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jueves, 1 de diciembre de 2016

Martina

No conocíamos su cara. Ni su olor. Ni la suavidad de su piel. Pero ya era probablemente el ser más querido y deseado de la Tierra. Aunque no lo recuerde, tuvo que luchar lo suyo para llegar a su familia. Sus padres si lo recuerdan, porque también les tocó luchar. Pero desde el lunes, ya se les ha olvidado. Es lo que pasa con los milagros: todo se da por bien empleado cuando despliegan su magia.
Ayer conocimos su cara, su olor y la tersura de su piel. No somos familia de sangre, pero la sentimos ya como parte de nosotros también. Fuimos testigos de los maravillosos agobios de unos padres en rodaje, y de los consejos contradictorios de amigos y familiares. Benditos agobios. Benditas contradicciones.

Cuando te encuentras ante un ser tan indefenso, y a la vez tan adorable, no puedes evitar sentir una conexión brutal con el verdadero sentido de la vida y de la existencia. Un sentido que pasa por lo pequeño, por lo sutil, por lo sencillo, por lo frágil... Y no puedes evitar reír a carcajadas, aunque sea interiormente, pensando las de veces que te has preocupado por "el qué dirán", por el color a juego de unas cortinas, o por quedar mejor o peor en el trabajo. Todo se relativiza, y la VIDA toma el escenario. Probablemente ése sea el gran misterio de la Navidad: el Universo, Dios, o como queramos llamarlo, se convierte en pura fragilidad en el cuerpecito de un bebé. Y una catarata de sentido común te zarandea, llamándote a nacer de nuevo. Y es entonces cuando te das cuenta de que esta vida va de nacer de nuevo. Y que no hace falta hacer nada para merecer nada. Nacer. No-hacer.

El padre de Martina seguirá sin dormir por las noches, aunque quizás lo hará con buenas razones para ello. Probablemente se sorprenderá a sí mismo absorto mirando por la ventana, o susurrándole a un ser que ni le puede entender. Quizás decida cuidarse más por ella. Y la madre se verá inundada de lágrimas con más frecuencia de las que quiera reconocer. Quizás por gratitud. Quizás por poder rozar el paraíso teniendo en brazos a su Martina.
Bienvenidos a la profesión más difícil del mundo. Bienvenidos a la aventura de ser padres sin manual de instrucciones. Bienvenidos a la relativización de lo que antes era vital. Bienvenidos al centro de la VIDA.


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