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jueves, 3 de marzo de 2016

Escandinavia

El afán por conocer mundo debería ser asignatura obligatoria en las escuelas. Y cultivar ese anhelo debería ser clave en el rol de padres, aunque con ello los retoños deseen volar antes de lo que nos gustaría. Pero no hay mejor antídoto contra la intolerancia ni mejor vitamina para la autonomía.
Nosotros, cada vez que podemos, lo ponemos en práctica. El precio ya no es excusa con plataformas como Airbnb, Skyscanner, Coachsurfing y otras muchas. Por eso hace unos días nos escapamos a Escandinavia.
Cuanto más distinto es el destino, más enriquecedor, y más interpela nuestra tendencia a pensar que sólo existe una realidad: la nuestra. Y desde luego Noruega es muy diferente. Y no sólo por los 11 grados bajo cero que sufrimos. Es el tercer país más rico del mundo por PIB per cápita, y el tercer exportador de petróleo después de Rusia y Arabia Saudí. Además,  está clasificado como el país con el más alto índice de desarrollo humano junto con Islandia (¡en los precios se nota! : por eso optamos por llevar los bocatas de casa cuando salíamos). Pero no siempre fue así. Pasó períodos muy duros de su historia bajo el yugo de Dinamarca y Suecia, y su población se vio mermada a la mitad por la peste. Pero lograron su independencia de forma pacífica y acordada. Quizás porque la "razonabilidad" forma parte del ADN del noruego. A veces hasta extremos que reta nuestra lógica latina: de sus ingentes ingresos por la venta del petróleo, sólo un 4% se dedican a gastos corrientes del país; el resto se guarda en una "hucha" que ya asciende a 900.000 millones de dólares y que garantiza su nivel de vida para varias generaciones futuras.
Su civismo y esa actitud razonable son los "culpables" de que no hagan falta puertas cerradas para usar el transporte público. A nadie se le ocurre "colarse". Sería una afrenta al bien común, tanto como fotocopiar un libro (a pesar de los altísimos precios de algunos, que rondan los 100€). Esa conciencia crea un sentimiento de igualdad y una educación democrática sorprendentes, aunque a veces el noruego se queje de que su país es el paraíso para los perezosos. Pero van muy por delante en el respeto a las minorías y en los derechos de la mujer.
Uno pensaría que con esas temperaturas extremas nadie saldría a la calle. Pero no: para ellos lo "razonable" es adaptar su vida a esas inclemencias. Y ahí veías a miles de personas skiando o disfrutando en trineo; a los niños más pequeños jugando en los columpios; o a los grupos de amigos de "cháchara" en una "terracita" bajo cero o disfrutando en masa de los campeonatos de snowboard. Para ellos no hay mal tiempo, sólo mala ropa. Aunque veíamos a muchos con unas camisetas o unas minifaldas que daban escalofríos ajenos.
Pensamos que la seguridad sería máxima tras los graves atentados de hace 4 años en los que un tal Breivik asesinó a 77 personas entre el coche bomba del centro de Oslo y el tiroteo en el islote de Utøya. Nos imaginábamos que habría quizás psicosis. Pero eso no es "razonable". Los noruegos no van a cercenar sus libertades por el miedo. Por eso no vimos ni un policía ni un soldado en todos los días que estuvimos. Y sin embargo la sensación de seguridad y paz era total. Quizás por ello es en el Ayuntamiento de Oslo donde se entrega anualmente el Premio Nóbel de la Paz.
Disfrutamos toda una tarde de una pista de trineos de más de 2 kilómetros, que recorrimos infinidad de veces ya que el metro nos llevaba una y otra vez a todo lo alto de la misma. Disfrutamos de "El Grito" de Much en su Galería Nacional, de los museos de costumbres y de barcos vikingos, y del impresionante museo Fram sobre la conquista del Ártico. Todos ellos unos museos pensados para tocar, sentir e interactuar...algo poco frecuente aquí. También disfrutamos de la fortaleza de Oslo y de las preciosas estatuas del parque Vigeland. Nos maravillamos de la vista del fiordo, en buena parte congelado, y con las gaviotas patinando sobre el agua. Pero un viaje así ya no tiene sentido para nosotros si junto lugares únicos, no conocemos la realidad de sus gentes. Y así, vía coachsurfing, disfrutamos de una gran tarde con Marcela y Jørgen, que no sólo nos mostraron la realidad del país, sino su bella historia de amor, superando fronteras y leyes de inmigración (ella es de origen chileno).
Cuando uno vuelve de un viaje así, desearía no parar de viajar. El mundo es una maravillosa aventura que vale muchísimo la pena. Quizás el próximo destino sea una visita a uno de los retoños alzando su vuelo.

1 comentario:

Juan Antonio López dijo...

Qué feliz me hacéis sentir con cada compartir en este blog! Siempre me invitáis a la reflexión y eso nos hace crecer, gracias mil y seguid, por favor...