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lunes, 30 de enero de 2017

Bajar de los altares

La adulación es muy mala para la salud. Especialmente para la mental. Surgen serias contraindicaciones, como en los prospectos de los medicamentos, cuando compartes públicamente tus vivencias como familia. Una de las peores es la idealización, la beatificación o la subida a los altares. Recibimos mensajes cariñosos que no paran de ponernos "por las nubes": "¡Cómo me gustaría vivir la vida como vosotros!" "¡Qué envidia!" "Si a nosotros nos fuera tan bien como a vosotros..." "¡Qué bien os va!", etc, etc, etc... Sentimos decepcionaros, pero precisamente si algo caracteriza nuestra búsqueda, nuestro compartir y nuestra apuesta es precisamente lo contrario. Creemos que para apostar por otro mundo, por otro tipo de vida, no necesariamente hace falta tirarse al monte. No hace falta recluirse en una cueva a meditar. No es preciso ser un santo ni dar lecciones a nadie. Se puede ser parte de ese camino, que quizás no tenga meta, incurriendo en multitud de incoherencias, viviendo en la vida que te ha tocado vivir, sufriendo continuas recaídas en tus defectos y en etapas que considerabas ya superadas. Siendo una familia normal que vive una vida normal. ¡Justo de eso va nuestra historia! Aunque muchos nos idealicen. Una familia que tiene sus discusiones como todas.
Que vive sus agobios como todas. Que va corriendo todo el día para arriba y para abajo como tantas. Pero que a pesar de todo eso, sabe que hay otra forma de vivir, y no va a renunciar a que eso forme parte de su camino. A veces dando pequeños pasos en cuestiones cotidianas: la alimentación, los desconocidos que no forman parte de nuestros círculos, el contacto con gente que vive dedicada al prójimo o a la contemplación (a ver si se nos "pega" algo...). A veces tomando decisiones sobre nuestro consumo o sobre el dinero en casa. Y a veces simplemente abriendo las ventanas para que otros vean nuestros aciertos y nuestros platos rotos, y con eso simplemente, nos podamos ayudar en el camino que tenemos decidido vivir.
Hace dos días me llamó una buena amiga para comentarme una cuestión sin importancia de un fichero que convendría quitar de internet. Había tenido una semana horrorosa. El lumbago daba sus últimos coletazos. Mi mujer acababa de caer con gripe. Las gestiones caseras se multiplicaban sin tener manos suficientes para todo. Cogí al primer "chivo expiatorio" que me pilló a mano, en este caso mi amiga al teléfono, y le solté "sapos y culebras". Lo que me preguntaba apenas tenía importancia, pero en mi agobio interno me pareció tan absurdo, que resulté seco, abrupto, cortante y maleducado. Me sentí fatal cuando le colgué. Y ayer quise disculparme con ella. Por desgracia, cuando tienes tantos frentes abiertos no eres capaz de mantener el equilibrio. Y a mí me sucede con más frecuencia de la que debería. A veces cualquier olvido de los niños, cualquier pequeña norma casera incumplida, o a veces cualquier comentario sin intención alguna, reaviva mis conflictos interiores, mis susceptibilidades desbocadas, mi necesidad de sentirme válido o simplemente mi ego. Y la fiera sale fuera.
Ayer me llamaron a capítulo. Cuando te dicen "tenemos que hablar" y te llevan a la habitación que usamos en casa para la meditación, ya te imaginas de qué va la cosa. Y reconozco que me resistí "como gato panza arriba". A pesar de que quien me llamaba al orden es mi compañera de camino de toda la vida (y probablemente de otras vidas anteriores), al ego no le suele hacer mucha gracia que le den un toque. Pero viene bien. Más que bien. Porque el camino es largo y las distracciones muchas. Porque esto no va de seguidores o de metas alcanzadas, sino de las pequeñas victorias diarias frente a nuestros defectos, frente a nuestras faltas al prójimo, frente al desequilibrio personal o familiar, frente a los pequeños traumas o paranoias que todos traemos de serie desde pequeños. Por eso es importante este compartir. Porque poniendo sobre la mesa que eres susceptible o que saltas más de la cuenta, adquieres un compromiso mayor por velar por esos desequilibrios que el que más o el que menos tiene muy guardaditos entre tantas capas de persona adulta y responsable. Por eso doy gracias por esas llamadas a capítulo de quienes me quieren. Por eso doy gracias por tener una compañera de viaje que es una maestra única de la asignatura más difícil: la vida. Y por eso es importante que nos bajen de los altares, y que compartamos entre todos el peso de las mochilas en este bello camino por un mundo diferente.

(FOTO: un precioso altar de un templo budista, a 10 minutitos de casa)


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(y seguimos...)