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sábado, 23 de septiembre de 2017

La vuelta a lo extraordinario

Foto de Eva
Estos son días de vuelta al cole. De reencuentro con los compañeros de clase. De inicio de los deberes. De regreso a las oficinas. De guardar el bañador y la toalla en el altillo o en el trastero, y sacar las primeras rebecas. El verano va quedando atrás. Ya se nota el fresco a primeras horas de la mañana. Y los días se acortan inexorablemente. Pronto las aceras se llenarán de hojas y las esquinas de puestos de castañas. Las estaciones siguen su ciclo. Nosotros también.
Foto de Eva
Sin embargo, la vuelta a lo cotidiano, puede no significar la vuelta a lo ordinario.
Escucho a muchos quejarse del retorno al trabajo, mientras hay tantos sin trabajo.
Escucho a muchos sentirse víctimas del síndrome postvacacional, mientras hay tantos que no saben lo que son las vacaciones.
Escucho a muchos quejarse de horarios, mientras hay tantos que querrían tener uno.
Escucho a muchos renegar del cole, cuando sabemos de tantos que ya quisieran saber lo que es eso.
Escucho a muchos renegar y renegar, olvidando que llegará un día en que ya no estaremos aquí, y echaremos de menos toda esta cotidianeidad.
Foto de Eva
Protestamos de lo ordinario, sin ver que para muchos es extraordinario. Quizás incluso para nosotros, cuando nos falle la salud.
La vida son cuatro días. Es un regalo único. Siempre lo pienso cuando veo las fotos que saca mi hija, en las que lo desapercibido resulta maravilloso. Si tenemos salud, trabajo, horarios, colegio o tareas habituales o periódicas, somos unos auténticos privilegiados. Y podemos hacer de todo ello algo sublime. No desperdiciemos esos cuatro días renegando de todo y de todos. Una actitud permanente de gratitud a la Vida ante lo que somos y tenemos no sólo nos hace disfrutar más de cada instante aquí, sino que nos acaba regresando como si fuera un "boomerang". No perdamos el tiempo en quejas. Pongámonos las gafas de color de rosa, y saboreemos hasta la última gota de este regalo.

NOTA: Este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario. Acabamos de iniciar una nueva etapa apoyando a los Ángeles Malagueños de la Noche, uno de los Comedores Sociales más importantes de Europa.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Inconformismo contagioso

Puede parecer poco premio. Y quizás lo sea para quien actúe pensando en qué va a obtener a cambio.Sin embargo a mí me ha sabido a gloria. Esos mensajes, esas lágrimas de emoción en los niños, ese entusiasmo desbordado en los padres... Debe ser maravilloso que, estando todo perdido, de nuevo se les abran a tus hijos las puertas para desarrollar sus sueños. Y esa manifestación de sentimientos rebosantes es el mejor de los obsequios para quienes hemos estado en esa lucha. Ni en el mejor de los casos pensamos que lo lograríamos para tantos: ciento sesenta o ciento setenta familias beneficiadas hasta ahora es una barbaridad en tan poco tiempo. Muchas de ellas ni sabrán que en la sorprendente llamada de esta semana desde el centro de estudios de su hijo o hija, teníamos mucho que ver nosotros. Ni siquiera sentirán gratitud por el esfuerzo que hemos realizado todos estos meses por ellos. No importa. No buscábamos gratitud. A veces se actúa simplemente porque sí, porque eso que hacemos nos alinea con lo que es correcto o justo, aunque no haya premios, recompensas o contraprestaciones.
Se suponía que yo ya había colgado las botas o los hábitos; que me había cortado la coleta. Los últimos años de batalla, muchas veces en total soledad, habían sido muy duros. Habíamos logrado doblegar a Goliat, pero el desgaste personal había sido grande. Y la finalización de mi etapa de Presidente del AMPA era la excusa perfecta para pasar página. Pero hay cosas de las que uno difícilmente se puede jubilar. Y sólo hace falta toparse con un utópico practicante, para que todos los planes se vayan al traste. Bastó un extraño mensaje allá por marzo de una desconocida en facebook, para activar lo que no había acabado de desactivarse. "Nos encantaría que trabajásemos en conjunto..." "estaríamos encantados si deciden acompañarnos...". Aquella llamada anónima a la unidad de esfuerzos y a hacerse UNO en un frente común ante una injusticia, me llamó tanto la atención como que me hablara de "usted", quizás por respeto a lo ya logrado con la Junta. Y esa convicción, casi infantil, de enfrentarse a los gigantescos molinos de viento, que yo había sentido tantas veces, y que me hubiera encantado compartir con otros, acabó de convencerme.
Fue así como Tere dejó de ser una desconocida, y aunque aún no nos hemos topado personalmente, ya es casi de la familia. La noté tan luchadora, tan inconformista y con una ambición tan sana y tan ausente de interés personal, que no pude evitar involucrarme. Mi experiencia en guerrilla administrativa les podría venir de perlas. Como dice Mey: "a mí me va la marcha". Y como los viejos rockeros nunca mueren, nos pusimos manos a la obra para conseguir que se cortara la sangría de niños que desde 2013 estaban abandonando la música en Andalucia tras cuatro años de estudios, y tras haber aprobado su examen de acceso a grado profesional, por una pésima e injusta decisión de la Junta de Andalucía, y por su falta de planificación. Y fue así como he conocido en la distancia de las redes sociales a gente maravillosa que están luchando por el prójimo hasta la extenuación: Soluna, Claudia, Francisco, Ángel, Jesús... Empezamos por involucrar a las AMPAs de la provincia de Málaga. Luego preparamos un modelo de recurso de alzada, un formulario para agrupar a los afectados, un correo de contacto para gestionarlo todo, e iniciamos propuestas técnicas con la Asociación de Directores de Conservatorios. Y así llegó el momento en que en junio la Administración volvía a dejar fuera a más de 330 niños tan sólo en este curso. Eso sumó a nuestras filas a centros de toda Andalucía. Organizamos por whatsapp, facebook y twitter tanto a las AMPAs como a los padres afectados. Nos preparamos a conciencia y nos reunimos con las Delegaciones de Educación, y pedimos reunirnos con la nueva Consejera. Pero nos ningunearon por activa, por pasiva y por perifrástica. Y tocó sacar la artillería pesada, si queríamos lograr algo antes del inicio de las clases en septiembre. Movimos hilos con los parlamentarios en materia educativa de todos los grupos políticos. Eso "meneó" bastante la cosa. Pero el terremoto le llegó a la Junta cuando empezaron a lloverle noticias de prensa, radio y  televisión "no muy favorables" desde todos los flancos. No hay nada que duela más a un político que le toquen la imagen, y nosotros estábamos dándoles hasta en el carnet de identidad desde todas las provincias, tras una comparecencia parlamentaria bochornosa sobre nuestro asunto. Me vi en plenas vacaciones concediendo entrevistas por teléfono delante de vacas en plena montaña, y preparando posts y correos electrónicos desde el coche. Eso es lo bueno de estas batallas: que no necesitas siempre estar detrás de la pancarta. Y por fin nos concedieron audiencia en Sevilla en pleno mes de agosto. Planificamos a fondo esa reunión y milagrosamente nuestra convicción obró el milagro. Creímos que podría lograrse, y creamos esa realidad. La Junta de Andalucía se comprometía parcialmente para este año, y mostraba buena disposición a revisar el sistema para los cursos sucesivos. Y así es como esta semana, tras unos primeros días en vilo, los jefes provinciales de planificación llamaban uno a uno a los directores con vacantes en sus centros, y éstos han ido llamando a familias con niños aprobados sin plaza, que apenas se podían creer lo que ya daban por perdido.
Como uno lleva ya muchas cruzadas de este tipo a las espaldas, no puedo evitar observar con cierta mirada antropológica las reacciones de la gente en estas situaciones: la de los reticentes en un principio, que acaban volviéndose enfervorizados combatientes ante los primeros pasos; la de los pesimistas o incluso "pájaros de mal agüero", que acaban silenciándose con el avance favorable de las gestiones; la de quienes disfrutan con los logros ajenos, aunque aún no les haya llegado a los propios; y la de quienes cuestionan lo alcanzado por otros, porque aún no les ha llegado a los suyos. Éstos últimos son los que más me apenan. Sé bien que es condición humana. Sé bien que no todo el mundo está llamado a tener y a contagiar un inconformismo como el de Tere o el de Soluna. Sé bien que la solidaridad y el bien común son términos reservados para unos pocos privilegiados. Pero también he visto con mis propios ojos cómo grandes logros como el que acabamos de alcanzar se desmoronaban porque algunos de los posibles beneficiarios de los mismos, que curiosamente no habían hecho nada por lograrlos, se quejaban en perjuicio de los demás por impaciencia, envidia o recelo. Es habitual cuando una guerra de largo recorrido como ésta, consigue una victoria contundente demasiado pronto, y los que no se han beneficiado de ello, ponen sus intereses por encima de las victorias de sus compañeros de fatigas. Ojalá que éste no sea el caso. Hemos logrado muchísimo en muy poco tiempo, y con la legalidad en nuestra contra. Y tenemos a Goliat contra las cuerdas. Pero nuestra guerra es para lograr erradicar esta injusticia, y que en años sucesivos lo sucedido desde 2013 no vuelva a producirse. Y a ese tablero de ajedrez es al que toca pasar ahora, para lograr ganar la guerra que acabe con esta tropelía. Deseo con fuerza que el inconformismo, la solidaridad y el compromiso por el bien común que hemos saboreado las centenares de familias que estamos viviendo esta experiencia nos contagie hasta los tuétanos. Que así sea.

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viernes, 1 de septiembre de 2017

Cambio de tercio

Lo que mal empieza mal acaba. Aunque no siempre. Ayer acabó maravillosamente lo que inicié "como elefante en cacharrería". Me despedí de mis compañeros de trabajo en un entrañable almuerzo, lleno de comensales y de bellos detalles para los que nos vamos. Hubo abrazos sinceros, palabras muy cariñosas, algún "suspirillo", y más de un nudo en la garganta y en el estómago, al menos por mi parte. Quizás acabó bien lo que empecé regular, porque creo haber aprendido lo que vine a aprender a este trabajo. Algo que va mucho más allá de derecho laboral o de técnicas de intermediación. Va relacionado con la asignatura de la vida y sus prioridades. Con el papel del trabajo y el control sobre nuestro  bien más preciado: el tiempo. Con saber aceptar y aprender lo que la vida nos depara. Y con acabar aceptando y adaptándonos a los recodos del camino, en lugar de aferrarnos a cómo nos gustaría que ese camino fuera.
Antes de la despedida recogí mis bártulos. Aunque había poco que recoger. Eso fue algo que me propuse cuando llegué a este trabajo: acumular poco para llevar poco equipaje en el viaje siguiente. Con este nuevo cambio de trabajo dejo atrás mucho de lo que ha formado parte de mi vida en los últimos cuatro años: la cercanía a casa, la reducción de jornada, la atención a los desempleados, la meditación con los compañeros frente al olivo de la oficina, el almuerzo a horas decentes en familia... De nuevo otro cambio más en nuestra vida. Otro más. Para que no se oxide la capacidad de fluir por este río que es la vida, en esa permanente transformación de todo lo que nos rodea. 
Pero, ¡quién me lo iba a decir! Con lo frustrado que me sentí durante semanas en mi entrada "triunfal", y el "pellizquillo" que ahora me genera irme. Vamos que si sólo hubiera dependido de mí, habría retrasado mi marcha, sin duda. Pero si me hubiera ido hace cuatro años, lo habría hecho quizás "enfurruñado" o quizás con un "portazo". Mis expectativas y mi inconformismo laboral eran demasiado altos. Ahora me voy contento, sin rencillas y con un buen puñado de amigos. Ha valido, pues, la pena, el trecho recorrido en estos años. Y no es que el trabajo haya cambiado: aún queda largo trecho hasta una atención como la que los desempleados se merecen. Pero el relajar mi actitud, el respetar los ritmos de los otros, y el aprender aceptando, han hecho brotar novedades que no imaginé entonces. Se hace un gran trabajo a pesar de tantos obstáculos y tanta dichosa burocracia, gracias a un equipo de gente excepcional. Se ha creado una "piña" magnífica. Y eso es buen síntoma. Significa que lo humano ha tomado el papel central, bajo la excusa de una jornada laboral. Indica que las personas ocupamos el sitio que nos corresponde por encima de enfoques profesionales. E implica que echaré mucho de menos a mis "compis" y usuarios, muchos ya amigos, por encima del papel que cada uno tenemos en esta obra de teatro de la vida laboral. Mantendremos el contacto y la relación por encima de esa jornada. Y quizás esa relación sea más auténtica y menos condicionada por roles, como ya me ha sucedido en trabajos y etapas anteriores. La amistad y el amor no entienden de lugares, momentos o etapas.
También me apasiona reencontrarme con antiguos compañeros de Hacienda de los que un día me despedí como ahora, en este ir y venir continuos. Cambio las tarjetas de demanda de empleo por la investigación del fraude fiscal. Pero a veces no importa tanto lo que se haga, sino cómo se haga. Ese ha sido otro gran aprendizaje de esta etapa. Y de nuevo siento en mi interior ese hormigueo de lo retos por afrontar. Hasta el próximo cambio de tercio.

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viernes, 25 de agosto de 2017

Infarto

Cenamos con él esa noche como otras veces. Reímos y bromeamos como tantas otras veces. Nuestros hijos jugaron y disfrutaron juntos como otras veces. Hablamos del próximo curso como otras veces. Y nos despedimos como tantas otras veces. Pero pudo ser la última. La última cena, las últimas risas y bromas, los últimos planes, la última despedida. A las pocas horas sufría un infarto de corazón comiendo en un chiringuito en su primer día de vacaciones. Y si no fuera por la rápida reacción de su mujer, por el desfibrilador, y por la rapidez de la intervención quirúrgica, hoy no lo contaría, aunque sigue en observación. 
Eva y una amiguita jugando
a hacer corazones con las manos
en el atardecer de una playa malagueña
En la teoría todos lo tenemos claro: todos moriremos algún día. Pero en la práctica nos empeñamos en darle la espalda a la teoría y actuamos como si siempre existiera un mañana. Como si el futuro fuera plastilina. Como si fuéramos eternos. Verlo tan de cerca, en unos amigos tan queridos, y de una forma tan repentina, te da un zarpazo que te espabilas de los espejismos de perpetuidad. Y durante los días siguientes decides saborear mejor el gazpacho, mirar más rato a los ojos, abrazar unos segundos más, besar con más consciencia, perder el tiempo por el placer de perderlo, trivializar lo trivial...  Aunque sea sólo por si no hay otra oportunidad. Aunque sólo sea por unos días...
Cuando alguien sufre una enfermedad, se le prioriza sobre todo y por delante de todo. Especialmente cuando es una dolencia que te puede quitar la vida. Pero cuando esa enfermedad es el odio, todos podemos sufrir contagio. Y eso que probablemente sea la enfermedad más devastadora. Aquella que ciega, que siega vidas, que construye muros y bombas, que se olvida de nuestra divinidad. Aquella que hace del diferente un enemigo, y que nos llena de venganza y de sed justiciera. Y es curioso: si un amigo sufre un infarto, tú no tienes por qué sufrirlo. Pero si alguien se enfada contigo, o más aún, te odia a muerte, te acaba contagiando. ¿Cómo no vas a defenderte de ese odio? ¿Cómo no vas a armarte por si acaso? ¿Cómo no vas a construir tus muros de protección? Y es así como un enfermo de odio, de esos que sufren permanentes infartos de corazón y de alma, en vez de ser tratado como un enfermo, y causarnos pena, deseos de mejoría y cuidados paliativos (aunque sea en la cárcel), genera unos idénticos brotes de odio en nosotros. Aunque sea sólo porque se visten o rezan de forma parecida. Todos los "otros" son iguales, a fin de cuentas. Ojo por ojo, hasta que todos nos quedemos ciegos. Y ves cómo estos días, tras el abominable atentado de las Ramblas de Barcelona, personas normalmente ecuánimes y equilibradas vomitan comparaciones malintencionadas entre religiones, culpan a unos y a otros, se llenan de razones y de soluciones, y se olvidan también de que están siendo contagiados de odio y de separación. Es lo que tienen ciertas enfermedades: que sin darte cuenta te ves escupiendo odio y proclamas contra el diferente, rompiendo el tenue lazo que nos une a todos. Y así un infarto de odio genera otros cien mil. Porque dejamos que así sea. Simple y llanamente. Y son personas como el padre del niño de Rubí, vilmente asesinado en un infarto de odio en las Ramblas, las que ponen cordura y un abrazo al diferente, en medio de tanta enfermedad. A pesar del dolor que sólo unos padres pueden sentir en una situación así. Y ahí sólo cabe que los contagiados de odio callen sus razones y sus soluciones, y se empapen de la medicina de unos padres destrozados por esa enfermedad del odio, pero que no van a permitir que éste les contagie.
Están siendo unas semanas de infarto. Semanas en las que priorizar lo importante, por si no hay un mañana. Semanas en las que no contagiarse de los enfados y odios ajenos. Semanas en las que no avivar las tentaciones de separación. Semanas en las que cuidar el corazón. En todos los sentidos.

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lunes, 21 de agosto de 2017

Segunda carta en una maleta

Vélez, 9 de Agosto de 2017
Queridísimo Samuel:
Llegó tu turno. Ahora eres tú el que vuela alto y lejos. Cuando encuentres esta carta en tu maleta, estarás ya en Pensilvania, a miles de kilómetros de nosotoros, y con una nueva familia. Será sin duda la mayor aventura de tu vida hasta ahora, y probablemente te marcará para el resto de tus días. Por eso hemos querido también hacer el esfuerzo de que lo disfrutes, aunque como ya viste con Pablo, nos estaremos acordando de ti y hablando de ti a cada instante.
Eres un ser con "estrella". Desde pequeñito, sin saber por qué, te empeñaste en que querías ir a Canadá, y sin saber cómo ni por qué, tu nueva familia americana te ha querido incorporar nada más aterrizar, a sus vacaciones en Canadá. No es una excepción en tu vida: todo lo que sueñas puede acabar cumpliéndose. Son muchísimos los ejemplos ya vividos. Así que "mima" tus sueños. Apórtales una pizca de tu brillantez, y un par de cucharadas de esfuerzo y trabajo (sin son "soperas", mejor). Y tus sueños se harán realidad. Probablemente tu experiencia americana te ayudará a entender hasta qué punto esto puede ser verdad.
Echaremos en falta tu sonrisa "socarrona", tus bromas y anécdotas, tus asombrosos descubrimientos científicos por internet, y tus melodías al piano. Mamá echará de menos tus abrazos eternos. Y yo nuestras "peleitas" de "macho alfa".
Si abres las páginas que a veces guardas tan celosamente en tu corazón, los que te rodeen van a alucinar. Así que ¡abre ese libro único que atesoras! ¡Desparrama tu alegría, tu curiosidad, tu motivación, tu lucidez! Y no dejes de comunicarte a tope con todos: los de allí, y los de aquí. Sabemos que tienes una inmensa riqueza interior y un fascinante mundo dentro de ti. ¡Ábrelo de par en par para los que te rodean!
Quiere mucho a la familia White. Te ha tocado la lotería con ellos, y estamos seguros que te van a querer con locura. Quiéreles tú también con locura.
Esperaremos con ansiedad a diario tus whatsapps, tus audios y las videoconferencias semanales.
Disfruta a tope, pruébalo todo, practica todos los deportes, empápate de todo, y vive como si cada día fuera el último. En realidad lo puede ser, y nadie te podrá quitar "lo balilao".
Estamos muy orgullosos de tu determinación. No has dudado ni un solo momento sobre esta aventura. Seguiremos, sin duda, poniéndote un plato en la mesa, como a Pablo, durante semanas, porque no nos podremos acostumbrar a tu ausencia. Y allá por junio, cuando volvamos a verte, aunque vendrás ya hecho un "tiaco", prepárate porque la que te va a caer de besos y abrazos va a ser buena.

Te queremos con locura

Papá, Mamá, Pablo y Eva

miércoles, 16 de agosto de 2017

El peregrino

Acababa de pasar el día grande del santo, pero O Pedrouzo estaba repleto de peregrinos a punto de salir tempranito para alcanzar su meta en esta última etapa. Le vi en la puerta de la cafetería. Me llamó la atención desde lejos. No parecía un peregrino a punto de llegar a Santiago. Y eso que estaba rodeado por decenas de ellos. Algo le diferenciaba. Y no era ni su ropa ni su mochila. Luego entendí que eran los demás los que quizás no cuadraban: turistas del camino con unos pocos días en los que consumir otra experiencia veraniega. Puede que como nosotros. Pero la cara de aquel hombre decía algo más. Era una mezcla de cansancio, de tristeza, de soledad, y de sufrimiento. Quizás por un complicado peregrinar por la vida. No iba desaliñado ni mal vestido, pero sus arrugas y su expresión me chocaron, aunque me sentía incapaz de saber por qué. Quizás me recordaba las caras de las personas que a veces piden a la puerta de una iglesia o de un gran centro comercial, en las que la tristeza espiritual se mezcla con la material. Por eso me llamó tanto la atención entre tantas caras.
Al entrar a la cafetería nuevos estímulos captaron mi atención. Platos y tazas chocaban en el mostrador, mientras la cafetera de la barra trabajaba a pleno rendimiento. El rumor de camareros y clientes resultaba ensordecedor aunque endulzado por el olor a tostadas y a bollos recién hechos. Tomamos asiento en dos taburetes y pedimos nuestros cafés mañaneros para despertar el ánimo y tratar de alcanzar a nuestros tres hijos, ya a kilómetros de distancia por delante de nosotros. Más tarde, ya caminando, nos tomaríamos unas pocas galletas o algún trozo de bizcocho del día anterior. De repente oí una voz a mi izquierda. Ni me había percatado de que alguien se hubiera sentado allí. El ruido del local y mi flanco izquierdo de nuevo me dejaron al descubierto. Pero allí estaba ese pequeño hombre que tanto me había llamado la atención a la entrada. "¿De dónde venís?", nos preguntó. Siempre esa pregunta me generaba confusión. Nunca estaba claro si te preguntaban por tus orígenes o por tu punto de partida en el Camino de Santiago. Quizás por ambos. Quizás por ninguno. Quizás era tan sólo una pregunta habitual para romper el hielo. Pero que alguien nos abordase para conocer de nosotros me agradó. Cambiaba lo tónica de los últimos días en que éramos nosotros quienes buscábamos a conciencia ese encuentro con el desconocido. Ahora éramos nosotros los desconocidos a conocer. A pesar del bullicio del local y las noticias de la televisión a todo volumen pudimos mantener una agradable conversación. Al principio superficial. Luego de esas que no te quitas de la cabeza en semanas. Realmente no sé si fue casual que se sentara allí o si nos eligió expresamente entre tanto caminante para compartir desayuno. Lo cierto es que tanto él como nosotros coincidíamos en nuestro último día de camino. Nuestros últimos veinte kilómetros. Aunque con diferencias. Nosotros tras sólo cinco días de caminar; él tras diez años ininterrumpidos. Nosotros tras recorrer unos 125 kilómetros; él tras recorrer más de cien mil. Nosotros en una búsqueda de experiencias familiares de las que aprender; él de cumplir una promesa imposible de cumplir. Pero a veces los imposibles se alcanzan. Y él era experto precisamente en eso.
"Soy José el Peregrino". Nos dijo. "¿No os suena mi nombre?". Nos miramos y negamos con la cabeza. Y con la rapidez de un rayo sacó su móvil, abrió el navegador de internet, y usando el reconocimiento de voz pronunció  de nuevo su nombre: "José el Peregrino". Al instante en la pantalla del móvil que puso en nuestras manos aparecieron decenas de enlaces con  noticias sobre el personaje que teníamos delante. Alucinamos, a la vez que nos sentimos algo culpables por la desfachatez de no conocerle. Sin embargo, por educación, no quise pulsar en ninguno de los enlaces por no parecer un fisgón, aunque la curiosidad me mataba. ¿Por qué era tan famoso aquel personaje que nos había abordado? ¿Por qué llevaba diez años peregrinando? ¿Por qué le habían recibido el Dalai Lama y a los Papas Francisco y Benedicto XVI? Había conseguido despertar una enorme curiosidad en nosotros, como probablemente ya lo habría hecho en centenares de ocasiones anteriores en su largo caminar. Una historia quizás miles de veces contada en su ritual de peregrino, pero no por ello menos fascinante.
José es gaditano, del Puerto de Santa María. Trabajaba como cocinero de barco. En la Nochevieja de 1998, su barco "Revolución" naufragó en las gélidas aguas noruegas durante la captura del bacalao. El nombre del barco quizás presagiaba la rebelión interior que se le venía encima esa noche. Eran dieciséis los tripulantes de a bordo. Sólo él sobrevivió para contar la tragedia. Pasó nueve horas a la deriva bajo un frío insuperable, y junto a los cadáveres de dos de sus compañeros. Sólo él sabe lo que le vino a la cabeza durante esas horas eternas. En circunstancias así imagino que te centras en lo esencial de la vida. Probablemente se acordó de la familia, de los amigos, y de los momentos felices que quizás no volvería a vivir. Quizás también le vinieron a la mente los momentos compartidos con los camaradas cuyos cuerpos flotaban junto a él. Y probablemente ni le dedicó un segundo a pensar en la hipoteca, en el coche, o en su equipo de fútbol favorito. El sentir el aliento de la muerte en el cogote es lo que tiene: te dejas de tonterías, y te centras en lo esencial. Y probablemente así lo hizo: se olvidó de lo accesorio y sacó la parte divina que todos atesoramos, quizás a veces en lugares recónditos de nuestro ser. Recurrió a su fe y a su Virgen del Carmen. Creyó con todas sus fuerzas en que podía salir de aquel infierno. Y no cayó en la cuenta de que era imposible sobrevivir en unas circunstancias así. "Creyó", y con ello "creó" una realidad a todas luces inalcanzable. Da igual que lo hiciera él o lo hiciera la Virgen. Da igual que el milagro saliera de él o de fuera de él. Para él hubo un milagro, y debía ser agradecido si salía de aquello. 
Después de ser rescatado no comió perdices. Pasó ocho meses de recuperación en el hospital, dos años en silla de ruedas, y otros dos años usando muletas para caminar. Pero José siguió creyendo que se recuperaría y que podría cumplir su promesa. Se lo había prometido a la Virgen. Y de nuevo, cuando uno "cree", "crea". Probablemente a pesar de que muchos le dirían en aquel entonces que era imposible. Probablemente a pesar de que le dirían que ya era suficiente con haber conseguido sobrevivir. ¡Como para plantearse cumplir con la promesa que le hizo a la Virgen empapado en medio del mar, a varios grados bajo cero, y rodeado de cadáveres! Pero a esas alturas, poco le podían explicar ya a José sobre la asignatura de los posibles o imposibles. Y desde entonces ha peregrinado por todos los lugares santos del planeta. Desde Palestina a Israel; desde la India al Tíbet; desde China a Rusia; pasando también por América del Norte y del Sur. Le preguntamos por Rocamadour, precioso paraje francés de peregrinación que conocimos durante nuestro viaje de novios. Nos alucinó su detalladísima descripción.
A esas alturas del relato ya estábamos "ojipláticos". No pude reprimirme y le pedí hacernos un selfie, como una quinceañera ante Justin Bieber. Después me ofrecí a hacerle llegar la foto, y como habría hecho Justin Bieber declinó mi ofrecimiento. No sé si por puro cansancio, por tantas y tantas imágenes y gentes acumuladas durante años de peregrinar, o por el deseo de pasar página de su etapa viajera. A fin de cuentas ese día colgaba por fin las botas. Por fin dejaría de depender de las monedas que le dieran caminantes y lugareños para el café de la mañana o para el vicio de los cigarros que no había podido quitarse. Dejaría de mirar si los supermercados tenían videovigilancia para poder hacer una "compra" mayor o menor con las escasas monedas de sus bolsillos. Dejaría de acarrear su pesadísima mochila con una tienda de campaña que le permitiera dormir en cualquier rincón, al no poder costearse ni el más lúgubre de los albergues. Era momento de volver a casa con su hija y con sus dos nietas. Cogería, eso sí, el trayecto más barato hasta tierras gaditanas por Portugal, que para eso tenía estudiados todos los precios.
José volvía a casa no sólo tras haber recorrido a pie todos los lugares santos del mundo. Volvía porque por fin en pocos días empezaría a cobrar una pensión. Me pareció tan insignificante esa palabra, "pensión", comparada con los imposibles que José había superado. Utopías y dependencias, fe y monedas, espíritu y materia, lo divino y lo humano...Nunca nos habíamos topado antes con un ser que encarnase tan a la perfección las dualidades humanas. Y no pudimos evitar pensar si José se adaptaría a su nueva vida en casa, junto a los suyos. A fin de cuentas la vida nómada es aventura, es libertad, es ausencia de horarios, de compromisos, de límites, de obligaciones... La vida en estado puro: sin planes, sin un mañana, sin hipotecas, pero con todo el dolor, la soledad y la dureza del camino. Vida en mayúsculas. Vida de un peregrino de verdad. De los de hace siglos.

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jueves, 3 de agosto de 2017

Ultreia

En casa somos mucho de abrazos, besos y mimos. Aunque llevamos treinta años en pareja aún hay quien bromea con nosotros cuando nos ven "acaramelados" en reuniones de amigos. Sin embargo no recuerdo un abrazo como ese. De los cinco juntos. Tan sentido. De tanta complicidad. De tanta conexión. De logro compartido. Fue justo hace una semana con la Catedral de Santiago de testigo. Y el logro bien lo merecía. Habíamos recorrido juntos 127 kilómetros andando en cinco etapas. Con nuestras mochilas al hombro. Sin agua. Sin saber dónde dormiríamos ni dónde acabaría cada jornada.
Lo de menos eran los kilómetros. Lo de menos eran las etapas. Lo importante era lo vivido. Toda una vida de vivencias concentrada en cinco días. Y había que celebrarlo con un buen "achuchón" familiar. Y quizás también alguna "lagrimilla" de emoción asomando a los ojos.
Dicen que el Camino de Santiago es una gran metáfora de la vida. Dicen que resulta adictivo. Dicen que quien va, no puede evitar repetir. Se quedan cortos. El Camino de Santiago ES la vida misma. Con sus dualidades. Con sus contradicciones. Con sus alegrías y sus penas. Por eso vale tanto la pena vivirlo. Porque a veces nos pasamos la vida planeando, haciendo, corriendo, agobiados...Pero, ¿cuándo nos paramos a vivir de verdad? ¿Cuándo damos tiempo al tiempo para experimentar la Vida en mayúsculas? ¿Cuándo nos paramos simplemente para SER?
Hay gente que lo vive igual que en su vida corriente: refugiados tras unos auriculares; aislados entre la multitud; corriendo para llegar al albergue el primero; compitiendo contra el reloj; obsesionados por el dinero, por el cuerpo o por captar clientes...Y hay gente que lo vive con tal intensidad interior y tanta generosidad que sólo de verlos se te eriza el vello. Para nosotros, cuando lo hicimos en pareja hace ocho años, nos supuso el inicio de la búsqueda y del cambio en el que andamos desde entonces. Hubo un antes y un después de aquel Camino de Santiago. Decidimos escuchar al Camino, y el Camino nos habló alto y claro. Por eso queríamos ahora hacerlo en familia, los cinco juntos. Porque son momentos de cambio en casa. Momentos de cruces de caminos. Momentos en que uno vuelve de largos vuelos, y otro está a punto de emprenderlos. Momentos en que no se sabe si se es niña, adolescente o mujer. Momentos de decisiones. Momentos de conocerse a uno mismo para dar lo mejor a los demás. Y de nuevo el Camino ha hablado. Alto y claro.
A diferencia de nuestro primer Camino, esta vez no planificamos dónde ni cómo dormiríamos. Aventura total. Llevábamos sacos de dormir y aislantes por si tocaba dormir "al raso". Pero no hizo falta. Abandonamos esa seguridad, y el Camino nos ha premiado con estancias nocturnas magníficas en albergues variopintos. También decidimos abandonar la seguridad de la cantimplora. Un buen amigo nos lo aconsejó. Hacer 25 ó 30 kilómetros diarios sin agua, y en verano, puede parecer una temeridad, especialmente yendo con niños o jóvenes. Pero ciertamente es un maravilloso ejercicio de introspección, de conocimiento de los propios límites, de autoconocimiento, y de apertura a un desconocido cuando se hace preciso pedir un trago. Nuestros tres hijos, como nosotros, han alucinado también con esa parte de la experiencia. Y con el hecho de aligerar con ello la mochila. Ésa es también una parte también crucial del Camino, que te hace recapacitar sobre lo llenas que llevamos, quizás, las mochilas en la vida: cargadas de seguridades aparentes, de jarrones chinos inservibles, de pesadas huchas inútiles...¡Con razón apenas podemos movernos cuando decidimos dar un giro en la vida! En el Camino se ve todo mucho más claro: los peregrinos aligeran sus mochilas al avanzar para que lo aproveche el que venga detrás. Toda una moraleja para la vida.
Había quien, desde la distancia, sufría por el esfuerzo de nuestros tres hijos, especialmente por la pequeña. No había por qué preocuparse: iban sobrados de fuerza y motivación. Decidieron coger su "petate" antes que nosotros cada mañana, e irse los tres juntos a veces hasta cuatro o cinco kilómetros por delante, llenos de energía y vitalidad. Algunos peregrinos se sorprendían al verlos en esa aventura de encontrarse con el desconocido. Era un auténtico placer observarles hablar con cualquiera, fuera francés o eslovena, compartiendo las vicisitudes de la vida a corazón abierto. O cuando iban los tres cantando, bromeando o en silencio. Y curiosamente sin esas tontas discusiones domésticas en las que entran a esas edades. Era bonito verlos decididos a emprender solos cada mañana su camino, como en la vida. Era bonito verlos juntos, ayudándose y esperándose: ojalá sea así para toda la vida. Y era bonito también cuando nos enviaban un whatsapp o nos llamaban con anécdotas o avisos sobre lo ya recorrido por ellos. No podía evitar imaginar que sería también así cuando ya tuvieran sus propias vidas independientes, y nosotros fuéramos quizás ya abuelos.
El Camino crea preciosas complicidades. No he conocido en otras circunstancias un camaradería o una facilidad igual para desnudar el alma ante un desconocido. No sé si surgirá de la dificultad compartida o de los procesos existenciales y de búsqueda de sentido que allí se producen. Pero lo cierto es que un saludo o una simple pregunta sobre la procedencia es la excusa perfecta para iniciar una conexión que puede durar horas, o quién sabe si toda la vida. Nos pasó con Guillermo en su tienda de Moutrás, con Mauricio y Cristina en su albergue de Ligonde, o con Manolo y Maite durante un larguísimo trecho que seguro que se prolongará por Lugo o por Málaga tarde o temprano. Es bello comprobar que la fraternidad es posible cuando nos despojamos de todo y nos hacemos caminantes y simples compañeros de viaje por el camino de la vida. 
Detrás de cada etapa y a la entrada en Santiago, en el Monte del Gozo, decidimos hacer con los niños un ejercicio de toma de consciencia de lo vivido, de los aprendizajes y de los mensajes recibidos. No queríamos que esto fuera simplemente una ruta de senderismo más, sino todo un manual de vida condensado en pocos días. Ellos mismos han alucinado con sus propias conclusiones y vivencias. Y hemos decidido compartir aquí los audios de esos aprendizajes y anécdotas diarias.
Después de ese abrazo familiar en Santiago, nuestro queridísimo Luije, desparramó su generosidad y disponibilidad haciendo habitual lo extraordinario: la entrega sin medida al otro. Igual que pocos días antes Xavi, Noelia y Koldo en O Couso. Nos dedicó día y medio de su tiempo, renunciando a jornales de trabajo, y nos trajo nuestro coche desde Samos para recogernos y regalarnos un atardecer inolvidable en Finisterre, antiguamente considerado "el fin del mundo". No pude evitar pensar en tantos y tantos peregrinos llegando hasta allí para quemar sus vestimentas como símbolo del inicio de una vida nueva tras el Camino. Me imaginé que también quemábamos las nuestras para ello.
Ya estamos de vuelta en casa. La familia se ha multiplicado con amigos y visitantes diversos en estos últimos días previos a la marcha de Samuel. Espero que el Camino nos haya dejado de nuevo honda huella para lo que nos aguarda. Pablo ya está pensando en repetir Camino en un par de años, al finalizar Bachillerato. Probablemente ya solo. Probablemente muchos más días. Probablemente para encontrar luz para otros caminos por recorrer. ¡Buen Camino, peregrinos! ¡Ultreia! ("Que vayas más allá", "Que sigas adelante").

jueves, 20 de julio de 2017

Cicatrices familiares

El que más y el que menos ha pasado por eso. Lo queramos o no. Lo hayamos olvidado o lo tengamos presente en todos y cada uno de los instantes de nuestra vida. Todos, absolutamente todos, hemos sido y somos hijos de unos padres. Estén vivos o ya no estén entre nosotros. Sean conocidos o ausentes. Cercanos o lejanos. Y lo queramos o no, esa realidad nos marca para siempre. Para lo bueno o para lo malo.
Verano de 2008: Isleta del Moro (Almería)
Dice Bert Hellinger que el Amor crece con el Orden. Y el orden natural establece que los padres deben pasar el testigo a sus hijos, y éstos deben coger ese testigo, aceptarlo, recorrer con él su propia vida, y pasarlo a su vez a sus hijos. Y así sucesivamente. Sin embargo, con demasiada frecuencia, y por los motivos más diversos, los hijos nos empeñamos en no coger ese testigo. A veces por un recuerdo difuso. A veces por un castigo. A veces por un insulto, por un grito, por un desaire. A veces por un exceso de autoritarismo, o a veces por un exceso de indiferencia. A veces por sentirnos tratados injustamente frente a hermanos o frente a otros familiares. O a veces puede que incluso no pasase nada realmente, pero a nosotros se nos quedó clavada una espina en el alma. Y rechazamos ese testigo. Rechazamos ese cofre de experiencia vital, ese arca de la alianza entre generaciones, esa cadena que une a padres con hijos en el ciclo de la vida. Y ese "orden" se quiebra. Quizás no de forma visible. Quizás no de forma ostentosa. Quizás nadie lo note. Pero algo se quiebra donde más duele: en lo más profundo de nuestra alma. Rechazar ese testigo, esa luz vital que nos pasan nuestros padres, abuelos y ascendientes, crea en nosotros resentimiento, desequilibrio, ansiedad y frustración. Crea una necesidad constante de búsqueda de respuestas y de sentido en el exterior y en otras personas, Muchos se atrincheran en el rechazo a ese testigo paterno o materno y contraatacan con enorme energía. Y esa energía de rebeldía y de rechazo es capaz de crear carreras profesionales exitosas, de ganar premios en las distintas disciplinas, de atesorar fama, poder, dinero...Pero rascas un poco, y dentro de ese enorme despliegue de energía, de sofisticación, de capacidad de superación, sigue habitando un niño o una niña dolido por lo que un día alguien le dijo o no le dijo; por lo que un día alguien le hizo o no le hizo; por lo que un día alguien le dio o no le dio. ¿Acaso no tenemos todos amigos o familiares que viven realmente atormentados en ese rechazo a sus padres o a sus antecesores sin saberlo, y viven ese resentimiento perpetuo? ¿Acaso no tenemos referencias de personas que devuelven a sus padres en la vejez, en situaciones próximas al maltrato físico o psicológico, el daño que ellos creen haber recibido, y lo encuentran perfectamente justificado? ¿Acaso no hemos sido testigos de personas en el culmen de sus carreras, o incluso ya jubilados, que  siguen haciéndose unos niños pequeños e indefensos en ciertas situaciones o ante el recuerdo de ciertas circunstancias que les marcaron para siempre?
Es cierto que a veces, ese resentimiento puede estar incluso justificado porque haya habido abusos, violencia, maltrato...Pero como decía Sartre: "No importa tanto lo que me han hecho, sino lo que yo hago con lo que me han hecho". Y es ahí donde no nos podemos esconder. Ahí se acaban las excusas. Ahí se acaban los victimismos. Ahí se acaban los "malos rollos". Confucio decía que una ofensa no es gran cosa, excepto por el hecho de que nos empeñamos en recordarla. ¿Vamos a estar toda la vida llorando en ese rincón de nuestra alma? ¿Vamos a estar toda la vida quejándonos de lo que pudo ser y no fue? ¿Vamos a estar eternamente resentidos, dolidos o cabreados con el universo y con nosotros mismos? ¿No nos damos cuenta que esa energía de rechazo a lo que nuestros padres nos podían pasar, también la estamos transmitiendo a nuestros hijos e hijas, a nuestros parientes y amigos, lo queramos o no?
No hablo de oídas. Yo experimenté ese resentimiento durante años. Me tocó vivir un papel que no me correspondía tras la muerte de mi padre teniendo yo cuatro años. Y la relación con mi madre y con mi hermano se vio marcada por esa circunstancia, probablemente para siempre. La ausencia de mi padre y el papel en mi familia tras ello. Me sentí esclavo de esa situación. Me sentí siervo del cartel que me pusieron o del que yo inconscientemente me puse. E interiormente me tiré años actuando bajo los mandatos que esa realidad me marcaba. No era libre de actuar como yo hubiera querido. Debía ganarme el aprecio, el cariño y el amor de los demás a base de actuar conforme al cartel que me habían puesto, o que yo me había colocado. Da igual cuál fuera. Me hacía esclavo. Y ese resentimiento fue creciendo y creciendo. Bajo mil capas de persona adulta. Bajo mil cerrojos y sus mil llaves. Pero ese resentimiento estaba ahí. Los que más me conocen me lo notaban a veces. Quizás en ciertas reacciones. Quizás en el semblante tenso cuando saltaban mis mandatos internos.  Quizás en lo tajante de ciertas afirmaciones. Hasta que le diagnosticaron una enfermedad incurable a mi madre. Los médicos dijeron que le quedaban pocos meses de vida. Y ese resentimiento seguía habitando en mi corazón. ¿Iba a dejar que ella se fuera con esa basura dentro de mí? ¿Iba a dejar que ese testigo vital no pasase de ella a mí, como era debido? ¿Iba a seguir rechazándolo? Me "puse las pilas". Empecé a escarbar en mi interior. Busqué y rebusqué. Abrí cerrojos, verjas y puertas. Dejé entrar aire fresco en el alma. Y entonces me di cuenta que nos encadena lo que rechazamos, y sólo lo que amamos nos hace libres. Y acepté y amé sin cortapisas el testigo que mi madre tenía que pasarme. Acepté esa llama vital que ella tenía para mí. Aprendí a ser libre. Y por arte de magia, ese resentimiento desapareció de mi interior. Lo bueno o malo que ella me había dado estaba donde siempre. Las actitudes que me podían desquiciar más o menos persistían. Pero yo había aprendido a aceptarlas y a acogerlas de corazón, porque había entendido que, probablemente, no me las podía haber dado de otra forma. No era culpable de nada. La vida la hizo así, como a cada persona nos hace como somos con nuestras circunstancias.
Por suerte yo tuve tiempo. Aquello fue en 2008 y ella murió en 2013. Tuve tiempo de limpiarme por dentro ese resentimiento, y de aceptar de corazón el testigo que tenía que darme. Y se fue quizás con el mayor amor que jamás le pude haber dado. Pero sobre todo, se fue dejando atrás a un hijo más equilibrado y sobre todo más libre. Desde aquel momento nada ha sido igual. Desaparecieron las cadenas auto-impuestas. Se esfumaron los chantajes psicológicos. Y surgió una conciencia nueva en mi para detectar mis mandatos y mi programación interior. Desde entonces ya no hay límites. Lo que piensen los demás me importa mucho menos. La vida resulta una maravillosa experiencia diaria. Y sobre todo, me he hecho más consciente del testigo que, consciente o inconscientemente paso a mis hijos. Afortunadamente me di cuenta a tiempo que ningún sufrimiento concede derechos, y que ninguna postura construida sobre heridas concede merecimientos. Y me dio tiempo a entender que asentimiento es liberación y que oposición es sufrimiento.
En nuestro periplo veraniego hacia el Norte, hace unos días tuvimos ocasión de participar en una pequeña ceremonia final que viví también hace nueve años en un curso en el que empecé a aprender a ser libre. Parece mentira cómo ese proceso de depuración y limpieza se queda marcado en el alma. Y cómo las personas que este año lo han experimentado también lloraban de alegría y de liberación como yo lo hice entonces. Nunca es tarde. Conozco a gente cuyos padres ya han muerto y han sido capaces de hacer esa limpieza interior después. No es fácil. Pero el esfuerzo vale la pena. Y se logra la aceptación. Se alcanza la liberación.
Veo demasiadas personas que sufren en esos procesos. Personas muy cercanas y queridas, incluso. Me gustaría ayudarlas, pero es un proceso estrictamente personal. Para ellas es momento de dar un portazo a las excusas respecto a la libertad y a la felicidad. Es momento de ser libres y felices ahora, en vez de tirarnos toda la vida buscando o esperando las circunstancias propicias. Es momento de asentir y de aceptar sin resignación. Es momento de liberarse. Es momento de que cicatricen las heridas del alma.


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domingo, 16 de julio de 2017

Motín a bordo

El pasado año no tuvimos vacaciones. Al menos en el sentido de "escapada familiar a algún lugar perdido del mapa para recargar pilas". Estuvimos pendientes todo el verano de la salida de Pablo a Estados Unidos y se pasó la oportunidad. Por eso este año adelantamos la escapada en previsión de que se repitiera la jugada con Samuel. Y en los primeros días de Julio nos hemos perdido en un recóndito pueblo del Pirineo Francés, camino de casa de la bisabuela. Tan sólo las vacas, los caballos salvajes y los lagos pirenaicos han sido testigos de nuestra aventura.
Para nosotros son momentos mágicos en que pasamos las veinticuatro horas del día juntos. En que nos reencontramos. En que nos adaptamos a los cambios provocados por el paso del tiempo. En que hablamos de lo importante y no sólo de lo urgente, de lo trascendente y no sólo de lo logístico, de lo divino y no sólo de lo humano. Son momentos para asimilar que la prole crece y dejan de ser niños. Son momentos de abrazos pero también de confrontación. Sí, también de discusión, e incluso de bronca. Tantas horas juntos, en situaciones de notable cansancio subiendo y bajando cimas, provocan inexorablemente roces. Casi diría que es una parte fundamental de esta experiencia familiar donde no hay tele, apenas móvil, y donde nosotros, como "piña", somos casi el único estímulo del momento presente. Pero este año venía "cargadito" con esto último. Los mayores ya han experimentado o están iniciando sus primeras experiencias de independencia. Y se nota. Y la pequeña se encuentra inmersa en una titánica batalla por hacerse mayor sin renunciar a ser niña. Y también se nota. Y todo ello provoca un cóctel explosivo que saltó por los aires hace dos días.
Las caras largas en plena ascensión preparaban el terreno. Las palabras gruesas, los reproches directos y las quejas abiertas acabaron de confirmar el motín a bordo. Sentían que nuestra "ansiada semana de escapada familiar" quizás no era tan "ansiada" por ellos, al menos en este formato. Quizás a otros lugares. Quizás con otros enfoques. Quizás con otras gentes. Quizás con menos esfuerzo físico. Quizás con otro presupuesto. Lo cierto es que los grumetes se habían armado de argumentos hasta los dientes y no estaban dispuestos a rendirse fácilmente. El envite fue tal que hubo que parar la caminata y centrar las energías en el desafío.
Tras el fuego cruzado de artillería pesada, y afortunadamente sin víctimas que lamentar, las aguas volvieron a su cauce. Siempre vuelve la calma tras la tormenta. Pasó un largo rato hasta que las energías se volvieron a equilibrar y el ambiente se distendió de nuevo, aflorando las primeras bromas del día. Ayudó mucho la belleza de un paisaje inigualable. La marinería anunciaba que quizás no valía la pena quejarse, porque al final surgía la confrontación y no servía para cambiar nada realmente. Pero lo cierto es que reconocieron que habían abierto la boca sin ser conscientes de la cantidad de cuestiones implicadas en unas vacaciones como éstas. Prometimos darles el timón de la próxima escapada y un presupuesto máximo para que pudieran hacer magia más a su medida. Y ellos prometieron no callarse el malestar, aunque controlando las formas, no sólo para evitar que los malestares puedan crecer como las "bolas de nieve", sino porque el contraste de pareceres es precisamente el método adecuado para alcanzar una posición equilibrada. También se conjuraron para pasar del "yo" al "nosotros", como única forma de hacerse "Uno" con lo que nos rodea y con quienes nos rodean. Pero sobre todo, decidieron apostar por una actitud más agradecida con una Vida que les está regalando tantas oportunidades, tanta belleza y conocimientos que disfrutar, tanta gente increíble a la que conocer, tanto mundo por recorrer...
A veces los motines a bordo son necesarios. Incluso a veces, si no surgen, hay casi que provocarlos. Quienes nos vean como una "happy family" por lo que escribimos a veces, deberían vernos en plena faena en uno de esos motines. Pero es cierto que vale la pena pasar la tempestad para afianzar las velas. El barco no se ha hundido. Seguimos nuestro rumbo.

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sábado, 24 de junio de 2017

Todoterreno

Ya han pasado dos semanas de su regreso. Tiempo más que prudencial para sacar conclusiones. Para asentar los cambios. Para ubicarse de nuevo en el clan familiar. Es cierto que estábamos algo inquietos. Nos mentalizamos para que surgieran las lógicas fricciones tras retomar la vida familiar. Estar casi un año volando por Estados Unidos, y de repente volver a aterrizar en casa, con las lógicas pautas y necesidades de coordinación, no iba a ser fácil, sin duda.
Falsa alarma. Ni el más mínimo atisbo de desavenencia. Todo lo contrario. Nunca habíamos recibido tantas muestras de cariño, ni tal despliegue de comprensión hacia los criterios establecidos en casa. Es como si ese año fuera hubiera hecho que nuestro hijo se viera confrontado sin red ante la realidad desnuda de tantas y tantas cosas habladas con él durante toda su vida. Y ha sentido esa realidad en sus carnes. Y cómo los consejos y los sermones soportados quizás durante años hubieran alcanzado de repente la categoría de tablas de la nueva alianza. Al menos así se lo expresa él a sus hermanos. Por fin ha entendido el enorme sentido de tantas y tantas cosas abordadas desde su niñez. Por fin ha podido experimentarlo por sí mismo. Y por fin ha podido testar sus fuerzas, su preparación y su entrenamiento para un desafío tan fiero. Y está exultante. Llamando a la puerta de la edad adulta por derecho propio. Con criterio. Sin prepotencia. Sabiendo que aún le quedan muchas normas que acatar. Muchas pruebas que superar. Muchas orejas que bajar. Pero empezando a entender por fin de qué va toda esta historia que es la vida. Y nosotros maravillados de tener un nuevo adulto en casa. Un adulto que se "come" el mundo cargado de ilusión y motivación. En estos días desde su regreso se ha encerrado en casa a estudiar por "motu propio", y se ha sacado la mitad del curso del conservatorio y el B1 de inglés, tras su aventura americana.
Este domingo pasado superó otra gran prueba. Le habían invitado a dar una mini conferencia sobre su experiencia en Estados Unidos a los nuevos estudiantes que parten para allá en agosto. Nos tocaba de nuevo ser parte del público por nuestro segundo hijo. Le costó aceptar el ofrecimiento. No se veía con ganas ni preparación de explicar nada ante más de doscientas personas, entre jóvenes y padres. Le animamos un poco, y le ayudamos a estructurar ideas. El tembleque de la pierna delataba sus nervios pocos minutos antes. Cualquier adulto habría estado probablemente igual que él. Pero cuando llegó el turno de tomar la palabra, decidió afrontarlo sin "chuleta". Cogió el "micro" como los nuevos raperos de moda, y se dedicó a dar vueltas en el escenario contando una y otra andanza, una y otra hazaña, uno y otro aprendizaje vivido. Su madre alucinaba boquiabierta. Yo alucinaba tronchado de la risa con sus bromas y desparpajo. Ambos no cabíamos de orgullo y perplejidad ante una faceta de nuestro hijo totalmente desconocida hasta ahora para nosotros.
Impactaron al auditorio sus andanza en el deporte y en la música, sus viajes, lo vivido con su familia y en el "high school"... Pero sobre todo los retos superados. Fue ahí donde Brenda, la mediadora intercultural que dirigía el acto, no dio crédito. Yo miraba su cara, y estaba alucinada. No le importó que Pablo le quitara el micrófono una y otra vez para ampliar más su historia. Probablemente cualquiera de aquellos retos hubiera supuesto semanas de trabajo para ella intermediando entre estudiante, familia americana y familia española. Pero ella ni se había enterado. Y él lo expresaba con la naturalidad de una oportunidad de aprender disfrazada de obstáculo. Que si ponerse a aprender trompeta cuando su instrumento era el violín. Que si ponerse a practicar "basket" o "cross-country" cuando lo suyo siempre había sido el fútbol. Que si enfrentarse a la economía o a la política de una asignatura como "Government", pensada para un 2º de Bachillerato, siendo él de la ESO aún. Que si adaptarse a que las tuberías de casa se congelaran por el frío invernal y hubiera que emigrar durante días a un hostal. Que si el último mes y medio estuvo rodeado de cajas de mudanza y durmiendo en un colchón en el suelo ante el inminente traslado de su familia americana a Filipinas. El diagnóstico de Brenda fue taxativo: un chaval todoterreno, el sueño de cualquier programa de intercambio como ese.
La ovación fue mayúscula. Las felicitaciones a Pablo por los pasillos incesantes. Los cinco minutos previstos para su charla se convirtieron casi en veinte. E incluso le invitaron a dar más charlas como esa en Madrid. Pero lo mejor fue escuchar eso de "un chico todoterreno". ¿Acaso la vida no va de eso? ¿De aceptar con alegría? ¿De hacerse uno con las circunstancias? ¿De fluir con el río? ¿O incluso de hacerse río? Seguiremos disfrutando de nuestro "hijo todoterreno" mientras la vida nos siga regalando su presencia con nosotros.


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domingo, 18 de junio de 2017

Ñoño

Es lo que tiene la escritura en familia. Debe representar estados de ánimo, sentimientos, vivencias o experiencias compartidas de forma coral. Y normalmente suele fluir más o menos esa expresión al unísono de nosotros cinco. Sólo ha habido un par de ocasiones en que no hemos llegado a publicar lo escrito, y ha sido por cuestiones del dolor que aún guardaban esas vivencias expresadas en palabras. Mejor no revivirlo.
Esta semana hemos tenido otro ejemplo, pero de diferente naturaleza. Me sentía tan conmovido tras escuchar a mi segundo hijo en su concierto de final de curso, que me dejé llevar. Era la misma sensación tras la audición de flauta de la "peque", o tras los conciertos de violín del mayor. Y escribí, escribí y escribí expresando lo que me transmitió. Quizás fue la emoción del momento. Quizás el sentir que coronábamos la cumbre de muchos esfuerzos compartidos en familia. Quizás simplemente el orgullo ante la obra maestra de un hijo, aunque lo fuera sólo para un padre o una madre. Pero tras mostrar mi borrador al clan, el dictamen familiar fue inapelable: lo que había escrito era "ñoño". Ñoño de solemnidad. No era censura. Podía publicarlo. Pero el calificativo era unánime. Abrumado ante tal fervor familiar, releí lo escrito. La verdad es que llevaban razón: era "ñoño" hasta decir "basta". Así que mejor esta semana hagamos que las palabras callen. Que hable mejor la música...



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jueves, 8 de junio de 2017

Vuelve a casa

Ha pasado casi un año. Parece que ha sido un suspiro. Aunque en los momentos duros se hizo eterno. Ya está aquí. Por fin. Ha vuelto a casa. No por navidad, como el anuncio, sino en junio. Pero ya está aquí. Sus hermanos y nosotros estábamos histéricos de los nervios estos últimos días. Es una sensación extraña. Nunca la habíamos experimentado. Nunca ninguno de los cinco había estado tanto tiempo separado físicamente del resto de la familia. La comunicación ha sido excepcionalmente fluida durante estos meses. A veces incluso más que cuando anda con sus cosas por casa. Pero un whatsapp o una videoconferencia nunca suplirán los abrazos eternos de una madre, la complicidad de una mirada, o un rato hablando de fútbol en el banquito del porche.
Se hizo de rogar. Una ventisca en Nueva York lo trajo con retraso. Pero unos minutos más, después de tantos meses, era un peaje mínimo. Cuando lo vimos salir por la puerta de Llegadas del aeropuerto, cargado de maletas y de su inseparable violín, todos dijimos lo mismo. "¡Estás cuadrado!" Y la verdad es que sí. Viene hercúleo. Sus espaldas y sus brazos son ya el doble de los míos. Aún le faltan unos milímetros para superarme en altura. Bromeé con ello, porque he ganado la apuesta. Pero en el resto me ha superado ya con creces. Me retó al baloncesto para compensar. La paliza será histórica.
Por supuesto hubo pancarta de bienvenida. En el aeropuerto y en casa. También globos. Pero sobre todo mucha emoción. No se recibe todos los días a un hijo o a un hermano tras tantos meses. Y era curioso observar la reacción de los hermanos, oteándose, observándose, analizando sus cambios, su evolución en este tiempo. No pude evitar pensar en esos cachorros en la sabana o en la jungla que crecen, se hacen mayores, y se reencuentran con el tiempo olisqueándose para reconocerse. Nuestros hijos andaban así ayer. Olisqueándose. Nos encantó el ambiente de concordia que reinaba en casa en estas primeras horas. No sé si será la novedad del reencuentro. O la estrenada madurez del hermano mayor retornado. Pero reinaba una paz y una camaradería entre hermanos que resultaba deliciosa. Es un ambiente maravilloso el que se respira en estos primeros días tras su regreso.
Viene cambiado. Para mejor. Más sereno. Más responsable. Más maduro. Más "aterrizado" en la vida. No le importó hablar casi todo el día en inglés. Antes de irse se resistía, pero ya casi piensa en inglés. Viene bien porque hay que prepararse para cuando recibamos a final de mes a sus "padres americanos", como él les llama. Desde luego nos sentimos en profunda gratitud con ellos. Han cuidado de nuestro retoño a la perfección. Y han compartido entre ellos una complicidad única. Ayer Adam y Brittany se preguntaban, tras la marcha de Pablo, si era posible tener el síndrome de "nido vacío" a los veintico años. Normal. A fin de cuentas, desde que se casaron hace un año, Pablo ha sido "uña y carne" con ellos.
Nuestra familia de tres hijos estrena etapa. De nuevo los cinco juntos. No por mucho. En agosto le toca a Samuel lanzarse a las "américas". Por eso antes habrá que resarcirse y darse un atracón de besos, abrazos y "achuchones". En unas semanas nos escaparemos a algún lugar perdido para disfrutar en familia. Hay que aprovechar antes de que se marche a más de ocho mil kilómetros. Toca reforzar nuestra "piña" para que se mantenga igual en la distancia, como ha sucedido con nuestro recién retornado.


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sábado, 3 de junio de 2017

Llévame al huerto

¿Qué hace un tío como yo en un sitio como éste? Es lo que me pregunté cuando empezamos hace un par de meses. Y es lo que me sigo preguntando cada semana cuando vuelvo. A fin de cuentas soy un "urbanita" empedernido. Veo a Mey entre semillas, azadones y regaderas y me cuadra al cien por cien: lleva los genes de su bisabuela en este asunto, y se le nota la soltura. ¿Pero yo? ¡Si no sé dar un paso sin tener que preguntar qué tocaría hacer ahora! ¡Si parezco un "pato mareado"! ¡Si el contacto que había tenido hasta ahora con zanahorias, brócolis o fresas había sido a través de un blister, de unas bolsas de supermercado, o de la mano del frutero del mercadillo. ¿Por qué este nuevo giro?
Hace tiempo que sentimos que un mundo diferente no se construye sólo desde nuestras burbujas asépticas de consumidores. Que ir a un supermercado lleno de estanterías y lineales bellamente decorados con carteles que te incitan a una compra compulsiva puede proveerte de forma rápida y eficiente de lo necesario para comer y beber, pero puede desconectarte del origen, del proceso, del sudor y de las implicaciones que eso que metes en el carrito tiene. Por eso hace tiempo decidimos abrir la puerta a la posibilidad de tener algún "terrenito" donde cultivar alguna "cosita". Pero todo era o muy caro o muy alejado. Mientras, podíamos seguir acudiendo puntualmente a nuestra amiga Reme, de Triana, con sus productos ecológicos. Con ella aprendimos a ser más locávoros; a tomar productos menos atractivos o maquillados; productos sólo de temporada y del terreno; productos más cercanos; productos que la meteorología, los gusanos o los caracoles hubieran decidido respetar. Pero en el fondo, seguíamos siendo simplemente consumidores. Quizás un poco más alternativos. Pero nuestras manos y nuestra conciencia aún estaban sin estrenar en esta materia.
Nos planteamos "tirarnos al monte" por ésta y por otras muchas razones. Pero en este mundo de la ciudad hay también mucho que trabajar en favor de un mundo diferente para vivir. En el trabajo, con los amigos, en el instituto o en el cole, con los vecinos...Esa opción la sentíamos como una pequeña huida, y por ahora decidimos esperar, dejar la puerta abierta, y abrirnos a la convicción de que la respuesta estaba por llegar. Nos abrimos de par en par a ella, y llegó. Siempre que eres receptivo, la vida es generosa. Nuestra amiga Belén ya cultivaba un huerto ecológico urbano con otra familia, sin nosotros saberlo. Esta otra familia tuvo que dejarlo, y Maria José nos lo comentó. ¡Allí estaba la respuesta que estábamos esperando! Bueno, bonito y barato. Un huerto ecológico de 75 metros cuadrados, a cinco minutos de casa, con agua, riego automático, y herramientas incluidas, por quince euros al mes. Y encima tendríamos la ocasión de conocer mejor a un alma "de las buenas" como Belén. ¿Qué más podíamos pedir?
Ahora nuestra lechugas, nuestras acelgas, nuestras judías y nuestras fresas saben mejor. No tenemos aún para autoabastecernos, pero se ha creado una relación más especial con eso que comemos, y con la tierra de la que provienen. Puede sonar absurdo, pero hay algo místico en todo esto. Ahora vemos lo que cuesta que lleguen a nuestra mesa. Las hemos visto crecer, y se crea un lazo especial con esas verduras y hortalizas que nos nutren, ya no sólo con sus proteínas y vitaminas, sino también con la sensación de gratitud y del vínculo que nos une a ellas.
Estamos convencidos de que este mundo mejorará un poquito si dejamos de aislarnos en nuestra torre de marfil como meros consumidores con tarjeta de crédito en mano, y pasamos a hacernos un poco "hacedores", productores o artesanos. Aunque sea en ratos sueltos. No de forma radical, quizás. Sino como medio de cultivar la consciencia y la conexión con la tierra.
Toca reconstruir los puentes que esta vida desenfrenada destruyó con aquello que comemos, bebemos o con lo que nos viste. Toca superar también aquí la historia en la que vivimos de separación del otro y de lo otro. Quizás eso implique ver pasear por la encimera de casa algún caracol polizonte en una de nuestras lechugas. Quizás suponga algún resto de tierra en las espinacas. Quizás también algún dolor en una espalda mal acostumbrada. O puede que toque sentirse "como un pulpo en un garaje" cuando nunca has labrado la tierra. No pasa nada: ahí están Mey y Belén para dar la consigna adecuada, a pesar de que te sientas el más patoso de la tierra. Vale la pena pagar el peaje. Por el sabor. Por la salud. Por la sostenibilidad. Por recuperar la conexión. Por la consciencia. 
Llevo varias semanas sin poder ir. Este mes de mayo ha sido demencial en ajetreos varios. Ayer fueron Mey y Eva, nuestra hija pequeña. Volvieron exultantes las dos, cargadas de cebollas y de infinidad de anécdotas con los vecinos agricultores, que siempre nos comparten semillas, hortalizas y su saber ancestral. Me encanta esa camaradería labriega. Parece que las judías en pocas semanas ya me han superado en altura. Espero que en unos días esto mejore, y las circunstancias me lleven de nuevo al huerto.

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lunes, 22 de mayo de 2017

Cuento: "Se escribe un libro"

No hay mejor medicina que un cuento. Seas un niño pequeño o un adulto en ciernes, es sin duda el mejor bálsamo para el alma. Nivela los desequilibrios de hormonas alocadas, de edades complicadas, y de entornos hostiles. Y si encima va personalizado por tu madre, tiene propiedades mágicas. Aquí os compartimos el último que ha escrito Mey para uno de nuestros hijos
(para escuchar el cuento en audio pulsa aquí):

"Una mañana de verano, en una biblioteca, un libro abrió sus ojos por primera vez. Miró a su alrededor y quedó abrumado al ver lo que le rodeaba: enormes estanterías llegaban hasta el techo, todas llenas de libros de diferentes colores: unos grandes, otros pequeños, algunos estrechos, otros muy gordos y pesados... Todo estaba lleno de luz. Había gente que iba de un lado para otro. Muchos permanecían absortos ante los volúmenes que se abrían sobre las mesas. Le asustó comprobar cómo ciertas personas se acercaban a las estanterías y cogían los libros entre sus manos para ojear sus páginas y ver lo que contenían. Mirando estos libros de cerca, se dio cuenta de que muchos de ellos estaban ajados, con sus pastas desgastadas e incluso rotas.
Miró a sus compañeros de balda y comprobó cómo lucían nuevos y brillantes, al igual que él. Fue entonces cuando se llenó de miedo por lo que pudiera pasarle y decidió esconderse para que nada ni nadie pudiese dañarle. De esta forma, se escurrió hacia atrás en su estantería hasta que, de pronto, cayó por el hueco de la pared y allí quedó tendido en el suelo, en la penumbra, en silencio. Pasó un tiempo y en un principio, no le molestó mucho la soledad, pero al cabo de un tiempo, se percató de que tener por compañía tan sólo a pelusas y musarañas no era demasiado entretenido. Se paró a pensar qué hacer y entonces cayó en la cuenta de que era ¡un libro! Decidió entonces comprobar qué era lo que contenían sus páginas. Miró dentro de sí y descubrió que su interior albergaba cientos y cientos de palabras que, en su conjunto, le podrían ayudar a comprender el mundo que había fuera.
Desde ese momento acertó a percibir que el mundo era muy grande. Que allí fuera había miles de Senderos y que esos Senderos conducían a Sierras y Selvas, a Sabanas y hasta a un lugar en el Sur llamado Serengueti. También supo que el mundo estaba lleno de vida. Que en el Suelo se escondían Semillas que luego crecían bajo el Sol. También, sobre la tierra, se podían encontrar Saltamontes, Sapos y Serpientes. Y en el mar: Sardinas. Asimismo supo que muchos Sonidos juntos, cuando están en Sintonía pueden llegar a crear una Sinfonía. Y se Sorprendió de cómo la vida está llena de paradojas, ya que hay que poner Sal a un guiso para que éste no sepa Soso. Sin embargo, si hay demasiada Sal puede resultar incomible por Salado. Dedujo, por tanto, que en el término medio debía estar el equilibrio.
En su interior descubrió también el Silencio que deja la Sombra, lo Siniestro y lo Sombrío. Y al mismo tiempo, sus propias páginas le hicieron saber que con Serenidad siempre se encuentra una Salida y un Solución. También descubrió el valor de la Solidaridad, el Servicio, la Sencillez y la Sinceridad. Asímismo comprendió la importancia de los Sueños para Superarse y llegar a Ser uno mismo. Esto último le hizo pensar y se dijo: “¿Quién soy yo?” Una vez hecha esta pregunta, ya no hubo forma de descansar hasta encontrar la respuesta. Nuestro libro miró y miró por todas partes a ver si alguien le ayudaba a encontrar una Solución a su enigma. Pero como estaba Solo no le quedó otra que volver a buscar de nuevo entre sus páginas. Sin embargo, no lograba sacar nada en claro. Siguió buscando y buscando dentro de Sí hasta que un día se dio cuenta de que sobre su lomo había una marca: “S”
“¡Ese es mi nombre!” se dijo. “¡Y todo este tiempo había estado allí y yo sin verlo! Ahora lo entiendo todo. Por eso todas mis entradas empiezan por S!” Sin embargo, también se percató de que había otras palabras que comenzaban por letras distintas de la S y dentro de él Surgió la curiosidad de conocer cuál era el Sentido de todo aquello. No le quedaba más remedio que Socializar para así poder Sumar Sabiduría.
Poco a poco se deslizó por debajo de la estantería, fuera de su escondite, hasta asomar buena parte de su portada. No pasó mucho tiempo antes de que el bibliotecario acertó a pasar por allí y, viéndolo en el suelo lo recogió lleno de alegría. “¿Dónde has estado todo este tiempo? Tus compañeros no tienen Sentido sin ti” le Susurró con cariño. Fue entonces cuando vio que sobre los lomos del resto de sus compañeros estaban todas las letras del abecedario. Él era, nada más y nada menos, que uno de los tomos de una gran Enciclopedia. Es difícil poder describir la alegría que se vivió en aquellos instantes, donde “S” volvió a ocupar su puesto junto a sus hermanos. Además, no paraba de preguntarles por nuevas palabras. Y así fue descubriendo desde Amor hasta Zozobra, pasando por Aprendizaje, Laborioso, Esfuerzo y Paciencia. Y como era un libro mágico, como suele ocurrir en todos los cuentos, sus definiciones fueron creciendo y creciendo, siendo cada vez más completas y haciéndole a él cada vez más Sabio.
Pero aún quedaba algo por hacer. “S” Sentía pavor cada vez que alguien se acercaba hasta donde estaba. Pensaba que no podría Soportar el dolor de abrirse por completo. ¿Y si alguien rasgaba alguna de sus páginas o le dejaba caer al suelo?, se preguntaba. “¡Pero si es maravilloso!” decían sus compañeros “No sabes lo que es el tacto de los dedos sobre el papel y la emoción en los ojos de las personas que recorren tus páginas con su mirada”. “S” decidió entonces Superar el Susto y tener el valor de un Superhéroe. Así que se recolocó bien en su sitio y esperó. Esperó hasta que una joven lo tomó en sus manos y ojeó sus páginas hasta que encontró lo que buscaba: Sagrado, Secreto y Sacrificio. Una lágrima entonces cayó sobre el papel. “¡Qué equivocado estaba!” se dijo S. Las palabras sólo creaban ideas en su imaginación, pero con las personas que lo leían podía llegar a aprender lo que esas palabras Significaban de verdad. Desde entonces, decidió esperar pacientemente a su lector, porque éste es quien realmente le desvelaría el verdadero Sentido de palabras como Soledad y Sufrimiento, Sonrisa y Sorpresa. El mundo era más amplio y rico de lo que nunca hubiese podido imaginar. Y podía contener muchas más cosas de las que él hubiera Soñado.
Desde entonces, nunca volvió a Ser el mismo. Llegó a comprender su destino y el papel tan importante que desempeñaba para todos en aquella biblioteca. Pudo hacerse entonces plenamente consciente de su propio valor y el de los que le rodeaban, ocupando con orgullo el lugar preferente de la Sala."

(Escucha el audio de otro cuento anterior para otro de nuestros hijos)

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