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miércoles, 22 de marzo de 2017

22 de marzo

Hoy me he levantado muy temprano. Mucho más de lo habitual. No se oía ningún pajarillo. Y eso que en estos inicios de la primavera andan ya alborotados desde antes del amanecer. Siempre que tengo alguna preocupación, alguna idea "entre ceja y ceja", o algún reto entre manos me despierto antes de lo normal. Hoy no era el caso. Hoy era de puro gozo, en la fecha más señalada, ésa que nunca se olvida. Después de muchos meses me he afeitado. Se lo había prometido a las dos personas que más me besan en el mundo. Me he quitado varios años de encima. Quizás no tantos como para confundirme con el de aquel otro día de marzo. Me he regalado un buen rato de meditación. Mucho más largo de lo habitual. Había mucho que agradecer hoy a la Vida.
Aquel 22 de marzo también me levanté temprano. Quizás no tanto como hoy. Pero lo suficiente como para tener luego que hacer tiempo junto a mi madre, la madrina. Es curioso, pero siempre recordaré esos instantes previos de nerviosismo apaciguado junto a ella. Puedo afirmar, sin lugar a dudas, que fue de los días más felices de mi existencia. Y no porque fuera la primera vez que llevaba chaqué (y probablemente la última). Ni porque fuéramos el centro de todas las miradas y flashes. Sino porque de verdad disfrutamos como "enanos". No recuerdo haber bailado tanto ni haberme reído tanto en toda mi vida. Habíamos decidido sentir nuestra boda en toda su intensidad, más allá de los convencionalismos habituales. Por eso quisimos vivir en plenitud cada momento, incluidas las largas carcajadas espontáneas que brotaron para sorpresa de todos en medio de la ceremonia. Probablemente si fuera hoy, los invitados serían otros, y quizás nos sobrarían chaqués, corbatas, carpas y caterings. Pero probablemente eso es lo de menos. Era un momento para festejar, sin aferrarse a que debiera salir de una u otra forma. Sin agobios. Sin tensiones. Y así lo vivimos nosotros. Quizás porque sólo era la exteriorización de un compromiso que nos habíamos dado sin testigos ya muchos meses antes, en una playa desértica. Uno de esos compromisos que van más allá de protocolos, de registros civiles, y de ceremonias. Quién sabe si procedente de otras vidas anteriores.
Hubo también risas cuando se me perdió el anillo momentáneamente entre las sábanas en aquella noche de bodas. Y cuando ella se deshizo el tocado del pelo y se llenó la habitación de las toneladas de arroz que nos habían lanzado horas antes. También hubo risas cuando pasamos la tercera noche de casados durmiendo en nuestro "pandilla" azul en medio de un bosque francés por habernos quedado sin gasolina al inicio de nuestra luna de miel.
Hoy no habrá grandes festejos aunque celebremos nuestras bodas de porcelana. Veinte años de casados no se cumplen todos los días, ni los cumple todo el mundo. Pero hoy trabajamos los dos: yo por la mañana y ella por la tarde. Toca tutoría en el instituto de los niños, compra en el supermercado, y cita de médicos. Será complicado encontrar hueco, salvo quizás para un capuccino en nuestra cafetería favorita. Pero después de tantos años, he aprendido de ella que la verdadera celebración radica en la maravillosa cotidianeidad que compartimos. No hace falta vivir una vida de aventuras para ser feliz. Cuando se es feliz, la vida más normal se convierte en una aventura. Y los pequeños momentos despliegan toda la magia de una vida auténtica. No hacen falta grandes festejos, ni grandes ceremonias, ni enormes fuegos artificiales. La vida es un regalo inmenso teniéndola a mi lado. Dure lo que dure. Hasta las bodas de plata, de oro o de platino. O hasta mañana. Viviendo el presente junto a ella, como si fuera el último día.


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jueves, 16 de marzo de 2017

Poderoso caballero

No hay nada más difícil que la búsqueda de la coherencia en medio de la pura incoherencia. Tratar de tener principios en un mundo de intereses, de competencia y de prioridad por el dinero se antoja una tarea titánica. Y por todos los rincones acechan los dilemas morales y éticos. Gran escuela, sin duda, para la búsqueda de un mundo diferente para vivir.
Esta semana hemos tenido varias ejemplos. En uno de ellos, una buena amiga que trabaja en una empresa de seguros (en este caso a su pesar), nos pidió un favor: trasladar a su compañía los posibles planes de pensiones que tuviéramos en la familia para beneficiarse de la correspondiente comisión. Han pasado apuros en los últimos tiempos, y me pareció razonable, ya que hace mucho años tuvimos operativos nuestros planes de pensiones, y quizás ella podía beneficiarse de ello. Los giros radicales en nuestra vida aún no habían llegado, y actuábamos entonces en muchos temas como lo hace la mayoría: sin plantearnos los "cómos", los "por qués", ni las consecuencias. Creía "a pies juntillas" lo que me habían enseñado en la universidad y las consignas del telediario de turno. Ya se sabe: "¡que viene el coco"... Que si la incertidumbre sobre el futuro. Que si la quiebra del sistema de pensiones. Que si los ancianos desahuciados tras toda una vida trabajando... Pero hubo un momento en que decidimos parar las aportaciones. Actuar por miedo es una gran baza comercial y publicitaria. Les funciona de maravilla. Pero cuando empiezas a actuar con consciencia, muchos miedos se diluyen. Y decidimos no seguir alimentando al "monstruo", invirtiendo nuestro dinero en destinos incompatibles con nuestros principios. A diferencia de hoy día, en aquel entonces la banca ética o la responsabilidad social corporativa eran pura ciencia-ficción, y lo más coherente nos pareció paralizar las aportaciones y olvidarnos del tema. Ese dinero quedaba así bloqueado "per se" hasta nuestra jubilación, o algo peor. Parar las aportaciones era la mejor opción en aquel momento si queríamos ser coherentes. Y nos olvidamos de ese dinero literalmente. Incluso de cuánto había acumulado hasta ese momento. Reconozco que ese desapego es sano, y te puede ayudar a invertir en tiempo y en relaciones de calidad. Pero también es algo inconsciente, porque con ese dinero el banco podía seguir invirtiendo en barbaridades como la destrucción de bosques, prospecciones petrolíferas abusivas, fracking, prácticas bancarias mafiosas o un sinfín de tropelías que nos parecen una barbaridad en los telediarios pero que financiamos con nuestras inversiones en bolsa o en los planes de pensiones. Y ha sido ahora, a raíz de la petición de mi amiga, cuando hemos desempolvado el asunto, y nos sorprendíamos de la cuantía acumulada. Nuestra amiga también.
Realmente me fío muy poco del banco donde tenía los fondos de pensiones. Tan poco como de la empresa de seguros de mi amiga. Y si nos planteamos el cambio era por favorecerla a ella. Pero al ver el importe de la cuantía acumulada, tomamos consciencia de la necesidad de actuar con coherencia. No podíamos seguir mirando para otro lado y que ese dinero siguiera destinándose a valores que inviertan de forma injusta o insostenible. Revisamos uno a uno todos los planes de pensiones que nos proponía ella, y todos incluían en su cartera empresas o países cuyas actuaciones hemos criticado o denunciado, firmando en Change y otras plataformas de lucha. Hace unos años plantearte otras opciones éticas de inversión era simplemente utópico. Pero cada vez más afloran alternativas para que al menos tu dinero no se destine a empeorar aún más nuestro planeta. Pero ser consciente resulta incómodo. Para ti y para los demás. Es más fácil actuar como lo habíamos hecho estos años, olvidándote de todo o mirando para otro lado. Pero si te planteas que tu dinero es otra forma de energía, y que con él puedes impulsar un mundo mejor, o al menos no seguir empeorándolo, la molestia vale la pena.
Me remitieron varias opciones, pero ninguna con enfoque ético. La rentabilidad, la seguridad o la liquidez parecen ser los criterios supremos por los que se rige la inmensa mayoría de los ciudadanos al invertir. La ética y el destino del dinero parece algo secundario. "Dame pasta y no me digas de dónde la has sacado". Esa parece ser la consigna. Por eso nos pareció importante no claudicar, y que los bancos y las empresas de seguros empiecen a tropezarse con "bichos raros" como nosotros, para que empiecen a plantearse otros enfoques de inversión. Incluso que conozcan que hay gente que quiere ser "ahorrador ético activo".
Sin embargo, el sistema está bien pertrechado contra individuos "raritos". La misma sensación hemos tenido cuando hemos dado pasos en busca de una mayor coherencia en la alimentación. Y en este caso, aunque ni siquiera habíamos firmado, el traspaso de nuestros fondos era ya efectivo tras unos pocos whatsapps de intercambio de impresiones. ¡Qué bien sabe el sistema cómo apañárselas para hacernos sus guardianes, o como mínimo sus cómplices!
Menudo dilema. Si simplemente hubiéramos traspasado los fondos sin mirar nada más, con la inconsciencia con que habían dormido estos años, no habría habido ningún problema. Pero si con ese traspaso te planteas ser coherente y consciente, la opción de la empresa de mi amiga dejaba de ser opción. O ayudarle en su comisión y situación familiar invirtiendo en valores que nos generan rechazo, o deshacer el traspaso invirtiendo en valores más éticos y darle la espalda a ella. Difícil coyuntura. La misma que cuando en casa de un amigo o familiar te ponen un filete con todo el cariño, y tú te planteas rechazarlo por cariño a los animales. O cuando decides que encender una lámpara en casa no suponga quemar más combustibles fósiles. Tras hacer números vimos que ella podría alcanzar sus objetivos trimestrales simplemente con uno de los fondos, que deberíamos mantener unos meses con ella. El otro podíamos trasladarlo a opciones más éticas. Al margen de las decisiones de nuestra amiga, nosotros incurríamos en incoherencia dejando uno de los fondos, pero ayudar a nuestra amiga también forma parte de nuestros principios. Así que un fondo ha ido a parar a la banca ética, y el otro a darle un "empujoncito" a nuestra amiga durante unos meses. Difíciles equilibrios en un mundo lleno de incoherencias donde Don Dinero, por desgracia, sigue siendo poderoso caballero.

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jueves, 9 de marzo de 2017

Idas y venidas

Todo cambia. Nada permanece. Lo único constante es el cambio. Y probablemente la tarea más complicada que tenemos como seres humanos es encontrar el equilibrio en ese constante ir y venir que es la vida. Se trata de enriquecernos y crecer con lo que llega a nosotros, con lo que exploramos, y con lo que vivimos en nuestra cotidianeidad. En el aquí y en el allí. Con éstos y con aquéllos. Y poco creceríamos si pensáramos que lo que hacemos, quienes nos rodean o donde habitamos constituyen la única realidad. Como tampoco nos enriqueceríamos si nuestra vida fuese una constante mutación y réplica de lo que vemos y vivimos a nuestro alrededor. Alcanzar el equilibrio y la serenidad en estas constantes idas y venidas, mantenerse en el Ser en un constante Hacer, Ir y Venir quizás sea uno de los grandes retos de nuestra existencia.
Entrenar a nuestros hijos en esa realidad constituye uno de nuestros principales cometidos. De poco sirve tenerlos entre algodones en el "nidito" familiar, si en un suspiro se toparán con ese cambio constante, que cada vez parece acelerarse más y más. Por eso, quizás para muchos, nuestra vida familiar resulta una montaña rusa permanente. Aparecen por casa gente como Ilse, Helinah y Tyrone desde Bélgica y Australia, y nos colman de aventuras, de compromiso solidario y de sabiduría con su presencia. Pablo nos envía un precioso regalo musical por San Valentín junto al coro de su Instituto en Estados Unidos. También nos planteaba ayer un posible intercambio con una amiga francesa. Ahora está allí. En tres meses ya estará aquí. También vendrán Adam y Brittany, su familia americana de acogida, y sin duda surgirán nuevos lazos, nuevas complicidades, nuevos aprendizajes. Ya en agosto le tocará a Samuel iniciar su periplo americano, y como a Pablo, le supondrá un antes y un después en su vida.
Hace pocos días aterrizamos de Bruselas. Siempre aprovechamos la Semana Blanca de febrero para encontrar algún viaje "chollo" y este año ha tocado Bélgica. El año pasado tocó Noruega. Y no sólo nos llevamos preciosas vivencias del romanticismo de Brujas, del bullicio universitario de Gante, o de lo vivido en Bruselas: la Grand-Place, el Manneken Pis, el Atomium, el Parlamento Europeo, las fachadas de comics, el museo de instrumentos musicales, el surrealismo de Magritte, los gofres, el chocolate o la cerveza belga.... También nos llevamos el cariño de Anne, una belga afincada en Málaga antigua compañera de trabajo de Mey, que nos preparó un maravilloso itinerario lleno de sorpresas. También el encuentro con su hermana Cécile y su familia, en una cena entrañable tras un precioso recorrido bruselense. Y por supuesto, el contacto con Julie, la dueña del bohemio apartamento en el que estuvimos. Ella es cantante y directora de cine, y acaba de lanzar un interesante documental que ha puesto nuestro foco de atención en la realidad africana. Estaba en Burkina Faso cuando llegamos. Ello nos permitió disfrutar de la amabilidad de su vecino Augustin. Y sin duda como con Cécile y Anne, se abrirán nuevas experiencias futuras con ella. Para eso está whatsapp, facebook, gmail...
Ahora estamos inmersos en nuevas vorágines cotidianas. Que si una pequeña reforma en el baño porque se nos caían los azulejos. Que si la matrícula de Pablo para su vuelta de Estados Unidos. Que si la nueva asociación por la educación musical en la Axarquía. Que si la venta de nuestro antiguo coche. Que si la traducción del cuento de Mey con sus alumnos para las extraescolares de la Escuela de Idiomas, y todo el trajín de sus exámenes trimestrales. Que si unas presentaciones de un libro de nuestros amigos de O Couso en Málaga y Alozaina. Que si éste o aquel papeleo...Hacer, hacer, hacer. Ir y venir constantes. Búsqueda del difícil equilibrio dentro de un ajetreo incesante.
Hace unos años creamos una ONG entre unos amigos de aquí, de la Axarquía. A alguien se le ocurrió un nombre inmejorable. Nadie dudó ni un instante de su conveniencia: Asociación De Aquí Para Allá (ADAPA). ¿Acaso hay mejor forma de describir lo que es la vida y la solidaridad? ¿Idas y venidas? ¿Ir de aquí para allá? ¿Dar y recibir del que está aquí para el que está allí, o viceversa? ¿Conectar energías de unos y otros para impulsarnos como seres humanos, y para hacer de un mundo bueno, un mundo mejor? Precisamente vivimos una de esas bellas conexiones ahora. Tras nuestra experiencia personal, ADAPA acaba de hacer una generosa aportación al proyecto de Kenya de nuestra amiga Ilse, tras su precioso reto de más de 1.000km descalza con su hija a hombros. Ilse partirá de Bélgica hacia África en unos días para gestionar la entrega directa  a su destino final de los fondos recaudados durante los tres meses de su odisea. Además de dinero para filtros de agua potable, material y enseres, llevará consigo más de 1.000 pares de zapatos que le han donado por todas las zapaterías belgas. Es curioso cómo Bélgica y África han aparecido en nuestras vidas en las últimas semanas. ¿Quién sabe si  en nuestras próximas idas y venidas aparecerán Kenya, Burquina Faso o el Congo?


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jueves, 23 de febrero de 2017

Descalza

Dicen que para ponerse en lugar de alguien hay que meterse en sus zapatos. Por eso Ilse va descalza. Y lo ha hecho durante los últimos tres meses recorriendo más de 1.200 kilómetros.
¿Qué hace una joven belga de 34 años recorriendo España descalza desde Barcelona a Gibraltar con su hija de casi 3 años a cuestas? Una locura, sin lugar a dudas. Pero también ponerse en la piel de los niños keniatas a los que quiere ayudar con su gesto. Ahora sabe bien lo que es andar cientos de kilómetros sin calzado y con heridas y llagas que tardan en curar. Ahora sabe lo que es pasar hambre, frío y miedo en las circunstancias más extremas. Y con ello ha logrado concienciar a muchos medios de comunicación y personas de varios países, recaudando fondos para comprar comida y calzado para centenares de niños de África. Nunca viene mal recordar que los pequeños gestos de amor y solidaridad parecen locuras porque son escasos, pero son los que engrandecen al ser humano.
Cuando mi amiga Ana me avisó de la iniciativa de Ilse, y de que en pocos días pasaría por Torre del Mar, quisimos acogerla en casa de inmediato. No pudo ser  entonces. Pero una vez superado su gran reto, quiso venir a descansar unos días con nosotros tras su periplo. Y hemos compartido unos días deliciosos. Su hija Helinah posee algo mágico, no sólo por su vitalidad y por su capacidad de comunicarse en 4 idiomas siendo tan pequeña, sino por la belleza interior y exterior de su mestizaje. Tyrone les ha acompañado también descalzo en las etapas finales desde Málaga a Gibraltar. Es también joven pero atesora una sabiduría de siglos detrás de su larguísima barba y melena. Ha hecho de la intuición y la magia su estilo de vida. Por ello ha recorrido 16.000 kilómetros desde Australia en más de 40 horas de viaje, para estar con su amiga en estos momentos importantes para ella. Este hombre desprende amor por donde pasa. ¿Y qué decir de Ilse? Parece todavía más joven de lo que es.
Quizás por su sencillez. Quizás por su inocencia. Quizás porque mira a la vida de frente y sin miedo. Y la ausencia de miedo da libertad y viene muy bien para el cutis. También viene bien para los corazones de quienes te observan. Apenas han usado la tienda de campaña que llevaban, ya que les han abierto las puertas de par en par y las han sentado a la mesa de decenas de hogares. Y por si hay algún miedoso en la sala, no han tenido el más mínimo percance: nadie que se propasara; nadie que les haya robado; nadie que las haya tratado mal. Simplemente dejarse fluir por el camino que tenían delante. Como la vida misma. Pero no todo han sido algodones, como en la vida misma. Pensó varias veces en abandonar cuando se topó con la ola de frío cargada de lluvia, truenos y nieve. Tampoco todos los terrenos han sido aptos para pies descalzos: las rocas y el duro asfalto también han hecho de las suyas. Pero quizás lo más duro para ella haya sido la espalda, de la que aún se resiente. Llevar a la niña a cuestas junto con el resto de la carga es una dolorosa prueba, quizás tanto como la maternidad en circunstancias tan extremas. Pero incluso cuando los peores momentos se ceñían sobre ellas, aparecía un milagro que les animaba a no desfallecer. A veces una mano amiga en forma de caravana de repostaje. A veces una billetera anónima extraviada cuando el bolsillo estaba vacío. Y muchas veces con el calor de tantos y tantos hogares que las han incorporado a su familia, incluso en plena Navidad.
Abrir las puertas de casa a Ilse, Helinah y Tyrone ha sido todo un regalo para nosotros. Por supuesto volveremos a vernos, sea aquí, en Bélgica o en Australia. Y por supuesto nos haremos cómplices activos de su locura. No hay nada como descalzarse y sentir en su inmensidad el maravilloso milagro de la vida.



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sábado, 18 de febrero de 2017

Cuando faltemos

La actualidad no pinta bien. Los que necesitan ver un futuro despejado no están de enhorabuena precisamente. Los Trump, los Brexits, los enfrentamientos nacionalistas y geopolíticas, y la desconfianza hacia "el otro" parecen "el pan nuestro de cada día". Es como si el terreno que pisábamos hasta ahora desapareciera bajo nuestros pies. Y los que somos padres no podemos evitar pensar qué será lo que les tocará vivir a nuestros hijos. ¿Qué mundo habitarán?
A algunos padres les entra el pánico. Tenemos amigos muy preocupados por ese futuro para sus hijos. Tanto, que a veces no pueden ni dormir. Andaban muy inquietos antes del panorama actual, así que ni imaginamos cómo estarán ahora. No quieren equivocarse en la carrera que elijan para ellos, buscando la salida laboral más segura. A otros no les da la vida para tratar de acumular pisos, casas o fincas, que luego repartir entre sus hijos, y con ello procurarles un seguro ante las inclemencias del futuro. Una carrera segura de la que vivir. Unas propiedades que te mantengan a flote. Pero ¿de verdad nos creemos que el dinero o las cosas materiales son las que nos van a salvar en las situaciones más extremas? ¿No será quizás que las situaciones más extremas nos igualan a todos, tengamos o no dinero y tierras? ¿No será que es  ahí donde podremos desplegar otros recursos y habilidades menos tangibles pero quizás mucho más valiosas? E incluso sin llegar a ese precipicio: ¿y si esas carreras o esas propiedades se acaban convirtiendo en unas cadenas que aprisionan a nuestros hijos durante cuarenta o cincuenta años? ¿Y si una hipotética herencia lo único que consigue es avivar rencillas entre hermanos, como tantas veces sucede por desgracia? Para ciertas almas libres, una carrera con salida segura o una suculenta herencia puede convertirse en la peor de las cárceles. Y los padres, encima, frustrados o hundidos por haber dedicado todos los esfuerzos de una vida a algo que, a la postre, hace de sus hijos unos infelices.
Poner el dinero en el centro de la vida de nuestros hijos, y que su existencia gire en torno a él quizás no hace sino prolongar esclavitudes de generación en generación. Por mi trabajo en una oficina de empleo, observo con estupefacción cómo la vida de miles de personas gira alrededor de una llamada de teléfono para que les contraten unos días de peón o les concedan un subsidio por unos pocos meses. Todo por unos pocos euros puntuales. Los dones y talentos de tantas personas, y su capacidad para generar redes de apoyo mutuo y sinergias, tirados a la cloaca de forma masiva e institucionalizada. Y miles de personas pendientes de que "Papá Estado" les salve. Afortunadamente hemos vivido ejemplos maravillosos de todo lo contrario , bajo las mismas circunstancias.
Entonces, ¿en qué invertir para allanarles el camino a nuestros hijos? Cuando la cosa se pone cruda, lo material no hace sino lastrarnos hacia las profundidades. Poner el dinero en el centro de nuestras vidas y la de nuestros hijos es la apuesta mayoritaria, pero incluso desde una perspectiva lógica, resulta absurda. Si el mundo se fuera "a la porra" y hubiera una catástrofe, una guerra o una estampida masiva, invertir en relaciones sería lo que nos podría salvar. Invertir en flexibilidad, en empatía, en tolerancia, en movilidad y en interculturalidad podría ser nuestro salvoconducto si tuviéramos que coger el "petate" y salir corriendo a descubrir mundo. Invertir en lo más intangible y sutil de nuestro ser interno sería nuestra tabla de salvación. Porque quizás toque adaptarse a situaciones precarias y ser capaz de ser feliz en ellas. Porque quizás toque trabajar "codo con codo" con el otro, con el diferente, con el de otro sitio, y vivir en armonía y paz con él a pesar de nuestras diferencias. Porque quizás toque hacer de cualquier sitio alejado y de personas totalmente desconocidas nuestro hogar. Y quizás ahí poco nos va a ayudar nuestra herencia, nuestra carrera para toda la vida, o nuestra saneadísima libreta de ahorros. Quizás ahí sea vital tener o construir relaciones fuertes, duraderas y de confianza con gente que nos abriría las puertas de su casa y de su corazón ante la adversidad.
Cada vez conocemos más gente que decide cortar en parte con esa dinámica materialista tan mayoritaria, aunque les tilden de locos o de irresponsables. Y casi siempre se les hace la misma pregunta: "¿Cómo llegáis a fin de mes?" Una pregunta que inmediatamente te obliga a pensar en sueldos mínimos para un cierto status. Pero la pregunta correcta debería ser: ¿Cuánto quieres invertir en trabajar por dinero, según el tipo de vida que deseas llevar? ¿Cuánto quieres invertire en ganar dinero y cuánto a trabajar por los demás, por otro mundo diferente, por tus dones y talentos, por dar otras referencias a tus hijos, o por construir relaciones duraderas? Quizás más que asegurar dinero para los hijos, deberíamos preferir facilitarles capacidad de adaptación, flexibilidad, inquietud por aprender, por relacionarse, por viajar y por adaptarse con facilidad y felicidad a las circunstancias que la vida les ponga delante, aunque sean las más extremas. Y curiosamente, en ese camino siempre surgen posibilidades y lugares a los que acudir y en los que ser acogidos si hiciera falta. Hablamos por pura experiencia.
Puede que haya llegado el momento de ser prácticos con respecto a los hijos. Por si acaso. Para cuando faltemos. Vaya o no la cosa a peor. Pero a lo mejor toca replantearse qué es "ser prácticos". Por si acaso. Para cuando faltemos. Vaya que nuestra apuesta pudiera hacer de ellos unos infelices.

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viernes, 10 de febrero de 2017

Comparaciones

Hay frases que repetimos como papagayos durante años. Y de tanto repetirlas nos las creemos. O peor: pensamos que ya las dominamos. Una de esas frases es la de: "las comparaciones son odiosas". Casi cuarenta años después creo haber empezado a entender qué significa.
Siempre pensé que lo odioso de las comparaciones radicaba en hacerle daño al otro. Si te comparabas con él en altura, en velocidad o en las notas de las asignaturas del "cole", le estabas haciendo daño, o estabas siendo maleducado o políticamente incorrecto. Hoy me he dado cuenta que eso es sólo una parte del pastel. Y probablemente la más pequeña. Lo verdaderamente odioso de las comparaciones tiene que ver con nosotros mismos, con el daño que le hacemos a nuestro ser interno. Nuestro post de hace unos días "Bajar de los altares" hablaba también de ello, y de cómo tendemos a idealizar y a compararnos con los otros, o a ansiar lo que vemos en el escaparate ajeno en lugar de desempolvar lo que tenemos en el propio. Parece que a muchos les removió, a juzgar por las respuestas recibidas.
Mi hija es pura alegría, pura vitalidad, pura energía desbocada. Pero hay días que nos da el almuerzo al llegar del colegio. Y casi siempre viene provocado por una comparación: "me han dicho que soy más bajita que..."; "fulanita me ha hecho menos caso a mí que a ..."; "me han puesto menos nota que...cuando yo había estudiado más...". Comparaciones, comparaciones, comparaciones.  Nuestra vida está llena de ellas. Y son muy frecuentes entre los iguales, los hermanos. Pero también entre el resto de "iguales": vecinos, compañeros de trabajo, amigos... Quizás porque creemos que es la forma de conformar nuestro hueco en esta vida. O quizás porque nos pasamos la vida buscando el cariño o la atención ajena, y pensamos que debemos merecer esa atención siendo más altos, más guapos, más rápidos o más aplicados; o dando pena porque somos más feos, más débiles, más lentos o más torpes. Cariño y atención a cambio de admiración o de lástima. Así de sencillo.
Quien haya visto alguna vez "Super-Nanny" en la tele o tenga hijos sabe que no hay mayor arma de educación masiva que la atención al niño. Ni castigos, ni regañinas, ni bofetones. La atención y el cariño es la mejor forma de encauzar el comportamiento de un niño. Porque es lo que todos buscamos desde pequeños, como parte de nuestro ADN. Y si vemos que no lo recibimos como nos gustaría, empieza nuestra cabecita a comparar y a ingeniárselas para conseguirlo. Es puro mecanismo de supervivencia. Pero a veces puede llegar a amargarnos la existencia si no somos capaces de tomar los mandos de ese mecanismo.
Podemos creer que esto es una cuestión de niños. Pero nada más lejos de la realidad. Sigo oyendo a adultos muy "talluditos" hablando de cómo a ellos les hacían menos caso que a sus hermanos de pequeños; cómo les regañaban más; o cómo todos les veían como el patito feo de su casa. Y no sólo lo expresan, sino que les ves en los ojos o en el tono esa espinita clavada de hace cuarenta o cincuenta años, a pesar de que aquello quizás ni siquiera sucedió así, como le pasa a mi hija. Pero queda ahí, de forma indeleble, en algún rinconcito de tu alma. Corroyéndote por dentro. Reviviendo ese dolor día sí y día también. Porque, como sabemos, no hay una realidad sino tantas como cabecitas. Y por eso aún hoy sigues dejándote llevar por las comparaciones más absurdas: que si mi gripe es peor que la tuya, que si mi agenda es más complicada que la tuya, que si mis gastos son peores que los tuyos...
Igual que la frase de las comparaciones odiosas, hay libros e ideas que marcan nuestra existencia. Quizás de un autor o de un filósofo más o menos conocido, cuyas reflexiones nos han guiado alguna vez en momentos de zozobra y tribulación. Mi filósofo favorito es una mujer. Y comparto con ella todas las noches el edredón. Hace unos treinta años también me compartió una frase que puede guiar toda una vida. En aquel entonces no entendí nada. Y hasta hace pocas fechas no he empezado a degustar su hondo significado: "Estamos solos en este mundo". Aquella frase así, sin anestesia, y en plena pubertad, con las hormonas desbocadas, y enamorado hasta las trancas de aquella chavala que la acababa de pronunciar, me pareció tan enigmática como incomprensible. Especialmente porque justo estábamos empezando nuestra relación, y en lo que menos pensaba era en la soledad que ella parecía expresar. Lo dejé aparcado como ese crucigrama indescifrable que siempre se te resiste. Pero esa frase la hemos compartido ella y yo muchas veces en estos años, y ha ido desplegando su esencia. Por suerte o por desgracia los seres humanos somos unos auténticos mendigos de aprecio, de reconocimiento y de cariño. Y ello nos lleva a prostituir nuestra auténtica esencia divina con tal de que te acojan en el rebaño. Y acabas apagando ese pedazo de luz natural que todos llevamos dentro para usar la misma linternita que los demás. Y en esas comparaciones trabajas como los demás; vas de vacaciones como los demás; te compras el coche o la casa como los que te rodean; comes lo mismo que comen los demás; y te sometes a las normas no-escritas que esa comparación con los demás dicta. Pero en el fondo estás solo o sola. Y llega siempre, absolutamente siempre, un momento en la vida en que te das cuenta que tanta comparación era absurda. Que no hay nada ni nadie que te pueda reconocer, apreciar o querer como tú mismo/a a ti mismo/a . Y que renunciar a todos tus dones y talentos por esa comparación permanente y perpetua es no sólo absurdo, sino que te aboca a la frustración, a la decepción y al sinsentido. ¿Para qué me he comparado tanto durante toda mi vida si en realidad estoy solo? ¿Para qué he buscado tanto el tesoro del afecto ajeno, cuando lo tenía dentro de mí?
Estamos solos, aunque nuestra agenda y nuestro facebook echen humo. Hacernos conscientes de ello nos debe animar a la actitud más optimista y positiva del mundo. Porque nos confronta con nuestra propia esencia. Con nuestro ser más real y auténtico. Y nos anima a no ser simplemente una copia barata de lo que vemos a nuestro alrededor por pura comparación. Estamos solos, y paradójicamente, darnos cuenta de ello, nos puede convertir en el mejor y mayor regalo para los que nos rodean.

(FOTO: Samuel y Eva, dos hermanos jugando y comparando sus "chuches" en una playa de Almería)

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viernes, 3 de febrero de 2017

Alfombras rojas

Hay noches en las que, no sé por qué, me despierto con algunas ideas rondando en la cabeza. Al principio, cuando esto me ocurría, solía enfadarme  por no poder volver a conciliar el sueño. Desde hace algún tiempo, sin embargo, he aprendido que son momentos para la reflexión y el aprendizaje. Son momentos de lucidez que me permiten crear un cuento o explorar ideas y conceptos en la quietud de la noche, algo imposible en el ajetreo del día a día. Esta noche no podía parar de pensar en la idea de los protagonismos y la vida.
Ya sé que no estamos para tonterías, ni "comeduras de coco", ni para ahondar en conceptos metafísicos ni "rollos" de esos… La vida apremia y hay que ser prácticos; sobre todo si hay que llevar para adelante una familia. Pero me temo que esta idea tiene más enjundia de lo que a primera vista parece.
A todos nos encantan las películas y tendemos a admirar a los actores protagonistas y a sentirnos identificados con los personajes principales de las historias que interpretan. Sin embargo, ¿cuántas veces nos hemos planteado que la historia más importante, vibrante y emocionante que vivimos es nuestra propia historia, nuestra propia vida? Pues resulta que observando lo que ocurre, me he dado cuenta de que muy pocas personas son realmente los protagonistas indiscutibles de sus propias vidas. Existen realmente dos tendencias importantes. 
Por un lado, aquellas personas que necesitan ser protagonistas de las vidas de otros. Necesitan brillar en historias ajenas, porque en la suya propia no hay flashes ni autógrafos. Pero ésta es una fama inmerecida y efímera. Y, además, resulta a mi parecer, un tanto extenuante, ya que debe resultar bastante cansado estar haciendo “castings” constantemente para resultar ser elegido/a protagonista.
En otro grupo están aquellos que necesitan protagonistas en sus historias de vida, ya que se ven incapaces de llevar a cabo ese papel. Prefieren el de actor secundario. Pero esta actitud también tiene su desventaja, que no es poca. En este caso, me temo, que el gran beso se lo lleva otro u otra.
En uno y otro caso subyace además algo muy sutil, pero crucial: la responsabilidad de las decisiones y actos. En ambas posturas esa responsabilidad se diluye porque, en el fondo, los implicados no la sienten como suya. En el caso del buscador de “castings”, éste  sólo ocupa un papel durante un tiempo, las decisiones que tomó en esa historia, las opiniones y reacciones no le pertenecen, son sólo del guión para hacerse protagonista. Al fin y al cabo esa historia no es la suya: que cada palo aguante su vela. Aunque si la historia  tiene final feliz, aquí bien que hay que reclamar alfombra roja y, como mínimo un Goya. El actor secundario, por su parte, también rehuye de sentirse responsable porque delega las decisiones en otros y, por ende, el resultado tampoco lo siente como suyo. Si algo sale mal, no es culpa suya, es que el actor protagonista es muy malo y le hace sombra.
Yo creo que ser protagonista de la propia historia es duro, difícil y requiere mucha paciencia y trabajo. Hay que repetir escenas una y otra vez hasta que salen bien. Hay que romperse brazos y piernas en las tomas arriesgadas, y llevarse más de un "mamporro" en las peleas. Hay que llorar en los momentos en que uno pierde la batalla, cuando se aleja el ser querido, cuando cruzamos Mordor o cuando flaquean las fuerzas. Hay, como en toda buena historia que se precie, muchos momentos en los que una se siente profundamente sola y perdida. Pero eso hace precisamente a esa historia merecedora de ser leída, de ser interpretada, de ser vivida. Y si bien hay momentos duros, producto de tus decisiones, los momentos dulces saben aún mejor porque son profundamente tuyos. La victoria, el tesoro, el beso se convierten en hitos inolvidables.
Hay también luchas encarnecidas con los buscadores de “castings”, que buscan ocupar tu papel; y con los actores secundarios, que llegan a ofrecerte "el oro y el moro" para que seas el protagonista de sus historias. Pero yo  lo tengo claro:
 “And the Oscar goes to”…… ME.

NOTA: Este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto en nuestro Blog y en nuestro Patreon. Si te gusta lo que escribimos, te ayuda o te sirve, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario. Estamos muy agradecidos a los que os vais sumando, y por ello os vamos compartiendo más cosas, aparte de lo que escribimos:

(FOTO: Alfombra roja en la calle Larios de Málaga durante el anual Festival de Cine de esta ciudad)

lunes, 30 de enero de 2017

Bajar de los altares

La adulación es muy mala para la salud. Especialmente para la mental. Surgen serias contraindicaciones, como en los prospectos de los medicamentos, cuando compartes públicamente tus vivencias como familia. Una de las peores es la idealización, la beatificación o la subida a los altares. Recibimos mensajes cariñosos que no paran de ponernos "por las nubes": "¡Cómo me gustaría vivir la vida como vosotros!" "¡Qué envidia!" "Si a nosotros nos fuera tan bien como a vosotros..." "¡Qué bien os va!", etc, etc, etc... Sentimos decepcionaros, pero precisamente si algo caracteriza nuestra búsqueda, nuestro compartir y nuestra apuesta es precisamente lo contrario. Creemos que para apostar por otro mundo, por otro tipo de vida, no necesariamente hace falta tirarse al monte. No hace falta recluirse en una cueva a meditar. No es preciso ser un santo ni dar lecciones a nadie. Se puede ser parte de ese camino, que quizás no tenga meta, incurriendo en multitud de incoherencias, viviendo en la vida que te ha tocado vivir, sufriendo continuas recaídas en tus defectos y en etapas que considerabas ya superadas. Siendo una familia normal que vive una vida normal. ¡Justo de eso va nuestra historia! Aunque muchos nos idealicen. Una familia que tiene sus discusiones como todas.
Que vive sus agobios como todas. Que va corriendo todo el día para arriba y para abajo como tantas. Pero que a pesar de todo eso, sabe que hay otra forma de vivir, y no va a renunciar a que eso forme parte de su camino. A veces dando pequeños pasos en cuestiones cotidianas: la alimentación, los desconocidos que no forman parte de nuestros círculos, el contacto con gente que vive dedicada al prójimo o a la contemplación (a ver si se nos "pega" algo...). A veces tomando decisiones sobre nuestro consumo o sobre el dinero en casa. Y a veces simplemente abriendo las ventanas para que otros vean nuestros aciertos y nuestros platos rotos, y con eso simplemente, nos podamos ayudar en el camino que tenemos decidido vivir.
Hace dos días me llamó una buena amiga para comentarme una cuestión sin importancia de un fichero que convendría quitar de internet. Había tenido una semana horrorosa. El lumbago daba sus últimos coletazos. Mi mujer acababa de caer con gripe. Las gestiones caseras se multiplicaban sin tener manos suficientes para todo. Cogí al primer "chivo expiatorio" que me pilló a mano, en este caso mi amiga al teléfono, y le solté "sapos y culebras". Lo que me preguntaba apenas tenía importancia, pero en mi agobio interno me pareció tan absurdo, que resulté seco, abrupto, cortante y maleducado. Me sentí fatal cuando le colgué. Y ayer quise disculparme con ella. Por desgracia, cuando tienes tantos frentes abiertos no eres capaz de mantener el equilibrio. Y a mí me sucede con más frecuencia de la que debería. A veces cualquier olvido de los niños, cualquier pequeña norma casera incumplida, o a veces cualquier comentario sin intención alguna, reaviva mis conflictos interiores, mis susceptibilidades desbocadas, mi necesidad de sentirme válido o simplemente mi ego. Y la fiera sale fuera.
Ayer me llamaron a capítulo. Cuando te dicen "tenemos que hablar" y te llevan a la habitación que usamos en casa para la meditación, ya te imaginas de qué va la cosa. Y reconozco que me resistí "como gato panza arriba". A pesar de que quien me llamaba al orden es mi compañera de camino de toda la vida (y probablemente de otras vidas anteriores), al ego no le suele hacer mucha gracia que le den un toque. Pero viene bien. Más que bien. Porque el camino es largo y las distracciones muchas. Porque esto no va de seguidores o de metas alcanzadas, sino de las pequeñas victorias diarias frente a nuestros defectos, frente a nuestras faltas al prójimo, frente al desequilibrio personal o familiar, frente a los pequeños traumas o paranoias que todos traemos de serie desde pequeños. Por eso es importante este compartir. Porque poniendo sobre la mesa que eres susceptible o que saltas más de la cuenta, adquieres un compromiso mayor por velar por esos desequilibrios que el que más o el que menos tiene muy guardaditos entre tantas capas de persona adulta y responsable. Por eso doy gracias por esas llamadas a capítulo de quienes me quieren. Por eso doy gracias por tener una compañera de viaje que es una maestra única de la asignatura más difícil: la vida. Y por eso es importante que nos bajen de los altares, y que compartamos entre todos el peso de las mochilas en este bello camino por un mundo diferente.

(FOTO: un precioso altar de un templo budista, a 10 minutitos de casa)


NOTA: Este post se publica como todo lo que escribimos gratis y en abierto en nuestro Blog y en nuestro Patreon. Pero nos preguntan qué cosas hemos compartido ya y de las que se podrían beneficiar quienes colaboren con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario. Ahí van algunos ejemplos de cosas ya compartidas:
(y seguimos...)

miércoles, 25 de enero de 2017

Te doy si me das

Cuando hace un año salimos en un reportaje en Televisión Española, hubo algo que nos sorprendió más que nada. Durante toda la semana anterior a su emisión, y en distintas cadenas, bombardearon a la audiencia con un avance  en cuyos primeros 10 segundos se nos veía como reclamo para ver el programa  ¡como familia que daba a cambio de NADA! Y cuando el programa se emitió, de sus distintos reportajes, dejaron el nuestro para lo último como "traca final" Tanto ese avance como el dejarnos para el final del programa suele ser un mecanismo para captar audiencia y conseguir la mayor atención posible, en este caso sacando a la palestra a unos bichos raros, una especie quizás en extinción: ¡dar aparentemente sin contraprestación alguna! Algo tan estrambótico que no te lo podías perder, querido televidente.
Vivimos en el mundo del "te doy si tú me das". Ni un dedo movemos si no tenemos la certeza de que algo vamos a obtener a cambio, sea ahora o en un futuro más o menos cierto. Y nos han inculcado desde pequeños que sólo progresaremos si vamos "a lo nuestro " contra viento y marea. Es el gran chip de la modernidad que tenemos implantado en nuestro cerebro: todo funciona mágicamente porque gracias a una "mano invisible" (la de Adam Smith) la lucha por nuestros intereses individuales conduce a un equilibrio económico en el que los ciudadanos maximizamos nuestro consumo y las empresas sus ventas. No nos interesa ahora entrar en análisis económicos. Sí en la experiencia humana que hay detrás de ese planteamiento..
Nuestro reportaje fue visto por millones de personas, convocadas ante ese reclamo: ¿Dar sin nada a cambio? ¿Duros a 4 pesetas? ¿Chollos gratis? En el fondo nos atrae lo diferente. Y curiosear por la mirilla de la puerta las rarezas ajenas es un gran deporte. Pero por fortuna, no es tan raro. Cada vez hay más personas que actúan no por contraprestación, sino por gratitud y por trabar relaciones con el prójimo. O Couso  acoge a gente bajo esa premisa y bajo el "deja lo que puedas, coge lo que necesites". La Casa de Acogida de Alozaina  actúa bajo similar esquema. Zsuzsi y Peter nos mimaron  hace unos días en Viena por pura gratitud, generosidad y ansia de estrechar lazos con nosotros. Nuestra amiga Ilse está recorriendo 1.000 kilómetros descalza con su hija a cuestas  para concienciar sobre los niños de Kenya. Y podríamos dar infinidad de ejemplos, cada vez más cercanos, de esa actitud de dar sin esperar nada a cambio que, sinceramente, es lo que creemos que verdaderamente nos caracteriza como seres humanos.
Se están produciendo pasos en la buena dirección, por ejemplo en la economía colaborativa. Pero aún falta bastante para el giro definitivo. Es cierto que ya no hace falta tener un apartamento o contratar un hotel para irte a la playa: hay gente que te presta su casa. Ya no hace falta tener coche para viajar: hay gente que comparte el suyo y te puede llevar. No hace falta "tener" para "disfrutar": está emergiendo el "compartir". Sin embargo, mientras ese compartir siga bajo el paradigma o las normas de la contraprestación y del mero intercambio, aún nos faltará subir un escalón como especie. Hace un par de años me dejaron en tierra en un Blablacar, aunque había cerrado la reserva, porque al conductor le interesó más otra oferta de traslado. Yo tenía coche y realmente lo hacía por conocer a gente y ahorrar contaminación. Pero su respuesta me dejó helado: "la pela es la pela". Compartía su coche, sí, pero su esquema mental seguía poniendo en el centro al dinero y no a la relación entre las personas. Las formas eran distintas. Compartía su coche. Pero el centro seguía siendo el mismo: el maximizar sus intereses como fuera, y a costa de quien fuera.
Por eso nosotros hemos decidido adentrarnos en esa selva de lo desconocido y minimizar la dinámica de la contraprestación y del "por el interés te quiero, Andrés". Y sinceramente, no creemos que sea tan complicado. Cada vez que podemos lo probamos, nos lanzamos al vacío, y casi siempre la realidad nos hechiza. Cuando tenemos que arrendar un piso, no buscamos un inquilino al que cobrar una renta alta y que no dé problemas. Buscamos un amigo en el que confiar, alguien en quien delegar las decisiones del piso como si fuera suyo propio, y de paso le reducimos el alquiler como muestra de esa confianza. El resultado es que hasta ahora nunca hemos tenido problemas a pesar de las obras, reformas e incidencias que siempre surgen en un alquiler. Confianza total y en la distancia. Quizás podríamos haber ganado más dinero con esos alquileres , y no nos han faltado ofertas más cuantiosas. Pero preferimos ganar amigos y tranquilidad. O incluso colaborar con causas solidarias renunciando al alquiler, ya que, ¿hasta qué punto lo que tenemos realmente es nuestro? Y lo mismo hemos procurado con las chicas que con el paso del tiempo nos han ayudado unas horas en casa con la limpieza. No son personas de segunda. Son parte esencial de nuestra vida; amigas ante las que mostramos nuestra gratitud; con las que intercambiamos confidencias. Y nunca hemos escatimado con ellas una subida de sueldo, porque cuando se plantea desde la cercanía siempre es justo y necesario. Nadie se aprovecha de nadie. Nadie trata de conseguir "chollos" ni de compararse con lo que hacen otros. No hay trampas. No hay cartón. No hay trucos para ganar una partida. Hay relación y gratitud recíproca. 
Estamos convencidos que las relaciones diarias con los vecinos, con la cajera del supermercado, o con los compañeros del trabajo pueden ser un motivo para hacernos la pregunta de si actuamos buscando una contraprestación con esas personas o si lo hacemos por el puro placer de cultivar esas relaciones, y entrar en el bellísimo juego de las gratitudes. Y lejos de que los tiempos nos lleven cada vez más a separarnos y a aislarnos del otro, creemos que surgen formas antes inimaginables de encontrarnos con el otro, con el prójimo. La tecnología lo posibilita, sin duda. Pero ya depende de qué actitud queramos tener nosotros. Por ejemplo, los artistas, creadores y poetas pueden vivir ya directamente de sus seguidores con Patreon y otras plataformas, invirtiendo en la esencia de su arte en lugar de venderse a los criterios mercantilistas de una gran multinacional intermediaria. ¿Qué mejor que desarrollar tus dones y talentos y que quienes los disfrutan aporten un granito de arena para que puedas vivir de ello? Un gran avance, sin duda. Pero incluso ahí es importante estar atentos, y aunque las formas sean distintas (vivir del contacto directo de quienes aprecian tu arte) es crucial que el fondo también lo sea (que el dinero no sea el motor exclusivo). Es crucial pasar de unas vidas que giren en torno al dinero, a pasar a unas vidas que giren en torno a las relaciones personales y a la gratitud entre los seres humanos. Y eso choca. Y seguirá chocando mucho. Porque no basta con empezar a usar la economía colaborativa. No basta con escribir, dibujar o actuar directamente para tus seguidores a través de Patreon. Debemos plantearnos "cómo" lo hacemos. Si lo hacemos por contraprestación (te doy sólo si tú me das) o lo hacemos por la relación y la gratitud . 
En nuestro caso muchos nos preguntan por nuestra opción, quizás radical, aquí. "Si os sigue tanta gente con lo que escribís en vuestro blog, ¿por qué no cobrar por ello, por ejemplo, en Patreon, como tantos otros escritores?" Es cierto que quizás sería una forma de complementar nuestros sueldos. De darse algún capricho con los niños, o pensar en su futuro. De verse recompensados por el tiempo dedicado. O de dedicar ese dinero a causas solidarias. Y lo mismo podríamos haber hecho con las ventas de nuestro libro, en lugar de haber renunciado a todos los ingresos de su venta en favor de tres ONGs. Nuestra respuesta es clara. La economía colaborativa, Patreon y otras muchísimas iniciativas que están surgiendo son, sin duda, un gran paso en la buena dirección. Pero creemos que hay que llegar más allá. No basta sólo con pasar de "poseer" a "compartir". No basta sólo con evitarnos intermediarios. Al menos en nuestro caso, si nuestras vivencias compartidas hasta ahora eran un regalo para otros, una ofrenda desinteresada, un puente hacia un mundo diferente para vivir y una vía de contagio a través de nuestra escritura, ¿cómo podríamos ahora condicionarlo por un par de monedas al mes, por muy loable que fuera el destino de ese dinero? Estaríamos siendo incoherentes con lo que nos movió a iniciar este camino. Perdería parte de su esencia porque sólo podría leerlo quien pagara por ello. ¡Aunque sea algo tan ridículo como lo que cuesta un café al mes! Se generaría una dinámica de exigencia por nuestros lectores y una búsqueda de maximizar el retorno de lo que hubieran pagado. E incluso si ese dinero fuera para causas solidarias, nuestras palabras irían en cierto modo contaminadas por la dinámica mercantil del intercambio. "Yo te doy, si tú me das". "Si no me pagas, no me lees". ¡Bastantes cómplices maravillosos y experiencias increíbles estamos viviendo en este camino como para encima cobrar por ello! Lo sentimos, pero no, no y no. Por ello, no cobramos en nuestro Patreon  por lo que escribimos, y lo publicamos en abierto. Por ello huimos de la contraprestación como de la peste. Por ello estamos obsesionados por centrarlo todo en las relaciones humanas y en la gratitud. Y por ello, queridos amigos, queremos que si queréis colaborar en las causas solidarias de nuestro Patreon  lo hagáis porque os lo dicta el corazón, porque os mueve apostar por ese mundo diferente para vivir, y como manifestación de una gratitud que os brota de dentro por lo que escribimos o por la ventana que a través de nosotros se os pueda abrir. Pero no por puro intercambio. ¡Que de eso ya tenemos bastante en este mundo! Y si así lo decidís, hemos querido también mostraros nosotros nuestra gratitud por ello, compartiendo a quienes os adentráis en esa aventura, partes de nuestra vida más allá de la escritura, y que nunca nos habríamos planteado de otra forma: nuestros cuentos infantiles creados para nuestros hijos, vídeos de vivencias caseras, de charlas que damos , de bromas en casa , recetas sanas como huevos rotos con chorizo vegano  o los donuts caseros , o remedios caseros como nuestra pasta de dientes sin químicos , nuestros posts en francés  o en inglés , entre otras muchas cosas que seguiremos lanzando. Evidentemente, lo mucho o lo poco que con ello generemos va directamente para las ONGs que entre todos decidamos. Pero no condicionamos la relación con quienes nos siguen a que nos paguen algo, aunque sea con un fin solidario. ¿Que eso supone que recaudamos poco para esos fines o que esto vaya muy lento para esas ONGs? Puede ser. Por ahora apenas son 35€ al mes. Pero esto no va de prisas, ni de resultados económicos. Ni siquiera de contraprestaciones en forma de palmaditas en la espalda o reconocimiento público, que no hace sino engordar el ego. Va de corazón, corazón y más corazón. Y ahí no hay atajos ni medias tintas. Ya lo vivimos cuando a pesar de infinidad de dudas y caras de incredulidad impulsamos el crowdfunding para un deshidratador solar  para la Casa de Acogida de Alozaina que hoy es ya una realidad; cuando impulsamos la Revolución de la Tostada  apelando sólo y exclusivamente a la conciencia de cada uno y logramos triplicar los resultados económicos; cuando euro a euro al mes a través de Teaming estamos construyendo cabañas y aseos en proyecto O Couso o por crowdfunding reconstruimos parte de su tejado; o cuando logramos en sólo cinco días una cantidad récord para los refugiados de Lesbos. Y también lo hemos vivido en otros intentos que han fracasado en resultado, pero han sido un triunfo en lo personal, en las relaciones trabadas y en los aprendizajes de vida. Esto no va de metas. Va de caminos recorridos, y de compañeros de viaje.
Permitidnos un consejo. Conjugad el verbo DAR por doquier y en todas sus causas y consecuencias:

Da porque estás agradecido/a.

Da porque la vida te dio antes a ti.

Da porque nada realmente te pertenece.

Da porque el desapego te hace libre.

Da porque cuanto mas das, la vida más te devuelve.

Da porque con ello haces espacio para que entre más vida en ti.

Da porque con ello pasamos del "tú y yo" al "nosotros".

Da porque no buscas que te dé, sino que me buscas a mí.

Da porque quieres ser mi amigo/a.

Da por el simple placer embriagador de dar.

Da por sentirte libre y sin ataduras.

Da porque me quieres


(Foto: Un día cualquiera en una calle de Málaga. Buscando cómplices en la aparentemente solitaria Avenida del "Dar sin esperar nada a cambio")

viernes, 20 de enero de 2017

Lumbalgia

La sucesión de días nos crea una ilusión de eternidad. Este viernes no difiere mucho de viernes pasado y quizás no mucho del próximo. Este invierno se parece mucho al anterior. Y cada día de trabajo es casi idéntico a los demás. Sin embargo la vida pasa casi imperceptible. Probablemente son los niños los que más nos confrontan con esa realidad. Un día les cambia la voz. O te superan de repente en altura. O deciden que ir a los columpios ya es de niños pequeños. Igual que meterse en la cama de los padres. Tú te ves, quizás, igual. Pero la vida pasa. ¡Y vaya que si pasa!
Ese efecto del paso del tiempo lo vivimos por la observación y la comparación. Pero es realmente nuestro cuerpo físico el que tarde o temprano te confronta con nuestra vulnerabilidad y limitaciones.
Y cuando compruebas lo indefenso que estás ante el más mínimo achaque, no puedes evitar caer en la cuenta de cuánta razón tenía Borges cuando dijo aquello de que "siempre" es una palabra que no está permitida a los hombres.
Esta semana me ha tocado comprobarlo en mis carnes. No sé si fue un mal movimiento, un rato en el que hice algo de ejercicio, la sesión de limpieza de las terrazas o que simplemente el cuerpo me tenía que dar un aviso, de lo que sea que tengo que aprender. Pero lo cierto es que esta semana me ha tocado sufrir un lumbago superlativo. De esos que te dejan inmóvil rabiando de dolor simplemente cuando te acercas a lavarte las manos en el lavabo o a sacar los pies del coche. Que situaciones tan cotidianas de tu día a día se conviertan en verdaderos castigos, te hace recapacitar. Te anima a hacerte muy consciente de cada paso, de cada movimiento y de cada instante, en una especie de liturgia a la que nuestras prisas diarias no están acostumbradas, por desgracia. Y aunque sea por puro dolor, pones todos los sentidos en el presente. Verte tan dependiente de quienes te rodean para acercarte un vaso, para hacerte un masaje, o para suplirte en las tareas caseras más básicas, te genera una mezcla de sensaciones: un profundo agradecimiento por estar rodeado de seres que te quieren y te cuidan; un recuerdo de tantas y tantas personas que sufren la enfermedad, la dependencia, el dolor...; y una llamada de atención frente a esa llamada inescrutable del paso del tiempo. Quizás sea buen momento para recordar a William Blake cuando decía lo de: "La eternidad está enamorada de las creaciones del tiempo". Quizás toque afanarnos aún más en esas creaciones del tiempo. Quizás debamos vivir con más autenticidad cada minuto. Quizás debamos recordar de vez en cuando que no somos eternos. Aunque sólo sea por si acaso esto tuviera fin.

NOTA: Este contenido, como todo lo que compartimos, no tiene ningún afán de lucro para nosotros, sus autores. ¡Bastante premio estamos teniendo con los aprendizajes y con las personas que estamos conociendo por el camino! Sin embargo nos encantaría que nuestras creaciones (escritos, vídeos, audios, recetas, remedios caseros, etc) acaben beneficiando ese "mundo mejor" a través de entidades solidarias que apuestan por él. Por eso, algunos de esos contenidos los subimos a nuestra página en Patreon (https://www.patreon.com/familiade3hijos) para disfrute de quienes estáis colaborando en esos proyectos solidarios, aunque sea con 1 simple euro al mes. Basta con pulsar en el botón rojo de "Become a patron". ¿Queréis ser nuestros cómplices, aunque sea con algo simbólico? ¡¡GRACIAS!!

miércoles, 11 de enero de 2017

Pantuflas de bienvenida

Descubrir Viena por primera vez en Navidades es algo mágico. Aunque no tuvimos nieve, sus mercadillos navideños, el ambiente de las calles, y los coches de caballos con sus cocheros ataviados como en el siglo XIX te trasladan a otra época. Meterte en uno de sus míticas cafeterías a degustar un café con un pastel cuando fuera hay seis grado bajo cero tiene un encanto especial. Y si a eso le unes lo muchísimo que disfrutamos de la música a un precio irrisorio, el plan vienés nos salió de lujo. Asistir a un ballet en la Ópera Estatal de Viena con entradas de pie, disfrutar de Strauss en el Koncerthaus de la Filarmónica, y escuchar las Vísperas de la Catedral de San Bernardo con orquesta, coro y su órgano centenario es algo excepcional. También lo es conocer los Palacios de Hofburg, Belvedere y Schönbrunn, y la historia de la Emperatriz Sisí in situ. Está claro que, a veces, cuanto menos se planifican las cosas, y más te dejas llevar por las circunstancias, mejor salen los planes. Aferrarse a una planificación genera rigideces que a veces convierten una escapada en una frustración. Y nuestro plan fue tan inesperado que el resultado ha hecho de este viaje uno de los más especiales de nuestra vida.
Sin embargo, debo reconocer que cada vez valoro más otro tipo de cosas cuando recorremos mundo. Y de esas tuvimos todavía más en nuestra aventura austríaca. Están bien los monumentos, los parques y los atractivos turísticos, pero reconozco que todo eso sin el contacto humano sabe a poco. Por eso lo de Viena fue aún más especial. Todo cuadró de tal manera que resultó alucinante.
El avión, el tren y el metro fueron tan puntuales que ni nos lo creíamos. Llamamos a la puerta de la señora Rumpf, y con una sonrisa enorme y un inglés muy "chapurreado", nos dio las llaves del apartamento de Zsuzsi y Peter, tras su mágica invitación. Subíamos con una sensación extraña: como esa que uno tenía de pequeño al abrir la puerta del salón en la mañana de Reyes: deseando encontrarte un montón de paquetes envueltos con papel de regalo, pero con el sustillo de poder cruzarte con sus majestades en plena faena. Abrimos la puerta y aunque nuestros amigos no estaban, impregnaron de su presencia nuestra llegada. Habían dejado dos pares de alpargatas con un gran corazón dibujado y un enorme "Welcome" escrito dentro. En España, cuando llego a casa, siempre me quito los zapatos y me calzo mis pantuflas. Es un ritual que me introduce en el calor del hogar. Y que nuestros amigos hubieran tenido ese detalle como gesto para que nos sintiéramos como en casa, me pareció de una hospitalidad entrañable. Pero ahí no quedó todo: se habían dedicado a ponernos post-its por toda la casa para que usáramos todos los ingredientes y productos que necesitáramos sin miedo a que su etiqueta en alemán nos disuadiera. Y habían llenado el frigorífico y la encimera para que no desfalleciéramos durante esos días navideños de tiendas cerradas. Todo dispuesto para pasar unos preciosos días "de novios", que tuvieron su colofón cuando pudimos disfrutar de la compañía de nuestros anfitriones los dos últimos días, e incluso nos hicieron una visita guiada y personalizada a la ONU, donde trabaja Peter. Es curioso cómo las almas hospitalarias y generosas atraen el cariño. Imagino que Zsuzsi y Peter lo tienen a raudales. Ahora tratamos de "picarles" por whatsapp con fotos de nuestra Navidad veraniega,  a ver si conseguimos animarles para que vuelvan a visitarnos. La hospitalidad resulta contagiosa.
Como imagen de estos días me quedo con la de la cena de Nochebuena. Fue tan sencilla como idílica y romántica: una mesita en la cocina con un mantel navideño, una lamparita de 7 velas, una sopa de patatas y zanahorias recién hecha, y una ensaladita de tomates cherries. Todo ello vivido en Skype a tres bandas entre Londres, Wyoming y Viena. Nunca tuve la sensación de estar tan cerca de mis hijos estando tan lejos. Nunca una cena en pareja fue tan familiar y multitudinaria. Nunca los ausentes se hicieron tan presentes. Será que el amor poco tiene que ver con la distancia medida en kilómetros.


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