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lunes, 24 de abril de 2017

Episodios inmobiliarios

Fue nuestro hogar durante media vida. Al menos la media vida de nuestros tres hijos. Entre esas cuatro paredes tomaron sus primeros biberones, les cambiamos sus primeros pañales, dieron sus primeros pasos y vivieron sus primeros días de guardería y de "cole". Hubo muchas risas en esa casa. Y algún que otro lloro. Los primeros bailes en familia. Nuestros primeros jolgorios... El viernes nos despedimos de ese dúplex que tanto nos dio y con el que los cinco construimos nuestro primer hogar familiar. Al bajar sus persianas por última vez, lo hicimos con una profunda gratitud, e incluso lo verbalizamos en voz alta. Cualquiera que nos oyera pensaría que estábamos "chalados" hablándole a un piso. Pero así fue. No sentimos pena. Ni nostalgia. Ni siquiera apego. Sólo una gran gratitud de lo vivido en él. Y una sensación de paso hacia nuevas y apasionantes etapas.
Tratar de buscar un mundo diferente para vivir y una cierta coherencia en las cosas "elevadas" puede resultar bonito e incluso literario. Pero intentarlo en algo tan terrenal y material como el sector inmobiliario, puede no serlo tanto. Por eso es en esos ámbitos donde tiene más sentido "batirse el cobre" y construir utopías. Quizás porque son ámbitos donde predomina el "navajeo", el "tiburón" y el "pelotazo". ¿Acaso la solución es huir de esos ámbitos, o afrontar decisiones en ellos con otra visión y otros valores? Nos gustan los retos. Así que apostamos por esto segundo. Sin duda se tarda más. Hay que ser más paciente. El ego se resiente. Pero no le viene mal. Y el aprendizaje y el crecimiento son mayores.
Hace más de siete años que nos mudamos de Linares a Vélez-Málaga. Aquí tenemos nuestras raíces, nuestra familia y nuestro mar. Allí quedaron sobre todo buenos amigos. Pero sentíamos que, a nivel material, debíamos cerrar etapas. Intentamos vender el dúplex cuando nos fuimos. Pero la crisis inmobiliaria y la de la propia ciudad lo impidió drásticamente. Durante años apenas nadie preguntó. Nosotros estábamos tranquilos. Lo alquilamos a un alumno de Mey por un precio que, para algunos, era un auténtico "chollo" para una vivienda tan amplia. Nos daba igual. No buscábamos "forrarnos", sino que hubiera confianza y que los gastos se cubrieran. Entró en el dúplex un potencial buen inquilino y hace unas semanas salió de él un buen amigo. Él no quería comprar y respetamos su decisión. Él respetó la nuestra de deshacernos del piso cuando surgiera la ocasión, mostrándolo a los interesados.
Hubo algunas inmobiliarias interesadas, pero nos sentíamos en las antípodas con ellas en valores y formas. Hasta que conocimos a Fátima, gran amiga de una buenísima amiga. No había mejor aval que ese para nosotros: el aval humano y el de la confianza para gestionar algo tan frío como la venta de un piso. Durante meses se hizo amiga del inquilino. La marearon decenas de potenciales clientes, la mayoría más interesados en curiosear que en comprar. Ella nunca se quejó. Siempre buenas formas. Siempre buena cara. Hubo tres o cuatro familias verdaderamente interesadas. Pero en la fase final de las gestiones con el banco, éste siempre se sacaba otro piso de la manga de su stock de viviendas, no concediéndoles el préstamo para el nuestro y sí para el suyo. Nos parecía un auténtico descaro que interfirieran  de esa forma en las relaciones entre particulares para acabar beneficiándose en su propio interés. Pero nos dejamos fluir.
Hace unos meses decidimos actuar diferente para alcanzar un resultado diferente. ¿Y si hacíamos lo que nadie hace? Sólo necesitábamos un comprador con un verdadero interés por hacer de nuestro dúplex un nuevo hogar, y ganas de generar confianza entre nosotros. Por fin apareció, aunque no iba a ser fácil. Descartamos su propuesta inicial del alquiler con opción a compra porque no queríamos perjudicar a nuestro inquilino sin la certeza de venta. Propusimos reducir el precio a la mitad de lo que costaba hace diez años. A fin de cuentas compramos barato. ¿Por qué no vender también barato? Lo de los precios del sector inmobiliario durante ese tiempo era sólo un espejismo o una ilusión mental que había enloquecido a muchos. Pero nosotros decidimos ir más allá, reduciendo el precio casi un 25% por debajo de lo que consideraba Hacienda como valor mínimo a declarar a efectos del Impuesto de Transmisiones Patrimoniales. "¡Menudo negocio!", habría pensado yo recién salido de la universidad. Quien me ha visto y quien me ve. Pero ahora el criterio era otro. No era el "sacar tajada" de una vivienda; no era maximizar el beneficio; no era "pegar el pelotazo"... Se trataba tan sólo de equilibrar lo invertido, y de mostrarnos en gratitud por haber disfrutado del piso durante estos años sin perder con ello, si fuera posible. Lo demás son cuentos de la lechera. Son castillos en el aire. Es apegarse a lo que podría haber sido y no fue. Y la vida pide fluir, empujada por la gratitud.
Pensamos que una reducción así sería suficiente y que el banco concedería el préstamo sin dudarlo. Pero no fue así. Era, quizás, para el banco, como si un cliente de un Corsa quisiera aspirar a un Mercedes. Y por eso el banco llegó con su varita mágica y planteó su solución magistral: mentir y decir en escrituras que habíamos vendido por un precio un diez por ciento más caro. Nos decían que era muy habitual. Que así ellos podían conceder más importe para el préstamo. Pero era una mentira, era un fraude y nos parecía totalmente contrario a nuestra intención de incorporar algo de principios en la jungla inmobiliaria. La disyuntiva era clara: acceder a esa mentira, o frustrar la operación. Le dimos vueltas y más vueltas. Reconozco que estábamos muy indignados por una propuesta así, que se habría repetido miles de veces durante estos años. ¡Menuda tentación para tantas y tantas familias! Fácil caer ante los guiños del dinero fácil. Recordamos lo que decía Gandhi sobre el Sathiagray, o poder del NO bajo el respaldo de la verdad. Así que dijimos eso: NO. Y es curioso, pero no pudimos evitar pensar qué habría sido de la crisis si en muchas operaciones como ésta una de las partes hubiera dicho NO ante propuestas tan seductoras. En este caso, nuestro NO implicaba que el comprador se quedaba sin dúplex, pero también el registro, la notaría y la inmobiliaria se quedaban sin cobrar. Una cadena de coherencia o de engaños derivada de un simple Sí o un simple NO. ¿Cómo podemos, a veces, subestimar el poder de nuestras pequeñas decisiones?
Si queríamos avanzar era necesario plantear otras vías. Pero buscar alternativas requeriría audacia. ¿Quién era el banco para entrometerse en los sueños de las personas, y en los acuerdos y apoyos que puedan darse entre ellos? ¿Y si nos lanzábamos al vacío de confiar en un desconocido? ¿Y si estábamos dispuestos a financiar la parte que el banco no quería financiar? ¿Y si las personas nos hacíamos dueños de nuestros sueños, en lugar de que el dinero y los bancos lo dominen todo? ¿Valía la pena arriesgarse? ¿No era más fácil decir simplemente SÍ a la "mentirijilla" que proponía el banco? Todos los involucrados alucinaron con nuestra propuesta de aplazar el pago al comprador de parte del precio. Con esa decisión todo se desatascaba, y el comprador podía acceder a su Mercedes. Se garantizara con condición resolutoria o con aval, accedimos a ese pequeño salto al vacío y firmamos las arras hace un mes.
Nos preocupaba la salida de nuestro inquilino, pero en dos semanas el piso quedaba libre. Todo resulta impecable cuando las relaciones son de amistad, y no de simple arrendamiento. Pero en el piso aún quedaban muebles y enseres de la etapa del alquiler. Reconozco que cuando vi todo lo que aún quedaba por desalojar, mi primer instinto fue de acaparar, y llevarnos todo lo que pudiéramos a nuestra casa actual. Había muchos recuerdos en todos esos objetos. Pero ni por espacio físico ni por desapego tenía sentido. Es necesario quitarse peso para recorrer más fácilmente el camino de la vida. Así que sólo nos trajimos una mínima parte de lo que quedaba en el piso. El resto lo repartimos entre el nuevo propietario, nuestra querida vecina del piso de abajo, y nuestra ya amiga de la inmobiliaria, con la que comimos ayer en su casa para celebrar que todo ha llegado a buen término. Quiso rebajarnos el precio de su intermediación. No lo aceptamos. La gratitud manda.
Cuando era niño hubo una frase que me marcó profundamente. La pronunciaron unos amigos íntimos de la familia: "la amistad a un lado y los negocios a otro". Desde aquella frase, nuestra amistad nunca volvió a ser la misma. No podía expresarse con más fuerza la historia de la separación del ser humano: mente y corazón, amistad y dinero. Y siempre me obsesionó. Por eso me alegro que de esta operación inmobiliaria hayan surgido nuevos amigos, y nuevos motivos para el encuentro.
Nuestro antiguo piso ya tiene una nueva familia con la que hacerse un hogar. Han sido muchos meses de pequeños quebraderos de cabeza hasta cerrarlo todo. No sé si esa nueva familia habrá entendido nuestras motivaciones en todo este proceso, ni si se sentirán en gratitud. Es lo de menos. También hay que liberarse del peso de esa expectativa de gratitud. Tampoco sé si tendremos problemas en los próximos meses sobre la parte del precio aplazada. Espero que no. Pero si fuera así, algo habría que aprender también en ese caso. Por lo pronto, con el paso de la firma ante notario del viernes, no nos hemos "forrado", pero nos quedaremos sin deudas. Y ese es un hito que nos propusimos alcanzar hace tiempo para avanzar más ligeros de equipaje por la senda de una vida más sencilla y libre. Un hito más. ¿Será el siguiente el del hito laboral? Ya se verá.

NOTA: Este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario. Como muestra de gratitud a los que os vais sumando, os vamos compartiendo más cosas, aparte de lo que escribimos, como lo siguiente:

martes, 18 de abril de 2017

Papá: ¿qué hago cuando sea mayor?

No suelo tener pesadillas, pero aquel día la tuve. Realmente no sé si llegué a dormirme o si la pesadilla era despierto. Pero lo cierto es que estaba aterrado. Y fue la única vez, que yo recuerde, en que me levanté de noche para buscar el abrazo y el consuelo materno. Ella aún no se había acostado, y apaciguó mis miedos. Miedos sobre el futuro. Miedos sobre ser como los demás o de ser diferente. Miedos sobre a qué dedicarme. Miedos de la infancia.
Esos miedos infantiles fueron hace 35 años. Pero los recordé perfectamente en una conversación familiar de hace varios fines de semana, en el momento mágico por excelencia en casa: el desayuno del domingo. No se madruga, y todos nos levantamos de buen humor, sin prisas y sin reloj. Las tostadas fluyen por la mesa como las palabras. Y la vibración familiar se acompasa y se eleva que da gusto. A veces el desayuno casi se une con la hora del almuerzo. No es momento de hablar de tareas, de deberes, de compromisos o de agenda. Es momento de hablar de la vida, de sus misterios, de sus enseñanzas y de sus miedos. 
Nuestros  dos hijos mayores viven unos momentos críticos donde los cruces de caminos les obligan a decantarse y a tomar decisiones. Y es lógico que se sientan inseguros y con dudas por doquier. Como yo en aquella noche de miedos. Pero lo que quizás no sepan es que esas dudas no sólo les asaltan a ellos, sino también a millones de adultos que han tomado un determinado tren en la vida, y no saben cómo apearse de él. Por eso, estas conversaciones van mucho más allá de si elegir letras o ciencias, un profesor u otro, o una forma u otra de estudiar. Van de conectarnos o no con nuestra misión en el mundo, o seguir simplemente el camino de la mayoría como si fuéramos autómatas.
Tarifa- 2016
A veces, durante esos preciosos diálogos familiares, siento que nuestros hijos se convierten en maravillosos espejos que nos confrontan con la verdadera esencia de la vida. Y echo de menos que otras personas puedan disfrutar de estos momentos de sabiduría compartida. Por eso aquel domingo, mientras charlábamos, no pude resistirme y pulsé el botón de la grabadora del móvil que estaba sobre la mesa. Ya llevábamos un buen rato hablando, pero lo que pudiera venir después podría también valer la pena. Y así fue. Durante esos casi 25 minutos, compartimos con nuestros hijos nuestras frustraciones e ilusiones laborales actuales y de la etapa universitaria; sus inquietudes en clase cuando no les permiten aprender más cosas o cosas diferentes; la conexión con nuestros dones y talentos; el papel del trabajo en la vida, y si éste es un derecho o un deber; el sentirse solo o sola entre una multitud que va en dirección opuesta; la lucha por lo que nos hace felices o la sumisión al deber y a lo que dicta el sistema...
Hace unos años habría sido totalmente impensable que nos grabáramos en una conversación familiar y que la difundiéramos. Pero en estos últimos años de compartir vivencias en nuestro blog y en nuestro libro nos hemos dado cuenta que somos muchísimos los que vivimos las mismas preocupaciones, los mismos momentos de zozobra y de inquietud, las mismas dudas, las mismas ganas de impulsar otro mundo desde lo más cotidiano. Y por eso hemos decidido compartir mucho más que nuestros posts o nuestros escritos. Hemos decidido compartir también la esencia de nuestros diálogos familiares, nuestras recetas, nuestras intervenciones públicas...Es cierto que nos cuesta, porque disfrutamos del paraíso de nuestra intimidad. Pero sois muchos los que os mostráis reconfortados, agradecidos y conectados tras hacerlo. Y por eso seguimos dando el paso como gesto de gratitud hacia quienes, a pesar de vuestras dudas, también dais pasos efectivos, por ejemplo donando generosamente en nuestro Patreon a algunas de las causas solidarias que impulsamos, empezando por una Casa de Acogida en un pueblo de Málaga.
Como veréis por esta grabación de hoy, no nos gusta darles respuestas a nuestros hijos (ni a nadie), sino ayudar a que se hagan las preguntas correctas. Nos gustaría que cada uno vaya descubriendo su camino y que no sucumban a la mayoría, a la mediocridad o al mínimo esfuerzo que a veces nos rodea. Tampoco queremos que se guíen por el miedo o por la opinión de quienes hacen de su formación una simple vía para encontrar un trabajo. Sabemos que la presión externa es fuerte. Sabemos que quienes les rodean les condicionan mucho. Pero para eso están nuestros desayunos dominicales: para que tarde o temprano sepan que hay otras vías, o al menos otras preguntas que hacerse.


NOTA: Si aún no lo haces, y quieres acceder a esta grabación familiar o a otros muchos contenidos exclusivos para nuestros colaboradores solidarios, puedes hacerlo desde 1€/mes pulsando "Become a patron" en este enlace. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS

martes, 11 de abril de 2017

Olor a incienso

Lunes Santo. Málaga. Una auténtica riada de gente se dirige al centro para vivir uno de los días grandes de la Semana Santa. Ni un aparcamiento en kilómetros a la redonda. Pero vale la pena que nuestros dos hijos pequeños vivan por una vez un momento que, lo queramos o no, forma parte de nuestras tradiciones. Cofradías con solera como el Cautivo, los Estudiantes y los Gitanos comparten noche. Y se nota: empujones, gritos, ajetreo desmesurado, nervios por doquier...
Logramos pertrecharnos en una esquina justo en el momento de la llegada de la cruz-guía. Centenares de penitentes de un blanco nuclear circulan ante nosotros, ante la mirada atónita de los amigos de nuestro hijo mayor, en directo desde Wyoming. La imagen les trae a la mente la batalla racial del Ku-Klux-Klan, más que el fervor religioso. Música solemne mezclada con vendedores de perritos calientes. Penitentes orando y soldados armados con metralletas acompañan al mismo trono. Rostros ocultos bajo capirotes, junto a políticos y mantillas que se exhiben sin pudor con sus báculos. Curiosos contrastes "semanasanteros".
Se acerca el Cristo mecido por los porteadores en un ritmo que hace que su túnica ondee al viento. Por momentos parecen unos andares humanos. El fervor crece en los parroquianos. Tras ese Cristo llega probablemente lo más impresionante de la noche: miles de personas en promesa escoltan apiñadas a ese trozo de madera que representa a Dios hecho hombre. Nuestra calle se convierte en un embudo ante una avalancha de gente de consecuencias impredecibles. Todas las personas que estábamos contemplando la procesión a las dos orillas de la calle nos vemos arrastradas por una muchedumbre. No hay espacio ni para respirar. Difícil saber qué hacer si hubiera una emergencia. De hecho tres horas después y a poquísimos metros de donde estamos tiene lugar una avalancha con heridos. Durante tres cuartos de hora somos rehenes de la situación. Imposible moverse ni para delante ni para atrás, mientras desfilan ante nosotros rostros con la amargura y preocupación que les lleva a hacer el recorrido descalzos, con una cruz a cuestas o con los ojos tapados. Imposible no sentirse conmovido ante ese sufrimiento ajeno. Pelos de punta. Junto a ellos personas que también van de promesa pero con otra intensidad, y casi como el que va al fútbol: con su cervecita, sus gusanitos y su bocata de chorizo.
Por fin pasa la procesión y las calles se convierten en un enorme manto de botellas, latas y plásticos de todo pelaje. Nadie diría que allí ha habido un despliegue de religiosidad. Más se parece al escenario de un concierto de heavy metal o a un derby liguero.
"Fantasmas" del artista Kader Attia, en el Museo Pompidou de Málaga
De vuelta a casa no podemos evitar acordarnos de una obra de arte que vimos hace poco en el museo Pompidou, también de Málaga. En ella el artista Kader Attia muestra en una enorme sala a ciento cincuenta esculturas de tamaño natural realizadas con papel de aluminio. Impresiona llegar a la sala y ver ese grupo de personas en actitud orante. Bien podrían estar orando a un dios cristiano, musulmán o hindú. O bien podrían ser de los millones de personas que adoran a su líder político, musical o de youtube. O quizás también de aquellos que viven por y para su smartphone, sus redes sociales o el último gadget tecnológico. Pero lo que impresiona todavía más de esa obra de arte es llegar al otro extremo de la sala y observar que esa pequeña muchedumbre de figuras brillantes están completamente vacías por dentro. Enorme reflexión.
Desconozco cuántas de las miles de personas con las que nos topamos ayer vivían de verdad la fe y el fervor religioso que se supone que se celebra en estas fechas, y cuántas vivían un folklore o un espectáculo más de los que vemos en la tele. Desconozco cuántas personas se congregaban por tradición, porque lo han vivido así toda la vida, o porque es un espectáculo de masas con una fuerza inconmensurable. No soy quien para juzgar a nadie. Pero al mismo tiempo no puedo evitar pensar qué podrían conseguir tantísimas personas si, en lugar de festejar la fe mirando o siguiendo a un muñeco simbólico, pusiesen toda esa energía que sentimos ayer en cumplir lo que aquel Jesús al que representa esa talla propugnaba: "amaros los unos a los otros como yo os he amado". Sería imposible parar una energía creadora de tal magnitud con tantísima gente remando a favor de un mundo diferente para vivir, o que descubriese que creyendo son capaces de crear. Por desgracia, lo de anoche iba poco de eso y más de un espectáculo que, sin duda, vale la pena vivir alguna vez.
Aunque me gusta la luz del papel de aluminio y el olor a incienso, reconozco que prefiero cuando la estatua es de carne y hueso, no está vacía por dentro, y tiene un corazón que late de verdad y por el prójimo. Prefiero los que se creen el mensaje y dan de comer al hambriento; o los que acogen al que no tiene techo; o los que trabajan por la paz. Sobre gustos no hay nada escrito. Y los prefiero a los que se dan golpes en el pecho públicamente para conseguir un milagro para ellos. Prefiero los que creen que "Dios es yo, y yo soy Dios, en la medida en que me olvide de ser yo". Son gente que se ha dado cuenta que ese mundo diferente no habita en iglesias, en tronos o bajo palios. Habita en cada uno de nosotros si nos olvidamos de nuestros respectivos reinos de taifas y caprichos, y nos hacemos UNO con el otro. Y ahí no hay que traficar con promesas a cambio de milagros con alguien que está fuera de nosotros. Ahí el milagro lo hacemos nosotros mismos. A veces la procesión va por dentro. Ojalá que cada vez sea más así.

NOTA: Gracias a las ventas de nuestro libro, seguimos ayudando a tres ONGs. Si te apetece también conocernos más y de paso ayudarlas, puedes pedir tu ejemplar aquí y te llegará sin sobrecoste a casa.
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viernes, 7 de abril de 2017

Tropiezos

Cuando nos toca dar alguna charla en algún colegio, instituto, universidad o asociación siempre hay algo de lo que decimos que causa revuelo. Casi siempre coincide. Pero no por eso dejamos de compartir nuestra experiencia al respecto.
No hace mucho añadimos una experiencia más en ese ámbito. Uno de nuestros hijos iba a quedar casi por primera vez de forma totalmente autónoma con sus amigos en Málaga, a treinta kilómetros de casa. Asumió que por arte de magia su cuerpo se trasladaría al lugar del encuentro en tiempo y forma. Le advertimos que quizás algo tendría que poner de su parte para que así fuera. Pero no se lo tomó muy en serio. No miró los horarios de los autobuses. No cuadró cómo llegar a la estación. No planificó la duración de la batería del móvil. Ni tampoco se planteó la hora de llegada. Le tocó sudar. Le tocó correr. Le tocó pasar bochorno. Llegó cuando sus amigos acababan el postre. Más tarde se quedó sin móvil sin haber concretado su siguiente cita. Se le hizo de noche y se quedó sin alternativas. Vivió unas horas de zozobra. Podríamos haber acudido al rescate. Incluso teníamos intermediarios para ello. Pero era momento de que afrontase una enseñanza en propias carnes que probablemente le ayudará en el futuro. Había aprendido las consecuencias de sus actos u omisiones. Había aprendido que entrar en la edad adulta requiere tomar decisiones, y no esperar que el universo (o tus padres) siempre te saquen del atolladero. Y sin vivirlo en primera persona, todas nuestras advertencias habían caído hasta entonces en saco roto.
Tarifa, 2016
Estamos convencidos que hemos venido a este mundo a aprender o a recordar. Probablemente elegimos las circunstancias y las personas con quienes nos vamos a relacionar en esta vida en ese proceso. Y sin duda eso incluye las dificultades, los tropiezos y los errores. En esta obra de teatro que es la vida, por suerte o por desgracia, no podemos trasladarnos a la escena que más nos gusta, a la que más nos hace reír, o a la que menos dolor nos causa. Nos toca recorrer todos y cada uno de los momentos del guión. Y nada ni nadie debería intentar ahorrarnos ese proceso, porque forma parte de nuestro camino de crecimiento. Ni siquiera los padres.
Pero es cierto que con poco fortuna, muchos padres se ponen como misión la de proteger en lugar de la de acompañar. Y quieren ahorrar a sus hijos el trauma de una caída, de un desamor o de un suspenso. No se trata de regodearse en tales circunstancias. No se trata de forzar esos momentos. Se trata de preparar, de advertir, de soltar (a veces incluso cerrando los ojos y cruzando los dedos) y de acompañar en el momento posterior.
Como padres, para nosotros, quizás sea éste uno de nuestros cometidos más difíciles. Cuando ves que tu hijo o hija se empecina en poner la silla en una posición imposible y no atiende a razones. Cuando ves que su forma de afrontar el estudio o las responsabilidades no es la adecuada. Cuando ves que no asume sus compromisos, y espera que el mundo a su alrededor se confabule para que las cosas le salgan bien. Entonces le preparamos, le advertimos, y si con eso no le basta para aprender, le soltamos para que por sí mismo se enfrente a las consecuencias, al aprendizaje y a la huella interior que esa circunstancia produzca. Sea un tropiezo, un insuficiente, un desplante de los amigos o una ruptura. Evidentemente ahí estamos nosotros para que ese percance no sea traumático o peligroso. Pero no hay sermón que pueda sustituir el aprendizaje en carne propia de las enseñanzas que vinimos a aprender en esta vida.
Esta visión y los ejemplos concretos de nuestras vivencias al respecto a algunos les causa estupor. Lo sentimos. Pero el proteccionismo excesivo, el paternalismo entre algodones o la vida con salvavidas no va con nosotros. No es vida. Y a la larga crea problemas de falta de preparación para vivir, y de no haber aprendido lo que se vino a aprender.
Nuestro hijo mayor, ahora desde EEUU, nos cuenta hasta qué punto ese aprendizaje le está viniendo bien en su presente. Y es un auténtico regalo como padres ver sus progresos y la madurez de sus juicios ahora. Se olvidan rápido las caídas, los malos ratos, los lloros, las pataletas, los gritos... Y se asienta el poso de lo que esa situación tenía que aportar a su vida. ¿Quién es un padre o una madre para interferir en ese proceso?

NOTA: Gracias a vuestros pequeños granos de solidaridad en nuestro Patreon, ya hemos entregado casi 300€ a la Casa de Acogida de Alozaina. Este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario. Como muestra de gratitud a los que os vais sumando, os vamos compartiendo más cosas, aparte de lo que escribimos, como lo siguiente:

sábado, 1 de abril de 2017

Puentes

Todos tenemos una misión en la vida. Aunque le demos la espalda. Aunque estemos ocupados con otras cosas. Aunque no queramos verlo. A veces cuesta verla. A veces tenemos varias, según el momento que nos toca vivir. Pero está ahí. Sin duda alguna. Y hay formas de identificarla. Una de las más sencillas es cuando notas en tu interior que hay gozo y conexión con algo más grande desarrollando esa misión. Y esa alegría no la encuentras en el resto de quehaceres, tareas y responsabilidades de la vida. Es como si hubieras puesto en marcha el resorte de tus dones y talentos, y el simple rodar de sus engranajes te hiciera cosquillas en tu interior.
Caminito del Rey 2015 (Ardales-Málaga)
Durante años estuve obsesionado con esa misión. Era consciente de mis capacidades y aptitudes, y no quería desaprovecharlas. Pero la dinámica en la que me había introducido era de rigidez, de constricción, de deber...Hacer, hacer y hacer. Nada que ver con el placer. Nada que ver con esas cosquillas. Y entonces me veía haciendo de malabarista con las distintos roles de la vida: el familiar, el profesional, el del compromiso social... Y en todos con la presión de sacar matrícula de honor. Pero no veía el gozo ni esas cosquillas por ningún lado. Y no paraba de correr de un lado para otro en cada una de las asignaturas de mi vida. Me sentía exhausto. Quizás con una cierta sensación de coherencia y de estar haciendo lo que debía, pero desde luego no de estar en conexión con mi misión. Sin saberlo, quizás me sentía esclavo del reconocimiento y de las palmaditas en la espalda.
Llegó un momento en que empecé a aceptar. Quizás la historia no iba de cumplir una misión "peliculera" en lo científico, en lo jurídico o en lo económico. Quizás todo iba de otra cosa. Y lo acepté. No fue resignación. No fueron "brazos caídos". No fue una derrota. Fue aceptación de corazón. Poquito a poco. En algunas facetas de forma más sencilla, en otras con años de trabajo detrás, y en otras todavía estoy en ello. Pero me di cuenta que esa aceptación empezaba a abrir las puertas de algo mucho más hermoso que mi "deber" en la vida. No se trataba de hacer lo mejor en todo. Se trataba de Ser yo mismo con autenticidad. Se trataba de hacerse un niño y disfrutar. E incluso de que me importara un "comino" lo que pensaran los demás en ese despliegue de capacidades. Y por arte de magia empecé a sentir ese cosquilleo. Sentí que mi misión tenía mucho más que ver con hacer de puente, que construir en una orilla. Descubrí que uno de los grandes males de este mundo era la historia de Separación en la que vivimos, y que probablemente ahí tenía yo mucho que decir. Descubrí que era momento de crear pasarelas entre distintas orillas. Entre aquellos que se creen espectadores del mundo y quienes quieren cambiarlo. Entre quienes necesitan apoyo económico y quienes pueden y quieren aportar un granito de arena. Entre quienes viven encerrados en unas vidas enlatadas y quienes construyen espacios de expansión para el ser humano. Entre quienes han bajado los brazos y entre quienes necesitan brazos para seguir sosteniendo ilusiones. Entre unos hijos que salen al mundo y ese mundo que no se imagina cómo va a cambiar con ellos. Entre quienes comen lo de siempre (o lo de todos), y quienes intentan incluir consciencia en sus dietas. Entre quienes aparcan a sus hijos en el colegio y quienes quieren del colegio trampolines hacia las nubes. Entre quienes viven entre hormigón y quienes viven con tierra entre las uñas. Entre quienes sufren las injusticias en silencio, y quienes las afrontan en el terreno de los poderosos. Entre quienes viven para trabajar, y los que trabajan para vivir. Entre los de aquí y los de allí. Entre quienes ponen el centro en el dinero y quienes lo ponen en la relación. Entre quienes buscan un mundo diferente para vivir y quienes ya se dieron cuenta que ellos son ya ese mundo diferente para vivir.
Esta semana nos tocó también hacer de puente. Nuestro querido Xavi, impulsor de Proyecto O Couso, una escuela de dones y talentos en el Camino de Santiago, nos había pedido buscar algún sitio donde hacer una presentación de un libro. Su editorial es también un maravilloso puente de transmisión de conocimientos a veces demasiado ocultos. Y encima todo lo que vende se destina a un proyecto utópico como o Couso. No se me ocurrió mejor sitio para presentar el libro que en el comedor social de unos ángeles con los pies en la tierra, y en una casa de acogida en la que se hacen milagros. Y en ambos lugares una nueva amiga, Josy, ha hecho de puente entre lo de aquí y lo del más allá de forma totalmente altruista, contándonos lo vivido con su libro. Gentes inmersas en hacer un mundo mejor. Todas mezcladas y conspirando por el bien común. Me encanta hacer de puente. Me encanta esta misión. ¡Qué gusto da ese cosquilleo interior!


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miércoles, 22 de marzo de 2017

22 de marzo

Hoy me he levantado muy temprano. Mucho más de lo habitual. No se oía ningún pajarillo. Y eso que en estos inicios de la primavera andan ya alborotados desde antes del amanecer. Siempre que tengo alguna preocupación, alguna idea "entre ceja y ceja", o algún reto entre manos me despierto antes de lo normal. Hoy no era el caso. Hoy era de puro gozo, en la fecha más señalada, ésa que nunca se olvida. Después de muchos meses me he afeitado. Se lo había prometido a las dos personas que más me besan en el mundo. Me he quitado varios años de encima. Quizás no tantos como para confundirme con el de aquel otro día de marzo. Me he regalado un buen rato de meditación. Mucho más largo de lo habitual. Había mucho que agradecer hoy a la Vida.
Aquel 22 de marzo también me levanté temprano. Quizás no tanto como hoy. Pero lo suficiente como para tener luego que hacer tiempo junto a mi madre, la madrina. Es curioso, pero siempre recordaré esos instantes previos de nerviosismo apaciguado junto a ella. Puedo afirmar, sin lugar a dudas, que fue de los días más felices de mi existencia. Y no porque fuera la primera vez que llevaba chaqué (y probablemente la última). Ni porque fuéramos el centro de todas las miradas y flashes. Sino porque de verdad disfrutamos como "enanos". No recuerdo haber bailado tanto ni haberme reído tanto en toda mi vida. Habíamos decidido sentir nuestra boda en toda su intensidad, más allá de los convencionalismos habituales. Por eso quisimos vivir en plenitud cada momento, incluidas las largas carcajadas espontáneas que brotaron para sorpresa de todos en medio de la ceremonia. Probablemente si fuera hoy, los invitados serían otros, y quizás nos sobrarían chaqués, corbatas, carpas y caterings. Pero probablemente eso es lo de menos. Era un momento para festejar, sin aferrarse a que debiera salir de una u otra forma. Sin agobios. Sin tensiones. Y así lo vivimos nosotros. Quizás porque sólo era la exteriorización de un compromiso que nos habíamos dado sin testigos ya muchos meses antes, en una playa desértica. Uno de esos compromisos que van más allá de protocolos, de registros civiles, y de ceremonias. Quién sabe si procedente de otras vidas anteriores.
Hubo también risas cuando se me perdió el anillo momentáneamente entre las sábanas en aquella noche de bodas. Y cuando ella se deshizo el tocado del pelo y se llenó la habitación de las toneladas de arroz que nos habían lanzado horas antes. También hubo risas cuando pasamos la tercera noche de casados durmiendo en nuestro "pandilla" azul en medio de un bosque francés por habernos quedado sin gasolina al inicio de nuestra luna de miel.
Hoy no habrá grandes festejos aunque celebremos nuestras bodas de porcelana. Veinte años de casados no se cumplen todos los días, ni los cumple todo el mundo. Pero hoy trabajamos los dos: yo por la mañana y ella por la tarde. Toca tutoría en el instituto de los niños, compra en el supermercado, y cita de médicos. Será complicado encontrar hueco, salvo quizás para un capuccino en nuestra cafetería favorita. Pero después de tantos años, he aprendido de ella que la verdadera celebración radica en la maravillosa cotidianeidad que compartimos. No hace falta vivir una vida de aventuras para ser feliz. Cuando se es feliz, la vida más normal se convierte en una aventura. Y los pequeños momentos despliegan toda la magia de una vida auténtica. No hacen falta grandes festejos, ni grandes ceremonias, ni enormes fuegos artificiales. La vida es un regalo inmenso teniéndola a mi lado. Dure lo que dure. Hasta las bodas de plata, de oro o de platino. O hasta mañana. Viviendo el presente junto a ella, como si fuera el último día.


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jueves, 16 de marzo de 2017

Poderoso caballero

No hay nada más difícil que la búsqueda de la coherencia en medio de la pura incoherencia. Tratar de tener principios en un mundo de intereses, de competencia y de prioridad por el dinero se antoja una tarea titánica. Y por todos los rincones acechan los dilemas morales y éticos. Gran escuela, sin duda, para la búsqueda de un mundo diferente para vivir.
Esta semana hemos tenido varias ejemplos. En uno de ellos, una buena amiga que trabaja en una empresa de seguros (en este caso a su pesar), nos pidió un favor: trasladar a su compañía los posibles planes de pensiones que tuviéramos en la familia para beneficiarse de la correspondiente comisión. Han pasado apuros en los últimos tiempos, y me pareció razonable, ya que hace mucho años tuvimos operativos nuestros planes de pensiones, y quizás ella podía beneficiarse de ello. Los giros radicales en nuestra vida aún no habían llegado, y actuábamos entonces en muchos temas como lo hace la mayoría: sin plantearnos los "cómos", los "por qués", ni las consecuencias. Creía "a pies juntillas" lo que me habían enseñado en la universidad y las consignas del telediario de turno. Ya se sabe: "¡que viene el coco"... Que si la incertidumbre sobre el futuro. Que si la quiebra del sistema de pensiones. Que si los ancianos desahuciados tras toda una vida trabajando... Pero hubo un momento en que decidimos parar las aportaciones. Actuar por miedo es una gran baza comercial y publicitaria. Les funciona de maravilla. Pero cuando empiezas a actuar con consciencia, muchos miedos se diluyen. Y decidimos no seguir alimentando al "monstruo", invirtiendo nuestro dinero en destinos incompatibles con nuestros principios. A diferencia de hoy día, en aquel entonces la banca ética o la responsabilidad social corporativa eran pura ciencia-ficción, y lo más coherente nos pareció paralizar las aportaciones y olvidarnos del tema. Ese dinero quedaba así bloqueado "per se" hasta nuestra jubilación, o algo peor. Parar las aportaciones era la mejor opción en aquel momento si queríamos ser coherentes. Y nos olvidamos de ese dinero literalmente. Incluso de cuánto había acumulado hasta ese momento. Reconozco que ese desapego es sano, y te puede ayudar a invertir en tiempo y en relaciones de calidad. Pero también es algo inconsciente, porque con ese dinero el banco podía seguir invirtiendo en barbaridades como la destrucción de bosques, prospecciones petrolíferas abusivas, fracking, prácticas bancarias mafiosas o un sinfín de tropelías que nos parecen una barbaridad en los telediarios pero que financiamos con nuestras inversiones en bolsa o en los planes de pensiones. Y ha sido ahora, a raíz de la petición de mi amiga, cuando hemos desempolvado el asunto, y nos sorprendíamos de la cuantía acumulada. Nuestra amiga también.
Realmente me fío muy poco del banco donde tenía los fondos de pensiones. Tan poco como de la empresa de seguros de mi amiga. Y si nos planteamos el cambio era por favorecerla a ella. Pero al ver el importe de la cuantía acumulada, tomamos consciencia de la necesidad de actuar con coherencia. No podíamos seguir mirando para otro lado y que ese dinero siguiera destinándose a valores que inviertan de forma injusta o insostenible. Revisamos uno a uno todos los planes de pensiones que nos proponía ella, y todos incluían en su cartera empresas o países cuyas actuaciones hemos criticado o denunciado, firmando en Change y otras plataformas de lucha. Hace unos años plantearte otras opciones éticas de inversión era simplemente utópico. Pero cada vez más afloran alternativas para que al menos tu dinero no se destine a empeorar aún más nuestro planeta. Pero ser consciente resulta incómodo. Para ti y para los demás. Es más fácil actuar como lo habíamos hecho estos años, olvidándote de todo o mirando para otro lado. Pero si te planteas que tu dinero es otra forma de energía, y que con él puedes impulsar un mundo mejor, o al menos no seguir empeorándolo, la molestia vale la pena.
Me remitieron varias opciones, pero ninguna con enfoque ético. La rentabilidad, la seguridad o la liquidez parecen ser los criterios supremos por los que se rige la inmensa mayoría de los ciudadanos al invertir. La ética y el destino del dinero parece algo secundario. "Dame pasta y no me digas de dónde la has sacado". Esa parece ser la consigna. Por eso nos pareció importante no claudicar, y que los bancos y las empresas de seguros empiecen a tropezarse con "bichos raros" como nosotros, para que empiecen a plantearse otros enfoques de inversión. Incluso que conozcan que hay gente que quiere ser "ahorrador ético activo".
Sin embargo, el sistema está bien pertrechado contra individuos "raritos". La misma sensación hemos tenido cuando hemos dado pasos en busca de una mayor coherencia en la alimentación. Y en este caso, aunque ni siquiera habíamos firmado, el traspaso de nuestros fondos era ya efectivo tras unos pocos whatsapps de intercambio de impresiones. ¡Qué bien sabe el sistema cómo apañárselas para hacernos sus guardianes, o como mínimo sus cómplices!
Menudo dilema. Si simplemente hubiéramos traspasado los fondos sin mirar nada más, con la inconsciencia con que habían dormido estos años, no habría habido ningún problema. Pero si con ese traspaso te planteas ser coherente y consciente, la opción de la empresa de mi amiga dejaba de ser opción. O ayudarle en su comisión y situación familiar invirtiendo en valores que nos generan rechazo, o deshacer el traspaso invirtiendo en valores más éticos y darle la espalda a ella. Difícil coyuntura. La misma que cuando en casa de un amigo o familiar te ponen un filete con todo el cariño, y tú te planteas rechazarlo por cariño a los animales. O cuando decides que encender una lámpara en casa no suponga quemar más combustibles fósiles. Tras hacer números vimos que ella podría alcanzar sus objetivos trimestrales simplemente con uno de los fondos, que deberíamos mantener unos meses con ella. El otro podíamos trasladarlo a opciones más éticas. Al margen de las decisiones de nuestra amiga, nosotros incurríamos en incoherencia dejando uno de los fondos, pero ayudar a nuestra amiga también forma parte de nuestros principios. Así que un fondo ha ido a parar a la banca ética, y el otro a darle un "empujoncito" a nuestra amiga durante unos meses. Difíciles equilibrios en un mundo lleno de incoherencias donde Don Dinero, por desgracia, sigue siendo poderoso caballero.

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jueves, 9 de marzo de 2017

Idas y venidas

Todo cambia. Nada permanece. Lo único constante es el cambio. Y probablemente la tarea más complicada que tenemos como seres humanos es encontrar el equilibrio en ese constante ir y venir que es la vida. Se trata de enriquecernos y crecer con lo que llega a nosotros, con lo que exploramos, y con lo que vivimos en nuestra cotidianeidad. En el aquí y en el allí. Con éstos y con aquéllos. Y poco creceríamos si pensáramos que lo que hacemos, quienes nos rodean o donde habitamos constituyen la única realidad. Como tampoco nos enriqueceríamos si nuestra vida fuese una constante mutación y réplica de lo que vemos y vivimos a nuestro alrededor. Alcanzar el equilibrio y la serenidad en estas constantes idas y venidas, mantenerse en el Ser en un constante Hacer, Ir y Venir quizás sea uno de los grandes retos de nuestra existencia.
Entrenar a nuestros hijos en esa realidad constituye uno de nuestros principales cometidos. De poco sirve tenerlos entre algodones en el "nidito" familiar, si en un suspiro se toparán con ese cambio constante, que cada vez parece acelerarse más y más. Por eso, quizás para muchos, nuestra vida familiar resulta una montaña rusa permanente. Aparecen por casa gente como Ilse, Helinah y Tyrone desde Bélgica y Australia, y nos colman de aventuras, de compromiso solidario y de sabiduría con su presencia. Pablo nos envía un precioso regalo musical por San Valentín junto al coro de su Instituto en Estados Unidos. También nos planteaba ayer un posible intercambio con una amiga francesa. Ahora está allí. En tres meses ya estará aquí. También vendrán Adam y Brittany, su familia americana de acogida, y sin duda surgirán nuevos lazos, nuevas complicidades, nuevos aprendizajes. Ya en agosto le tocará a Samuel iniciar su periplo americano, y como a Pablo, le supondrá un antes y un después en su vida.
Hace pocos días aterrizamos de Bruselas. Siempre aprovechamos la Semana Blanca de febrero para encontrar algún viaje "chollo" y este año ha tocado Bélgica. El año pasado tocó Noruega. Y no sólo nos llevamos preciosas vivencias del romanticismo de Brujas, del bullicio universitario de Gante, o de lo vivido en Bruselas: la Grand-Place, el Manneken Pis, el Atomium, el Parlamento Europeo, las fachadas de comics, el museo de instrumentos musicales, el surrealismo de Magritte, los gofres, el chocolate o la cerveza belga.... También nos llevamos el cariño de Anne, una belga afincada en Málaga antigua compañera de trabajo de Mey, que nos preparó un maravilloso itinerario lleno de sorpresas. También el encuentro con su hermana Cécile y su familia, en una cena entrañable tras un precioso recorrido bruselense. Y por supuesto, el contacto con Julie, la dueña del bohemio apartamento en el que estuvimos. Ella es cantante y directora de cine, y acaba de lanzar un interesante documental que ha puesto nuestro foco de atención en la realidad africana. Estaba en Burkina Faso cuando llegamos. Ello nos permitió disfrutar de la amabilidad de su vecino Augustin. Y sin duda como con Cécile y Anne, se abrirán nuevas experiencias futuras con ella. Para eso está whatsapp, facebook, gmail...
Ahora estamos inmersos en nuevas vorágines cotidianas. Que si una pequeña reforma en el baño porque se nos caían los azulejos. Que si la matrícula de Pablo para su vuelta de Estados Unidos. Que si la nueva asociación por la educación musical en la Axarquía. Que si la venta de nuestro antiguo coche. Que si la traducción del cuento de Mey con sus alumnos para las extraescolares de la Escuela de Idiomas, y todo el trajín de sus exámenes trimestrales. Que si unas presentaciones de un libro de nuestros amigos de O Couso en Málaga y Alozaina. Que si éste o aquel papeleo...Hacer, hacer, hacer. Ir y venir constantes. Búsqueda del difícil equilibrio dentro de un ajetreo incesante.
Hace unos años creamos una ONG entre unos amigos de aquí, de la Axarquía. A alguien se le ocurrió un nombre inmejorable. Nadie dudó ni un instante de su conveniencia: Asociación De Aquí Para Allá (ADAPA). ¿Acaso hay mejor forma de describir lo que es la vida y la solidaridad? ¿Idas y venidas? ¿Ir de aquí para allá? ¿Dar y recibir del que está aquí para el que está allí, o viceversa? ¿Conectar energías de unos y otros para impulsarnos como seres humanos, y para hacer de un mundo bueno, un mundo mejor? Precisamente vivimos una de esas bellas conexiones ahora. Tras nuestra experiencia personal, ADAPA acaba de hacer una generosa aportación al proyecto de Kenya de nuestra amiga Ilse, tras su precioso reto de más de 1.000km descalza con su hija a hombros. Ilse partirá de Bélgica hacia África en unos días para gestionar la entrega directa  a su destino final de los fondos recaudados durante los tres meses de su odisea. Además de dinero para filtros de agua potable, material y enseres, llevará consigo más de 1.000 pares de zapatos que le han donado por todas las zapaterías belgas. Es curioso cómo Bélgica y África han aparecido en nuestras vidas en las últimas semanas. ¿Quién sabe si  en nuestras próximas idas y venidas aparecerán Kenya, Burquina Faso o el Congo?


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jueves, 23 de febrero de 2017

Descalza

Dicen que para ponerse en lugar de alguien hay que meterse en sus zapatos. Por eso Ilse va descalza. Y lo ha hecho durante los últimos tres meses recorriendo más de 1.200 kilómetros.
¿Qué hace una joven belga de 34 años recorriendo España descalza desde Barcelona a Gibraltar con su hija de casi 3 años a cuestas? Una locura, sin lugar a dudas. Pero también ponerse en la piel de los niños keniatas a los que quiere ayudar con su gesto. Ahora sabe bien lo que es andar cientos de kilómetros sin calzado y con heridas y llagas que tardan en curar. Ahora sabe lo que es pasar hambre, frío y miedo en las circunstancias más extremas. Y con ello ha logrado concienciar a muchos medios de comunicación y personas de varios países, recaudando fondos para comprar comida y calzado para centenares de niños de África. Nunca viene mal recordar que los pequeños gestos de amor y solidaridad parecen locuras porque son escasos, pero son los que engrandecen al ser humano.
Cuando mi amiga Ana me avisó de la iniciativa de Ilse, y de que en pocos días pasaría por Torre del Mar, quisimos acogerla en casa de inmediato. No pudo ser  entonces. Pero una vez superado su gran reto, quiso venir a descansar unos días con nosotros tras su periplo. Y hemos compartido unos días deliciosos. Su hija Helinah posee algo mágico, no sólo por su vitalidad y por su capacidad de comunicarse en 4 idiomas siendo tan pequeña, sino por la belleza interior y exterior de su mestizaje. Tyrone les ha acompañado también descalzo en las etapas finales desde Málaga a Gibraltar. Es también joven pero atesora una sabiduría de siglos detrás de su larguísima barba y melena. Ha hecho de la intuición y la magia su estilo de vida. Por ello ha recorrido 16.000 kilómetros desde Australia en más de 40 horas de viaje, para estar con su amiga en estos momentos importantes para ella. Este hombre desprende amor por donde pasa. ¿Y qué decir de Ilse? Parece todavía más joven de lo que es.
Quizás por su sencillez. Quizás por su inocencia. Quizás porque mira a la vida de frente y sin miedo. Y la ausencia de miedo da libertad y viene muy bien para el cutis. También viene bien para los corazones de quienes te observan. Apenas han usado la tienda de campaña que llevaban, ya que les han abierto las puertas de par en par y las han sentado a la mesa de decenas de hogares. Y por si hay algún miedoso en la sala, no han tenido el más mínimo percance: nadie que se propasara; nadie que les haya robado; nadie que las haya tratado mal. Simplemente dejarse fluir por el camino que tenían delante. Como la vida misma. Pero no todo han sido algodones, como en la vida misma. Pensó varias veces en abandonar cuando se topó con la ola de frío cargada de lluvia, truenos y nieve. Tampoco todos los terrenos han sido aptos para pies descalzos: las rocas y el duro asfalto también han hecho de las suyas. Pero quizás lo más duro para ella haya sido la espalda, de la que aún se resiente. Llevar a la niña a cuestas junto con el resto de la carga es una dolorosa prueba, quizás tanto como la maternidad en circunstancias tan extremas. Pero incluso cuando los peores momentos se ceñían sobre ellas, aparecía un milagro que les animaba a no desfallecer. A veces una mano amiga en forma de caravana de repostaje. A veces una billetera anónima extraviada cuando el bolsillo estaba vacío. Y muchas veces con el calor de tantos y tantos hogares que las han incorporado a su familia, incluso en plena Navidad.
Abrir las puertas de casa a Ilse, Helinah y Tyrone ha sido todo un regalo para nosotros. Por supuesto volveremos a vernos, sea aquí, en Bélgica o en Australia. Y por supuesto nos haremos cómplices activos de su locura. No hay nada como descalzarse y sentir en su inmensidad el maravilloso milagro de la vida.



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sábado, 18 de febrero de 2017

Cuando faltemos

La actualidad no pinta bien. Los que necesitan ver un futuro despejado no están de enhorabuena precisamente. Los Trump, los Brexits, los enfrentamientos nacionalistas y geopolíticas, y la desconfianza hacia "el otro" parecen "el pan nuestro de cada día". Es como si el terreno que pisábamos hasta ahora desapareciera bajo nuestros pies. Y los que somos padres no podemos evitar pensar qué será lo que les tocará vivir a nuestros hijos. ¿Qué mundo habitarán?
A algunos padres les entra el pánico. Tenemos amigos muy preocupados por ese futuro para sus hijos. Tanto, que a veces no pueden ni dormir. Andaban muy inquietos antes del panorama actual, así que ni imaginamos cómo estarán ahora. No quieren equivocarse en la carrera que elijan para ellos, buscando la salida laboral más segura. A otros no les da la vida para tratar de acumular pisos, casas o fincas, que luego repartir entre sus hijos, y con ello procurarles un seguro ante las inclemencias del futuro. Una carrera segura de la que vivir. Unas propiedades que te mantengan a flote. Pero ¿de verdad nos creemos que el dinero o las cosas materiales son las que nos van a salvar en las situaciones más extremas? ¿No será quizás que las situaciones más extremas nos igualan a todos, tengamos o no dinero y tierras? ¿No será que es  ahí donde podremos desplegar otros recursos y habilidades menos tangibles pero quizás mucho más valiosas? E incluso sin llegar a ese precipicio: ¿y si esas carreras o esas propiedades se acaban convirtiendo en unas cadenas que aprisionan a nuestros hijos durante cuarenta o cincuenta años? ¿Y si una hipotética herencia lo único que consigue es avivar rencillas entre hermanos, como tantas veces sucede por desgracia? Para ciertas almas libres, una carrera con salida segura o una suculenta herencia puede convertirse en la peor de las cárceles. Y los padres, encima, frustrados o hundidos por haber dedicado todos los esfuerzos de una vida a algo que, a la postre, hace de sus hijos unos infelices.
Poner el dinero en el centro de la vida de nuestros hijos, y que su existencia gire en torno a él quizás no hace sino prolongar esclavitudes de generación en generación. Por mi trabajo en una oficina de empleo, observo con estupefacción cómo la vida de miles de personas gira alrededor de una llamada de teléfono para que les contraten unos días de peón o les concedan un subsidio por unos pocos meses. Todo por unos pocos euros puntuales. Los dones y talentos de tantas personas, y su capacidad para generar redes de apoyo mutuo y sinergias, tirados a la cloaca de forma masiva e institucionalizada. Y miles de personas pendientes de que "Papá Estado" les salve. Afortunadamente hemos vivido ejemplos maravillosos de todo lo contrario , bajo las mismas circunstancias.
Entonces, ¿en qué invertir para allanarles el camino a nuestros hijos? Cuando la cosa se pone cruda, lo material no hace sino lastrarnos hacia las profundidades. Poner el dinero en el centro de nuestras vidas y la de nuestros hijos es la apuesta mayoritaria, pero incluso desde una perspectiva lógica, resulta absurda. Si el mundo se fuera "a la porra" y hubiera una catástrofe, una guerra o una estampida masiva, invertir en relaciones sería lo que nos podría salvar. Invertir en flexibilidad, en empatía, en tolerancia, en movilidad y en interculturalidad podría ser nuestro salvoconducto si tuviéramos que coger el "petate" y salir corriendo a descubrir mundo. Invertir en lo más intangible y sutil de nuestro ser interno sería nuestra tabla de salvación. Porque quizás toque adaptarse a situaciones precarias y ser capaz de ser feliz en ellas. Porque quizás toque trabajar "codo con codo" con el otro, con el diferente, con el de otro sitio, y vivir en armonía y paz con él a pesar de nuestras diferencias. Porque quizás toque hacer de cualquier sitio alejado y de personas totalmente desconocidas nuestro hogar. Y quizás ahí poco nos va a ayudar nuestra herencia, nuestra carrera para toda la vida, o nuestra saneadísima libreta de ahorros. Quizás ahí sea vital tener o construir relaciones fuertes, duraderas y de confianza con gente que nos abriría las puertas de su casa y de su corazón ante la adversidad.
Cada vez conocemos más gente que decide cortar en parte con esa dinámica materialista tan mayoritaria, aunque les tilden de locos o de irresponsables. Y casi siempre se les hace la misma pregunta: "¿Cómo llegáis a fin de mes?" Una pregunta que inmediatamente te obliga a pensar en sueldos mínimos para un cierto status. Pero la pregunta correcta debería ser: ¿Cuánto quieres invertir en trabajar por dinero, según el tipo de vida que deseas llevar? ¿Cuánto quieres invertire en ganar dinero y cuánto a trabajar por los demás, por otro mundo diferente, por tus dones y talentos, por dar otras referencias a tus hijos, o por construir relaciones duraderas? Quizás más que asegurar dinero para los hijos, deberíamos preferir facilitarles capacidad de adaptación, flexibilidad, inquietud por aprender, por relacionarse, por viajar y por adaptarse con facilidad y felicidad a las circunstancias que la vida les ponga delante, aunque sean las más extremas. Y curiosamente, en ese camino siempre surgen posibilidades y lugares a los que acudir y en los que ser acogidos si hiciera falta. Hablamos por pura experiencia.
Puede que haya llegado el momento de ser prácticos con respecto a los hijos. Por si acaso. Para cuando faltemos. Vaya o no la cosa a peor. Pero a lo mejor toca replantearse qué es "ser prácticos". Por si acaso. Para cuando faltemos. Vaya que nuestra apuesta pudiera hacer de ellos unos infelices.

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viernes, 10 de febrero de 2017

Comparaciones

Hay frases que repetimos como papagayos durante años. Y de tanto repetirlas nos las creemos. O peor: pensamos que ya las dominamos. Una de esas frases es la de: "las comparaciones son odiosas". Casi cuarenta años después creo haber empezado a entender qué significa.
Siempre pensé que lo odioso de las comparaciones radicaba en hacerle daño al otro. Si te comparabas con él en altura, en velocidad o en las notas de las asignaturas del "cole", le estabas haciendo daño, o estabas siendo maleducado o políticamente incorrecto. Hoy me he dado cuenta que eso es sólo una parte del pastel. Y probablemente la más pequeña. Lo verdaderamente odioso de las comparaciones tiene que ver con nosotros mismos, con el daño que le hacemos a nuestro ser interno. Nuestro post de hace unos días "Bajar de los altares" hablaba también de ello, y de cómo tendemos a idealizar y a compararnos con los otros, o a ansiar lo que vemos en el escaparate ajeno en lugar de desempolvar lo que tenemos en el propio. Parece que a muchos les removió, a juzgar por las respuestas recibidas.
Mi hija es pura alegría, pura vitalidad, pura energía desbocada. Pero hay días que nos da el almuerzo al llegar del colegio. Y casi siempre viene provocado por una comparación: "me han dicho que soy más bajita que..."; "fulanita me ha hecho menos caso a mí que a ..."; "me han puesto menos nota que...cuando yo había estudiado más...". Comparaciones, comparaciones, comparaciones.  Nuestra vida está llena de ellas. Y son muy frecuentes entre los iguales, los hermanos. Pero también entre el resto de "iguales": vecinos, compañeros de trabajo, amigos... Quizás porque creemos que es la forma de conformar nuestro hueco en esta vida. O quizás porque nos pasamos la vida buscando el cariño o la atención ajena, y pensamos que debemos merecer esa atención siendo más altos, más guapos, más rápidos o más aplicados; o dando pena porque somos más feos, más débiles, más lentos o más torpes. Cariño y atención a cambio de admiración o de lástima. Así de sencillo.
Quien haya visto alguna vez "Super-Nanny" en la tele o tenga hijos sabe que no hay mayor arma de educación masiva que la atención al niño. Ni castigos, ni regañinas, ni bofetones. La atención y el cariño es la mejor forma de encauzar el comportamiento de un niño. Porque es lo que todos buscamos desde pequeños, como parte de nuestro ADN. Y si vemos que no lo recibimos como nos gustaría, empieza nuestra cabecita a comparar y a ingeniárselas para conseguirlo. Es puro mecanismo de supervivencia. Pero a veces puede llegar a amargarnos la existencia si no somos capaces de tomar los mandos de ese mecanismo.
Podemos creer que esto es una cuestión de niños. Pero nada más lejos de la realidad. Sigo oyendo a adultos muy "talluditos" hablando de cómo a ellos les hacían menos caso que a sus hermanos de pequeños; cómo les regañaban más; o cómo todos les veían como el patito feo de su casa. Y no sólo lo expresan, sino que les ves en los ojos o en el tono esa espinita clavada de hace cuarenta o cincuenta años, a pesar de que aquello quizás ni siquiera sucedió así, como le pasa a mi hija. Pero queda ahí, de forma indeleble, en algún rinconcito de tu alma. Corroyéndote por dentro. Reviviendo ese dolor día sí y día también. Porque, como sabemos, no hay una realidad sino tantas como cabecitas. Y por eso aún hoy sigues dejándote llevar por las comparaciones más absurdas: que si mi gripe es peor que la tuya, que si mi agenda es más complicada que la tuya, que si mis gastos son peores que los tuyos...
Igual que la frase de las comparaciones odiosas, hay libros e ideas que marcan nuestra existencia. Quizás de un autor o de un filósofo más o menos conocido, cuyas reflexiones nos han guiado alguna vez en momentos de zozobra y tribulación. Mi filósofo favorito es una mujer. Y comparto con ella todas las noches el edredón. Hace unos treinta años también me compartió una frase que puede guiar toda una vida. En aquel entonces no entendí nada. Y hasta hace pocas fechas no he empezado a degustar su hondo significado: "Estamos solos en este mundo". Aquella frase así, sin anestesia, y en plena pubertad, con las hormonas desbocadas, y enamorado hasta las trancas de aquella chavala que la acababa de pronunciar, me pareció tan enigmática como incomprensible. Especialmente porque justo estábamos empezando nuestra relación, y en lo que menos pensaba era en la soledad que ella parecía expresar. Lo dejé aparcado como ese crucigrama indescifrable que siempre se te resiste. Pero esa frase la hemos compartido ella y yo muchas veces en estos años, y ha ido desplegando su esencia. Por suerte o por desgracia los seres humanos somos unos auténticos mendigos de aprecio, de reconocimiento y de cariño. Y ello nos lleva a prostituir nuestra auténtica esencia divina con tal de que te acojan en el rebaño. Y acabas apagando ese pedazo de luz natural que todos llevamos dentro para usar la misma linternita que los demás. Y en esas comparaciones trabajas como los demás; vas de vacaciones como los demás; te compras el coche o la casa como los que te rodean; comes lo mismo que comen los demás; y te sometes a las normas no-escritas que esa comparación con los demás dicta. Pero en el fondo estás solo o sola. Y llega siempre, absolutamente siempre, un momento en la vida en que te das cuenta que tanta comparación era absurda. Que no hay nada ni nadie que te pueda reconocer, apreciar o querer como tú mismo/a a ti mismo/a . Y que renunciar a todos tus dones y talentos por esa comparación permanente y perpetua es no sólo absurdo, sino que te aboca a la frustración, a la decepción y al sinsentido. ¿Para qué me he comparado tanto durante toda mi vida si en realidad estoy solo? ¿Para qué he buscado tanto el tesoro del afecto ajeno, cuando lo tenía dentro de mí?
Estamos solos, aunque nuestra agenda y nuestro facebook echen humo. Hacernos conscientes de ello nos debe animar a la actitud más optimista y positiva del mundo. Porque nos confronta con nuestra propia esencia. Con nuestro ser más real y auténtico. Y nos anima a no ser simplemente una copia barata de lo que vemos a nuestro alrededor por pura comparación. Estamos solos, y paradójicamente, darnos cuenta de ello, nos puede convertir en el mejor y mayor regalo para los que nos rodean.

(FOTO: Samuel y Eva, dos hermanos jugando y comparando sus "chuches" en una playa de Almería)

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