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sábado, 29 de agosto de 2015

Retiro familiar

A veces pienso que nuestra vida familiar es demasiado intensa, llena de idas y venidas, de encuentros , de viajes, de proyectos, de iniciativas... Es cierto que los cinco estamos cargados de energía y nos cuesta parar de hacer cosas. Pero la esencia de la vida no está en hacer, hacer y hacer, sino precisamente en no-hacer. Por eso es sagrado para nosotros esta semana de agosto en la que paramos de hacer y nos regalamos un retiro familiar los cinco juntos, alejados de todo y de todos, rodeados de naturaleza. Unos días para darnos cuenta de lo pequeños que somos frente a un Universo tan grande y hermoso. Este año nos hemos perdido del mapa en Ordesa y como todos los años está siendo una semana mágica.
El plan es muy sencillo: madrugamos y sobre las 10 de la mañana estamos ya recorriendo montañas majestuosas o impresionantes valles hasta que empieza a oscurecer por la tarde y volvemos exhaustos. Andar, andar y andar, como la vida. Pero en este caso alejados de estímulos que nos separan de lo esencial: estar en el aquí y en el ahora. Y una fórmula tan sencilla es la que cada año nos equilibra y cohesiona como familia. Son largas horas de esfuerzo compartido, de risas y de bocatas. Pero sobre todo de darnos un espacio y una atención exclusiva los unos a los otros que no siempre es sencilla. Y con algo tan simple, se obran milagros.
Hace un par de días, con mi hija menor, mientras subíamos a la "Cola de Caballo", quise hacer una prueba. Ella es el ser más vehemente, vital y enérgico que existe. Vive con intensidad los buenos momentos, pero se hunde ante el menor contratiempo. La reté a que estuviera 5 minutos seguidos sin reaccionar al menor estímulo exterior, y ser consciente de sus reacciones. Nuestro cometido era sacarla de su silencio y concentración y hacerla "saltar". Tardó más de 2 horas en conseguirlo: las bromas, la conversación ajena, el miedo a sentirse excluida, o cualquier comentario levemente hiriente la hacían revolverse y salirse de su centro, como nos suele pasar a todos con los estímulos de nuestro día a día: televisión, internet, los vecinos, los compañeros de trabajo, el siempre presente móvil... Al cabo de esas dos horas comprendió que podía ser dueña de sus reacciones y no esclava de los estímulos externos simplemente prestando atención y haciéndose consciente. Ella misma decidió seguir haciendo el juego a diario para entrenarse.
Otro bello aprendizaje surgió en los días siguientes sin ni siquiera buscarlo. Cada vez más los niños buscan su espacio e independencia, y quisieron adelantarse a la vuelta para llegar victoriosos los primeros al coche. Les dejamos, pero en un repecho del camino les vimos e intentamos acercarnos a ellos para retomar la conversación. Rápidamente vieron nuestro intento y buscaron otro atajo para escaparse y demostrarnos su fortalezas a pesar de la larga caminata. Pero nuestro atajo nos llevó al cabo de 10 minutos 500 metros por delante de ellos y ganamos sin pretenderlo la improvisada carrera. Nuestras risas contrastaban con su enfado y frustración: habíamos ganado a pesar de no haberlo pretendido, y ellos habían perdido a pesar de sus esfuerzos. Sin duda habíamos hecho trampa. Los mayores solemos reaccionar también así en nuestra vida.
Ayer intentaron el segundo asalto, y se escaparon en el último trecho de la ruta. Esta vez no íbamos a intentar ni siquiera un atajo, y nos detuvimos en dos cascadas para darles tiempo. A falta de 5 minutos para la llegada oímos sus gritos a nuestras espaldas. ¿Cómo podíamos haberles adelantado? Caras largas. Había habido motín a bordo y diferencias de criterio en un cruce de caminos. Anduvieron cerca de una hora perdidos. Nueva carrera perdida, pero era lo de menos. Aprendizaje de vida "al canto" con el susto aún en el cuerpo. Adoro estos días de retiro familiar.

domingo, 23 de agosto de 2015

O Couso un año después

La vida es un largo sendero de encuentros y reencuentros, aprendizajes y tropiezos, despertares y recuerdos de lo que verdaderamente es vivir. En una de las etapas de ese camino, hace justo un año, conocimos el Proyecto O Couso y sentimos un "flechazo". Que nos pasara a los cinco a la vez no es nada fácil, y no quisimos ilusionarnos mucho: ya sabemos de los caprichos de Cupido, y muchos de los que auguraban amores para toda la vida se quedaron en amores eternos mientras duraron. Sin embargo con O Couso, no parece haber sucedido lo mismo.
Hemos regresado un año después, y ese primer enamoramiento de un proyecto, de una idea, de una ilusión colectiva y de las gentes bonitas que participaban en él, se ha consolidado dentro de nosotros.
El proyecto, en su vertiente física se ha reforzado notablemente: hay una zona de la casa del siglo XVI ya con techos nuevos tras la exitosa campaña de crowdfunding, y dos amplísimas habitaciones sirven de alojamiento en caso de que coincidan muchos visitantes a acoger. Ambas habitaciones y la ermita disponen de cerramientos nuevos, y ello mejora la conservación de la temperatura. Ya se dispone de una cocina a cubierto y equipada, y de agua de pozo junto a la cocina. El aseo no es de Roca ni de Porcelanosa, pero tiene una nueva estructura de madera que nos ha resultado todo un lujo a los pioneros que visitamos O Couso el pasado año. En breve, incluso, se dispondrá de horno gracias a los esmeros de nuestro querido Luis, "el polaco" .
Sin embargo, es la vertiente humana la que consolida nuestra unión con el proyecto: sean gentes ya conocidas y que hemos provocado el reencuentro, o sean gentes nuevas, se genera allí un mágico sentimiento de hermandad, complicidad y fraternidad, donde las almas se exhiben al desnudo en la esencia de lo que es la Vida con mayúsculas. Las ruedas de conciencia y de sabiduría en las que se refuerza el compartir interior, ayudan sin duda a ello. Y eso hace que el enamoramiento se convierta en amor verdadero, voluntario y duradero.
No nos vemos viviendo por ahora de continuo en O Couso, pero sí nos sentimos "ocouseros" y parte de un proyecto que nos da fuerzas y energías para vivir "otro mundo" allí donde nos toque vivir. Y sin duda estamos dispuestos a aportar nuestra energía también para lo que O Couso necesite. De hecho, durante nuestra estancia tomó forma la posibilidad de crear un amplio grupo de "ocouseros" que, habiendo estado allí  o no, se sientan cómplices de esta aventura y quieran respaldar esta bella utopía y hacerla realidad con una insignificante aportación de 1€ al mes a través de Teaming. Lo importante no es la cantidad que aporte cada uno, sino como con O Couso, que seamos muchos los que estemos dispuestos a sumar nuestros esfuerzos por hacer de este mundo bueno, un mundo mejor. Si te apetece, estás más que invitado/a también.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Abriendo las puertas de nuestro castillo

Las vacaciones son para el encuentro. Por eso hace años que decidimos que en verano debíamos dedicar tiempo a explorar nuevas formas de encontrar cómplices por un mundo mejor. Es una forma de que nuestros hijos tengan otras referencias más allá de su círculo de amigos, su colegio o su familia. Estamos convencidos que para ser libres es necesario poder elegir entre distintos modelos, y el encuentro con lo nuevo, con lo distinto, con lo diverso, sin duda les enriquece.
Este año quisimos que conocieran lo que es la economía colaborativa, y buscamos a alguien que en nuestro camino a Francia nos recibiera en su casa mediante la fórmula del "couchsurfing", sabiendo de las dificultades de que nos acogiesen a cinco personas. Lo hicimos no por una cuestión de ahorro o de cercanía, sino como forma de conocer y crear lazos con personas que abren a deconocidos las puertas de su casa, que a fin de cuentas es el castillo de la intimidad, y aquello que nos salvaguarda de las posibles agresiones o irrupciones del "otro".
A veces escucho con excesiva frecuencia lo de "esto no hay quien lo arregle" y manifestaciones similares de pesimismo sobre nuestro futuro como especie. Pero mientras exista gente como Pablo e Irwin, el pesimismo no podrá con la fuerza de los hechos. Acoger a 5 personas en tu hogar no es nada fácil; ellos, la noche que les conocimos, acogieron en su preciosa casa de campo a nueve: 2 alemanes, 1 francés, 1 italiana y nosotros 5. Y no sólo eso, fueron a recoger en su coche casi a las 12 de la noche a la pareja de alemanes que entre autobuses y auto-stop andaban algo despistados por las carreteras asturianas. Hasta que estuvimos todos, no cenamos en aquella gran "Torre de Babel". A pesar de que nos parecía un abuso, los anfitriones durmieron en el sofá del salón y nos cedieron su propia cama y la habitación contigua para que toda nuestra familia tuviéramos nuestro espacio. No hubo forma de convencerles de lo contrario.  Incluso tenían una pizarrita en el salón con la clave de la wifi apuntada para que al huésped no le faltara de nada. Por cuestiones de trabajo, uno vive en EEUU y el otro en España, pero ello no es impedimento para que desparramen su hospitalidad en el corto mes en que pueden verse. Las casi 50 referencias positivas que acumulaban en internet en los más variados idiomas no exageraban lo más mínimo.
Pasamos dos noches con ellos que nos supieron a poco, y fuimos en busca de una segunda experiencia en tierras vascas, seguros de que el listón estaba puesto demasiado alto y difícilmente podría ser superado. Pero la realidad estaba dispuesta a sorprendernos de nuevo. Los cariñosísimos mensajes de Héctor auguraban lo que después se confirmó: una de esas personas que tiene la hospitalidad y la acogida en la sangre, como demuestra con el gran amigo Adama. De hecho pasa buena parte de su tiempo libre como voluntario hospitalero en el Camino de Santiago, y lleva más de 15 años acogiendo a gente de todas las nacionalidades de forma gratuita en su casa, habiendo sido incluso entrevistado por ello en los medios de comunicación. Su apuesta es clara: todo por el apoyo mutuo y la creación de lazos entre las personas. Desviarnos más de 60 km de nuestra ruta valió sin duda la pena: largas horas de deliciosa conversación, maravillosa conexión en cuanto a inquietudes vitales y preciosos paseos por Vitoria. Al menos a él sí logramos convencerle de que durmiera en su cama, en lugar de marcharse a casa de su madre como tenía planeado.
Objetivo cumplido: hemos conocido una realidad que se nos ha mostrado más esperanzadora de lo que imaginábamos. Se piense lo que se piense, sigue habiendo gente buena que abre las puertas de su castillo en el encuentro del desconocido. A la vuelta abriremos sin duda las del nuestro. Ya contamos los días para recibir a nuestros nuevos amigos Pablo, Irwin y Héctor.

martes, 4 de agosto de 2015

Papá bloguero, mamá bloguera

A todos nos gustan los halagos, pero no a cualquier precio. Hace varios meses a un conocido ranking de blogs le gustó el nuestro y nos ofreció incluirnos en su lista. No es el primero que lo hace, pero en este caso había una condición: debíamos confirmar que quien escribía los posts era un "papá" y no una "mamá". Nos sorprendió la petición, y la descartamos. Pero hace unos días volvieron a insistirnos, flexibilizando la petición: bastaría con etiquetar aquellos posts que escribiera "papá" y aquellos otros que escribiera "mamá". En twitter nos ha sucedido algo parecido: por el estilo, las cuestiones, o la forma en que escribimos, muchas "twitteras" nos guiñan e interactúan con nosotros como si fuéramos "mamás", y se ofenden cuando desmentimos ese extremo. La reacción en esos casos suele ser del tipo "No es de las nuestras".
Esto, que en principio podría ser una simple anécdota, en realidad esconde una realidad más amplia: como seres humanos mentales, nos encanta clasificarnos, etiquetarnos y ser parte de un grupo que nos dote de identidad. 
Tratamos de explicar la realidad colocando al otro y a nosotros mismos en "cajitas mentales": rojos y fachas, de izquierdas o derechas, pijos o macarras, trabajadores o parados, papás y mamás... Pero esas cajitas en la mayoría de las ocasiones se convierten en verdaderos calabozos de los que no nos permitimos movernos. Esas etiquetas pueden resultar útiles para localizar información o servicios de interés, pero cuando resultan excluyentes, saltan todas las alarmas.
No deja de ser una muestra más de la "Era de la Separación" en la que vivimos. ¿O es que acaso un "papá bloguero" no puede hablar del biberón o del cambio de pañales de sus hijos igual que una "mamá"? ¿Es que un hombre no puede hablar de sentimientos y abrir su corazón? Es más: ¿es que un hombre no tiene un lado femenino y una mujer un lado masculino? En casa, sin duda, quien mejor se lleva con el bricolaje, con la fontanería y con la electricidad es mi mujer. ¿Y eso me hace a mí un "afeminado" o a ella "varonil"? Manías clasificatorias y etiquetadoras de nuestra sociedad...
Pero yendo más allá: ¿de verdad necesitamos "ser de alguien"?¿Qué busca alguien en esos listados o rankings? Sin duda sentirse identificado con unos roles o con realidades similares a la propia. Pero cada vez creo que nuestra realidad es mucho más rica de lo que incluso nosotros mismos creemos. Y sólo si nos dejamos encarcelar en esas etiquetas o conceptos mentales, dejaremos de disfrutar de esa riqueza que atesoramos. Hay roles predominantes en nosotros, pero no dejemos que nos absorban. SOY más que un padre; SOY más que un funcionario, un parado o un emprendedor; SOY más que un voluntario de mi ONG o más que el tesorero de mi asociación; SOY  más que un español; SOY más que un votante de izquierdas, de derechas o de lo que sea... SOY más que la etiqueta que otros tratan de ponerme o incluso que la que yo mismo me pongo.
Estamos convencidos de que es momento del TODOS SOMOS UNO, de la "Era de la Unión". Este blog es nuestra apuesta en favor de ello. Aquí no hay nada "de papá" o nada "de mamá". Porque todo, absolutamente todo lo que compartimos, parte de nuestra experiencia común, y de nuestra vivencia familiar. Da igual quién lo transcriba en el teclado del ordenador. La inspiración, la idea y el alma siempre es compartida. Y así creemos que es también la realidad. "Lo mío" y "lo tuyo" se difuminan en favor de "lo nuestro". Y si el precio que debemos pagar por ello es que nos excluyan de esas listas, encantados de pagarlo por continuar siendo UNO con todos.