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jueves, 23 de febrero de 2017

Descalza

Dicen que para ponerse en lugar de alguien hay que meterse en sus zapatos. Por eso Ilse va descalza. Y lo ha hecho durante los últimos tres meses recorriendo más de 1.200 kilómetros.
¿Qué hace una joven belga de 34 años recorriendo España descalza desde Barcelona a Gibraltar con su hija de casi 3 años a cuestas? Una locura, sin lugar a dudas. Pero también ponerse en la piel de los niños keniatas a los que quiere ayudar con su gesto. Ahora sabe bien lo que es andar cientos de kilómetros sin calzado y con heridas y llagas que tardan en curar. Ahora sabe lo que es pasar hambre, frío y miedo en las circunstancias más extremas. Y con ello ha logrado concienciar a muchos medios de comunicación y personas de varios países, recaudando fondos para comprar comida y calzado para centenares de niños de África. Nunca viene mal recordar que los pequeños gestos de amor y solidaridad parecen locuras porque son escasos, pero son los que engrandecen al ser humano.
Cuando mi amiga Ana me avisó de la iniciativa de Ilse, y de que en pocos días pasaría por Torre del Mar, quisimos acogerla en casa de inmediato. No pudo ser  entonces. Pero una vez superado su gran reto, quiso venir a descansar unos días con nosotros tras su periplo. Y hemos compartido unos días deliciosos. Su hija Helinah posee algo mágico, no sólo por su vitalidad y por su capacidad de comunicarse en 4 idiomas siendo tan pequeña, sino por la belleza interior y exterior de su mestizaje. Tyrone les ha acompañado también descalzo en las etapas finales desde Málaga a Gibraltar. Es también joven pero atesora una sabiduría de siglos detrás de su larguísima barba y melena. Ha hecho de la intuición y la magia su estilo de vida. Por ello ha recorrido 16.000 kilómetros desde Australia en más de 40 horas de viaje, para estar con su amiga en estos momentos importantes para ella. Este hombre desprende amor por donde pasa. ¿Y qué decir de Ilse? Parece todavía más joven de lo que es.
Quizás por su sencillez. Quizás por su inocencia. Quizás porque mira a la vida de frente y sin miedo. Y la ausencia de miedo da libertad y viene muy bien para el cutis. También viene bien para los corazones de quienes te observan. Apenas han usado la tienda de campaña que llevaban, ya que les han abierto las puertas de par en par y las han sentado a la mesa de decenas de hogares. Y por si hay algún miedoso en la sala, no han tenido el más mínimo percance: nadie que se propasara; nadie que les haya robado; nadie que las haya tratado mal. Simplemente dejarse fluir por el camino que tenían delante. Como la vida misma. Pero no todo han sido algodones, como en la vida misma. Pensó varias veces en abandonar cuando se topó con la ola de frío cargada de lluvia, truenos y nieve. Tampoco todos los terrenos han sido aptos para pies descalzos: las rocas y el duro asfalto también han hecho de las suyas. Pero quizás lo más duro para ella haya sido la espalda, de la que aún se resiente. Llevar a la niña a cuestas junto con el resto de la carga es una dolorosa prueba, quizás tanto como la maternidad en circunstancias tan extremas. Pero incluso cuando los peores momentos se ceñían sobre ellas, aparecía un milagro que les animaba a no desfallecer. A veces una mano amiga en forma de caravana de repostaje. A veces una billetera anónima extraviada cuando el bolsillo estaba vacío. Y muchas veces con el calor de tantos y tantos hogares que las han incorporado a su familia, incluso en plena Navidad.
Abrir las puertas de casa a Ilse, Helinah y Tyrone ha sido todo un regalo para nosotros. Por supuesto volveremos a vernos, sea aquí, en Bélgica o en Australia. Y por supuesto nos haremos cómplices activos de su locura. No hay nada como descalzarse y sentir en su inmensidad el maravilloso milagro de la vida.



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sábado, 18 de febrero de 2017

Cuando faltemos

La actualidad no pinta bien. Los que necesitan ver un futuro despejado no están de enhorabuena precisamente. Los Trump, los Brexits, los enfrentamientos nacionalistas y geopolíticas, y la desconfianza hacia "el otro" parecen "el pan nuestro de cada día". Es como si el terreno que pisábamos hasta ahora desapareciera bajo nuestros pies. Y los que somos padres no podemos evitar pensar qué será lo que les tocará vivir a nuestros hijos. ¿Qué mundo habitarán?
A algunos padres les entra el pánico. Tenemos amigos muy preocupados por ese futuro para sus hijos. Tanto, que a veces no pueden ni dormir. Andaban muy inquietos antes del panorama actual, así que ni imaginamos cómo estarán ahora. No quieren equivocarse en la carrera que elijan para ellos, buscando la salida laboral más segura. A otros no les da la vida para tratar de acumular pisos, casas o fincas, que luego repartir entre sus hijos, y con ello procurarles un seguro ante las inclemencias del futuro. Una carrera segura de la que vivir. Unas propiedades que te mantengan a flote. Pero ¿de verdad nos creemos que el dinero o las cosas materiales son las que nos van a salvar en las situaciones más extremas? ¿No será quizás que las situaciones más extremas nos igualan a todos, tengamos o no dinero y tierras? ¿No será que es  ahí donde podremos desplegar otros recursos y habilidades menos tangibles pero quizás mucho más valiosas? E incluso sin llegar a ese precipicio: ¿y si esas carreras o esas propiedades se acaban convirtiendo en unas cadenas que aprisionan a nuestros hijos durante cuarenta o cincuenta años? ¿Y si una hipotética herencia lo único que consigue es avivar rencillas entre hermanos, como tantas veces sucede por desgracia? Para ciertas almas libres, una carrera con salida segura o una suculenta herencia puede convertirse en la peor de las cárceles. Y los padres, encima, frustrados o hundidos por haber dedicado todos los esfuerzos de una vida a algo que, a la postre, hace de sus hijos unos infelices.
Poner el dinero en el centro de la vida de nuestros hijos, y que su existencia gire en torno a él quizás no hace sino prolongar esclavitudes de generación en generación. Por mi trabajo en una oficina de empleo, observo con estupefacción cómo la vida de miles de personas gira alrededor de una llamada de teléfono para que les contraten unos días de peón o les concedan un subsidio por unos pocos meses. Todo por unos pocos euros puntuales. Los dones y talentos de tantas personas, y su capacidad para generar redes de apoyo mutuo y sinergias, tirados a la cloaca de forma masiva e institucionalizada. Y miles de personas pendientes de que "Papá Estado" les salve. Afortunadamente hemos vivido ejemplos maravillosos de todo lo contrario , bajo las mismas circunstancias.
Entonces, ¿en qué invertir para allanarles el camino a nuestros hijos? Cuando la cosa se pone cruda, lo material no hace sino lastrarnos hacia las profundidades. Poner el dinero en el centro de nuestras vidas y la de nuestros hijos es la apuesta mayoritaria, pero incluso desde una perspectiva lógica, resulta absurda. Si el mundo se fuera "a la porra" y hubiera una catástrofe, una guerra o una estampida masiva, invertir en relaciones sería lo que nos podría salvar. Invertir en flexibilidad, en empatía, en tolerancia, en movilidad y en interculturalidad podría ser nuestro salvoconducto si tuviéramos que coger el "petate" y salir corriendo a descubrir mundo. Invertir en lo más intangible y sutil de nuestro ser interno sería nuestra tabla de salvación. Porque quizás toque adaptarse a situaciones precarias y ser capaz de ser feliz en ellas. Porque quizás toque trabajar "codo con codo" con el otro, con el diferente, con el de otro sitio, y vivir en armonía y paz con él a pesar de nuestras diferencias. Porque quizás toque hacer de cualquier sitio alejado y de personas totalmente desconocidas nuestro hogar. Y quizás ahí poco nos va a ayudar nuestra herencia, nuestra carrera para toda la vida, o nuestra saneadísima libreta de ahorros. Quizás ahí sea vital tener o construir relaciones fuertes, duraderas y de confianza con gente que nos abriría las puertas de su casa y de su corazón ante la adversidad.
Cada vez conocemos más gente que decide cortar en parte con esa dinámica materialista tan mayoritaria, aunque les tilden de locos o de irresponsables. Y casi siempre se les hace la misma pregunta: "¿Cómo llegáis a fin de mes?" Una pregunta que inmediatamente te obliga a pensar en sueldos mínimos para un cierto status. Pero la pregunta correcta debería ser: ¿Cuánto quieres invertir en trabajar por dinero, según el tipo de vida que deseas llevar? ¿Cuánto quieres invertire en ganar dinero y cuánto a trabajar por los demás, por otro mundo diferente, por tus dones y talentos, por dar otras referencias a tus hijos, o por construir relaciones duraderas? Quizás más que asegurar dinero para los hijos, deberíamos preferir facilitarles capacidad de adaptación, flexibilidad, inquietud por aprender, por relacionarse, por viajar y por adaptarse con facilidad y felicidad a las circunstancias que la vida les ponga delante, aunque sean las más extremas. Y curiosamente, en ese camino siempre surgen posibilidades y lugares a los que acudir y en los que ser acogidos si hiciera falta. Hablamos por pura experiencia.
Puede que haya llegado el momento de ser prácticos con respecto a los hijos. Por si acaso. Para cuando faltemos. Vaya o no la cosa a peor. Pero a lo mejor toca replantearse qué es "ser prácticos". Por si acaso. Para cuando faltemos. Vaya que nuestra apuesta pudiera hacer de ellos unos infelices.

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viernes, 10 de febrero de 2017

Comparaciones

Hay frases que repetimos como papagayos durante años. Y de tanto repetirlas nos las creemos. O peor: pensamos que ya las dominamos. Una de esas frases es la de: "las comparaciones son odiosas". Casi cuarenta años después creo haber empezado a entender qué significa.
Siempre pensé que lo odioso de las comparaciones radicaba en hacerle daño al otro. Si te comparabas con él en altura, en velocidad o en las notas de las asignaturas del "cole", le estabas haciendo daño, o estabas siendo maleducado o políticamente incorrecto. Hoy me he dado cuenta que eso es sólo una parte del pastel. Y probablemente la más pequeña. Lo verdaderamente odioso de las comparaciones tiene que ver con nosotros mismos, con el daño que le hacemos a nuestro ser interno. Nuestro post de hace unos días "Bajar de los altares" hablaba también de ello, y de cómo tendemos a idealizar y a compararnos con los otros, o a ansiar lo que vemos en el escaparate ajeno en lugar de desempolvar lo que tenemos en el propio. Parece que a muchos les removió, a juzgar por las respuestas recibidas.
Mi hija es pura alegría, pura vitalidad, pura energía desbocada. Pero hay días que nos da el almuerzo al llegar del colegio. Y casi siempre viene provocado por una comparación: "me han dicho que soy más bajita que..."; "fulanita me ha hecho menos caso a mí que a ..."; "me han puesto menos nota que...cuando yo había estudiado más...". Comparaciones, comparaciones, comparaciones.  Nuestra vida está llena de ellas. Y son muy frecuentes entre los iguales, los hermanos. Pero también entre el resto de "iguales": vecinos, compañeros de trabajo, amigos... Quizás porque creemos que es la forma de conformar nuestro hueco en esta vida. O quizás porque nos pasamos la vida buscando el cariño o la atención ajena, y pensamos que debemos merecer esa atención siendo más altos, más guapos, más rápidos o más aplicados; o dando pena porque somos más feos, más débiles, más lentos o más torpes. Cariño y atención a cambio de admiración o de lástima. Así de sencillo.
Quien haya visto alguna vez "Super-Nanny" en la tele o tenga hijos sabe que no hay mayor arma de educación masiva que la atención al niño. Ni castigos, ni regañinas, ni bofetones. La atención y el cariño es la mejor forma de encauzar el comportamiento de un niño. Porque es lo que todos buscamos desde pequeños, como parte de nuestro ADN. Y si vemos que no lo recibimos como nos gustaría, empieza nuestra cabecita a comparar y a ingeniárselas para conseguirlo. Es puro mecanismo de supervivencia. Pero a veces puede llegar a amargarnos la existencia si no somos capaces de tomar los mandos de ese mecanismo.
Podemos creer que esto es una cuestión de niños. Pero nada más lejos de la realidad. Sigo oyendo a adultos muy "talluditos" hablando de cómo a ellos les hacían menos caso que a sus hermanos de pequeños; cómo les regañaban más; o cómo todos les veían como el patito feo de su casa. Y no sólo lo expresan, sino que les ves en los ojos o en el tono esa espinita clavada de hace cuarenta o cincuenta años, a pesar de que aquello quizás ni siquiera sucedió así, como le pasa a mi hija. Pero queda ahí, de forma indeleble, en algún rinconcito de tu alma. Corroyéndote por dentro. Reviviendo ese dolor día sí y día también. Porque, como sabemos, no hay una realidad sino tantas como cabecitas. Y por eso aún hoy sigues dejándote llevar por las comparaciones más absurdas: que si mi gripe es peor que la tuya, que si mi agenda es más complicada que la tuya, que si mis gastos son peores que los tuyos...
Igual que la frase de las comparaciones odiosas, hay libros e ideas que marcan nuestra existencia. Quizás de un autor o de un filósofo más o menos conocido, cuyas reflexiones nos han guiado alguna vez en momentos de zozobra y tribulación. Mi filósofo favorito es una mujer. Y comparto con ella todas las noches el edredón. Hace unos treinta años también me compartió una frase que puede guiar toda una vida. En aquel entonces no entendí nada. Y hasta hace pocas fechas no he empezado a degustar su hondo significado: "Estamos solos en este mundo". Aquella frase así, sin anestesia, y en plena pubertad, con las hormonas desbocadas, y enamorado hasta las trancas de aquella chavala que la acababa de pronunciar, me pareció tan enigmática como incomprensible. Especialmente porque justo estábamos empezando nuestra relación, y en lo que menos pensaba era en la soledad que ella parecía expresar. Lo dejé aparcado como ese crucigrama indescifrable que siempre se te resiste. Pero esa frase la hemos compartido ella y yo muchas veces en estos años, y ha ido desplegando su esencia. Por suerte o por desgracia los seres humanos somos unos auténticos mendigos de aprecio, de reconocimiento y de cariño. Y ello nos lleva a prostituir nuestra auténtica esencia divina con tal de que te acojan en el rebaño. Y acabas apagando ese pedazo de luz natural que todos llevamos dentro para usar la misma linternita que los demás. Y en esas comparaciones trabajas como los demás; vas de vacaciones como los demás; te compras el coche o la casa como los que te rodean; comes lo mismo que comen los demás; y te sometes a las normas no-escritas que esa comparación con los demás dicta. Pero en el fondo estás solo o sola. Y llega siempre, absolutamente siempre, un momento en la vida en que te das cuenta que tanta comparación era absurda. Que no hay nada ni nadie que te pueda reconocer, apreciar o querer como tú mismo/a a ti mismo/a . Y que renunciar a todos tus dones y talentos por esa comparación permanente y perpetua es no sólo absurdo, sino que te aboca a la frustración, a la decepción y al sinsentido. ¿Para qué me he comparado tanto durante toda mi vida si en realidad estoy solo? ¿Para qué he buscado tanto el tesoro del afecto ajeno, cuando lo tenía dentro de mí?
Estamos solos, aunque nuestra agenda y nuestro facebook echen humo. Hacernos conscientes de ello nos debe animar a la actitud más optimista y positiva del mundo. Porque nos confronta con nuestra propia esencia. Con nuestro ser más real y auténtico. Y nos anima a no ser simplemente una copia barata de lo que vemos a nuestro alrededor por pura comparación. Estamos solos, y paradójicamente, darnos cuenta de ello, nos puede convertir en el mejor y mayor regalo para los que nos rodean.

(FOTO: Samuel y Eva, dos hermanos jugando y comparando sus "chuches" en una playa de Almería)

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viernes, 3 de febrero de 2017

Alfombras rojas

Hay noches en las que, no sé por qué, me despierto con algunas ideas rondando en la cabeza. Al principio, cuando esto me ocurría, solía enfadarme  por no poder volver a conciliar el sueño. Desde hace algún tiempo, sin embargo, he aprendido que son momentos para la reflexión y el aprendizaje. Son momentos de lucidez que me permiten crear un cuento o explorar ideas y conceptos en la quietud de la noche, algo imposible en el ajetreo del día a día. Esta noche no podía parar de pensar en la idea de los protagonismos y la vida.
Ya sé que no estamos para tonterías, ni "comeduras de coco", ni para ahondar en conceptos metafísicos ni "rollos" de esos… La vida apremia y hay que ser prácticos; sobre todo si hay que llevar para adelante una familia. Pero me temo que esta idea tiene más enjundia de lo que a primera vista parece.
A todos nos encantan las películas y tendemos a admirar a los actores protagonistas y a sentirnos identificados con los personajes principales de las historias que interpretan. Sin embargo, ¿cuántas veces nos hemos planteado que la historia más importante, vibrante y emocionante que vivimos es nuestra propia historia, nuestra propia vida? Pues resulta que observando lo que ocurre, me he dado cuenta de que muy pocas personas son realmente los protagonistas indiscutibles de sus propias vidas. Existen realmente dos tendencias importantes. 
Por un lado, aquellas personas que necesitan ser protagonistas de las vidas de otros. Necesitan brillar en historias ajenas, porque en la suya propia no hay flashes ni autógrafos. Pero ésta es una fama inmerecida y efímera. Y, además, resulta a mi parecer, un tanto extenuante, ya que debe resultar bastante cansado estar haciendo “castings” constantemente para resultar ser elegido/a protagonista.
En otro grupo están aquellos que necesitan protagonistas en sus historias de vida, ya que se ven incapaces de llevar a cabo ese papel. Prefieren el de actor secundario. Pero esta actitud también tiene su desventaja, que no es poca. En este caso, me temo, que el gran beso se lo lleva otro u otra.
En uno y otro caso subyace además algo muy sutil, pero crucial: la responsabilidad de las decisiones y actos. En ambas posturas esa responsabilidad se diluye porque, en el fondo, los implicados no la sienten como suya. En el caso del buscador de “castings”, éste  sólo ocupa un papel durante un tiempo, las decisiones que tomó en esa historia, las opiniones y reacciones no le pertenecen, son sólo del guión para hacerse protagonista. Al fin y al cabo esa historia no es la suya: que cada palo aguante su vela. Aunque si la historia  tiene final feliz, aquí bien que hay que reclamar alfombra roja y, como mínimo un Goya. El actor secundario, por su parte, también rehuye de sentirse responsable porque delega las decisiones en otros y, por ende, el resultado tampoco lo siente como suyo. Si algo sale mal, no es culpa suya, es que el actor protagonista es muy malo y le hace sombra.
Yo creo que ser protagonista de la propia historia es duro, difícil y requiere mucha paciencia y trabajo. Hay que repetir escenas una y otra vez hasta que salen bien. Hay que romperse brazos y piernas en las tomas arriesgadas, y llevarse más de un "mamporro" en las peleas. Hay que llorar en los momentos en que uno pierde la batalla, cuando se aleja el ser querido, cuando cruzamos Mordor o cuando flaquean las fuerzas. Hay, como en toda buena historia que se precie, muchos momentos en los que una se siente profundamente sola y perdida. Pero eso hace precisamente a esa historia merecedora de ser leída, de ser interpretada, de ser vivida. Y si bien hay momentos duros, producto de tus decisiones, los momentos dulces saben aún mejor porque son profundamente tuyos. La victoria, el tesoro, el beso se convierten en hitos inolvidables.
Hay también luchas encarnecidas con los buscadores de “castings”, que buscan ocupar tu papel; y con los actores secundarios, que llegan a ofrecerte "el oro y el moro" para que seas el protagonista de sus historias. Pero yo  lo tengo claro:
 “And the Oscar goes to”…… ME.

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(FOTO: Alfombra roja en la calle Larios de Málaga durante el anual Festival de Cine de esta ciudad)

lunes, 30 de enero de 2017

Bajar de los altares

La adulación es muy mala para la salud. Especialmente para la mental. Surgen serias contraindicaciones, como en los prospectos de los medicamentos, cuando compartes públicamente tus vivencias como familia. Una de las peores es la idealización, la beatificación o la subida a los altares. Recibimos mensajes cariñosos que no paran de ponernos "por las nubes": "¡Cómo me gustaría vivir la vida como vosotros!" "¡Qué envidia!" "Si a nosotros nos fuera tan bien como a vosotros..." "¡Qué bien os va!", etc, etc, etc... Sentimos decepcionaros, pero precisamente si algo caracteriza nuestra búsqueda, nuestro compartir y nuestra apuesta es precisamente lo contrario. Creemos que para apostar por otro mundo, por otro tipo de vida, no necesariamente hace falta tirarse al monte. No hace falta recluirse en una cueva a meditar. No es preciso ser un santo ni dar lecciones a nadie. Se puede ser parte de ese camino, que quizás no tenga meta, incurriendo en multitud de incoherencias, viviendo en la vida que te ha tocado vivir, sufriendo continuas recaídas en tus defectos y en etapas que considerabas ya superadas. Siendo una familia normal que vive una vida normal. ¡Justo de eso va nuestra historia! Aunque muchos nos idealicen. Una familia que tiene sus discusiones como todas.
Que vive sus agobios como todas. Que va corriendo todo el día para arriba y para abajo como tantas. Pero que a pesar de todo eso, sabe que hay otra forma de vivir, y no va a renunciar a que eso forme parte de su camino. A veces dando pequeños pasos en cuestiones cotidianas: la alimentación, los desconocidos que no forman parte de nuestros círculos, el contacto con gente que vive dedicada al prójimo o a la contemplación (a ver si se nos "pega" algo...). A veces tomando decisiones sobre nuestro consumo o sobre el dinero en casa. Y a veces simplemente abriendo las ventanas para que otros vean nuestros aciertos y nuestros platos rotos, y con eso simplemente, nos podamos ayudar en el camino que tenemos decidido vivir.
Hace dos días me llamó una buena amiga para comentarme una cuestión sin importancia de un fichero que convendría quitar de internet. Había tenido una semana horrorosa. El lumbago daba sus últimos coletazos. Mi mujer acababa de caer con gripe. Las gestiones caseras se multiplicaban sin tener manos suficientes para todo. Cogí al primer "chivo expiatorio" que me pilló a mano, en este caso mi amiga al teléfono, y le solté "sapos y culebras". Lo que me preguntaba apenas tenía importancia, pero en mi agobio interno me pareció tan absurdo, que resulté seco, abrupto, cortante y maleducado. Me sentí fatal cuando le colgué. Y ayer quise disculparme con ella. Por desgracia, cuando tienes tantos frentes abiertos no eres capaz de mantener el equilibrio. Y a mí me sucede con más frecuencia de la que debería. A veces cualquier olvido de los niños, cualquier pequeña norma casera incumplida, o a veces cualquier comentario sin intención alguna, reaviva mis conflictos interiores, mis susceptibilidades desbocadas, mi necesidad de sentirme válido o simplemente mi ego. Y la fiera sale fuera.
Ayer me llamaron a capítulo. Cuando te dicen "tenemos que hablar" y te llevan a la habitación que usamos en casa para la meditación, ya te imaginas de qué va la cosa. Y reconozco que me resistí "como gato panza arriba". A pesar de que quien me llamaba al orden es mi compañera de camino de toda la vida (y probablemente de otras vidas anteriores), al ego no le suele hacer mucha gracia que le den un toque. Pero viene bien. Más que bien. Porque el camino es largo y las distracciones muchas. Porque esto no va de seguidores o de metas alcanzadas, sino de las pequeñas victorias diarias frente a nuestros defectos, frente a nuestras faltas al prójimo, frente al desequilibrio personal o familiar, frente a los pequeños traumas o paranoias que todos traemos de serie desde pequeños. Por eso es importante este compartir. Porque poniendo sobre la mesa que eres susceptible o que saltas más de la cuenta, adquieres un compromiso mayor por velar por esos desequilibrios que el que más o el que menos tiene muy guardaditos entre tantas capas de persona adulta y responsable. Por eso doy gracias por esas llamadas a capítulo de quienes me quieren. Por eso doy gracias por tener una compañera de viaje que es una maestra única de la asignatura más difícil: la vida. Y por eso es importante que nos bajen de los altares, y que compartamos entre todos el peso de las mochilas en este bello camino por un mundo diferente.

(FOTO: un precioso altar de un templo budista, a 10 minutitos de casa)


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(y seguimos...)

miércoles, 25 de enero de 2017

Te doy si me das

Cuando hace un año salimos en un reportaje en Televisión Española, hubo algo que nos sorprendió más que nada. Durante toda la semana anterior a su emisión, y en distintas cadenas, bombardearon a la audiencia con un avance  en cuyos primeros 10 segundos se nos veía como reclamo para ver el programa  ¡como familia que daba a cambio de NADA! Y cuando el programa se emitió, de sus distintos reportajes, dejaron el nuestro para lo último como "traca final" Tanto ese avance como el dejarnos para el final del programa suele ser un mecanismo para captar audiencia y conseguir la mayor atención posible, en este caso sacando a la palestra a unos bichos raros, una especie quizás en extinción: ¡dar aparentemente sin contraprestación alguna! Algo tan estrambótico que no te lo podías perder, querido televidente.
Vivimos en el mundo del "te doy si tú me das". Ni un dedo movemos si no tenemos la certeza de que algo vamos a obtener a cambio, sea ahora o en un futuro más o menos cierto. Y nos han inculcado desde pequeños que sólo progresaremos si vamos "a lo nuestro " contra viento y marea. Es el gran chip de la modernidad que tenemos implantado en nuestro cerebro: todo funciona mágicamente porque gracias a una "mano invisible" (la de Adam Smith) la lucha por nuestros intereses individuales conduce a un equilibrio económico en el que los ciudadanos maximizamos nuestro consumo y las empresas sus ventas. No nos interesa ahora entrar en análisis económicos. Sí en la experiencia humana que hay detrás de ese planteamiento..
Nuestro reportaje fue visto por millones de personas, convocadas ante ese reclamo: ¿Dar sin nada a cambio? ¿Duros a 4 pesetas? ¿Chollos gratis? En el fondo nos atrae lo diferente. Y curiosear por la mirilla de la puerta las rarezas ajenas es un gran deporte. Pero por fortuna, no es tan raro. Cada vez hay más personas que actúan no por contraprestación, sino por gratitud y por trabar relaciones con el prójimo. O Couso  acoge a gente bajo esa premisa y bajo el "deja lo que puedas, coge lo que necesites". La Casa de Acogida de Alozaina  actúa bajo similar esquema. Zsuzsi y Peter nos mimaron  hace unos días en Viena por pura gratitud, generosidad y ansia de estrechar lazos con nosotros. Nuestra amiga Ilse está recorriendo 1.000 kilómetros descalza con su hija a cuestas  para concienciar sobre los niños de Kenya. Y podríamos dar infinidad de ejemplos, cada vez más cercanos, de esa actitud de dar sin esperar nada a cambio que, sinceramente, es lo que creemos que verdaderamente nos caracteriza como seres humanos.
Se están produciendo pasos en la buena dirección, por ejemplo en la economía colaborativa. Pero aún falta bastante para el giro definitivo. Es cierto que ya no hace falta tener un apartamento o contratar un hotel para irte a la playa: hay gente que te presta su casa. Ya no hace falta tener coche para viajar: hay gente que comparte el suyo y te puede llevar. No hace falta "tener" para "disfrutar": está emergiendo el "compartir". Sin embargo, mientras ese compartir siga bajo el paradigma o las normas de la contraprestación y del mero intercambio, aún nos faltará subir un escalón como especie. Hace un par de años me dejaron en tierra en un Blablacar, aunque había cerrado la reserva, porque al conductor le interesó más otra oferta de traslado. Yo tenía coche y realmente lo hacía por conocer a gente y ahorrar contaminación. Pero su respuesta me dejó helado: "la pela es la pela". Compartía su coche, sí, pero su esquema mental seguía poniendo en el centro al dinero y no a la relación entre las personas. Las formas eran distintas. Compartía su coche. Pero el centro seguía siendo el mismo: el maximizar sus intereses como fuera, y a costa de quien fuera.
Por eso nosotros hemos decidido adentrarnos en esa selva de lo desconocido y minimizar la dinámica de la contraprestación y del "por el interés te quiero, Andrés". Y sinceramente, no creemos que sea tan complicado. Cada vez que podemos lo probamos, nos lanzamos al vacío, y casi siempre la realidad nos hechiza. Cuando tenemos que arrendar un piso, no buscamos un inquilino al que cobrar una renta alta y que no dé problemas. Buscamos un amigo en el que confiar, alguien en quien delegar las decisiones del piso como si fuera suyo propio, y de paso le reducimos el alquiler como muestra de esa confianza. El resultado es que hasta ahora nunca hemos tenido problemas a pesar de las obras, reformas e incidencias que siempre surgen en un alquiler. Confianza total y en la distancia. Quizás podríamos haber ganado más dinero con esos alquileres , y no nos han faltado ofertas más cuantiosas. Pero preferimos ganar amigos y tranquilidad. O incluso colaborar con causas solidarias renunciando al alquiler, ya que, ¿hasta qué punto lo que tenemos realmente es nuestro? Y lo mismo hemos procurado con las chicas que con el paso del tiempo nos han ayudado unas horas en casa con la limpieza. No son personas de segunda. Son parte esencial de nuestra vida; amigas ante las que mostramos nuestra gratitud; con las que intercambiamos confidencias. Y nunca hemos escatimado con ellas una subida de sueldo, porque cuando se plantea desde la cercanía siempre es justo y necesario. Nadie se aprovecha de nadie. Nadie trata de conseguir "chollos" ni de compararse con lo que hacen otros. No hay trampas. No hay cartón. No hay trucos para ganar una partida. Hay relación y gratitud recíproca. 
Estamos convencidos que las relaciones diarias con los vecinos, con la cajera del supermercado, o con los compañeros del trabajo pueden ser un motivo para hacernos la pregunta de si actuamos buscando una contraprestación con esas personas o si lo hacemos por el puro placer de cultivar esas relaciones, y entrar en el bellísimo juego de las gratitudes. Y lejos de que los tiempos nos lleven cada vez más a separarnos y a aislarnos del otro, creemos que surgen formas antes inimaginables de encontrarnos con el otro, con el prójimo. La tecnología lo posibilita, sin duda. Pero ya depende de qué actitud queramos tener nosotros. Por ejemplo, los artistas, creadores y poetas pueden vivir ya directamente de sus seguidores con Patreon y otras plataformas, invirtiendo en la esencia de su arte en lugar de venderse a los criterios mercantilistas de una gran multinacional intermediaria. ¿Qué mejor que desarrollar tus dones y talentos y que quienes los disfrutan aporten un granito de arena para que puedas vivir de ello? Un gran avance, sin duda. Pero incluso ahí es importante estar atentos, y aunque las formas sean distintas (vivir del contacto directo de quienes aprecian tu arte) es crucial que el fondo también lo sea (que el dinero no sea el motor exclusivo). Es crucial pasar de unas vidas que giren en torno al dinero, a pasar a unas vidas que giren en torno a las relaciones personales y a la gratitud entre los seres humanos. Y eso choca. Y seguirá chocando mucho. Porque no basta con empezar a usar la economía colaborativa. No basta con escribir, dibujar o actuar directamente para tus seguidores a través de Patreon. Debemos plantearnos "cómo" lo hacemos. Si lo hacemos por contraprestación (te doy sólo si tú me das) o lo hacemos por la relación y la gratitud . 
En nuestro caso muchos nos preguntan por nuestra opción, quizás radical, aquí. "Si os sigue tanta gente con lo que escribís en vuestro blog, ¿por qué no cobrar por ello, por ejemplo, en Patreon, como tantos otros escritores?" Es cierto que quizás sería una forma de complementar nuestros sueldos. De darse algún capricho con los niños, o pensar en su futuro. De verse recompensados por el tiempo dedicado. O de dedicar ese dinero a causas solidarias. Y lo mismo podríamos haber hecho con las ventas de nuestro libro, en lugar de haber renunciado a todos los ingresos de su venta en favor de tres ONGs. Nuestra respuesta es clara. La economía colaborativa, Patreon y otras muchísimas iniciativas que están surgiendo son, sin duda, un gran paso en la buena dirección. Pero creemos que hay que llegar más allá. No basta sólo con pasar de "poseer" a "compartir". No basta sólo con evitarnos intermediarios. Al menos en nuestro caso, si nuestras vivencias compartidas hasta ahora eran un regalo para otros, una ofrenda desinteresada, un puente hacia un mundo diferente para vivir y una vía de contagio a través de nuestra escritura, ¿cómo podríamos ahora condicionarlo por un par de monedas al mes, por muy loable que fuera el destino de ese dinero? Estaríamos siendo incoherentes con lo que nos movió a iniciar este camino. Perdería parte de su esencia porque sólo podría leerlo quien pagara por ello. ¡Aunque sea algo tan ridículo como lo que cuesta un café al mes! Se generaría una dinámica de exigencia por nuestros lectores y una búsqueda de maximizar el retorno de lo que hubieran pagado. E incluso si ese dinero fuera para causas solidarias, nuestras palabras irían en cierto modo contaminadas por la dinámica mercantil del intercambio. "Yo te doy, si tú me das". "Si no me pagas, no me lees". ¡Bastantes cómplices maravillosos y experiencias increíbles estamos viviendo en este camino como para encima cobrar por ello! Lo sentimos, pero no, no y no. Por ello, no cobramos en nuestro Patreon  por lo que escribimos, y lo publicamos en abierto. Por ello huimos de la contraprestación como de la peste. Por ello estamos obsesionados por centrarlo todo en las relaciones humanas y en la gratitud. Y por ello, queridos amigos, queremos que si queréis colaborar en las causas solidarias de nuestro Patreon  lo hagáis porque os lo dicta el corazón, porque os mueve apostar por ese mundo diferente para vivir, y como manifestación de una gratitud que os brota de dentro por lo que escribimos o por la ventana que a través de nosotros se os pueda abrir. Pero no por puro intercambio. ¡Que de eso ya tenemos bastante en este mundo! Y si así lo decidís, hemos querido también mostraros nosotros nuestra gratitud por ello, compartiendo a quienes os adentráis en esa aventura, partes de nuestra vida más allá de la escritura, y que nunca nos habríamos planteado de otra forma: nuestros cuentos infantiles creados para nuestros hijos, vídeos de vivencias caseras, de charlas que damos , de bromas en casa , recetas sanas como huevos rotos con chorizo vegano  o los donuts caseros , o remedios caseros como nuestra pasta de dientes sin químicos , nuestros posts en francés  o en inglés , entre otras muchas cosas que seguiremos lanzando. Evidentemente, lo mucho o lo poco que con ello generemos va directamente para las ONGs que entre todos decidamos. Pero no condicionamos la relación con quienes nos siguen a que nos paguen algo, aunque sea con un fin solidario. ¿Que eso supone que recaudamos poco para esos fines o que esto vaya muy lento para esas ONGs? Puede ser. Por ahora apenas son 35€ al mes. Pero esto no va de prisas, ni de resultados económicos. Ni siquiera de contraprestaciones en forma de palmaditas en la espalda o reconocimiento público, que no hace sino engordar el ego. Va de corazón, corazón y más corazón. Y ahí no hay atajos ni medias tintas. Ya lo vivimos cuando a pesar de infinidad de dudas y caras de incredulidad impulsamos el crowdfunding para un deshidratador solar  para la Casa de Acogida de Alozaina que hoy es ya una realidad; cuando impulsamos la Revolución de la Tostada  apelando sólo y exclusivamente a la conciencia de cada uno y logramos triplicar los resultados económicos; cuando euro a euro al mes a través de Teaming estamos construyendo cabañas y aseos en proyecto O Couso o por crowdfunding reconstruimos parte de su tejado; o cuando logramos en sólo cinco días una cantidad récord para los refugiados de Lesbos. Y también lo hemos vivido en otros intentos que han fracasado en resultado, pero han sido un triunfo en lo personal, en las relaciones trabadas y en los aprendizajes de vida. Esto no va de metas. Va de caminos recorridos, y de compañeros de viaje.
Permitidnos un consejo. Conjugad el verbo DAR por doquier y en todas sus causas y consecuencias:

Da porque estás agradecido/a.

Da porque la vida te dio antes a ti.

Da porque nada realmente te pertenece.

Da porque el desapego te hace libre.

Da porque cuanto mas das, la vida más te devuelve.

Da porque con ello haces espacio para que entre más vida en ti.

Da porque con ello pasamos del "tú y yo" al "nosotros".

Da porque no buscas que te dé, sino que me buscas a mí.

Da porque quieres ser mi amigo/a.

Da por el simple placer embriagador de dar.

Da por sentirte libre y sin ataduras.

Da porque me quieres


(Foto: Un día cualquiera en una calle de Málaga. Buscando cómplices en la aparentemente solitaria Avenida del "Dar sin esperar nada a cambio")

viernes, 20 de enero de 2017

Lumbalgia

La sucesión de días nos crea una ilusión de eternidad. Este viernes no difiere mucho de viernes pasado y quizás no mucho del próximo. Este invierno se parece mucho al anterior. Y cada día de trabajo es casi idéntico a los demás. Sin embargo la vida pasa casi imperceptible. Probablemente son los niños los que más nos confrontan con esa realidad. Un día les cambia la voz. O te superan de repente en altura. O deciden que ir a los columpios ya es de niños pequeños. Igual que meterse en la cama de los padres. Tú te ves, quizás, igual. Pero la vida pasa. ¡Y vaya que si pasa!
Ese efecto del paso del tiempo lo vivimos por la observación y la comparación. Pero es realmente nuestro cuerpo físico el que tarde o temprano te confronta con nuestra vulnerabilidad y limitaciones.
Y cuando compruebas lo indefenso que estás ante el más mínimo achaque, no puedes evitar caer en la cuenta de cuánta razón tenía Borges cuando dijo aquello de que "siempre" es una palabra que no está permitida a los hombres.
Esta semana me ha tocado comprobarlo en mis carnes. No sé si fue un mal movimiento, un rato en el que hice algo de ejercicio, la sesión de limpieza de las terrazas o que simplemente el cuerpo me tenía que dar un aviso, de lo que sea que tengo que aprender. Pero lo cierto es que esta semana me ha tocado sufrir un lumbago superlativo. De esos que te dejan inmóvil rabiando de dolor simplemente cuando te acercas a lavarte las manos en el lavabo o a sacar los pies del coche. Que situaciones tan cotidianas de tu día a día se conviertan en verdaderos castigos, te hace recapacitar. Te anima a hacerte muy consciente de cada paso, de cada movimiento y de cada instante, en una especie de liturgia a la que nuestras prisas diarias no están acostumbradas, por desgracia. Y aunque sea por puro dolor, pones todos los sentidos en el presente. Verte tan dependiente de quienes te rodean para acercarte un vaso, para hacerte un masaje, o para suplirte en las tareas caseras más básicas, te genera una mezcla de sensaciones: un profundo agradecimiento por estar rodeado de seres que te quieren y te cuidan; un recuerdo de tantas y tantas personas que sufren la enfermedad, la dependencia, el dolor...; y una llamada de atención frente a esa llamada inescrutable del paso del tiempo. Quizás sea buen momento para recordar a William Blake cuando decía lo de: "La eternidad está enamorada de las creaciones del tiempo". Quizás toque afanarnos aún más en esas creaciones del tiempo. Quizás debamos vivir con más autenticidad cada minuto. Quizás debamos recordar de vez en cuando que no somos eternos. Aunque sólo sea por si acaso esto tuviera fin.

NOTA: Este contenido, como todo lo que compartimos, no tiene ningún afán de lucro para nosotros, sus autores. ¡Bastante premio estamos teniendo con los aprendizajes y con las personas que estamos conociendo por el camino! Sin embargo nos encantaría que nuestras creaciones (escritos, vídeos, audios, recetas, remedios caseros, etc) acaben beneficiando ese "mundo mejor" a través de entidades solidarias que apuestan por él. Por eso, algunos de esos contenidos los subimos a nuestra página en Patreon (https://www.patreon.com/familiade3hijos) para disfrute de quienes estáis colaborando en esos proyectos solidarios, aunque sea con 1 simple euro al mes. Basta con pulsar en el botón rojo de "Become a patron". ¿Queréis ser nuestros cómplices, aunque sea con algo simbólico? ¡¡GRACIAS!!

miércoles, 11 de enero de 2017

Pantuflas de bienvenida

Descubrir Viena por primera vez en Navidades es algo mágico. Aunque no tuvimos nieve, sus mercadillos navideños, el ambiente de las calles, y los coches de caballos con sus cocheros ataviados como en el siglo XIX te trasladan a otra época. Meterte en uno de sus míticas cafeterías a degustar un café con un pastel cuando fuera hay seis grado bajo cero tiene un encanto especial. Y si a eso le unes lo muchísimo que disfrutamos de la música a un precio irrisorio, el plan vienés nos salió de lujo. Asistir a un ballet en la Ópera Estatal de Viena con entradas de pie, disfrutar de Strauss en el Koncerthaus de la Filarmónica, y escuchar las Vísperas de la Catedral de San Bernardo con orquesta, coro y su órgano centenario es algo excepcional. También lo es conocer los Palacios de Hofburg, Belvedere y Schönbrunn, y la historia de la Emperatriz Sisí in situ. Está claro que, a veces, cuanto menos se planifican las cosas, y más te dejas llevar por las circunstancias, mejor salen los planes. Aferrarse a una planificación genera rigideces que a veces convierten una escapada en una frustración. Y nuestro plan fue tan inesperado que el resultado ha hecho de este viaje uno de los más especiales de nuestra vida.
Sin embargo, debo reconocer que cada vez valoro más otro tipo de cosas cuando recorremos mundo. Y de esas tuvimos todavía más en nuestra aventura austríaca. Están bien los monumentos, los parques y los atractivos turísticos, pero reconozco que todo eso sin el contacto humano sabe a poco. Por eso lo de Viena fue aún más especial. Todo cuadró de tal manera que resultó alucinante.
El avión, el tren y el metro fueron tan puntuales que ni nos lo creíamos. Llamamos a la puerta de la señora Rumpf, y con una sonrisa enorme y un inglés muy "chapurreado", nos dio las llaves del apartamento de Zsuzsi y Peter, tras su mágica invitación. Subíamos con una sensación extraña: como esa que uno tenía de pequeño al abrir la puerta del salón en la mañana de Reyes: deseando encontrarte un montón de paquetes envueltos con papel de regalo, pero con el sustillo de poder cruzarte con sus majestades en plena faena. Abrimos la puerta y aunque nuestros amigos no estaban, impregnaron de su presencia nuestra llegada. Habían dejado dos pares de alpargatas con un gran corazón dibujado y un enorme "Welcome" escrito dentro. En España, cuando llego a casa, siempre me quito los zapatos y me calzo mis pantuflas. Es un ritual que me introduce en el calor del hogar. Y que nuestros amigos hubieran tenido ese detalle como gesto para que nos sintiéramos como en casa, me pareció de una hospitalidad entrañable. Pero ahí no quedó todo: se habían dedicado a ponernos post-its por toda la casa para que usáramos todos los ingredientes y productos que necesitáramos sin miedo a que su etiqueta en alemán nos disuadiera. Y habían llenado el frigorífico y la encimera para que no desfalleciéramos durante esos días navideños de tiendas cerradas. Todo dispuesto para pasar unos preciosos días "de novios", que tuvieron su colofón cuando pudimos disfrutar de la compañía de nuestros anfitriones los dos últimos días, e incluso nos hicieron una visita guiada y personalizada a la ONU, donde trabaja Peter. Es curioso cómo las almas hospitalarias y generosas atraen el cariño. Imagino que Zsuzsi y Peter lo tienen a raudales. Ahora tratamos de "picarles" por whatsapp con fotos de nuestra Navidad veraniega,  a ver si conseguimos animarles para que vuelvan a visitarnos. La hospitalidad resulta contagiosa.
Como imagen de estos días me quedo con la de la cena de Nochebuena. Fue tan sencilla como idílica y romántica: una mesita en la cocina con un mantel navideño, una lamparita de 7 velas, una sopa de patatas y zanahorias recién hecha, y una ensaladita de tomates cherries. Todo ello vivido en Skype a tres bandas entre Londres, Wyoming y Viena. Nunca tuve la sensación de estar tan cerca de mis hijos estando tan lejos. Nunca una cena en pareja fue tan familiar y multitudinaria. Nunca los ausentes se hicieron tan presentes. Será que el amor poco tiene que ver con la distancia medida en kilómetros.


NOTA: Este contenido, como todo lo que compartimos, no tiene ningún afán de lucro para nosotros, sus autores. ¡Bastante premio estamos teniendo con los aprendizajes y con las personas que estamos conociendo por el camino! Sin embargo nos encantaría que nuestras creaciones (escritos, vídeos, audios, recetas, remedios caseros, etc) acaben beneficiando ese "mundo mejor" a través de entidades solidarias que apuestan por él. Por eso, algunos de esos contenidos los subimos a nuestra página en Patreon (https://www.patreon.com/familiade3hijos) para disfrute de quienes estáis colaborando en esos proyectos solidarios, aunque sea con 1 simple euro al mes. Basta con pulsar en el botón rojo de "Become a patron". ¿Queréis ser nuestros cómplices, aunque sea con algo simbólico? ¡¡GRACIAS!!

lunes, 9 de enero de 2017

El cuento de la gota Plof

Los Reyes, a través de su nuestra querida amiga Mari Ángeles Salguero, nos han regalado la voz y la música para uno de nuestros posts, un precioso cuento que escribió Mey hace ya algunos meses. Nos ha emocionado tanto que hemos querido compartirlo también por aquí. Feliz semana.


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viernes, 23 de diciembre de 2016

La magia que nos une

Al llegar a casa abrí el buzón, como todos los días. Esperaba publicidad, como todos los días. Pero ese día había magia, y ni me lo olí. Quizás haya que buscarla más en los actos cotidianos. Saqué un sobre que venía de lejos, a juzgar por los sellos y el tipo de papel. No reconocí la letra. Ni el remitente. Ni siquiera el país de procedencia. Pensé que se habrían equivocado. Pero no, nuestras señas eran correctas. Dentro había una bella felicitación navideña escrita en inglés y un cariñoso dibujito hecho a mano. Entonces caí. Eran Zsuzsi y Peter, la pareja de húngaros a los que acogimos en casa unos pocos días del mes de mayo. Nos felicitaban las fiestas y nos enviaban un dibujo para Eva que, dependiendo del giro que se le diese, mostraba distintas figuras. Entrañable.
Nos apresuramos a enviarles un mensaje de agradecimiento y de felicitación. Les contamos nuestras novedades y la aventura americana de Pablo. Y de repente nos planteó una insensatez. "Nosotros nos vamos a Hungría: si os animáis, os dejamos nuestra casa de Viena para vosotros solitos". Lo decían tan de corazón, y era tal la locura, que la aceptamos sin pestañear. Miramos vuelos baratos y en media hora estaba montado nuestro pequeño viaje de ensueño. Nos dejarían la llave con la señora Rumpf del 3º, y ya nos adelantaban la clave de la wifi para contactar con la familia nada más llegar. Todo cuadró a la perfección. Mágico. Quizás les impactó nuestra hospitalidad de hace unos meses. Quizás son así de generosos. Pero en cualquier caso, mágico.
También fue mágico el ofrecimiento de Koldo de hace una semana. Le pregunté por unas bellas fotos de su facebook, y me contestó con una oferta para quedarnos en su casa en Galicia, muy cerca de la Ruta de los Faros, o acompañarle en un hermoso retiro en Navarra. Se siente profundamente agradecido de cuando colaboramos en su Foro Espiritual para fomentar el diálogo entre religiones. No debería, porque lo hicimos encantados. Pero así son las cosas de la gratitud de corazón. En su caso no pudimos cuadrar fechas y desplazamientos. Pero quizás es lo de menos. Saboreamos su hospitalidad, el precioso entorno que nos ofrecía, e incluso la posibilidad de conocernos. Es curioso: lo considero ya buen amigo, y ni nos conocemos en persona. Cosas de la magia. Lo de conocernos habrá que subsanarlo en breve.
Ayer me saltó una notificación rara en el móvil. No es de los sonidos que tengo identificados. Se trataba de Celia, otra chica a la que no conocemos tampoco, pero que nos tiene mucho cariño a través de lo que nos lee. Con ese tintineo en el móvil acababa de iniciar una generosa aportación mensual a la Casa de Acogida de Alozaina en nuestro Patreon. No sabe si podrá mantenerla mucho tiempo. Pero quiere seguirnos no sólo en lo de escribimos en abierto en nuestro blog, sino en todo lo que ya compartimos por ahí (vídeos, recetas, locuras...),  y con ello apoyar proyectos solidarios. Mágico también. Como lo será el café que compartamos para conocernos.
Y ayer justo Agustín me pidió amistad a través de facebook. Nos conoce a través de O Couso, y su mensaje no podía ser más afable. Quizás por lo que nos haya leído o quizás por las referencias "ocosuseras", siempre benévolas y generosas. Le he aceptado de inmediato, y de inmediato me ha devuelto una oferta formal para visitarle por Valencia, con camas y todo para los niños. Encantador. Mágico. Él también tiene ya casa en Málaga.
¿Qué por qué cuento todo esto? El año pasado, por Navidad, compartimos un cuento inventado cargado de situaciones reales que fui recopilando durante meses. En estas fechas las personas parecen más receptivas hacia la magia, hacia la fraternidad, hacia la solidaridad... Hacia ese niño interior que todos tenemos dentro y al que quizás debamos mimar más. Hacia aquellos refugiados buscando posada y que acabaron en un establo de animales. ¿Por qué estamos más abiertos ahora? Quizás sea por las luces de las calles. Quizás por los villancicos que suenan de fondo. Quizás por los señores regordetes y de rojo que inundan los escaparates. O quizás porque las muñecas de famosa se dirigen al portal. Lo cierto es que parece buen momento para compartir que la magia nos rodea, y que sólo hay que dedicarle tiempo abriéndole las puertas. Sería "la leche" que ese sentimiento durase 365 días. A fin de cuentas ésa es nuestra verdadera esencia. Y por eso hoy hemos querido compartir cuatro ejemplos cercanos y recientes de esa magia que nos rodea. Nosotros cada vez somos menos de "gordos" de la lotería, de muñecas de famosa o de "cenorrios" navideños. Y cada vez más de esa magia compartida, de puertas abiertas al desconocido, y de ventanas de par en par dejando correr la brisa de la generosidad. la gratitud y la diversidad. Mañana cogeremos un vuelo para Viena, y nos encontraremos un frigorífico lleno. Cierran las tiendas durante estos días en Austria, y Zsuzsi quiere mimarnos. Será cosa de la Navidad. ¿O quizás no?


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martes, 13 de diciembre de 2016

Ángeles con los pies en la tierra

Hay encuentros que te cambian la vida. El nuestro de este pasado sábado es uno de esos. Nos pilló de improviso y nos desarmó por entero.
Antonio fue policía durante más de treinta años. Fue una persona normal, con una vida normal. No sabemos bien cómo se cayó del caballo, pero se cayó. ¡Y de qué forma! Un día se dio cuenta que tenía una misión en la vida. Es curioso, porque todos tenemos una, a pesar de nuestras vidas "normales". Quizás esa vida "normal" nos ciega de nuestra misión. Pero él la asumió. Y "sin medias tintas". Y empezó a preparar comidas en su propia casa para los indigentes y los "sin techo" que veía por las calles. Al principio 30 raciones, luego 70, más tarde 100...Y así fue creciendo y creciendo la cosa. También los voluntarios que se unían a una causa de locos en un mundo insensibilizado. Dar de comer al hambriento. ¡Menudas cosas tiene la gente!
Quizás lo más duro para él fue actuar "sin medias tintas". Amar al prójimo así cuesta mucho. Es más fácil pedirle papeles, ponerle fronteras, o encasillarlo en cupos. Antonio no estaba dispuesto a ello. Y ello le valió la indiferencia y la oposición de instituciones y poderes de todo pelaje, incluidos los religiosos y solidarios. También la incomprensión de familiares y amigos. Es curioso: a Jesucristo le sucedió lo mismo hace dos mil años. Y Antonio tuvo que repartir sus comidas a la intemperie durante años en una caseta  de obra donde se hacinaban cientos de personas todos los días en colas interminables, lloviera, hiciera frío o un calor sofocante.
Hace unos meses, y gracias a su locura contagiosa, consiguió un local a pocos metros de aquella caseta de obra. Las donaciones privadas y la abnegación de muchos obró el milagro. A la inauguración asistieron las instituciones que poco o nada le han ayudado. Y ahora se reparten allí miles de comidas todos los días.
Conocimos a Antonio por esas bellas caUsalidades de la vida. Mis abuelos tenían un piso muy antiguo precisamente sobre el nuevo comedor social, y habíamos quedado porque habían intentando entrar en él los okupas. Y lo que iba a ser una conversación sobre el sector inmobiliario, derivó hacia lo humano y lo divino. Esa divinidad que habita en cada uno de nosotros, y que Antonio sintió con una fuerza enorme y llevó hasta el extremo. Sin medias tintas.
A pesar de su historia de años, Antonio sigue a lo suyo: cuidando la dignidad del que se acerca a pedirle un plato de comida. Y por eso no le pide explicaciones a nadie. Y por eso ha creado un comedor social que parece un restaurante normal. Y por eso rechazó sillas de plástico de publicidad, y quiso sillas de madera, como en cualquier casa. Eso sí: con el nombre puesto del que donó cada una.
Probablemente empecemos a colaborar con estos locos que se hacen llamar los Ángeles Malagueños de la Noche. Aunque ya el nombre se les ha quedado pequeño. Son decenas de nacionalidades y atienden las veinticuatro horas. También hemos decidido cederles el piso durante un tiempo, para que puedan hospedarse en él voluntarios y personas que hoy viven en la calle. Alguno pensará que es una locura y que podríamos sacar una buena renta por un piso en pleno centro de Málaga. Quizás sea cierto. Pero estos ángeles reparten ya cerca de un millón de raciones todos los años a gente sin recursos. Probablemente sean un ejemplo único a nivel mundial. Probablemente nos hemos topado con gente única que se ha creído de verdad que amar es urgente. ¿Vamos a andarnos con medias tintas?


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jueves, 1 de diciembre de 2016

Martina

No conocíamos su cara. Ni su olor. Ni la suavidad de su piel. Pero ya era probablemente el ser más querido y deseado de la Tierra. Aunque no lo recuerde, tuvo que luchar lo suyo para llegar a su familia. Sus padres si lo recuerdan, porque también les tocó luchar. Pero desde el lunes, ya se les ha olvidado. Es lo que pasa con los milagros: todo se da por bien empleado cuando despliegan su magia.
Ayer conocimos su cara, su olor y la tersura de su piel. No somos familia de sangre, pero la sentimos ya como parte de nosotros también. Fuimos testigos de los maravillosos agobios de unos padres en rodaje, y de los consejos contradictorios de amigos y familiares. Benditos agobios. Benditas contradicciones.

Cuando te encuentras ante un ser tan indefenso, y a la vez tan adorable, no puedes evitar sentir una conexión brutal con el verdadero sentido de la vida y de la existencia. Un sentido que pasa por lo pequeño, por lo sutil, por lo sencillo, por lo frágil... Y no puedes evitar reír a carcajadas, aunque sea interiormente, pensando las de veces que te has preocupado por "el qué dirán", por el color a juego de unas cortinas, o por quedar mejor o peor en el trabajo. Todo se relativiza, y la VIDA toma el escenario. Probablemente ése sea el gran misterio de la Navidad: el Universo, Dios, o como queramos llamarlo, se convierte en pura fragilidad en el cuerpecito de un bebé. Y una catarata de sentido común te zarandea, llamándote a nacer de nuevo. Y es entonces cuando te das cuenta de que esta vida va de nacer de nuevo. Y que no hace falta hacer nada para merecer nada. Nacer. No-hacer.

El padre de Martina seguirá sin dormir por las noches, aunque quizás lo hará con buenas razones para ello. Probablemente se sorprenderá a sí mismo absorto mirando por la ventana, o susurrándole a un ser que ni le puede entender. Quizás decida cuidarse más por ella. Y la madre se verá inundada de lágrimas con más frecuencia de las que quiera reconocer. Quizás por gratitud. Quizás por poder rozar el paraíso teniendo en brazos a su Martina.
Bienvenidos a la profesión más difícil del mundo. Bienvenidos a la aventura de ser padres sin manual de instrucciones. Bienvenidos a la relativización de lo que antes era vital. Bienvenidos al centro de la VIDA.


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sábado, 26 de noviembre de 2016

Populistas y mediopensionistas

Desde que estamos en el "mundo de la farándula" a raíz de nuestro libro, nos llaman de vez en cuando para  comentar la actualidad como tertulianos. Si no hay agobios, lo hacemos con gusto y con un punto de diversión. Hace unos días tocaba hablar de la victoria de Trump en las elecciones de EEUU, y abordé un tema peliagudo: el populismo. Pero no creo que sea tan compleja la cuestión. Realmente creo que todo es mucho más sencillo de lo que se pretende: "etiqueta y vencerás". ¿Que resulta que Trump te da miedo y Podemos te da miedo? Ponle la misma etiqueta de "populismo", y así los metes en el mismo saco: asunto resuelto. Con cuernos y rabo. Da igual que se parezcan "como un huevo a una castaña". Lo importante es que son malos, malísimos, y que hay que evitarlos como sea.
A juzgar por los numerosos comentarios en las redes sociales, mi reflexión televisiva sorprendió a muchos. Simplemente hablé de lo obvio: que los populismos no constituyen un contenido programático o político concreto; que hay populismos de todo color y pelaje, unos más defendibles y otros menos desde la perspectiva de los derechos humanos; que el populismo supone sobre todo un momento de malestar, de desafección y de manifestación de descontento de grandes capas de la población frente al "status quo", frente al "stablishment" y frente a unas instituciones que se supone que están para velar por nuestras intereses, y que sin embargo nos dan la espalda. Es lo que ha sucedido en Reino Unido con el Brexit, en Colombia con el "No" a los Acuerdos de Paz, en EEUU con Trump, y en decenas de otros lugares. Hay un descontento generalizado. Y en aguas revueltas, puede suceder de todo. Y está sucediendo de todo. Y no todo bueno, sin duda. Porque parece que tenemos que estrellarnos estrepitosamente para empezar de cero con mejor pie. En cada sitio, ese descontento se tiñe de formas políticas o programáticas distintas: xenofobia, radicalismo, ruptura, igualitarismo,... Y es ahí donde la ciudadanía tiene mucho que decir para que vaya en una u otra dirección. Pero sin duda, esos movimientos, sean del tipo que sean, generan desconcierto en los gobiernos, en las instituciones, en las élites, en los medios de comunicación y en las corporaciones que los sustentan, que ven tambalearse sus poltronas. Y es entonces cuando se descalifica esos brotes de descontento, y se les mete a todos en el mismo saco con calificativos como "demagógicos", "totalitarios" y "excluyentes", como un gran amigo me los describía hace unos días. Y es ahí cuando parece que ya no resulta tan bueno votar y que decidan las mayorías. O es ahí cuando parece que los pueblos se han vuelto locos y no se les puede poner una papeleta en las manos. Cuando todo sería tan sencillo como analizar los motivos de fondo de ese descontento y canalizarlo hacia políticas más inclusivas. Pero eso no "mola" tanto a los de arriba.
En mi pequeñísima parcela, he vivido en los 3 últimos años mi pequeña experiencia populista. No creo que se pueda poner en el curriculum, pero he aprendido de ella mucho más que algunos cursos y asignaturas universitarias. Me tocó gestionar un momento de gran descontento en mi comarca ante el ninguneo institucional y político a unas demandas justas, necesarias y sin coste en materia educativa. Por supuesto, también me tildaron de demagogo, de absolutista y de excluyente. También de "sociata", "pepero", "comunista" y "podemita". Sí, todo a la vez. Bastaba con que unos u otros pensaran que mi mensaje iba contra sus siglas. Daba igual que nos guiaran nada más que principios y no ideologías, colores, siglas o logos. Hoy casi nos llaman "héroes" algunos que nos cerraron la puerta en las narices hace muy poco. "Etiqueta y vencerás". Pero en este caso, no vencieron ellos. Vencimos nosotros, aunque las máximas autoridades vinieron a colgarse la medalla de rigor, y tuvimos que ocultar nuestra vergüenza ajena. Y vencimos con pancartas, pero también con armas institucionales: una proposición no de ley que redactamos, y que fue aprobada por unanimidad por todos los partidos políticos en un debate inédito en el Parlamento. Mi amigo me dice que eso no es pupulista, sino "sociedad civil movilizada". Y que eso sí es bueno. Me da igual que a eso se le llame populista o mediopensionista. Era nuestro momento y lo aprovechamos. Y quizás a niveles más amplios pueda suceder algo parecido. Quien quiera perder el tiempo con etiquetas, que lo haga. Nosotros "a otra cosa, mariposa".


NOTA: Este contenido, como todo lo que compartimos, no tiene ningún afán de lucro para nosotros, sus autores. ¡Bastante premio estamos teniendo con los aprendizajes y con las personas que estamos conociendo por el camino! Sin embargo nos encantaría que nuestras creaciones (escritos, vídeos, audios, recetas, remedios caseros, etc) acaben beneficiando ese "mundo mejor" a través de entidades solidarias que apuestan por él. Por eso, algunos de esos contenidos los subimos a nuestra página en Patreon (https://www.patreon.com/familiade3hijos) para disfrute de quienes estáis colaborando en esos proyectos solidarios, aunque sea con 1 simple euro al mes. Basta con pulsar en el botón rojo de "Become a patron". ¿Queréis ser nuestros cómplices, aunque sea con algo simbólico? ¡¡GRACIAS!!

domingo, 13 de noviembre de 2016

Cocina amable

Todos tenemos un pasado. Y el mío fue carnívoro. Lo reconozco. Disfrutaba con un buen filete o con un buen espeto de sardinas. E incluso hoy, hay olores de una buena carne a la parrilla que me transportan a instantes pasados, y que me siguen atrayendo. En aquellos momentos no prestaba mucha atención a lo que comía. Casi lo vivía como un trámite necesario para seguir el ritmo habitual de tareas y responsabilidades de la vida, sin la más mínima consciencia en lo que me llevaba a la boca. No me planteaba ni la cantidad, ni la calidad, ni el origen, ni las consecuencias de lo que comía. Incluso entendía que hubiera gente que viviera a base de la "fast food" o "comida basura", aunque no fuera mi caso. A fin de cuentas menos tiempo dedicaban a ese trámite necesario, pero quizás tedioso. Oía hablar de vegetarianos o veganos y me sonaban a "bichos raros" de la sociedad. Es lo que tiene ser minoría. Hoy las cosas son muy distintas. Para mí y quizás también para el papel de la comida en nuestro mundo.
Cuando Televisión Española vino a casa a grabarnos, una de las cosas que más nos llamó la atención fue el protagonismo que le dieron a nuestra alimentación. Se quedaron en el tintero otras posibles tomas de hábitos colaborativos. Pero nos dijeron que las escenas de cocina generan audiencia, y ésta manda en televisión. Y a juzgar por la cantidad de gente que nos contactó después para pedirnos la receta de las galletas o del pastel de patatas y puerros que aparecía en el reportaje, algo de eso sin duda hay. Eso nos hizo ver hasta qué punto la alimentación es un tema clave en ese "mundo diferente para vivir" que tratamos de impulsar.
Hace tiempo que queremos escribir sobre este asunto. Sin embargo, nunca encontrábamos el modo adecuado. Demasiados estereotipos. Demasiados "a favor de" y demasiados "en contra de". Demasiadas etiquetas para todo. Y cuando te etiquetan, siempre tienes a alguien enfrente, a alguien en contra. Y no apetece. Lo viví en mi piel simplemente por compartir algunos vídeos en facebook sobre documentales que me habían ayudado a cambiar de decisión sobre mis hábitos alimenticios. Automáticamente me llovieron las críticas más despiadas. Como cuando me he posicionado sobre el diálogo entorno a las plantas medicinales y a alternativas médicas menos "cientifistas". Inmediatamente fui censurado y repudiado. Pero hoy llevo despierto desde las tres de la mañana y aparte de pensar y chatear con el hijo que está a ocho horas de diferencia, sentí que era momento de hablar de esto. Sin etiquetas, sin críticas, sin ningún afán de proselitismo. Simplemente compartiendo lo que nosotros estamos viviendo.
No creo que toque ahora hablar de las razones médicas, de la sostenibilidad ambiental del actual sistema agroalimentario, o del masivo sufrimiento animal, aunque esas y otras muchas razones nos llevaran a nosotros a dar el paso. Sólo puedo decir que llevamos más de dos años en este proceso, y nos sentimos mucho mejor para todo: en agilidad física y mental, para dormir, para ir al baño... Estamos viviendo en nuestras carnes lo que supone vivir sin carne. Y siempre que se haga con cabeza y con conocimiento de las combinaciones de alimentos, no sólo es factible reducir drásticamente el sufrimiento animal, sino casi un imperativo ético y moral. Puedo afirmar que nuestra alimentación durante estos dos últimos años ha reducido el sufrimiento animal, el impacto ambiental negativo, y nos hace sentir físicamente mucho mejor. Y no opino sobre argumentos. Sólo comparto nuestra experiencia.
Incluso mis dos hijos mayores, que son algo más reacios, reconocen esos beneficios físicos, aunque echan de menos el sabor de su ración de carne, que no les negamos en ciertas ocasiones. No nos gustan los extremismos y sí el equilibrio, y forzar a algo, ya con cierta edad, puede generar el efecto contrario. Así que les informamos, les hacemos reflexionar, y no les vetamos en determinadas ocasiones. Y que ellos decidan en un futuro. Eso sí: en el día a día, no hacemos dos menús. ¡No nos daría la vida para ello! Tampoco hemos excluído la leche o la miel, aunque vamos introduciendo sustitutos ¿Que a eso le llaman flexi-vegetariano? Poco nos importa, la verdad. Si podemos elegir, tenemos claro lo que vamos a elegir. Pero si no hay posibilidad, no vamos a rechazar radicalmente un trozo de carne cocinado por un amigo o un familiar con todo el cariño, en nombre del cariño a los animales o del medio ambiente. La clave para nosotros está en el equilibrio. Y no concibo las escenas de defensa a los animales a base de dar porrazos a seres humanos, o las batallas campales para mantener tradiciones edificadas sobre el maltrato a un animal. Tampoco entiendo que tantos grupos en los que hemos estado trabajando en pro del medio ambiente, de la solidaridad y de la fraternidad no se planteen que en la mesa es también crucial mantener una coherencia en esos principios.
No nos interesa ya convencer a nadie de lo que debe o no debe comer. Cada uno vive su momento evolutivo, igual que nosotros vivimos el nuestro. Y los argumentos y las razones mentales pueden ayudar a formar una opinión, pero cambios tan profundos como en lo que se refiere a lo que te nutre a diario sólo se producen si hay algo que te toca la fibra sensible o el corazón. Nuestras razones ya las teníamos, y entonces conocimos al cocinero Kike Valero cocinando comida vegana para doscientas personas en un gran evento en la Casa de Acogida de Alozaina. Allí conocimos la tortilla sin huevo, las hamburguesas vegetales, y una infinidad de sabores y texturas que jamás imaginamos en una cocina sin carne o pescado. Y también conocimos a gente comprometida con lo que come hasta extremos que no imaginábamos. Un compromiso que llegaba hasta lo laboral, rechazando ofertas suculentas, pero incoherentes con los principios. Ya no necesitábamos argumentos para dar el paso. La cocina amable se había hecho un hueco en nuestro corazón. No esa cocina de competición o de gritos que nos ofrecen los programas de la tele, buscando sólo audiencia. Por eso hemos decidido empezar a compartir recetas entre quienes nos apoyan en Patreon y que ese compartir permita fortalecer proyectos solidarios. Kike nos ayudará en esa bella tarea. ¡Abajo las etiquetas y los argumentos en los fogones! ¡Viva la coherencia y el equilibrio en lo que nos llevamos a la boca! ¡Viva la cocina amable!


NOTA: Este contenido, como todo lo que compartimos, no tiene ningún afán de lucro para nosotros, sus autores. ¡Bastante premio estamos teniendo con los aprendizajes y con las personas que estamos conociendo por el camino! Sin embargo nos encantaría que nuestras creaciones (escritos, vídeos, audios, recetas, remedios caseros, etc) acaben beneficiando ese "mundo mejor" a través de entidades solidarias que apuestan por él. Por eso, algunos de esos contenidos los subimos a nuestra página en Patreon (https://www.patreon.com/familiade3hijos) para disfrute de quienes estáis colaborando en esos proyectos solidarios, aunque sea con 1 simple euro al mes. Basta con pulsar en el botón rojo de "Become a patron". ¿Queréis ser nuestros cómplices, aunque sea con algo simbólico? ¡¡GRACIAS!!