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viernes, 5 de agosto de 2016

Medallas

Es época de medallas. Y no lo decimos por los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. El famoso lema olímpico "Citius, Altius, Fortius" ("Más rápido, Más alto, Más fuerte") se ha prostituído. No se trata de ser el primero en rapidez, altura, fuerza, o en cualquier disciplina deportiva. Se trata de dar lo mejor de nosotros mismos, llevando a su máxima expresión nuestros dones y talentos, al margen de lo que consigan los demás. Se trata de una carrera contra nosotros mismos, no para humillar o doblegar al contrario. Y en esta tesitura, "lo esencial no es ganar, sino participar". Sin embargo, estos tiempos nos dictan lo contrario.
La hija de uno de nuestros mejores amigos lo ha sufrido en su carnes este año. Participa con abnegación en una liga de baloncesto cuyo objetivo es fomentar valores, camaradería, y "fair play". Sin embargo eso casa poco con un entrenador que pretende dar sentido a su trabajo a base de medallas y con unos padres que pretenden curar sus frustraciones con los éxitos de sus hijos. Por eso para la final, ni convocaron a su hija. Le cerraban las puertas del partido más importante de su vida; aquél para el que se había preparado durante meses. El argumento era claro: con ella no tenían garantizada medalla. ¿Medalla? ¿Vale más un trozo de plástico colgado al cuello, que el desconsuelo de verse apartada y señalada? Para aquel entrenador y el resto de padres, sin duda. Ganaron y ya tienen su trozo de plástico. Y ahora a mi amigo le toca batallar para hacer recordar que se trata de un juego de niños; que lo importante no es ganar, sino divertirse y recorrer ese camino de superación personal; que una medalla conseguida con gritos y con exclusiones no vale la pena. 
¿Cuándo nos olvidamos de que lo importante no es el resultado sino el camino? Se crean tramas criminales para posibilitar el dopaje de atletas, y con ello garantizar más medallas jaleadas por audiencias de millones de personas en los medios de comunicación. Y esta obsesión por las medallas, llega a todos los rincones, incluso en los logros menos deportivos: el político de turno busca colgarse medallas aunque no haya tenido nada que ver en su consecución, o incluso haya remado en contra. Si lo vives de cerca, como nos ha pasado a nosotros con nuestra reivindicación de la educación musical, es sonrojante. Pero hay personas que se han convertido en verdaderos profesionales de la medalla y del titular de prensa, sin entrenar, y sin ni siquiera presentarse a la carrera. Esos son los tiempos que nos ha tocado vivir.
Por suerte, esta obsesión por las medallas, que no es más que la obsesión por el ego, depende de cada uno. Creemos que vale más la pena guiarse por el equilibrio, y por el cultivo de nuestros dones y talentos, que por un trozo de metal o plástico, o por un titular de prensa.
Nuestra hija dejó la natación profesional hace un año. Probablemente no llegará a participar en unas Olimpiadas, como nos auguraba alguno de sus entrenadores. Pero es hoy una niña más equilibrada, más feliz, y con decenas de pasiones a las que dedica sus energías. Por supuesto sigue nadando por puro disfrute y superación personal. Y porque una sirena no puede dejar de nadar.


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