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lunes, 22 de junio de 2015

Los Portales: soñando realidades

Siempre me han fascinado los soñadores. Soñar tiene algo de mágico. Nos conecta con otra realidad que está ahí, pero a la que damos la espalda en nuestro "día a día". Parece que el tráfico, las prisas, los horarios, o la hipoteca tienen más peso que los sueños. Pero son una puerta de entrada a otro mundo posible.
Soñadores hay muchos. Algunos nos fascinan con su música, con sus libros, con sus películas, con sus versos.... Pero mis favoritos son los soñadores que hacen realidad sus sueños: ésos que sueñan realidades. Son una especie en extinción y deberían estar protegidos.
En nuestra búsqueda de "un mundo diferente para vivir", este fin de semana hemos conocido a un buen grupo de ellos. Los conocimos a través de un vídeo por internet, y de inmediato nos sentimos muy conectado con ellos. Ya forman parte ya de nuestra mochila de experiencias junto a Matavenero o a nuestro queridísimo O Couso, con quienes nos hemos implicado y a donde volveremos en breve. En Los Portales no son hippies ni miembros de una secta, pero viven alejados del asfalto y del ruido. Han superado ya los 30 años en su opción de vida, y eso es el mejor aval de su sueño.
En sus orígenes, vivían en Bélgica. Se reunían para compartir meditaciones y sueños por un mundo mejor. Y en uno de esos sueños aparecieron unas coordenadas muy precisas: "un sitio para vivir en el Sur de Europa" y la palabra "Portales". Cualquier persona habría hecho oídos sordos a esa llamada, pero los "profesionales" de los sueños se los toman muy en serio, hicieron las maletas, y encontraron la "tierra prometida" de esa llamada totalmente "a ciegas".
Hoy en día, están en un bellísimo paraje, en pura conexión con la tierra. Han dedicado varias hectáreas a cultivos ecológicos, tienen un centenar de cabras, y un sistema propio de abastecimiento de energía casi al 100% de sus necesidades mediante placas solares, energía eólica y madera. Han ampliado la pequeña casa de cazadores de hace 30 años, y han creado una piscina, un precioso patio andaluz, y unos bellos corredores que mantienen la temperatura durante el calor veraniego.
Comparten sus sueldos y recursos, y tienen un exhaustivo sistema de reparto de las muchas tareas que genera una finca de 300 hectáreas. En buena parte de sus necesidades son autosuficientes, y en otras hacen trueque con sus vecinos. Apuestan abiertamente por lo "locávoro" y la macrobiótica, pero sin fundamentalismos. Fabrican un pan y unos quesos de cabra sanísimos, que venden en distintos establecimientos de Sevilla, con una demanda continuamente en alza.
No parecen ansiar un destino o un resultado. Y eso me atrajo también mucho. Viven con intensidad su camino. Y si éste les sugiere que deben aprender permacultura, lo hacen. O si éste les propone que los niños vayan ahora a la escuela del pueblo, aunque hayan estudiado allí otros niños durante décadas a distancia, lo hacen sin dilemas ni traumas. 
Hace 2 ó 3 años decidieron abrir sus puertas para compartir su experiencia y enriquecerse de lo que pudiera venir de fuera. Con eso se combaten también las reticencias de quienes siempre ven demonios en aquello que no conocen. Por eso hemos podido visitarles, y la verdad es que nos hemos sentido acogidos de corazón, por gente como Eugenia, José Antonio o Meryl, cada uno con su bella historia de soñador/a.
No luchan contra nada ni contra nadie. Eso les evita contagiarse de la mala energía de los injustos o los egoístas. Ellos prefieren dedicarse a construir su mundo, y hacer realidad sus sueños. En cierto modo se sienten parte de un sistema del que les gustaría ser un pequeño sueño. Un sueño de que "es posible otra forma de vivir". Se les ve felices sin estridencias. Y esa felicidad es la que gusta, porque evidencia una armonía que va más allá de modas, de "subidones" o de "bajones".
Soñar es muy bueno. Cuando se hace con otros se llama "realidad". ¡Anda que si luego resulta que es posible crear utopías y hacerlas realidad! Ya lo dijo otro soñador: "la vida es eso que pasa, mientras tú estás liado con otras cosas".

jueves, 18 de junio de 2015

Impotencia

Varias veces he temido ser agredido por mis usuarios en el trabajo. La desesperación por no tener trabajo, unida a complicadas situaciones familiares, genera una rabia incontenible. En esos casos "me las veo y me las deseo" para hacerme escuchar y tratar de orientar un camino de búsqueda de empleo para el que la indignación les ha cegado. Y la cosa se complica cuando ya no creo en las políticas de empleo de nuestras oficinas, y frente a las que me he posicionado abiertamente. Pero lo de ayer fue muy distinto.
No paro de preguntarme por qué he acabado en este trabajo, haciendo funciones que nada tienen que ver ni con lo mucho que estudié ni con mis capacidades. Cierto es que estoy muy cerca de casa y que en otro trabajo jamás me habría pedido una reducción de jornada que me está permitiendo vivir una vida que no gira alrededor de lo laboral. Pero siempre he pensado que hay más razones. Y días como el de ayer me lo confirman.
No faltaba mucho para marcharme. Se me acercó
una chica joven y me preguntó si la podía atender media hora antes de su cita. Había hueco, y siempre que hay oportunidad, accedo a esas peticiones, así que la sorprendí con un "por supuesto", que no esperaba. Necesitaba la tarjeta de demanda de empleo para el abogado que le está tramitando las medidas de alejamiento de un marido que la está maltratando. Eso puede parecer grave, pero lo peor es que hace un año su hija menor, sin previo aviso, empezó a convulsionar viendo la tele. La llevaron al hospital, y un virus de esas "enfermedades raras" la ha dejado postrada con un 90% de discapacidad. El marido se ha echado a la bebida. Ella lleva el peso de la casa y las palizas del marido. Probablemente mi disposición a adelantarle la cita era lo mejor que le había pasado desde hace días.
Me quedé afectado tras atenderla y con miles de "por qués" en mi mente. Era casi la hora de irme, pero quise atender a alguien más, quizás esperando llevarme a casa una sonrisa. Pero la situación con la que me vi fue aún más dura. Arturo, un hombre poco mayor que yo, con Parkinson, dos electrodos instalados en su cabeza y varios intentos de suicidio, acababa de perder los 400 euros que le pemitían pagar sus medicinas y su alquiler en medio de la montaña. Y todo porque su ex-mujer no había renovado su demanda de empleo. Rehacer ese desaguisado burocráticamente iba a suponer semanas, y ni su farmacéutico ni su arrendador iban a estar por la labor de esperar. Traté de darle alternativas, algunas bordeando la legalidad, y se sintió reconfortado y escuchado. Me dio la mano hasta cuatro veces en señal de gratitud. 
Recogí mis cosas y salí de la oficina. Ya con nadie que me viera, en plena calle, dejé que mis ojos hablaran todo lo que tuvieran que hablar. ¿Para qué reprimir mi impotencia? Impotencia ante injusticias flagrantes que me toca explicar. Impotencia ante seres que sufren justo a nuestro lado. Impotencia ante la insensibilidad de instituciones y sus guardianes... Impotencia por un trabajo que no sirve de nada para aliviar esas situaciones tan angustiosas...
No me consuela haberles reconfortado. Ni siquiera la gratitud que me han mostrado. Pero quizás la impotencia que siento es la razón por la que estoy por ahora en este trabajo: confrontarme con situaciones que no puedo resolver, por muy resolutivo que siempre trate de ser. Aceptar estos "sinsentidos" y sentirme junto a estas personas sin vaciarme de energía quizás sea el objetivo. Pero reconozco que me cuesta muchísimo.
Hoy llamaré a Arturo. Sé que como funcionario no debería. Pero como ser humano sí. Me alegraré si ha resuelto algo con la asistenta social. Si no, trataremos de ayudarle desde alguna ONG cercana o desde casa. Pero sobre todo aceptaré mi impotencia. Es lo que me toca aprender ahora.

lunes, 15 de junio de 2015

25 años después

Nunca antes había dado tantos abrazos seguidos. Fue este pasado sábado, y la ocasión bien lo merecía: celebrábamos los 25 años de nuestro COU. Y nos reuníamos decenas de compañeros en nuestro colegio, aquel en el que algunos habíamos pasado hasta 12 años. 
Me sorprendió ver a tanta gente. A fin de cuentas han transcurrido ya bastantes más años de los que teníamos en aquel entonces. Y muchos viven fuera de Málaga e incluso en el el extranjero. Pero eso no fue impedimento para el bello reencuentro.
Sólo hubo risas, bromas, y cariñosos "achuchones". Ni un solo resto de los roles de entonces: ni "empollones" ni "cateadores", ni "gamberros" ni "pelotas". Tampoco importaban los roles del ahora: algunos grandes profesionales de éxito y otros en el paro; algunos felizmente casados, y otros aún en búsqueda o divorciados; algunos con lujosos coches y mansiones, y otros viviendo aún con sus padres...Daba igual, todos éramos UNO: pura cordialidad, pura camaradería. Y no era fingido: lo dictaba el corazón.
No pude evitar preguntarme por qué. Y creo que la respuesta estriba en que todos éramos parte de la historia de los demás. Una historia de comienzos, de ilusiones, de motivación, de hormonas alocadas, de apuntes compartidos, de nervios ante un examen, de noches en vela, de los primeros desengaños amorosos, de alguna que otra "juerga", de castigos colectivos, de gamberradas en grupo...Todo eso que nos hace descender de nuestros pedestales y nos convierte en compañeros de viaje para toda la vida. Y es que compartir el camino, aunque sea en alguna etapa suelta, te une a tu compañero de fatigas para siempre. Los que hemos hecho el Camino de Santiago bien lo sabemos. Por eso volver al camino te reencuentra con tus raíces. Ahí no hay luchas de poder, ni apariencias, ni competitividad. Por eso siempre se piensa en volver al Camino. Por eso ya este sábado se pensaba en el 30º aniversario.
Todos buscamos volver a nuestra esencia, a lo que nos despoja de disfraces y capas de cebolla. Por eso a muchos se nos hizo un nudo en la garganta al escuchar al coro en la capilla de nuestro "cole"; al volver a ver a un Padre Tejera tan lúcido como cuando teníamos 6 años; al oír el bello discurso de Eduardo... Alguna "lagrimilla" asomó en los rostros asistentes...
Cada día doy gracias por mi presente y los maravillosos regalos que me ofrece. Pero no voy a renegar de mi pasado.  Y tampoco voy a renegar de las circunstancias y la educación que recibí, por mucho que mis principios y mi espiritualidad hayan evolucionado. Hace unos días, hablando con una compañera de trabajo de los proyectos en los que ando metido me dejó "helado": "Tú estudiaste en los jesuitas, ¿verdad?". Me conoce muy poco, pero parece que se nos nota "a la legua". Por eso he querido que mis tres "enanos" estén en los "scouts" de nuestro "cole", aunque vivamos a 40 km y vayan a otro colegio allí. Algo seguro que se les "pega".
Igual que no reniego de mi pasado ni de mi "cole", no voy a renegar tampoco del chaval de 17 o 18 años que fui. Gracias a él, a sus aciertos y errores soy quien soy hoy. Doy inmensas gracias a ese "yo" de hace 25 años, y a todos aquellos "vosotros" que estuvisteis ahí en los 80 y 90 ayudándome en aquella etapa del camino. Fuisteis clave en mi vida, y por eso mi corazón se regocija con el reencuentro, incluso aunque apenas hubiéramos hablado entonces; incluso aunque apenas podamos vernos hoy. Sois parte de mi vida. Así que MIL GRACIAS.

miércoles, 10 de junio de 2015

Sin calculadora

"Tú, a lo tuyo. No dan duros a cuatro pesetas. Por el interés te quiero, Andrés..." ¿Cuántas programaciones de éstas tenemos en nuestra mente desde pequeños? Últimamente nos hemos dado cuenta en casa, que la verdadera revolución no radica en "luchar contra" nada, y menos enfrentarnos a otros. La verdadera raíz de este sistema, que no compartimos, está dentro de nosotros, y sólo será factible esta "revolución" si somos capaces de una "evolución" en nuestro interior que nos aleje de esas programaciones.
Y para ello, nada más sencillo que darnos cuenta de que todo lo que tenemos es un  auténtico regalo. Cuando uno recibe un regalo, brota de forma natural la gratitud y con ella un deseo irrefrenable de agradar, compartir y devolver el detalle. Y cuando se inicia ese círculo virtuoso, los lazos entre las personas se fortalecen, y la energía que fluye es de unidad y cohesión.
Mi amigo Luije lo tiene muy claro: su coche no es suyo; lo tiene porque las circunstancias han sido así. Pero cuando se va de viaje, en lugar de dejar "arramblado" su coche, lo anuncia en su facebook y lo pone a disposición de quien lo necesite durante su ausencia. "¿Y si se lo rompen o si se lo roban?", pensará más de uno. Él ni se lo plantea: simplemente desactiva su calculadora mental de "pros y contras", y se deja fluir. Lo comparte y punto.
Hace poco hicimos nosotros la prueba en otra situación. Veníamos mi mujer y yo de Córdoba, y decidimos ofrecer a través de Blablacar las dos plazas sobrantes del coche para ese trayecto. Esto del consumo colaborativo es un gran avance: hace unos años era impensable compartir así el coche, la casa o el dinero, y ahora internet lo posibilita de forma muy sencilla. Sin embargo seguimos con la calculadora encendida también en el consumo colaborativo, y ese compartir se convierte en otro mecanismo de afán de lucro. Por eso nosotros decidimos desactivar la calculadora y facilitar el trayecto a la pareja que nos acompañó de forma gratuita. Fue un regalo para nosotros su compañía, y ese trayecto lo íbamos a hacer de todas formas. ¿Por qué cobrarles por ello? ¿No es en el fondo actuar por interés? Nos hicimos amigos de ellos, y nos han invitado a ir a Siena en Italia. El lazo entre las personas es mucho más importante.
Como estábamos empezando a creérnoslo, decidimos hacer el "triple salto mortal" y acabar a martillazos con nuestra calculadora. Cuando mi madre falleció hace dos años, me dejó un apartamento. Desde entonces lo tengo alquilado a una pareja con dos niñas. Aunque no nos hemos visto más de 3 ó 4 veces, siempre he sentido una conexión especial con ellos. Acaban de tener un bebé y a mi mujer se le ocurrió dar el paso: si ese apartamento era un regalo y no hice nada para merecerlo, ¿por qué no actuar con él con la máxima gratitud? La semana pasada visitamos a los inquilinos, conocimos a su bebé y decidimos anunciarles que habíamos decidido rebajarles la renta un 20%, y sin ninguna condición. Tan sólo, si les apetecía y se sentían agradecidos, les pedimos que volcaran su gratitud en otras personas. Sus caras sí que no tenían precio. Se podrían esperar una subida lógica, pero ¿una bajada así, y sin condiciones? Eso no encaja en los esquemas habituales de nuestras calculadoras mentales. Y de forma natural brotó el reforzamiento del vínculo entre nosotros: en breve nos van a visitar a casa, y nos van a traer "ropita" de su bebé, de sobra, para compartirlo con otras familias con necesidades en nuestra comarca.... Con el paso de los días, me siento más reafirmado del paso dado, y noto mi calculadora mental cortocircuitando: "¿y si ese dinero al que renunciamos lo necesitamos para una urgencia?; ¿y si nos vemos "achuchados" si alguno de nuestros hijos decide irse a estudiar al extranjero? ¡pero si apenas cubrimos gastos del apartamento revisando las cuentas para la declaración de la renta!..." La mente tratando de asumir el control...
La semana pasada renunciamos a un buen pellizco de ese alquiler sin condiciones y sin que nadie nos lo pidiera. Me acaban de dar la noticia de que se ha vendido un antiguo piso familiar invendible. Cuanto más das sin condiciones, más te devuelve el universo. Lo hemos vivido ya muchas veces. Todo encaja cuanto más nos liberamos y desenchufamos la calculadora.