bien lo que empecé regular, porque creo haber aprendido lo que vine a aprender a este trabajo. Algo que va mucho más allá de derecho laboral o de técnicas de intermediación. Va relacionado con la asignatura de la vida y sus prioridades. Con el papel del trabajo y el control sobre nuestro  bien más preciado: el tiempo. Con saber aceptar y aprender lo que la vida nos depara. Y con acabar aceptando y adaptándonos a los recodos del camino, en lugar de aferrarnos a cómo nos gustaría que ese camino fuera.
Antes de la despedida recogí mis bártulos. Aunque había poco que recoger. Eso fue algo que me propuse cuando llegué a este trabajo: acumular poco para llevar poco equipaje en el viaje siguiente. Con este nuevo cambio de trabajo dejo atrás mucho de lo que ha formado parte de mi vida en los últimos cuatro años: la cercanía a casa, la reducción de jornada, la atención a los desempleados, la meditación con los compañeros frente al olivo de la oficina, el almuerzo a horas decentes en familia... De nuevo otro cambio más en nuestra vida. Otro más. Para que no se oxide la capacidad de fluir por este río que es la vida, en esa permanente transformación de todo lo que nos rodea. 
Pero, ¡quién me lo iba a decir! Con lo frustrado que me sentí durante semanas en mi entrada "triunfal", y el "pellizquillo" que ahora me genera irme. Vamos que si sólo hubiera dependido de mí, habría retrasado mi marcha, sin duda. Pero si me hubiera ido hace cuatro años, lo habría hecho quizás "enfurruñado" o quizás con un "portazo". Mis expectativas y mi inconformismo laboral eran demasiado altos. Ahora me voy contento, sin rencillas y con un buen puñado de amigos. Ha valido, pues, la pena, el trecho recorrido en estos años. Y no es que el trabajo haya cambiado: aún queda largo trecho hasta una atención como la que los desempleados se merecen. Pero el relajar mi actitud, el respetar los ritmos de los otros, y el aprender aceptando, han hecho brotar novedades que no imaginé entonces. Se hace un gran trabajo a pesar de tantos obstáculos y tanta dichosa burocracia, gracias a un equipo de gente excepcional. Se ha creado una "piña" magnífica. Y eso es buen síntoma. Significa que lo humano ha tomado el papel central, bajo la excusa de una jornada laboral. Indica que las personas ocupamos el sitio que nos corresponde por encima de enfoques profesionales. E implica que echaré mucho de menos a mis "compis" y usuarios, muchos ya amigos, por encima del papel que cada uno tenemos en esta obra de teatro de la vida laboral. Mantendremos el contacto y la relación por encima de esa jornada. Y quizás esa relación sea más auténtica y menos condicionada por roles, como ya me ha sucedido en trabajos y etapas anteriores. La amistad y el amor no entienden de lugares, momentos o etapas.
También me apasiona reencontrarme con antiguos compañeros de Hacienda de los que un día me despedí como ahora, en este ir y venir continuos. Cambio las tarjetas de demanda de empleo por la investigación del fraude fiscal. Pero a veces no importa tanto lo que se haga, sino cómo se haga. Ese ha sido otro gran aprendizaje de esta etapa. Y de nuevo siento en mi interior ese hormigueo de lo retos por afrontar. Hasta el próximo cambio de tercio.

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viernes, 25 de agosto de 2017

Infarto

Cenamos con él esa noche como otras veces. Reímos y bromeamos como tantas otras veces. Nuestros hijos jugaron y disfrutaron juntos como otras veces. Hablamos del próximo curso como otras veces. Y nos despedimos como tantas otras veces. Pero pudo ser la última. La última cena, las últimas risas y bromas, los últimos planes, la última despedida. A las pocas horas sufría un infarto de corazón comiendo en un chiringuito en su primer día de vacaciones. Y si no fuera por la rápida reacción de su mujer, por el desfibrilador, y por la rapidez de la intervención quirúrgica, hoy no lo contaría, aunque sigue en observación. 
Eva y una amiguita jugando
a hacer corazones con las manos
en el atardecer de una playa malagueña
En la teoría todos lo tenemos claro: todos moriremos algún día. Pero en la práctica nos empeñamos en darle la espalda a la teoría y actuamos como si siempre existiera un mañana. Como si el futuro fuera plastilina. Como si fuéramos eternos. Verlo tan de cerca, en unos amigos tan queridos, y de una forma tan repentina, te da un zarpazo que te espabilas de los espejismos de perpetuidad. Y durante los días siguientes decides saborear mejor el gazpacho, mirar más rato a los ojos, abrazar unos segundos más, besar con más consciencia, perder el tiempo por el placer de perderlo, trivializar lo trivial...  Aunque sea sólo por si no hay otra oportunidad. Aunque sólo sea por unos días...
Cuando alguien sufre una enfermedad, se le prioriza sobre todo y por delante de todo. Especialmente cuando es una dolencia que te puede quitar la vida. Pero cuando esa enfermedad es el odio, todos podemos sufrir contagio. Y eso que probablemente sea la enfermedad más devastadora. Aquella que ciega, que siega vidas, que construye muros y bombas, que se olvida de nuestra divinidad. Aquella que hace del diferente un enemigo, y que nos llena de venganza y de sed justiciera. Y es curioso: si un amigo sufre un infarto, tú no tienes por qué sufrirlo. Pero si alguien se enfada contigo, o más aún, te odia a muerte, te acaba contagiando. ¿Cómo no vas a defenderte de ese odio? ¿Cómo no vas a armarte por si acaso? ¿Cómo no vas a construir tus muros de protección? Y es así como un enfermo de odio, de esos que sufren permanentes infartos de corazón y de alma, en vez de ser tratado como un enfermo, y causarnos pena, deseos de mejoría y cuidados paliativos (aunque sea en la cárcel), genera unos idénticos brotes de odio en nosotros. Aunque sea sólo porque se visten o rezan de forma parecida. Todos los "otros" son iguales, a fin de cuentas. Ojo por ojo, hasta que todos nos quedemos ciegos. Y ves cómo estos días, tras el abominable atentado de las Ramblas de Barcelona, personas normalmente ecuánimes y equilibradas vomitan comparaciones malintencionadas entre religiones, culpan a unos y a otros, se llenan de razones y de soluciones, y se olvidan también de que están siendo contagiados de odio y de separación. Es lo que tienen ciertas enfermedades: que sin darte cuenta te ves escupiendo odio y proclamas contra el diferente, rompiendo el tenue lazo que nos une a todos. Y así un infarto de odio genera otros cien mil. Porque dejamos que así sea. Simple y llanamente. Y son personas como el padre del niño de Rubí, vilmente asesinado en un infarto de odio en las Ramblas, las que ponen cordura y un abrazo al diferente, en medio de tanta enfermedad. A pesar del dolor que sólo unos padres pueden sentir en una situación así. Y ahí sólo cabe que los contagiados de odio callen sus razones y sus soluciones, y se empapen de la medicina de unos padres destrozados por esa enfermedad del odio, pero que no van a permitir que éste les contagie.
Están siendo unas semanas de infarto. Semanas en las que priorizar lo importante, por si no hay un mañana. Semanas en las que no contagiarse de los enfados y odios ajenos. Semanas en las que no avivar las tentaciones de separación. Semanas en las que cuidar el corazón. En todos los sentidos.

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lunes, 21 de agosto de 2017

Segunda carta en una maleta

Vélez, 9 de Agosto de 2017
Queridísimo Samuel:
Llegó tu turno. Ahora eres tú el que vuela alto y lejos. Cuando encuentres esta carta en tu maleta, estarás ya en Pensilvania, a miles de kilómetros de nosotoros, y con una nueva familia. Será sin duda la mayor aventura de tu vida hasta ahora, y probablemente te marcará para el resto de tus días. Por eso hemos querido también hacer el esfuerzo de que lo disfrutes, aunque como ya viste con Pablo, nos estaremos acordando de ti y hablando de ti a cada instante.
Eres un ser con "estrella". Desde pequeñito, sin saber por qué, te empeñaste en que querías ir a Canadá, y sin saber cómo ni por qué, tu nueva familia americana te ha querido incorporar nada más aterrizar, a sus vacaciones en Canadá. No es una excepción en tu vida: todo lo que sueñas puede acabar cumpliéndose. Son muchísimos los ejemplos ya vividos. Así que "mima" tus sueños. Apórtales una pizca de tu brillantez, y un par de cucharadas de esfuerzo y trabajo (sin son "soperas", mejor). Y tus sueños se harán realidad. Probablemente tu experiencia americana te ayudará a entender hasta qué punto esto puede ser verdad.
Echaremos en falta tu sonrisa "socarrona", tus bromas y anécdotas, tus asombrosos descubrimientos científicos por internet, y tus melodías al piano. Mamá echará de menos tus abrazos eternos. Y yo nuestras "peleitas" de "macho alfa".
Si abres las páginas que a veces guardas tan celosamente en tu corazón, los que te rodeen van a alucinar. Así que ¡abre ese libro único que atesoras! ¡Desparrama tu alegría, tu curiosidad, tu motivación, tu lucidez! Y no dejes de comunicarte a tope con todos: los de allí, y los de aquí. Sabemos que tienes una inmensa riqueza interior y un fascinante mundo dentro de ti. ¡Ábrelo de par en par para los que te rodean!
Quiere mucho a la familia White. Te ha tocado la lotería con ellos, y estamos seguros que te van a querer con locura. Quiéreles tú también con locura.
Esperaremos con ansiedad a diario tus whatsapps, tus audios y las videoconferencias semanales.
Disfruta a tope, pruébalo todo, practica todos los deportes, empápate de todo, y vive como si cada día fuera el último. En realidad lo puede ser, y nadie te podrá quitar "lo balilao".
Estamos muy orgullosos de tu determinación. No has dudado ni un solo momento sobre esta aventura. Seguiremos, sin duda, poniéndote un plato en la mesa, como a Pablo, durante semanas, porque no nos podremos acostumbrar a tu ausencia. Y allá por junio, cuando volvamos a verte, aunque vendrás ya hecho un "tiaco", prepárate porque la que te va a caer de besos y abrazos va a ser buena.

Te queremos con locura

Papá, Mamá, Pablo y Eva