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domingo, 22 de octubre de 2017

Lo que de verdad importa

La conocí hace cuarenta años. Fue un pilar crucial para mi madre cuando mi padre murió. Su nombre, imborrable como el de tantos otros: Araceli, Joaquín, Isabel, Antonio, Leandro, Conchi... Gente buena que siempre hizo dudar a mi madre de si acertó o no al mudarnos de Córdoba.
Apenas nos vemos. Pero el cariño y la gratitud no entienden de distancias ni de tiempo. Habitan en lo recóndito y alimentan las almas. Y el encuentro surge espontáneo cuando el abrazo apremia. Este jueves apremiaba. Y mucho.
Aprovechamos una revisión médica y fuimos a su casa. Siempre que voy allí me inundan los recuerdos. Objetos que mi madre y ella compraron juntas y que también adornaron mi niñez. Fotos familiares de gente querida que me cuidó de pequeño. Aroma de hogar.
Siempre he odiado ir a dar un pésame. Me cuesta pronunciar palabra. Probablemente aún tenga algún circuito escacharrado con eso. Pero con ella fue distinto. No íbamos a un compromiso social. Íbamos a una auténtica lección de vida. De esas que nunca se olvidan. De esas que derrochan belleza por todos lados.
No estoy acostumbrado a verla así. Con la lágrima incipiente. Con su preciosa sonrisa quebrada. Con la sensación de "pollo sin cabeza". Esta vez su entereza habitual titubeaba por momentos. Aunque no hubo ni un atisbo de rebeldía. Ni un indicio de sublevación. Y eso que un desenlace tan inesperado podría haberlos suscitado. Pero no. Aceptación. Gratitud. Suerte de tener una fe como la suya. Unos hijos y nietos como los suyos. Tanta gente que la adora. A ella y a él también. Tan prudente, tan atento, tan cariñoso... Saber estar en cada instante. Sin buscar el halago o la alabanza. La palabra justa. El gesto amable. Siempre.
Morir es ley de vida. La única condición para morirse es estar vivo. Y a todos nos va a tocar. Sí o sí. Aunque no queramos hablar de ello. Aunque miremos para otro lado. Aunque sea tabú. Antes o después todos pasaremos por ahí. Y la clave es cómo queremos que sea ese momento. Por nosotros y por los que se quedan. Yo, después de este jueves, lo tengo claro. Quiero irme como él. Con los deberes hechos.
Hablar de la felicidad con quien tiene setenta u ochenta años, y conocer sus claves en el atardecer de la vida es un auténtico lujo. Uno puede pensar que tras cincuenta y cuatro años junto a tu compañero de viaje, lo que más viene a la memoria son los grandes logros, las grandes hazañas, los momentos memorables. Pues no. Escuchar a Araceli enumerando multitud de gestos cotidianos, de momentos fugaces, y de situaciones ordinarias te reconcilia con el mundo. Quizás porque te das cuenta de que en lo pequeño está lo hermoso. Y que lo tenemos delante de las narices. En un abrazo. En una mirada. En un paseo para la compra. En un suspiro compartido... Y nosotros, quizás, ocupados en otros menesteres. Quizás preocupados por la cuenta corriente, por la limpieza de la casa, por el horario, por el jefe, por la hipoteca... Nos pasamos la vida buscando la felicidad y el sentido de la existencia fuera, lejos, y en lo grande. Y resulta que están dentro, cerca y en lo pequeño. Araceli y Joaquín lo han encontrado. Enhorabuena. Misión cumplida.



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domingo, 15 de octubre de 2017

La palabra adecuada

Pensábamos que estaríamos solos. A fin de cuentas una charla de un lama tibetano no parece el plan más fascinante del mundo para una tarde de domingo. Sin embargo, cuando llegamos, la sala estaba totalmente abarrotada, al igual que el hall de acceso, y hasta la puerta del propio edificio. Quizás haya más gente de lo que pensamos en búsqueda de un mundo diferente para vivir. Dudamos, incluso, en marcharnos ante tal multitud. Pero nos quedarnos a escucharle a través de la pantalla de la entrada. Apenas habíamos oído hablar del Lama Gangchen Rimpoche, al que llaman Lama Sanador. Pero cuando Juanmi y Mariló nos avisaron desde Sevilla, nos dejamos llevar. Hace tiempo que abrimos las puertas de par en par a los portadores de verdad, aunque sean de culturas y tradiciones muy distintas a la nuestra. Y no defraudó.
Uno espera al escuchar a un representante de alguna religión o espiritualidad una cierta dosis de proselitismo. Quizás la fuerza de la costumbre. Nada más lejos aquel día. Las cebras no intentan convencer a las jirafas de que cambien su naturaleza. Ni los árboles a las piedras. Cada uno tiene su verdad y respeta la del otro. Aquel lama tampoco. Su mensaje iba tan sólo a reforzar lo que ya fuéramos: cristianos, judíos, protestantes, musulmanes, budistas, agnósticos o ateos. Daba igual. Porque era algo tan sencillo y tan básico que debía estar antes de cualquier planteamiento religioso o espiritual. Eran actitudes de preescolar. Algo tan sencillo que quizás todas las religiones lo obvian. Y así nos va. Suele pasar que lo más revolucionario suele ser lo más elemental.
Aquel anciano vestido de naranja sin un pelo en la cabeza y con barba poblada venía a darnos las claves de la sanación: utilizar nuestros cinco sentidos corporales y nuestra mente de una forma adecuada. Toma ya. Y uno a uno los fue desgranando. Al mirar. Al tocar. Al oir. Al pensar. Sin embargo, donde más se detuvo fue en la palabra. Quizás fue casual. O quizás fue porque precisamente vivimos tiempos convulsos donde la palabra amable o el diálogo cariñoso parecen estar en franca retirada.
Aprendemos millones de cosas a lo largo de nuestra vida. Cosas encaminadas en muchos casos a conseguir un trabajo y "ganarnos la vida". Pero apenas tenemos educación de cómo usar la palabra para crear relaciones fructíferas y un entorno de paz a nuestro alrededor.  Y sin embargo todos hemos tenido experiencia de que cualquier palabra dolorosa que nos dice algún ser querido se nos queda clavada dentro,aunque se pronunciara hace años, siendo fuente incluso de trastornos psicológicos. ¿Estamos contagiados de la cultura de violencia que se vive en tantos medios de comunicación, y en tantos entornos sociales? Con demasiada frecuencia usamos el castellano con violencia para golpear al otro. Y con ello nuestro bello idioma se deprecia y nos acaba destruyendo y empobreciéndonos a nosotros mismos. Da igual si pensamos que está justificado o no. La palabra violenta o airada, en el fondo, nunca está justificada realmente. Usar la palabra de forma errónea es más dañino que un arma de fuego, y el dolor y el sufrimiento que se crean son enormes. Y sin embargo, sólo hace falta un poco de atención y consciencia cuando abrimos la boca. Sólo es necesario observar cómo la forma en que hablamos acaba mediatizando nuestro entorno y las vibraciones que en él hay. Sólo es preciso hablar de forma tierna y delicada, pensando siempre en el interlocutor. A fin de cuentas, ésa es la expresión máxima de generosidad: el hablarnos de una forma delicada unos a otros, sin vernos condicionados por lo que recibimos de los demás. La generosidad suprema no es dar bienes materiales, sino transmitir aprecio y delicadeza por el otro. La tarea está clara: que nuestra vida, desde la mañana a la noche, sea delicada en el hablar y delicada en el escuchar; que nos expresemos de forma cariñosa.
Cuando el entorno es el que es, la cosa quizás no sea tan fácil. A veces nos falta tiempo para respirar y hacernos conscientes de cada momento. O a veces nos falta paciencia. O simplemente capacidad de distanciarnos un poco de lo que nos rodea. Pero es bueno que haya gente, como este simpático Lama, que nos recuerde que nuestra palabra nos puede llevar en la dirección de la iluminación, dando valor a cada instante, a cada momento. Hasta un niño puede entenderlo.
Es curioso: varias veces durante la conferencia sentí estar ante un niño jovial en lugar de ante un venerable lama tibetano. Sus aspavientos, sus  bromas, sus muecas, y el colofón final haciendo que todo el auditorio le cantara al unísono alguna canción andaluza no daban lugar a dudas. Estábamos ante la sencillez de un niño en el cuerpo de un sabio anciano. Maravillosa combinación. Ya se sabe: "dejad que los niños se acerquen a mí". Habrá que ponerse bocas a la obra. Ya tenemos deberes para los próximos cincuenta o sesenta años.

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sábado, 7 de octubre de 2017

Roles y banderas

Nunca he sido de ondear banderas. Había una, sin embargo, que me fascinaba. La sacaban a pasear en las fiestas del pueblo de mis abuelos, Cabra, una vez al año. Era una bandera enorme, que paraba en plazas y esquinas para ondear al ritmo del tambor sobre las cabezas de los chiquillos, agachados bajo aquel estandarte. Nos encantaba. Y nos fascinaba que su portador pudiera ondear algo tan grande sobre nosotros. He vuelto a ver la bandera, ya de adulto. Y realmente no era tan grande ni tan majestuosa como yo la veía entonces. Pero de niños todo se agranda. Quizás también a veces de adultos.
Con la experiencia de nuestros hijos en Estados Unidos, también la bandera nos ha hecho reflexionar. Allí es un símbolo que suscita el máximo respeto. Nos envían vídeos de cualquier evento deportivo, hasta del último pueblecito del país, y ante el izado de la bandera, todo el mundo se levanta, se produce un silencio sepulcral, y con la mano en el pecho, todos cantan al unísono el himno. Es cierto que es una sensación que emociona. Conmueve ver a tanta gente con ese fervor patriótico y en cualquier acto. Aunque al ser una cosa tan programada en las escuelas desde niños, siempre te planteas qué parte es de sentimiento compartido, y qué parte de mecanismo de aborregamiento y dominio colectivo. Probablemente la clave esté en si rompe la esencia común de los seres humanos y nos lleva a excluir al otro, o no.
En el balcón de casa sólo hubo una ocasión en que ondeó una bandera. Y fue por una apuesta. Prometimos a Pablo que si la selección española llegaba a la final del Mundial, pondríamos una. Los desastrosos antecedentes futbolísticos eran propicios para los padres. Pero ganó el hijo y hubo que cumplir. Lo vivimos con alegría, con cierta guasa, y nunca con esa sensación de alzamiento y casi de ambiente pre-bélico que estamos sintiendo estos días en las calles y en las redes sociales.
Ayer me escribió una gran amiga de la carrera. Su hermana vive en Barcelona, y tiene a la familia preocupada por la situación actual en Cataluña. Su mensaje me sorprendió. "¿Podrías lanzar un mensaje o gesto que apelara a lo que nos une y no a lo que nos separa en la situación tan triste que tenemos en España? Creo que todos estamos instalados en la convicción de que "los otros" nos odian y que las redes sociales no están contribuyendo para nada a tratar de combatir esa convicción que considero profundamente errónea". Nos alagó su petición. También nos preocupó un poco. A veces pensamos que hablamos con nosotros mismos cuando escribimos. Pero hay gente muy pendiente al otro lado. Gente permeable y también en búsqueda de un mundo diferente ¡Menuda responsabilidad!  Desde hace días pensábamos escribir sobre la cuestión. Ese mensaje ha sido el mejor detonante.
No existen recetas ni varitas mágicas para resolver situaciones tan complejas como las que están pasando en Cataluña. Pero lo cierto es que lejos de ser un problema de políticos o de medios de comunicación, nos interpela profundamente a todos. Y lo hace porque en el fondo, nos obliga a tomar partido. A favor o en contra. De una bandera o de otra. De los míos o del enemigo. Es lo que tienen las banderas y las fronteras: que te obligan a decantarte tarde o temprano, cuando surge el conflicto. Precisamente para eso se crearon. Y aunque sea una cuestión tan ficticia y tan mental, ¡vaya que si les funciona el truco! Sirve para distraer la atención de millones de personas hacia el adversario, mientras el prestidigitador de turno, escabulle sus vergüenzas, sean de corrupción, electorales o de cualquier índole. Está en el manual de cualquier dirigente. Pasó con las Malvinas, pasó con el islote de Perejil, y por supuesto pasa ahora con Cataluña en ambos bandos.
A fin de cuentas es una cuestión de roles. Yo, por ejemplo, tengo multitud de roles en mi vida. Todos, cual malabarista, llevados de forma simultánea. Puedo ser madridista o barcelonista. Puedo ser monáquico o republicano. Puedo ser profesora o trabajar en Hacienda, en lo privado o en lo público. Puedo ser presidente del AMPA del colegio, o tesorero de una asociación de vecinos. Puedo ser de izquierdas o de derechas. Puedo ser católico, agnóstico, ateo o de cualquier otra creencia religiosa. Puedo ser padre o hijo, madre o hija, abuelo o nieto. Y puedo desempeñar muchos de esos roles de forma simultánea. El problema es cuando uno de ellos, incluso el de padre o madre, se apodera de nuestra identidad y nos hace perder el equilibrio. Y nos acabamos definiendo por ese rol, olvidando que somos mucho más y muchísimas cosas más que eso. Y es entonces cuando ese rol que nos fagocita poco a poco nos obliga a defender cosas que nunca habríamos defendido de forma equilibrada. Y nos obliga a enfrentarnos al otro. Y nos fuerza al insulto o al desprecio. Y nos lleva a defender lo indefendible. E incluso a practicar sinónimos o antónimos imposibles: unidad con uniformidad, igualdad con igualitarismo, diversidad con separación... Sea de un rol o de otro. Si eres Rey o Presidente de Gobierno o de la Generalitat, el rol es tan acaparador que te tocará decir y decidir cosas impensables bajo otro rol. Pero, ¿hasta qué punto debemos estar los demás dispuestos a dejarnos llevar por ese proceso? Nosotros lo tenemos claro: hasta que exista peligro de perder el equilibrio. Hasta que suena la alarma, y vemos que las conversaciones del café suenan a disco rayado. Hasta que tus vibraciones y tus energías se ven soliviantadas por esa energía colectiva de pugna y enfrentamiento. Es ahí cuando toca quitarse la careta del rol y decir "basta". Y puede que toque desenchufar la "tele". Puede que toque no "entrar al trapo". Puede que toque decir "NO". O puede que toque sentirte bajo la bandera del abrazo o la bandera blanca, más que por alguna de las otras banderas que, como zanahorias o como señuelo, se usan para controlarnos a las masas.
A veces para un actor o una actriz no hay nada peor que un papel de una película o una serie que acabe dominándote. Que se lo digan a Daniel Radcliffe encarnando a "Harry Potter" o a Michael Landon en "La casa de la pradera". Acaban siendo prisioneros de un papel, que les impide crecer como actores o actrices en otros registros cinematográficos. Y muchos acaban expresando su hartazgo con el dichoso "papelito" que tantas glorias les trajo algún día. Pues quizás a nosotros nos pase algo parecido. ¿Quizás tu papelito de monárquico o republicano, de izquierdas o derechas, de español o catalán te está llevando a un desequilibrio últimamente? Háztelo mirar. Por el bien de tu libertad y de tu equilibrio. Los países, las fronteras, las banderas, los reyes y los parlamentos son de hace tres días, como el que dice. Y puede que no sean eternos. Las ideologías y los sistemas políticos se crearon para eso: para colgar cartelitos en las personas, y que éstas actúen conforme al rol de cada cartelito. Y quizás toque actuar mejor por principios y por fraternidad. Es lo que verdaderamente nos une a todos. Más que las ideologías.

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sábado, 30 de septiembre de 2017

Vibraciones

I. Ese día no teníamos prisa. Aún no había deberes del "insti". Eva y yo íbamos a una revisión rutinaria de sus nuevas lentillas mágicas, que le corrigen la miopía mientras duerme. Recién sacado el coche, un vecino quinceañero con antecedentes en "fanfarronería" nos vino de frente en su bicicleta. No hizo por apartarse, como nosotros, para compartir la estrecha calle. Todo lo contrario. Zigzagueó hasta nuestra altura para obligarnos a parar, y cruzó su bicicleta para impedirnos el paso mientras la puerta del garaje de su casa se abría a ritmo de tortuga. Quizás esperaba un "bocinazo". Quizás un exabrupto. No los hubo. Tan sólo observamos su "bravuconería" adolescente como el que observa un pez exótico en un acuario. Sorprendidos. Estupefactos. No le dimos el gusto de la confrontación. Y eso le exasperó. Cuando por fin nos dejó pasar tras varios minutos que se hicieron eternos, no pudo reprimirse y nos dedicó otra salida de tono por la boca. Baja vibración. No hubo contagio.
Este verano en Pirineos, con alta vibración y conexión con la naturaleza.
II. Pocos días después, estábamos en casa de "zafarrancho" de duchas. Eva y yo compartíamos el aseo para ganar tiempo y salir pronto a algún recado. No quería mojarse el pelo, pero le cayeron algunas gotas cuando yo me enjuagué el mío. Las hormonas mezcladas con lo que entendió una broma de mal gusto hicieron el resto. Sus gritos y su rebote monumental acabaron en un manotazo no intencionado con la alcalchofa de la ducha, y mi labio sangrando levemente. Toda la calma que había mantenido hasta ese momento se fue por el sumidero. Me puse a su altura en irritación y cabreo. Ni siquiera atendí a razones cuando Mey trató de calmarme. A fin de cuentas soy el padre y estas cosas no puedo permitirlas. O quizás todo lo contrario. Baja vibración. Contagio en toda regla.
III. Desde hace semanas sentimos cómo la agitación social a través de los medios de comunicación por el asunto del referéndum catalán nos empezaba a soliviantar. Banderas, fronteras, territorios, naciones, mis dineros y los tuyos...Desasosiego, confrontación, incertidumbre.. Vibraciones bajísimas de altísimo contagio. Me encanta estar a la última en las noticias, pero empecé a sentir con fuerza que era momento de apagar el telediario, la radio y la prensa, incluso la de internet. Así llevo un mes. Quiero ser dueño de mis vibraciones, y no que éstas dependan de lo que dicten un par de políticos enzarzados y azuzados por los medios de comunicación. Quiero ser dueño de mis pensamientos, y de mis conversaciones, de mis miedos y de mis alegrías. A veces toca poner cortafuegos para evitar los contagios de vibraciones tan bajas. Seguro que me acabo enterando de lo que pase, sea lo que sea. Mientras tanto, vivo mi vida, en lugar de vivir la que tratan de marcarnos otros.
IV. El pasado viernes nuestra amiga Patricia nos envió un vídeo por whatsapp. A veces se envían cosas insustanciales, pero no era la práctica de la remitente, y lo abrí. Era el poema más bello y profundo que quizás había escuchado en toda mi vida. Daba unas preciosas instrucciones para los hijos, y encima estaba recitado por su propia autora. Dos lagrimones atravesaron mis mejillas. Experimenté tal conexión con lo que esa desconocida decía, que sentí con fuerza que se tenía que convertir en conocida. Lo intenté por Facebook, pero tenía tantos amigos que había llegado al límite y el sistema no admitía más. Puse un comentario en su vídeo, y le envié un mensaje por privado, como el que lanza al océano una botella con un mensaje dentro, sabiendo de lo complicado de contactar en persona con una poeta famosa. Al menos decidí que la belleza y autenticidad de aquellos versos debía presidir nuestra cocina, y escribí uno de ellos en la pizarra del frigorífico. Al minuto de compartir la foto del frigo en las redes sociales, Magdalena me escribía para dejar de ser una desconocida para siempre. Al rato nos enviaba un precioso audio con un poema personalizado para nuestra familia. Los vellos como escarpias. Ya hemos quedado en octubre para darnos un abrazo colosal y certificar la conexión entre nuestras familias. Alta vibración. Contagio total.

Cuando iniciamos la búsqueda de un mundo diferente para vivir, empezamos a leer y escuchar que se hablaba mucho de las energías, de las vibraciones, de las conexiones álmicas... Siempre hemos sido en casa poco etéreos y esotéricos, la verdad. Y nos parecía un poco de ciencia-ficción todo eso. Pero a medida que hemos ido avanzando por este camino de la vida, hemos descubierto para nuestra sorpresa, que todo, absolutamente todo, está cargado de una energía, de una vibración especial. Es algo sutil. Casi imperceptible. Si no se está atento y con los cinco sentidos a pleno rendimiento, pasaremos de largo y ni nos daremos ni cuenta. Pero cada mirada, cada palabra, cada gesto, o cada encuentro tienen una vibración. Cuanto más alta, más favorece el encuentro y la unión entre seres. Cuanto más baja, más favorece la separación y la confrontación. Y ahí estamos nosotros para decidir si queremos contagiarnos de esa vibración, alta o baja, o si simplemente actuamos de espejo para el otro. No podemos evitar estar en continuo contacto con esas realidades, cargadas de una u otra forma, de energía, como en las situaciones puntuales que acabamos de describir. Pero es decisión nuestra situarnos o no en un estado de conciencia que nos permita discernir y decidir si conectar y contagiarnos de esa vibración. Pequeños retos cotidianos para estar muy atentos. ¿Vivir en plenitud cada segundo, o vernos arrastrados por lo primero que surja? Tocará decidir. A cada minuto. La felicidad y el equilibrio están en juego.

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sábado, 23 de septiembre de 2017

La vuelta a lo extraordinario

Foto de Eva
Estos son días de vuelta al cole. De reencuentro con los compañeros de clase. De inicio de los deberes. De regreso a las oficinas. De guardar el bañador y la toalla en el altillo o en el trastero, y sacar las primeras rebecas. El verano va quedando atrás. Ya se nota el fresco a primeras horas de la mañana. Y los días se acortan inexorablemente. Pronto las aceras se llenarán de hojas y las esquinas de puestos de castañas. Las estaciones siguen su ciclo. Nosotros también.
Foto de Eva
Sin embargo, la vuelta a lo cotidiano, puede no significar la vuelta a lo ordinario.
Escucho a muchos quejarse del retorno al trabajo, mientras hay tantos sin trabajo.
Escucho a muchos sentirse víctimas del síndrome postvacacional, mientras hay tantos que no saben lo que son las vacaciones.
Escucho a muchos quejarse de horarios, mientras hay tantos que querrían tener uno.
Escucho a muchos renegar del cole, cuando sabemos de tantos que ya quisieran saber lo que es eso.
Escucho a muchos renegar y renegar, olvidando que llegará un día en que ya no estaremos aquí, y echaremos de menos toda esta cotidianeidad.
Foto de Eva
Protestamos de lo ordinario, sin ver que para muchos es extraordinario. Quizás incluso para nosotros, cuando nos falle la salud.
La vida son cuatro días. Es un regalo único. Siempre lo pienso cuando veo las fotos que saca mi hija, en las que lo desapercibido resulta maravilloso. Si tenemos salud, trabajo, horarios, colegio o tareas habituales o periódicas, somos unos auténticos privilegiados. Y podemos hacer de todo ello algo sublime. No desperdiciemos esos cuatro días renegando de todo y de todos. Una actitud permanente de gratitud a la Vida ante lo que somos y tenemos no sólo nos hace disfrutar más de cada instante aquí, sino que nos acaba regresando como si fuera un "boomerang". No perdamos el tiempo en quejas. Pongámonos las gafas de color de rosa, y saboreemos hasta la última gota de este regalo.

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domingo, 10 de septiembre de 2017

Inconformismo contagioso

Puede parecer poco premio. Y quizás lo sea para quien actúe pensando en qué va a obtener a cambio.Sin embargo a mí me ha sabido a gloria. Esos mensajes, esas lágrimas de emoción en los niños, ese entusiasmo desbordado en los padres... Debe ser maravilloso que, estando todo perdido, de nuevo se les abran a tus hijos las puertas para desarrollar sus sueños. Y esa manifestación de sentimientos rebosantes es el mejor de los obsequios para quienes hemos estado en esa lucha. Ni en el mejor de los casos pensamos que lo lograríamos para tantos: ciento sesenta o ciento setenta familias beneficiadas hasta ahora es una barbaridad en tan poco tiempo. Muchas de ellas ni sabrán que en la sorprendente llamada de esta semana desde el centro de estudios de su hijo o hija, teníamos mucho que ver nosotros. Ni siquiera sentirán gratitud por el esfuerzo que hemos realizado todos estos meses por ellos. No importa. No buscábamos gratitud. A veces se actúa simplemente porque sí, porque eso que hacemos nos alinea con lo que es correcto o justo, aunque no haya premios, recompensas o contraprestaciones.
Se suponía que yo ya había colgado las botas o los hábitos; que me había cortado la coleta. Los últimos años de batalla, muchas veces en total soledad, habían sido muy duros. Habíamos logrado doblegar a Goliat, pero el desgaste personal había sido grande. Y la finalización de mi etapa de Presidente del AMPA era la excusa perfecta para pasar página. Pero hay cosas de las que uno difícilmente se puede jubilar. Y sólo hace falta toparse con un utópico practicante, para que todos los planes se vayan al traste. Bastó un extraño mensaje allá por marzo de una desconocida en facebook, para activar lo que no había acabado de desactivarse. "Nos encantaría que trabajásemos en conjunto..." "estaríamos encantados si deciden acompañarnos...". Aquella llamada anónima a la unidad de esfuerzos y a hacerse UNO en un frente común ante una injusticia, me llamó tanto la atención como que me hablara de "usted", quizás por respeto a lo ya logrado con la Junta. Y esa convicción, casi infantil, de enfrentarse a los gigantescos molinos de viento, que yo había sentido tantas veces, y que me hubiera encantado compartir con otros, acabó de convencerme.
Fue así como Tere dejó de ser una desconocida, y aunque aún no nos hemos topado personalmente, ya es casi de la familia. La noté tan luchadora, tan inconformista y con una ambición tan sana y tan ausente de interés personal, que no pude evitar involucrarme. Mi experiencia en guerrilla administrativa les podría venir de perlas. Como dice Mey: "a mí me va la marcha". Y como los viejos rockeros nunca mueren, nos pusimos manos a la obra para conseguir que se cortara la sangría de niños que desde 2013 estaban abandonando la música en Andalucia tras cuatro años de estudios, y tras haber aprobado su examen de acceso a grado profesional, por una pésima e injusta decisión de la Junta de Andalucía, y por su falta de planificación. Y fue así como he conocido en la distancia de las redes sociales a gente maravillosa que están luchando por el prójimo hasta la extenuación: Soluna, Claudia, Francisco, Ángel, Jesús... Empezamos por involucrar a las AMPAs de la provincia de Málaga. Luego preparamos un modelo de recurso de alzada, un formulario para agrupar a los afectados, un correo de contacto para gestionarlo todo, e iniciamos propuestas técnicas con la Asociación de Directores de Conservatorios. Y así llegó el momento en que en junio la Administración volvía a dejar fuera a más de 330 niños tan sólo en este curso. Eso sumó a nuestras filas a centros de toda Andalucía. Organizamos por whatsapp, facebook y twitter tanto a las AMPAs como a los padres afectados. Nos preparamos a conciencia y nos reunimos con las Delegaciones de Educación, y pedimos reunirnos con la nueva Consejera. Pero nos ningunearon por activa, por pasiva y por perifrástica. Y tocó sacar la artillería pesada, si queríamos lograr algo antes del inicio de las clases en septiembre. Movimos hilos con los parlamentarios en materia educativa de todos los grupos políticos. Eso "meneó" bastante la cosa. Pero el terremoto le llegó a la Junta cuando empezaron a lloverle noticias de prensa, radio y  televisión "no muy favorables" desde todos los flancos. No hay nada que duela más a un político que le toquen la imagen, y nosotros estábamos dándoles hasta en el carnet de identidad desde todas las provincias, tras una comparecencia parlamentaria bochornosa sobre nuestro asunto. Me vi en plenas vacaciones concediendo entrevistas por teléfono delante de vacas en plena montaña, y preparando posts y correos electrónicos desde el coche. Eso es lo bueno de estas batallas: que no necesitas siempre estar detrás de la pancarta. Y por fin nos concedieron audiencia en Sevilla en pleno mes de agosto. Planificamos a fondo esa reunión y milagrosamente nuestra convicción obró el milagro. Creímos que podría lograrse, y creamos esa realidad. La Junta de Andalucía se comprometía parcialmente para este año, y mostraba buena disposición a revisar el sistema para los cursos sucesivos. Y así es como esta semana, tras unos primeros días en vilo, los jefes provinciales de planificación llamaban uno a uno a los directores con vacantes en sus centros, y éstos han ido llamando a familias con niños aprobados sin plaza, que apenas se podían creer lo que ya daban por perdido.
Como uno lleva ya muchas cruzadas de este tipo a las espaldas, no puedo evitar observar con cierta mirada antropológica las reacciones de la gente en estas situaciones: la de los reticentes en un principio, que acaban volviéndose enfervorizados combatientes ante los primeros pasos; la de los pesimistas o incluso "pájaros de mal agüero", que acaban silenciándose con el avance favorable de las gestiones; la de quienes disfrutan con los logros ajenos, aunque aún no les haya llegado a los propios; y la de quienes cuestionan lo alcanzado por otros, porque aún no les ha llegado a los suyos. Éstos últimos son los que más me apenan. Sé bien que es condición humana. Sé bien que no todo el mundo está llamado a tener y a contagiar un inconformismo como el de Tere o el de Soluna. Sé bien que la solidaridad y el bien común son términos reservados para unos pocos privilegiados. Pero también he visto con mis propios ojos cómo grandes logros como el que acabamos de alcanzar se desmoronaban porque algunos de los posibles beneficiarios de los mismos, que curiosamente no habían hecho nada por lograrlos, se quejaban en perjuicio de los demás por impaciencia, envidia o recelo. Es habitual cuando una guerra de largo recorrido como ésta, consigue una victoria contundente demasiado pronto, y los que no se han beneficiado de ello, ponen sus intereses por encima de las victorias de sus compañeros de fatigas. Ojalá que éste no sea el caso. Hemos logrado muchísimo en muy poco tiempo, y con la legalidad en nuestra contra. Y tenemos a Goliat contra las cuerdas. Pero nuestra guerra es para lograr erradicar esta injusticia, y que en años sucesivos lo sucedido desde 2013 no vuelva a producirse. Y a ese tablero de ajedrez es al que toca pasar ahora, para lograr ganar la guerra que acabe con esta tropelía. Deseo con fuerza que el inconformismo, la solidaridad y el compromiso por el bien común que hemos saboreado las centenares de familias que estamos viviendo esta experiencia nos contagie hasta los tuétanos. Que así sea.

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viernes, 1 de septiembre de 2017

Cambio de tercio

Lo que mal empieza mal acaba. Aunque no siempre. Ayer acabó maravillosamente lo que inicié "como elefante en cacharrería". Me despedí de mis compañeros de trabajo en un entrañable almuerzo, lleno de comensales y de bellos detalles para los que nos vamos. Hubo abrazos sinceros, palabras muy cariñosas, algún "suspirillo", y más de un nudo en la garganta y en el estómago, al menos por mi parte. Quizás acabó bien lo que empecé regular, porque creo haber aprendido lo que vine a aprender a este trabajo. Algo que va mucho más allá de derecho laboral o de técnicas de intermediación. Va relacionado con la asignatura de la vida y sus prioridades. Con el papel del trabajo y el control sobre nuestro  bien más preciado: el tiempo. Con saber aceptar y aprender lo que la vida nos depara. Y con acabar aceptando y adaptándonos a los recodos del camino, en lugar de aferrarnos a cómo nos gustaría que ese camino fuera.
Antes de la despedida recogí mis bártulos. Aunque había poco que recoger. Eso fue algo que me propuse cuando llegué a este trabajo: acumular poco para llevar poco equipaje en el viaje siguiente. Con este nuevo cambio de trabajo dejo atrás mucho de lo que ha formado parte de mi vida en los últimos cuatro años: la cercanía a casa, la reducción de jornada, la atención a los desempleados, la meditación con los compañeros frente al olivo de la oficina, el almuerzo a horas decentes en familia... De nuevo otro cambio más en nuestra vida. Otro más. Para que no se oxide la capacidad de fluir por este río que es la vida, en esa permanente transformación de todo lo que nos rodea. 
Pero, ¡quién me lo iba a decir! Con lo frustrado que me sentí durante semanas en mi entrada "triunfal", y el "pellizquillo" que ahora me genera irme. Vamos que si sólo hubiera dependido de mí, habría retrasado mi marcha, sin duda. Pero si me hubiera ido hace cuatro años, lo habría hecho quizás "enfurruñado" o quizás con un "portazo". Mis expectativas y mi inconformismo laboral eran demasiado altos. Ahora me voy contento, sin rencillas y con un buen puñado de amigos. Ha valido, pues, la pena, el trecho recorrido en estos años. Y no es que el trabajo haya cambiado: aún queda largo trecho hasta una atención como la que los desempleados se merecen. Pero el relajar mi actitud, el respetar los ritmos de los otros, y el aprender aceptando, han hecho brotar novedades que no imaginé entonces. Se hace un gran trabajo a pesar de tantos obstáculos y tanta dichosa burocracia, gracias a un equipo de gente excepcional. Se ha creado una "piña" magnífica. Y eso es buen síntoma. Significa que lo humano ha tomado el papel central, bajo la excusa de una jornada laboral. Indica que las personas ocupamos el sitio que nos corresponde por encima de enfoques profesionales. E implica que echaré mucho de menos a mis "compis" y usuarios, muchos ya amigos, por encima del papel que cada uno tenemos en esta obra de teatro de la vida laboral. Mantendremos el contacto y la relación por encima de esa jornada. Y quizás esa relación sea más auténtica y menos condicionada por roles, como ya me ha sucedido en trabajos y etapas anteriores. La amistad y el amor no entienden de lugares, momentos o etapas.
También me apasiona reencontrarme con antiguos compañeros de Hacienda de los que un día me despedí como ahora, en este ir y venir continuos. Cambio las tarjetas de demanda de empleo por la investigación del fraude fiscal. Pero a veces no importa tanto lo que se haga, sino cómo se haga. Ese ha sido otro gran aprendizaje de esta etapa. Y de nuevo siento en mi interior ese hormigueo de lo retos por afrontar. Hasta el próximo cambio de tercio.

NOTA: Este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario. Acabamos de iniciar una nueva etapa apoyando a los Ángeles Malagueños de la Noche, uno de los Comedores Sociales más importantes de Europa.

viernes, 25 de agosto de 2017

Infarto

Cenamos con él esa noche como otras veces. Reímos y bromeamos como tantas otras veces. Nuestros hijos jugaron y disfrutaron juntos como otras veces. Hablamos del próximo curso como otras veces. Y nos despedimos como tantas otras veces. Pero pudo ser la última. La última cena, las últimas risas y bromas, los últimos planes, la última despedida. A las pocas horas sufría un infarto de corazón comiendo en un chiringuito en su primer día de vacaciones. Y si no fuera por la rápida reacción de su mujer, por el desfibrilador, y por la rapidez de la intervención quirúrgica, hoy no lo contaría, aunque sigue en observación. 
Eva y una amiguita jugando
a hacer corazones con las manos
en el atardecer de una playa malagueña
En la teoría todos lo tenemos claro: todos moriremos algún día. Pero en la práctica nos empeñamos en darle la espalda a la teoría y actuamos como si siempre existiera un mañana. Como si el futuro fuera plastilina. Como si fuéramos eternos. Verlo tan de cerca, en unos amigos tan queridos, y de una forma tan repentina, te da un zarpazo que te espabilas de los espejismos de perpetuidad. Y durante los días siguientes decides saborear mejor el gazpacho, mirar más rato a los ojos, abrazar unos segundos más, besar con más consciencia, perder el tiempo por el placer de perderlo, trivializar lo trivial...  Aunque sea sólo por si no hay otra oportunidad. Aunque sólo sea por unos días...
Cuando alguien sufre una enfermedad, se le prioriza sobre todo y por delante de todo. Especialmente cuando es una dolencia que te puede quitar la vida. Pero cuando esa enfermedad es el odio, todos podemos sufrir contagio. Y eso que probablemente sea la enfermedad más devastadora. Aquella que ciega, que siega vidas, que construye muros y bombas, que se olvida de nuestra divinidad. Aquella que hace del diferente un enemigo, y que nos llena de venganza y de sed justiciera. Y es curioso: si un amigo sufre un infarto, tú no tienes por qué sufrirlo. Pero si alguien se enfada contigo, o más aún, te odia a muerte, te acaba contagiando. ¿Cómo no vas a defenderte de ese odio? ¿Cómo no vas a armarte por si acaso? ¿Cómo no vas a construir tus muros de protección? Y es así como un enfermo de odio, de esos que sufren permanentes infartos de corazón y de alma, en vez de ser tratado como un enfermo, y causarnos pena, deseos de mejoría y cuidados paliativos (aunque sea en la cárcel), genera unos idénticos brotes de odio en nosotros. Aunque sea sólo porque se visten o rezan de forma parecida. Todos los "otros" son iguales, a fin de cuentas. Ojo por ojo, hasta que todos nos quedemos ciegos. Y ves cómo estos días, tras el abominable atentado de las Ramblas de Barcelona, personas normalmente ecuánimes y equilibradas vomitan comparaciones malintencionadas entre religiones, culpan a unos y a otros, se llenan de razones y de soluciones, y se olvidan también de que están siendo contagiados de odio y de separación. Es lo que tienen ciertas enfermedades: que sin darte cuenta te ves escupiendo odio y proclamas contra el diferente, rompiendo el tenue lazo que nos une a todos. Y así un infarto de odio genera otros cien mil. Porque dejamos que así sea. Simple y llanamente. Y son personas como el padre del niño de Rubí, vilmente asesinado en un infarto de odio en las Ramblas, las que ponen cordura y un abrazo al diferente, en medio de tanta enfermedad. A pesar del dolor que sólo unos padres pueden sentir en una situación así. Y ahí sólo cabe que los contagiados de odio callen sus razones y sus soluciones, y se empapen de la medicina de unos padres destrozados por esa enfermedad del odio, pero que no van a permitir que éste les contagie.
Están siendo unas semanas de infarto. Semanas en las que priorizar lo importante, por si no hay un mañana. Semanas en las que no contagiarse de los enfados y odios ajenos. Semanas en las que no avivar las tentaciones de separación. Semanas en las que cuidar el corazón. En todos los sentidos.

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lunes, 21 de agosto de 2017

Segunda carta en una maleta

Vélez, 9 de Agosto de 2017
Queridísimo Samuel:
Llegó tu turno. Ahora eres tú el que vuela alto y lejos. Cuando encuentres esta carta en tu maleta, estarás ya en Pensilvania, a miles de kilómetros de nosotoros, y con una nueva familia. Será sin duda la mayor aventura de tu vida hasta ahora, y probablemente te marcará para el resto de tus días. Por eso hemos querido también hacer el esfuerzo de que lo disfrutes, aunque como ya viste con Pablo, nos estaremos acordando de ti y hablando de ti a cada instante.
Eres un ser con "estrella". Desde pequeñito, sin saber por qué, te empeñaste en que querías ir a Canadá, y sin saber cómo ni por qué, tu nueva familia americana te ha querido incorporar nada más aterrizar, a sus vacaciones en Canadá. No es una excepción en tu vida: todo lo que sueñas puede acabar cumpliéndose. Son muchísimos los ejemplos ya vividos. Así que "mima" tus sueños. Apórtales una pizca de tu brillantez, y un par de cucharadas de esfuerzo y trabajo (sin son "soperas", mejor). Y tus sueños se harán realidad. Probablemente tu experiencia americana te ayudará a entender hasta qué punto esto puede ser verdad.
Echaremos en falta tu sonrisa "socarrona", tus bromas y anécdotas, tus asombrosos descubrimientos científicos por internet, y tus melodías al piano. Mamá echará de menos tus abrazos eternos. Y yo nuestras "peleitas" de "macho alfa".
Si abres las páginas que a veces guardas tan celosamente en tu corazón, los que te rodeen van a alucinar. Así que ¡abre ese libro único que atesoras! ¡Desparrama tu alegría, tu curiosidad, tu motivación, tu lucidez! Y no dejes de comunicarte a tope con todos: los de allí, y los de aquí. Sabemos que tienes una inmensa riqueza interior y un fascinante mundo dentro de ti. ¡Ábrelo de par en par para los que te rodean!
Quiere mucho a la familia White. Te ha tocado la lotería con ellos, y estamos seguros que te van a querer con locura. Quiéreles tú también con locura.
Esperaremos con ansiedad a diario tus whatsapps, tus audios y las videoconferencias semanales.
Disfruta a tope, pruébalo todo, practica todos los deportes, empápate de todo, y vive como si cada día fuera el último. En realidad lo puede ser, y nadie te podrá quitar "lo balilao".
Estamos muy orgullosos de tu determinación. No has dudado ni un solo momento sobre esta aventura. Seguiremos, sin duda, poniéndote un plato en la mesa, como a Pablo, durante semanas, porque no nos podremos acostumbrar a tu ausencia. Y allá por junio, cuando volvamos a verte, aunque vendrás ya hecho un "tiaco", prepárate porque la que te va a caer de besos y abrazos va a ser buena.

Te queremos con locura

Papá, Mamá, Pablo y Eva

miércoles, 16 de agosto de 2017

El peregrino

Acababa de pasar el día grande del santo, pero O Pedrouzo estaba repleto de peregrinos a punto de salir tempranito para alcanzar su meta en esta última etapa. Le vi en la puerta de la cafetería. Me llamó la atención desde lejos. No parecía un peregrino a punto de llegar a Santiago. Y eso que estaba rodeado por decenas de ellos. Algo le diferenciaba. Y no era ni su ropa ni su mochila. Luego entendí que eran los demás los que quizás no cuadraban: turistas del camino con unos pocos días en los que consumir otra experiencia veraniega. Puede que como nosotros. Pero la cara de aquel hombre decía algo más. Era una mezcla de cansancio, de tristeza, de soledad, y de sufrimiento. Quizás por un complicado peregrinar por la vida. No iba desaliñado ni mal vestido, pero sus arrugas y su expresión me chocaron, aunque me sentía incapaz de saber por qué. Quizás me recordaba las caras de las personas que a veces piden a la puerta de una iglesia o de un gran centro comercial, en las que la tristeza espiritual se mezcla con la material. Por eso me llamó tanto la atención entre tantas caras.
Al entrar a la cafetería nuevos estímulos captaron mi atención. Platos y tazas chocaban en el mostrador, mientras la cafetera de la barra trabajaba a pleno rendimiento. El rumor de camareros y clientes resultaba ensordecedor aunque endulzado por el olor a tostadas y a bollos recién hechos. Tomamos asiento en dos taburetes y pedimos nuestros cafés mañaneros para despertar el ánimo y tratar de alcanzar a nuestros tres hijos, ya a kilómetros de distancia por delante de nosotros. Más tarde, ya caminando, nos tomaríamos unas pocas galletas o algún trozo de bizcocho del día anterior. De repente oí una voz a mi izquierda. Ni me había percatado de que alguien se hubiera sentado allí. El ruido del local y mi flanco izquierdo de nuevo me dejaron al descubierto. Pero allí estaba ese pequeño hombre que tanto me había llamado la atención a la entrada. "¿De dónde venís?", nos preguntó. Siempre esa pregunta me generaba confusión. Nunca estaba claro si te preguntaban por tus orígenes o por tu punto de partida en el Camino de Santiago. Quizás por ambos. Quizás por ninguno. Quizás era tan sólo una pregunta habitual para romper el hielo. Pero que alguien nos abordase para conocer de nosotros me agradó. Cambiaba lo tónica de los últimos días en que éramos nosotros quienes buscábamos a conciencia ese encuentro con el desconocido. Ahora éramos nosotros los desconocidos a conocer. A pesar del bullicio del local y las noticias de la televisión a todo volumen pudimos mantener una agradable conversación. Al principio superficial. Luego de esas que no te quitas de la cabeza en semanas. Realmente no sé si fue casual que se sentara allí o si nos eligió expresamente entre tanto caminante para compartir desayuno. Lo cierto es que tanto él como nosotros coincidíamos en nuestro último día de camino. Nuestros últimos veinte kilómetros. Aunque con diferencias. Nosotros tras sólo cinco días de caminar; él tras diez años ininterrumpidos. Nosotros tras recorrer unos 125 kilómetros; él tras recorrer más de cien mil. Nosotros en una búsqueda de experiencias familiares de las que aprender; él de cumplir una promesa imposible de cumplir. Pero a veces los imposibles se alcanzan. Y él era experto precisamente en eso.
"Soy José el Peregrino". Nos dijo. "¿No os suena mi nombre?". Nos miramos y negamos con la cabeza. Y con la rapidez de un rayo sacó su móvil, abrió el navegador de internet, y usando el reconocimiento de voz pronunció  de nuevo su nombre: "José el Peregrino". Al instante en la pantalla del móvil que puso en nuestras manos aparecieron decenas de enlaces con  noticias sobre el personaje que teníamos delante. Alucinamos, a la vez que nos sentimos algo culpables por la desfachatez de no conocerle. Sin embargo, por educación, no quise pulsar en ninguno de los enlaces por no parecer un fisgón, aunque la curiosidad me mataba. ¿Por qué era tan famoso aquel personaje que nos había abordado? ¿Por qué llevaba diez años peregrinando? ¿Por qué le habían recibido el Dalai Lama y a los Papas Francisco y Benedicto XVI? Había conseguido despertar una enorme curiosidad en nosotros, como probablemente ya lo habría hecho en centenares de ocasiones anteriores en su largo caminar. Una historia quizás miles de veces contada en su ritual de peregrino, pero no por ello menos fascinante.
José es gaditano, del Puerto de Santa María. Trabajaba como cocinero de barco. En la Nochevieja de 1998, su barco "Revolución" naufragó en las gélidas aguas noruegas durante la captura del bacalao. El nombre del barco quizás presagiaba la rebelión interior que se le venía encima esa noche. Eran dieciséis los tripulantes de a bordo. Sólo él sobrevivió para contar la tragedia. Pasó nueve horas a la deriva bajo un frío insuperable, y junto a los cadáveres de dos de sus compañeros. Sólo él sabe lo que le vino a la cabeza durante esas horas eternas. En circunstancias así imagino que te centras en lo esencial de la vida. Probablemente se acordó de la familia, de los amigos, y de los momentos felices que quizás no volvería a vivir. Quizás también le vinieron a la mente los momentos compartidos con los camaradas cuyos cuerpos flotaban junto a él. Y probablemente ni le dedicó un segundo a pensar en la hipoteca, en el coche, o en su equipo de fútbol favorito. El sentir el aliento de la muerte en el cogote es lo que tiene: te dejas de tonterías, y te centras en lo esencial. Y probablemente así lo hizo: se olvidó de lo accesorio y sacó la parte divina que todos atesoramos, quizás a veces en lugares recónditos de nuestro ser. Recurrió a su fe y a su Virgen del Carmen. Creyó con todas sus fuerzas en que podía salir de aquel infierno. Y no cayó en la cuenta de que era imposible sobrevivir en unas circunstancias así. "Creyó", y con ello "creó" una realidad a todas luces inalcanzable. Da igual que lo hiciera él o lo hiciera la Virgen. Da igual que el milagro saliera de él o de fuera de él. Para él hubo un milagro, y debía ser agradecido si salía de aquello. 
Después de ser rescatado no comió perdices. Pasó ocho meses de recuperación en el hospital, dos años en silla de ruedas, y otros dos años usando muletas para caminar. Pero José siguió creyendo que se recuperaría y que podría cumplir su promesa. Se lo había prometido a la Virgen. Y de nuevo, cuando uno "cree", "crea". Probablemente a pesar de que muchos le dirían en aquel entonces que era imposible. Probablemente a pesar de que le dirían que ya era suficiente con haber conseguido sobrevivir. ¡Como para plantearse cumplir con la promesa que le hizo a la Virgen empapado en medio del mar, a varios grados bajo cero, y rodeado de cadáveres! Pero a esas alturas, poco le podían explicar ya a José sobre la asignatura de los posibles o imposibles. Y desde entonces ha peregrinado por todos los lugares santos del planeta. Desde Palestina a Israel; desde la India al Tíbet; desde China a Rusia; pasando también por América del Norte y del Sur. Le preguntamos por Rocamadour, precioso paraje francés de peregrinación que conocimos durante nuestro viaje de novios. Nos alucinó su detalladísima descripción.
A esas alturas del relato ya estábamos "ojipláticos". No pude reprimirme y le pedí hacernos un selfie, como una quinceañera ante Justin Bieber. Después me ofrecí a hacerle llegar la foto, y como habría hecho Justin Bieber declinó mi ofrecimiento. No sé si por puro cansancio, por tantas y tantas imágenes y gentes acumuladas durante años de peregrinar, o por el deseo de pasar página de su etapa viajera. A fin de cuentas ese día colgaba por fin las botas. Por fin dejaría de depender de las monedas que le dieran caminantes y lugareños para el café de la mañana o para el vicio de los cigarros que no había podido quitarse. Dejaría de mirar si los supermercados tenían videovigilancia para poder hacer una "compra" mayor o menor con las escasas monedas de sus bolsillos. Dejaría de acarrear su pesadísima mochila con una tienda de campaña que le permitiera dormir en cualquier rincón, al no poder costearse ni el más lúgubre de los albergues. Era momento de volver a casa con su hija y con sus dos nietas. Cogería, eso sí, el trayecto más barato hasta tierras gaditanas por Portugal, que para eso tenía estudiados todos los precios.
José volvía a casa no sólo tras haber recorrido a pie todos los lugares santos del mundo. Volvía porque por fin en pocos días empezaría a cobrar una pensión. Me pareció tan insignificante esa palabra, "pensión", comparada con los imposibles que José había superado. Utopías y dependencias, fe y monedas, espíritu y materia, lo divino y lo humano...Nunca nos habíamos topado antes con un ser que encarnase tan a la perfección las dualidades humanas. Y no pudimos evitar pensar si José se adaptaría a su nueva vida en casa, junto a los suyos. A fin de cuentas la vida nómada es aventura, es libertad, es ausencia de horarios, de compromisos, de límites, de obligaciones... La vida en estado puro: sin planes, sin un mañana, sin hipotecas, pero con todo el dolor, la soledad y la dureza del camino. Vida en mayúsculas. Vida de un peregrino de verdad. De los de hace siglos.

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jueves, 3 de agosto de 2017

Ultreia

En casa somos mucho de abrazos, besos y mimos. Aunque llevamos treinta años en pareja aún hay quien bromea con nosotros cuando nos ven "acaramelados" en reuniones de amigos. Sin embargo no recuerdo un abrazo como ese. De los cinco juntos. Tan sentido. De tanta complicidad. De tanta conexión. De logro compartido. Fue justo hace una semana con la Catedral de Santiago de testigo. Y el logro bien lo merecía. Habíamos recorrido juntos 127 kilómetros andando en cinco etapas. Con nuestras mochilas al hombro. Sin agua. Sin saber dónde dormiríamos ni dónde acabaría cada jornada.
Lo de menos eran los kilómetros. Lo de menos eran las etapas. Lo importante era lo vivido. Toda una vida de vivencias concentrada en cinco días. Y había que celebrarlo con un buen "achuchón" familiar. Y quizás también alguna "lagrimilla" de emoción asomando a los ojos.
Dicen que el Camino de Santiago es una gran metáfora de la vida. Dicen que resulta adictivo. Dicen que quien va, no puede evitar repetir. Se quedan cortos. El Camino de Santiago ES la vida misma. Con sus dualidades. Con sus contradicciones. Con sus alegrías y sus penas. Por eso vale tanto la pena vivirlo. Porque a veces nos pasamos la vida planeando, haciendo, corriendo, agobiados...Pero, ¿cuándo nos paramos a vivir de verdad? ¿Cuándo damos tiempo al tiempo para experimentar la Vida en mayúsculas? ¿Cuándo nos paramos simplemente para SER?
Hay gente que lo vive igual que en su vida corriente: refugiados tras unos auriculares; aislados entre la multitud; corriendo para llegar al albergue el primero; compitiendo contra el reloj; obsesionados por el dinero, por el cuerpo o por captar clientes...Y hay gente que lo vive con tal intensidad interior y tanta generosidad que sólo de verlos se te eriza el vello. Para nosotros, cuando lo hicimos en pareja hace ocho años, nos supuso el inicio de la búsqueda y del cambio en el que andamos desde entonces. Hubo un antes y un después de aquel Camino de Santiago. Decidimos escuchar al Camino, y el Camino nos habló alto y claro. Por eso queríamos ahora hacerlo en familia, los cinco juntos. Porque son momentos de cambio en casa. Momentos de cruces de caminos. Momentos en que uno vuelve de largos vuelos, y otro está a punto de emprenderlos. Momentos en que no se sabe si se es niña, adolescente o mujer. Momentos de decisiones. Momentos de conocerse a uno mismo para dar lo mejor a los demás. Y de nuevo el Camino ha hablado. Alto y claro.
A diferencia de nuestro primer Camino, esta vez no planificamos dónde ni cómo dormiríamos. Aventura total. Llevábamos sacos de dormir y aislantes por si tocaba dormir "al raso". Pero no hizo falta. Abandonamos esa seguridad, y el Camino nos ha premiado con estancias nocturnas magníficas en albergues variopintos. También decidimos abandonar la seguridad de la cantimplora. Un buen amigo nos lo aconsejó. Hacer 25 ó 30 kilómetros diarios sin agua, y en verano, puede parecer una temeridad, especialmente yendo con niños o jóvenes. Pero ciertamente es un maravilloso ejercicio de introspección, de conocimiento de los propios límites, de autoconocimiento, y de apertura a un desconocido cuando se hace preciso pedir un trago. Nuestros tres hijos, como nosotros, han alucinado también con esa parte de la experiencia. Y con el hecho de aligerar con ello la mochila. Ésa es también una parte también crucial del Camino, que te hace recapacitar sobre lo llenas que llevamos, quizás, las mochilas en la vida: cargadas de seguridades aparentes, de jarrones chinos inservibles, de pesadas huchas inútiles...¡Con razón apenas podemos movernos cuando decidimos dar un giro en la vida! En el Camino se ve todo mucho más claro: los peregrinos aligeran sus mochilas al avanzar para que lo aproveche el que venga detrás. Toda una moraleja para la vida.
Había quien, desde la distancia, sufría por el esfuerzo de nuestros tres hijos, especialmente por la pequeña. No había por qué preocuparse: iban sobrados de fuerza y motivación. Decidieron coger su "petate" antes que nosotros cada mañana, e irse los tres juntos a veces hasta cuatro o cinco kilómetros por delante, llenos de energía y vitalidad. Algunos peregrinos se sorprendían al verlos en esa aventura de encontrarse con el desconocido. Era un auténtico placer observarles hablar con cualquiera, fuera francés o eslovena, compartiendo las vicisitudes de la vida a corazón abierto. O cuando iban los tres cantando, bromeando o en silencio. Y curiosamente sin esas tontas discusiones domésticas en las que entran a esas edades. Era bonito verlos decididos a emprender solos cada mañana su camino, como en la vida. Era bonito verlos juntos, ayudándose y esperándose: ojalá sea así para toda la vida. Y era bonito también cuando nos enviaban un whatsapp o nos llamaban con anécdotas o avisos sobre lo ya recorrido por ellos. No podía evitar imaginar que sería también así cuando ya tuvieran sus propias vidas independientes, y nosotros fuéramos quizás ya abuelos.
El Camino crea preciosas complicidades. No he conocido en otras circunstancias un camaradería o una facilidad igual para desnudar el alma ante un desconocido. No sé si surgirá de la dificultad compartida o de los procesos existenciales y de búsqueda de sentido que allí se producen. Pero lo cierto es que un saludo o una simple pregunta sobre la procedencia es la excusa perfecta para iniciar una conexión que puede durar horas, o quién sabe si toda la vida. Nos pasó con Guillermo en su tienda de Moutrás, con Mauricio y Cristina en su albergue de Ligonde, o con Manolo y Maite durante un larguísimo trecho que seguro que se prolongará por Lugo o por Málaga tarde o temprano. Es bello comprobar que la fraternidad es posible cuando nos despojamos de todo y nos hacemos caminantes y simples compañeros de viaje por el camino de la vida. 
Detrás de cada etapa y a la entrada en Santiago, en el Monte del Gozo, decidimos hacer con los niños un ejercicio de toma de consciencia de lo vivido, de los aprendizajes y de los mensajes recibidos. No queríamos que esto fuera simplemente una ruta de senderismo más, sino todo un manual de vida condensado en pocos días. Ellos mismos han alucinado con sus propias conclusiones y vivencias. Y hemos decidido compartir aquí los audios de esos aprendizajes y anécdotas diarias.
Después de ese abrazo familiar en Santiago, nuestro queridísimo Luije, desparramó su generosidad y disponibilidad haciendo habitual lo extraordinario: la entrega sin medida al otro. Igual que pocos días antes Xavi, Noelia y Koldo en O Couso. Nos dedicó día y medio de su tiempo, renunciando a jornales de trabajo, y nos trajo nuestro coche desde Samos para recogernos y regalarnos un atardecer inolvidable en Finisterre, antiguamente considerado "el fin del mundo". No pude evitar pensar en tantos y tantos peregrinos llegando hasta allí para quemar sus vestimentas como símbolo del inicio de una vida nueva tras el Camino. Me imaginé que también quemábamos las nuestras para ello.
Ya estamos de vuelta en casa. La familia se ha multiplicado con amigos y visitantes diversos en estos últimos días previos a la marcha de Samuel. Espero que el Camino nos haya dejado de nuevo honda huella para lo que nos aguarda. Pablo ya está pensando en repetir Camino en un par de años, al finalizar Bachillerato. Probablemente ya solo. Probablemente muchos más días. Probablemente para encontrar luz para otros caminos por recorrer. ¡Buen Camino, peregrinos! ¡Ultreia! ("Que vayas más allá", "Que sigas adelante").

jueves, 20 de julio de 2017

Cicatrices familiares

El que más y el que menos ha pasado por eso. Lo queramos o no. Lo hayamos olvidado o lo tengamos presente en todos y cada uno de los instantes de nuestra vida. Todos, absolutamente todos, hemos sido y somos hijos de unos padres. Estén vivos o ya no estén entre nosotros. Sean conocidos o ausentes. Cercanos o lejanos. Y lo queramos o no, esa realidad nos marca para siempre. Para lo bueno o para lo malo.
Verano de 2008: Isleta del Moro (Almería)
Dice Bert Hellinger que el Amor crece con el Orden. Y el orden natural establece que los padres deben pasar el testigo a sus hijos, y éstos deben coger ese testigo, aceptarlo, recorrer con él su propia vida, y pasarlo a su vez a sus hijos. Y así sucesivamente. Sin embargo, con demasiada frecuencia, y por los motivos más diversos, los hijos nos empeñamos en no coger ese testigo. A veces por un recuerdo difuso. A veces por un castigo. A veces por un insulto, por un grito, por un desaire. A veces por un exceso de autoritarismo, o a veces por un exceso de indiferencia. A veces por sentirnos tratados injustamente frente a hermanos o frente a otros familiares. O a veces puede que incluso no pasase nada realmente, pero a nosotros se nos quedó clavada una espina en el alma. Y rechazamos ese testigo. Rechazamos ese cofre de experiencia vital, ese arca de la alianza entre generaciones, esa cadena que une a padres con hijos en el ciclo de la vida. Y ese "orden" se quiebra. Quizás no de forma visible. Quizás no de forma ostentosa. Quizás nadie lo note. Pero algo se quiebra donde más duele: en lo más profundo de nuestra alma. Rechazar ese testigo, esa luz vital que nos pasan nuestros padres, abuelos y ascendientes, crea en nosotros resentimiento, desequilibrio, ansiedad y frustración. Crea una necesidad constante de búsqueda de respuestas y de sentido en el exterior y en otras personas, Muchos se atrincheran en el rechazo a ese testigo paterno o materno y contraatacan con enorme energía. Y esa energía de rebeldía y de rechazo es capaz de crear carreras profesionales exitosas, de ganar premios en las distintas disciplinas, de atesorar fama, poder, dinero...Pero rascas un poco, y dentro de ese enorme despliegue de energía, de sofisticación, de capacidad de superación, sigue habitando un niño o una niña dolido por lo que un día alguien le dijo o no le dijo; por lo que un día alguien le hizo o no le hizo; por lo que un día alguien le dio o no le dio. ¿Acaso no tenemos todos amigos o familiares que viven realmente atormentados en ese rechazo a sus padres o a sus antecesores sin saberlo, y viven ese resentimiento perpetuo? ¿Acaso no tenemos referencias de personas que devuelven a sus padres en la vejez, en situaciones próximas al maltrato físico o psicológico, el daño que ellos creen haber recibido, y lo encuentran perfectamente justificado? ¿Acaso no hemos sido testigos de personas en el culmen de sus carreras, o incluso ya jubilados, que  siguen haciéndose unos niños pequeños e indefensos en ciertas situaciones o ante el recuerdo de ciertas circunstancias que les marcaron para siempre?
Es cierto que a veces, ese resentimiento puede estar incluso justificado porque haya habido abusos, violencia, maltrato...Pero como decía Sartre: "No importa tanto lo que me han hecho, sino lo que yo hago con lo que me han hecho". Y es ahí donde no nos podemos esconder. Ahí se acaban las excusas. Ahí se acaban los victimismos. Ahí se acaban los "malos rollos". Confucio decía que una ofensa no es gran cosa, excepto por el hecho de que nos empeñamos en recordarla. ¿Vamos a estar toda la vida llorando en ese rincón de nuestra alma? ¿Vamos a estar toda la vida quejándonos de lo que pudo ser y no fue? ¿Vamos a estar eternamente resentidos, dolidos o cabreados con el universo y con nosotros mismos? ¿No nos damos cuenta que esa energía de rechazo a lo que nuestros padres nos podían pasar, también la estamos transmitiendo a nuestros hijos e hijas, a nuestros parientes y amigos, lo queramos o no?
No hablo de oídas. Yo experimenté ese resentimiento durante años. Me tocó vivir un papel que no me correspondía tras la muerte de mi padre teniendo yo cuatro años. Y la relación con mi madre y con mi hermano se vio marcada por esa circunstancia, probablemente para siempre. La ausencia de mi padre y el papel en mi familia tras ello. Me sentí esclavo de esa situación. Me sentí siervo del cartel que me pusieron o del que yo inconscientemente me puse. E interiormente me tiré años actuando bajo los mandatos que esa realidad me marcaba. No era libre de actuar como yo hubiera querido. Debía ganarme el aprecio, el cariño y el amor de los demás a base de actuar conforme al cartel que me habían puesto, o que yo me había colocado. Da igual cuál fuera. Me hacía esclavo. Y ese resentimiento fue creciendo y creciendo. Bajo mil capas de persona adulta. Bajo mil cerrojos y sus mil llaves. Pero ese resentimiento estaba ahí. Los que más me conocen me lo notaban a veces. Quizás en ciertas reacciones. Quizás en el semblante tenso cuando saltaban mis mandatos internos.  Quizás en lo tajante de ciertas afirmaciones. Hasta que le diagnosticaron una enfermedad incurable a mi madre. Los médicos dijeron que le quedaban pocos meses de vida. Y ese resentimiento seguía habitando en mi corazón. ¿Iba a dejar que ella se fuera con esa basura dentro de mí? ¿Iba a dejar que ese testigo vital no pasase de ella a mí, como era debido? ¿Iba a seguir rechazándolo? Me "puse las pilas". Empecé a escarbar en mi interior. Busqué y rebusqué. Abrí cerrojos, verjas y puertas. Dejé entrar aire fresco en el alma. Y entonces me di cuenta que nos encadena lo que rechazamos, y sólo lo que amamos nos hace libres. Y acepté y amé sin cortapisas el testigo que mi madre tenía que pasarme. Acepté esa llama vital que ella tenía para mí. Aprendí a ser libre. Y por arte de magia, ese resentimiento desapareció de mi interior. Lo bueno o malo que ella me había dado estaba donde siempre. Las actitudes que me podían desquiciar más o menos persistían. Pero yo había aprendido a aceptarlas y a acogerlas de corazón, porque había entendido que, probablemente, no me las podía haber dado de otra forma. No era culpable de nada. La vida la hizo así, como a cada persona nos hace como somos con nuestras circunstancias.
Por suerte yo tuve tiempo. Aquello fue en 2008 y ella murió en 2013. Tuve tiempo de limpiarme por dentro ese resentimiento, y de aceptar de corazón el testigo que tenía que darme. Y se fue quizás con el mayor amor que jamás le pude haber dado. Pero sobre todo, se fue dejando atrás a un hijo más equilibrado y sobre todo más libre. Desde aquel momento nada ha sido igual. Desaparecieron las cadenas auto-impuestas. Se esfumaron los chantajes psicológicos. Y surgió una conciencia nueva en mi para detectar mis mandatos y mi programación interior. Desde entonces ya no hay límites. Lo que piensen los demás me importa mucho menos. La vida resulta una maravillosa experiencia diaria. Y sobre todo, me he hecho más consciente del testigo que, consciente o inconscientemente paso a mis hijos. Afortunadamente me di cuenta a tiempo que ningún sufrimiento concede derechos, y que ninguna postura construida sobre heridas concede merecimientos. Y me dio tiempo a entender que asentimiento es liberación y que oposición es sufrimiento.
En nuestro periplo veraniego hacia el Norte, hace unos días tuvimos ocasión de participar en una pequeña ceremonia final que viví también hace nueve años en un curso en el que empecé a aprender a ser libre. Parece mentira cómo ese proceso de depuración y limpieza se queda marcado en el alma. Y cómo las personas que este año lo han experimentado también lloraban de alegría y de liberación como yo lo hice entonces. Nunca es tarde. Conozco a gente cuyos padres ya han muerto y han sido capaces de hacer esa limpieza interior después. No es fácil. Pero el esfuerzo vale la pena. Y se logra la aceptación. Se alcanza la liberación.
Veo demasiadas personas que sufren en esos procesos. Personas muy cercanas y queridas, incluso. Me gustaría ayudarlas, pero es un proceso estrictamente personal. Para ellas es momento de dar un portazo a las excusas respecto a la libertad y a la felicidad. Es momento de ser libres y felices ahora, en vez de tirarnos toda la vida buscando o esperando las circunstancias propicias. Es momento de asentir y de aceptar sin resignación. Es momento de liberarse. Es momento de que cicatricen las heridas del alma.


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domingo, 16 de julio de 2017

Motín a bordo

El pasado año no tuvimos vacaciones. Al menos en el sentido de "escapada familiar a algún lugar perdido del mapa para recargar pilas". Estuvimos pendientes todo el verano de la salida de Pablo a Estados Unidos y se pasó la oportunidad. Por eso este año adelantamos la escapada en previsión de que se repitiera la jugada con Samuel. Y en los primeros días de Julio nos hemos perdido en un recóndito pueblo del Pirineo Francés, camino de casa de la bisabuela. Tan sólo las vacas, los caballos salvajes y los lagos pirenaicos han sido testigos de nuestra aventura.
Para nosotros son momentos mágicos en que pasamos las veinticuatro horas del día juntos. En que nos reencontramos. En que nos adaptamos a los cambios provocados por el paso del tiempo. En que hablamos de lo importante y no sólo de lo urgente, de lo trascendente y no sólo de lo logístico, de lo divino y no sólo de lo humano. Son momentos para asimilar que la prole crece y dejan de ser niños. Son momentos de abrazos pero también de confrontación. Sí, también de discusión, e incluso de bronca. Tantas horas juntos, en situaciones de notable cansancio subiendo y bajando cimas, provocan inexorablemente roces. Casi diría que es una parte fundamental de esta experiencia familiar donde no hay tele, apenas móvil, y donde nosotros, como "piña", somos casi el único estímulo del momento presente. Pero este año venía "cargadito" con esto último. Los mayores ya han experimentado o están iniciando sus primeras experiencias de independencia. Y se nota. Y la pequeña se encuentra inmersa en una titánica batalla por hacerse mayor sin renunciar a ser niña. Y también se nota. Y todo ello provoca un cóctel explosivo que saltó por los aires hace dos días.
Las caras largas en plena ascensión preparaban el terreno. Las palabras gruesas, los reproches directos y las quejas abiertas acabaron de confirmar el motín a bordo. Sentían que nuestra "ansiada semana de escapada familiar" quizás no era tan "ansiada" por ellos, al menos en este formato. Quizás a otros lugares. Quizás con otros enfoques. Quizás con otras gentes. Quizás con menos esfuerzo físico. Quizás con otro presupuesto. Lo cierto es que los grumetes se habían armado de argumentos hasta los dientes y no estaban dispuestos a rendirse fácilmente. El envite fue tal que hubo que parar la caminata y centrar las energías en el desafío.
Tras el fuego cruzado de artillería pesada, y afortunadamente sin víctimas que lamentar, las aguas volvieron a su cauce. Siempre vuelve la calma tras la tormenta. Pasó un largo rato hasta que las energías se volvieron a equilibrar y el ambiente se distendió de nuevo, aflorando las primeras bromas del día. Ayudó mucho la belleza de un paisaje inigualable. La marinería anunciaba que quizás no valía la pena quejarse, porque al final surgía la confrontación y no servía para cambiar nada realmente. Pero lo cierto es que reconocieron que habían abierto la boca sin ser conscientes de la cantidad de cuestiones implicadas en unas vacaciones como éstas. Prometimos darles el timón de la próxima escapada y un presupuesto máximo para que pudieran hacer magia más a su medida. Y ellos prometieron no callarse el malestar, aunque controlando las formas, no sólo para evitar que los malestares puedan crecer como las "bolas de nieve", sino porque el contraste de pareceres es precisamente el método adecuado para alcanzar una posición equilibrada. También se conjuraron para pasar del "yo" al "nosotros", como única forma de hacerse "Uno" con lo que nos rodea y con quienes nos rodean. Pero sobre todo, decidieron apostar por una actitud más agradecida con una Vida que les está regalando tantas oportunidades, tanta belleza y conocimientos que disfrutar, tanta gente increíble a la que conocer, tanto mundo por recorrer...
A veces los motines a bordo son necesarios. Incluso a veces, si no surgen, hay casi que provocarlos. Quienes nos vean como una "happy family" por lo que escribimos a veces, deberían vernos en plena faena en uno de esos motines. Pero es cierto que vale la pena pasar la tempestad para afianzar las velas. El barco no se ha hundido. Seguimos nuestro rumbo.

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